04
Sep 26

El almanaque de la ficción

 

El miércoles pasado fue 2 de septiembre, día en el que se celebra la novela La rebelión de Atlas. En esa novela la fecha aparece varias veces y, en una de ellas, está conectada con Guatemala: [Cuffy Meigs]…vendía rieles a Guatemala, o a compañías tranviarias de Canadá, cables a fabricantes de fonógrafos y durmientes como combustible para hoteles de centros turísticos, dice en el capítulo V de la tercera parte de la novela. Meigs, por cierto, es un saqueador que medra en la crisis, al amparo de los políticos… ¿te parece familiar?

Coincidentemente, ese capítulo comienza con: La mañana del 2 de septiembre un alambre de cobre se rompió entre dos postes de teléfono, junto a la línea de la vía del Pacífico, de Taggart Transcontinental. ¿Viste? El 2 de septiembre y Guatemala en el mismo capítulo. Eso me dio la idea de compartir varias fechas que ya ocurrieron y tienen relación con la literatura y el cine. ¿Me acompañas?

La rebelión de Atlas, por Ayn Rand.

La más famosa es 1984, de la novela de George Orwell. El título no es casual: Orwell invirtió 1948, el año en que escribía. La acción comienza el 4 de abril de 1984, cuando Winston Smith inicia su diario ilegal. El Partido controla Oceanía, reescribe la historia, vigila con telepantallas y persigue el pensamiento libre. ¿Te parece familiar?

Recién acaban de pasar el 4 y el 29 de agosto. En Terminator 2, Skynet entra en línea el 4 de agosto de 1997 y se vuelve consciente a las 2:14 a. m. (hora del Este) del 29 de agosto. Los humanos intentan desconectarlo y Skynet responde con un ataque nuclear. Ese es el “Día del Juicio”.

Hace casi 11 años pasó el 21 de octubre de 2015 y, en Regreso al futuro 2, de 1989, Marty McFly se encuentra con un futuro con patinetas voladoras, fax en casa, reality show permanente y una Serie Mundial imposible. Llegó el día; los hoverboards comerciales siguen siendo prototipos y los Cubs ganaron un año después.

También en 2015 se estrenó la película The Salt Flats, que protagoniza Valerie Page, la actriz que inspiró a V, de V for Vendetta. Siempre supe lo que quería hacer con mi vida, y en 2015 protagonicé mi primera película, “The Salt Flats”. Fue el papel más importante de mi vida, no por la carrera, sino porque así conocí a Ruth, cuenta la actriz.

En noviembre de 2019, de acuerdo con Blade Runner, de 1982, vemos una Los Ángeles bajo lluvia ácida, publicidad gigante y la pregunta de qué cuenta como humano.

En 2001: Odisea del espacio, película de Stanley Kubrick, de 1968, hay estaciones espaciales comerciales, una base lunar, el Discovery rumbo a Júpiter y HAL 9000.

En Escape from New York, de 1981, la Manhattan de 1997 es una prisión de máxima seguridad después de que la tasa de crimen explota.

Siempre me impresionó Soylent Green, peli de 1973. Ocurre en la Nueva York de 2022, con 40 millones de habitantes, calor extremo, racionamiento y la revelación de que soylent green son galletas hechas de harina de personas.

¿Te acuerdas de que el mundo se iba a acabar en diciembre de 2022 por el 13 Baktún? En la peli 2012, estrenada en 2019, el supuesto fin del ciclo maya largo genera terremotos, tsunamis y una corteza terrestre que se desintegra.

En 12 Monkeys, de 1995, un virus aniquila a casi toda la humanidad entre 1996 y 1997. Científicos del futuro envían a Bruce Willis al pasado para rastrear el origen. Los que vivimos la plandemia de 2020 vimos cómo se usa políticamente un virus.

Estas fechas funcionan como termómetros de las ansiedades de su época y como calendarios: Guerra Fría, miedo nuclear, desconfianza en las corporaciones, terror a la máquina que piensa. El tiempo real las alcanzó y, en la mayoría de los casos, las desmintió en lo espectacular, mientras confirmaba partes más mundanas como más vigilancia, más control de datos, más debate sobre el rol de la tecnología.

La ficción se queda y el almanaque sigue. Y cada vez que alcanzamos una de aquellas fechas imaginadas, no está de más mirar alrededor: a veces el futuro no llega como lo anunciaron, pero deja coincidencias incómodas.

Columna publicada en República.


03
Sep 26

Publicar no es un permiso

La confianza del público en los periodistas y en las noticias ha decrecido, y en este año tocó los niveles más bajos que registran las mediciones comparables de la última década. No es un dato aislado, sino una tendencia que se replica en decenas de mercados, con matices regionales.

Los hechos incómodos salen del círculo, o la libertad vuelve a ser un permiso. La ilustración es de Grok.

El Digital News Report 2026 encontró que solo el 37% de las personas dice confiar en las noticias la mayor parte del tiempo. El Pew Research, en febrero de 2026, halló que el 57% de los estadounidenses tiene poca, o nula confianza en que los periodistas actúen en el mejor interés del público. En Hispanoamérica el DNR 2026 muestra caídas fuertes.

Guatemala no aparece; pero Reporteros Sin Fronteras sostiene que pese a las campañas de estigmatización de autoridades y políticos, los periodistas siguen teniendo una aceptación relativamente alta entre la ciudadanía, sobre todo por el periodismo de investigación. Hay que anotar, eso sí, que la confianza en gobiernos, partidos y otras organizaciones también cae. El periodismo no es la única institución que se hunde; sólo es una de las más visibles.

En buena parte esto se debe a que mucha gente percibe a los periodistas como activistas, y a que buena parte del periodismo ha abandonado los estándares propios del oficio; pero también a que mucha gente usa redes sociales para informarse y porque el periodismo sufre ataques de desprestigio sostenidos desde el poder, como cuando se incomodan ministros, diputados y hasta precandidatos.

Dicho lo anterior, la caída de la confianza no anula la función. Confunde el oficio con el derecho, y el desempeño de unos periodistas con la necesidad de que exista periodismo independiente, que es otro par de zapatos.

Los consumidores de noticias e información pueden desconfiar de muchos periodistas y, al mismo tiempo, necesitar con más urgencia —no con menos— la libertad de investigar, publicar y contradecir. Lo que está en crisis es la credibilidad de un gremio y de un modelo de negocio; pero no está en crisis el problema que esa libertad resuelve.

¿Por qué?

Porque ningún gobierno, partido, empresa, o redacción sabe lo suficiente. El conocimiento está disperso: precios, fallos, abusos, riesgos en infraestructura, bisnes con dinero de los tributarios, datos que alguien no quiere que salgan. Friedrich A. Hayek lo formuló con precisión: el problema económico y político central no es la escasez de recursos; sino la escasez de conocimiento.

Porque la libertad individual no se sostiene sólo con elecciones periódicas, sino con límites: propiedad, contratos, jueces independientes… y ojos públicos que no dependan del mismo poder que fiscalizan. Sin periodismo libre, el control se reduce a lo que los políticos en el poder deciden mostrar y a lo que el elector y tributario alcanza a ver con sus propios ojos. El resto —diputados, ministros, fiscales, concesiones, deuda, seguridad— quedan en la penumbra… como cuando la Administración limita Guatecompras.

Porque la prosperidad no es solo más PIB de un año; sino la capacidad de invertir, firmar contratos, innovar y planear a largo plazo sin que políticos, o burócratas escriban las reglas a su medida, en la oscuridad. Eso exige Estado de derecho, y el Estado de derecho se pudre cuando nadie puede documentar cómo se pudre.

Dicho lo anterior, cuando el público desconfía, lo que hace falta es más competencia informativa —más voces, más verificación y más responsabilidad—, no un ministerio de la verdad. Por supuesto que no hay tal cosa como el derecho a que me crean, sino el derecho a no ser silenciado. Nadie tiene derecho a la confianza ajena. ¡Pero todos tenemos derecho a no ser capturados, ni registrados, ni intimidados por informar, ni por reflexionar y opinar!

El periodismo no salva a una sociedad por el solo hecho de existir. La salva —cuando la salva— porque permite que los hechos incómodos salgan del círculo de los que tienen el poder. Cuando falla, la respuesta liberal no es canonizar al gremio; sino exigir método, transparencia de fuentes, separación entre hecho y opinión, y dejar que los lectores, radioescuchas, televidentes y escroleadores castiguen al charlatán y busquen mejores fuentes de información.

Eso solo es posible si sigue siendo legal y relativamente seguro publicar. Sin esa condición, la sociedad próspera se convierte en una contabilidad de corto plazo bajo un relato controlado. Y la libertad deja de ser un principio para volver a ser un permiso. Un permiso, como se sabe, se retira.