Leamos libros prohibidos fue el tema que abordé durante el Festival Libertad de la Universidad Francisco Marroquín, en el marco del espacio Alas de Libertad, el 10 de agosto de 2026. Este año el tema de Alas de Libertad fue: Si las paredes de la UFM hablaran, ¿qué me dirían? Y, pues me dirían: ¡Lee libros prohibidos! Tuve la dicha de exponer junto a Marcos Melchor-Palencia, estudiante de ciencia política, ávido lector y autor del blog A ratos la vida en Substack.

Elige que libros leer de acuerdo con tu mejor juicio; porque, como escribió Ayn Rand la forma más vil de auto-rebajamiento y autodestrucción es la subordinación de tu mente a la mente de otro. La ilustración es de Grok.
A lo largo de la historia ha habido libros prohibidos en todo el mundo; y la lista más famosa de estos es el Índice de libros prohibidos de la Inquisición española, que estuvo vigente desde 1551 hasta 1819.
En la Biblioteca Ludwig von Mises hay muchos libros prohibidos, e incluso tenemos un libro expurgatorio de medicina forense que perteneció a José Cecilio del Valle.
Se trata de Institutiones Medicinae Legalis vel Forensis, de Hermann Friedrich Teichmeyer (1685-1746). Es algo misterioso porque en algunas de sus páginas se ven tachaduras deliberadas con tinta. Se lo considera uno de los primeros manuales sistemáticos de medicina forense. El motivo más plausible para aquellas tachaduras es que Valle borró pasajes que consideraba incompatibles con la doctrina católica sobre la dignidad de la vida embrionaria, o que exponían teorías aristotélicas vistas con recelo en su época.
En Guatemala, durante el enfrentamiento armado interno, aunque no había libros prohibidos legalmente, era imprudente tener literatura marxista, leninista, maoísta, o relacionados con la guerrilla. Un ejemplo es el libro Whose Heaven, Whose Earth, escrito por un sacerdote y una monja Maryknoll estadounidenses que se casaron y se unieron a las Fuerzas Armadas Rebeldes.

Yours Truly y Marcos Melchor-Palencia durante la conversación titulada Leamos libros prohibidos. No recuerdo de quien es la foto.
Marcos tomó la palabra:
Lo primero que pensamos cuando hablamos de libros prohibidos es que solemos imaginar que el problema está en el libro. ¿No? Que contiene una idea demasiado peligrosa, demasiado incómoda, o demasiado radical. Pero, casi siempre, una prohibición termina diciendo mucho más sobre quien censura que sobre aquello que se intenta censurar. Habla mucho de los gobiernos.
Y si hablamos de censura, es difícil no comenzar con George Orwell, ¿claro?
No sé si nosotros los politólogos y los científicos sociales estamos un poco traumatizados con Orwell, pero tenemos una tendencia casi automática a relacionarlo todo con él. Hay cámaras: Orwell. Hay propaganda: Orwell. Alguien modifica un discurso público: Orwell. Aparece un nuevo mecanismo de vigilancia y, de alguna manera, terminamos nuevamente en 1984. Siempre está.
Lo interesante es que no fue escrito como un manual de instrucciones. Era una advertencia. Hoy, en algunos momentos, pareciera que alguien decidió leerlo exactamente al revés.
El libro incomoda porque plantea algo mucho más profundo que un Estado vigilando ciudadanos: plantea el control de la realidad. Quien controla el lenguaje, controla lo que puede pensarse; quien controla el pasado, puede intervenir también en el presente. Por eso resulta casi irónico que una novela sobre la manipulación de la información haya terminado, en distintos lugares y momentos, siendo censurada.
Después está Animal Farm.
Les cuento, yo lo leí una semana antes de entrar a la universidad. No sé si todavía sea tradición leerlo antes de entrar al EPRI, pero en retrospectiva me parece una introducción bastante apropiada a la ciencia política. Deberíamos de seguirlo haciendo.
Orwell consigue algo extraordinario: explicar una revolución, su degeneración y la construcción de una nueva élite utilizando una granja y un grupo de animales. Comienza con una promesa de igualdad y termina con una frase que prácticamente resume siglos de historia política: todos somos iguales, aunque algunos terminan siendo un poco más iguales que los demás.
Ambos libros muestran cómo los gobiernos usan la mentira. Desnudan la propaganda. Incomodan a regímenes autoritarios.
Y quisiera cerrar saliendo de Orwell.
Hablamos muchísimo de la literatura anglosajona cuando hablamos de libros prohibidos, pero América Latina también es tierra fértil para la censura, las prohibiciones y los libros incómodos.
Carlos Fuentes, Sandra Cisneros, Vargas Llosa, y más lo han sido.
Y cómo no mencionar a García Márquez y su Cien años de soledad: es un caso fascinante porque detrás del realismo mágico hay violencia política, guerras civiles, autoritarismo, explotación económica y, sobre todo, memoria.
Macondo, ese pueblo tan curioso y peculiar, recuerda y olvida constantemente.
La obra fue retirada en bibliotecas y escuelas públicas de algunos distritos en estados como Florida y Texas debido a denuncias de sectores que la acusan de contener supuesta violencia y contenido sexual explícito. ¿Por qué retirar algo que simplemente incomoda?
Y quizá allí está uno de los mayores peligros que puede representar un libro para cualquier poder: conservar aquello que alguien preferiría borrar.
Al final, prohibir un libro rara vez elimina sus ideas. A veces ocurre exactamente lo contrario. La prohibición convierte la lectura en curiosidad, la curiosidad en conversación y la conversación en memoria.
Y pocas cosas son más difíciles de controlar que una sociedad que todavía recuerda.
Al concluir la exposición de Marcos continué:
Algunos libros prohibidos que hay en la Biblioteca Ludwig von Mises —y serán expuestos en septiembre próximo— son:
Harry Potter y la piedra filosofal, J. K. Rowling, prohibido porque promueve la brujería y el ocultismo y enseña a cuestionar la autoridad.
The Fellowship of the Ring: being the first part of The Lord of the Rings, J. R. R. Tolkien. Se asoció con brujería, ocultismo y satanismo.
El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde. Fue visto como decadente e inmoral. Prohibido en el Reino Unido y otros países europeos.
Fahrenheit 451, Ray Bradbury. Critica la censura y el control de ideas.
Madame Bovary, Gustave Flaubert. Señalado de ser inmoral.
Un mundo feliz, Aldous Huxley, censurado por su crítica del control social tecnocrático.
Mis recomendaciones personales son:
Matar a un ruiseñor, Harper Lee. Prohibido en algunos estados de los EE. UU. y en Canadá porque usa un lenguaje racial ofensivo y su visión del racismo generó controversia. El racismo es un tema de actualidad y Ayn Rand explicó que es una forma muy baja de colectivismo porque no juzga a las personas por su carácter y sus acciones, sino por el color de su piel.
Persépolis, Marjane Satrapi. Censurado por su crítica de la revolución iraní, la represión y el dogmatismo. Este es un tema de actualidad porque el pueblo iraní está tratando de derrocar a la república islámica y está en las noticias. Además Satrapi recién falleció en abril pasado. Y mira qué maravilla, una de mis estudiantes actuales es de origen iraní, y estuvo en Persépolis cuando era niña.
El origen de las especies, Charles Darwin, fue excluido en sistemas educativos por sus implicaciones evolucionistas. Muchos de ustedes pasan todos los días por el Pasaje de la Evolución cuando van y vienen de los estacionamientos escolásticos, o a la Facultad de Medicina, y es increíble que, a pesar de la evidencia, todavía hay personas que creen que el universo tiene 6,000 años de antigüedad y prohiben que se lea a Darwin y a otros evolucionistas como Jerry Coyne, que visitó la UFM en 2009.
Al final, Marcos y yo les recomendamos a los estudiantes que no cedan a la censura, ni a los prejuicios, ni renuncien a actuar de acuerdo con su mejor juicio cuando elijan qué leer, qué películas ver, y qué música escuchar. Porque un libro que todavía incomoda es un libro que todavía tiene algo que decir. Y nosotros todavía tenemos la libertad —y la obligación— de escucharlo.

















