La falta de respeto que tienen el Ministerio de Cultura, el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias y la Orquesta Sinfónica Nacional, por el público que desea asistir a espectáculos en aquel teatro majestuoso me desanimó de ir a escuchar el Requiem de Wolfgang Amadeus Mozart ayer, 4 de marzo.
No te venden entradas en línea. Tienes que ir a perder media mañana e ir a hacer cola en el Conservatorio Nacional de Música. Tienes que llevar dinero en efectivo porque no aceptan otra cosa. Las locaciones no están numeradas. Te advierten que las máquinas de estacionamiento no funcionan en el Centro Cultural y que sólo te cobran en efectivo. También te advierten que llegues temprano porque, como los boletos no están numerados tienes que hacer otra fila y cruzar los dedos para que no te toque un mal lugar.
Es aquello, o te arriesgas a llegar a la taquilla en la noche de la presentación y encontrarte con que ya no hay entradas disponibles. ¡Después de haber sorteado el tráfico de la ciudad!
Anoche no hizo mucho frío; pero, ¿te imaginas hacer cola en la colina donde está el teatro nacional con los vientos y frío que ha habido? ¿Cuánto tiempo es llegar temprano para encontrar un buen lugar en la sala Efraín Recinos? ¿Treinta minutos, sesenta minutos? ¿En qué cabeza cabe tratar a la gente, de forma tan indigna. como que fuera ganado?
Dies irae. No escucho en vivo aquel Requiem desde que fui con mis amigos del colegio a una presentación, posiblemente en 1989. Es cierto que tenía mucha ilusión de ir; pero el incordio de las colas y la incertidumbre del lugar que me tocaría me quitó las ganas. Eso sin contar que el menosprecio que la burocracia de la cultura tiene hacia el público es muy desagradable.
El Requiem, de Mozart es una obra maestra de profundidad emocional y maestría compositiva. Mozart, fue un genio que dominaba la forma y la estructura con precisión casi arquitectónica, e infunde en esta pieza de difuntos una intensidad dramática que trasciende lo meramente místico y litúrgico. Es una obra que pone en evidencia el enorme potencial creador de los seres humanos y encarna el ideal Objetivista de que el individuo guiado por la razón y por medio del esfuerzo propio, puede elevarse por encima de lo efímero.
Al final, la burocracia cultural guatemalteca convierte un tributo a la grandeza humana en una prueba indigna de paciencia.


















