En el contexto de la publicación de los archivos de Jeffrey Epstein, en medios de comunicación y en redes sociales, a menudo se alude a las élites corruptas que aprovecharon los favores y servicios de aquel personaje criminal y nefasto (y los de su socia Ghislaine Maxwell). El uso laxo del concepto de élites no le hace un favor a la causa de la dignidad humana, ni a la causa de la libertad; y por eso te invito a pensar en ese concepto, especialmente si eres de la Generación Z.

Las élites verdaderas crean y construyen, las falsas eliminan y destruyen. La ilustración es de Grok.
Desde la perspectiva del Objetivismo y de la tradición liberal clásica, las élites no son un grupo privilegiado por nacimiento, conexiones políticas, o coerción. Las verdaderas élites son los individuos que, mediante el uso excepcional de su razón, su capacidad productiva y su integridad moral, crean valores nuevos en el mundo. Son los productores por excelencia: inventores, empresarios, científicos, artistas, ingenieros y pensadores que generan riqueza, innovación y progreso.
Ayn Rand los llamó hombres de la mente, como Thomas Edison, Steve Jobs y John D. Rockefeller, o en nuestro contexto latinoamericano, personas como Manuel F. Ayau y Giancarlo Ibárgüen, que no solo crearon empresas, sino que transformaron realidades mediante su capacidad productiva y su vocación educadora.
Estas élites no gobiernan a los demás; no necesitan hacerlo. Su influencia proviene exclusivamente del valor que ofrecen voluntariamente en el mercado: productos mejores, servicios más eficientes, ideas más profundas. Los demás las seguimos porque elegimos libremente comprar sus productos, explorar sus ideas o adoptar sus inventos.
¿Para qué sirven las élites?
El rol de las élites es ser el motor del progreso humano. En una sociedad libre crean riqueza real (no la redistribuyen ni la extraen por la fuerza); elevan el estándar de vida de todos mediante innovación y competencia; sirven como modelos morales porque demuestran que el éxito se logra mediante la virtud de la productividad, la racionalidad y la independencia; y protegen implícitamente la libertad: cuanto más dependa una sociedad del genio individual y del mercado voluntario, menos espacio queda para la coerción estatal.
Sin estas élites productivas, no hay progreso sostenido. Las sociedades que las persiguen, demonizan o expropian (como ocurrió en muchos países socialistas) terminan en estancamiento y pobreza.
¿Quiénes no son élites?
En medios de comunicación, aulas universitarias estatistas y púlpitos se utiliza frecuentemente la palabra élite para referirse a grupos que nada tienen que ver con la verdadera élite productiva. (lo estás viendo en el tratamiento de los involucrados en los archivos de Jeffrey Epstein). Estos grupos suelen ser precisamente lo opuesto: parásitos del poder coercitivo, o beneficiarios de privilegios estatales. Por ejemplo, la élite política y burocrática, que son políticos, altos funcionarios, reguladores y lobistas que viven del presupuesto para políticos y burócratas y del poder coercitivo del Estado. Su éxito no proviene de crear valor sino de redistribuir (o apropiarse) la riqueza ajena mediante impuestos, regulaciones y privilegios. Por ejemplo, ministros que nunca han producido nada en el sector privado o familias políticas que se perpetúan en el poder.
Los empresarios mercantilistas, mal llamados capitalistas de compadrazgo o crony capitalists, que deben su riqueza no al mercado sino a contratos estatales, subsidios, monopolios concedidos o regulaciones que eliminan competencia. No son productores genuinos; son buscadores de rentas parasitarias que prosperan gracias al Estado, no a pesar de él. Aquí caben los creadores e innovadores constructivisetas (en el sentido hayekiano) que usan el poder para hacer ingeniería social.
La élite intelectual estatista como académicos, periodistas y expertos que viven de subsidios estatales, fondos de ONG internacionales o cargos en organismos multilaterales, y cuyo discurso consiste en justificar más intervención estatal. A menudo demonizan a los verdaderos productores mientras defienden sistemas que viven de la expropiación y defienden a los productores convertidos en ingenieros sociales.
Las celebridades y figuras mediáticas sin mérito productivo real, como actores, influencers o deportistas que, aunque pueden haber logrado éxito legítimo en su campo, son elevados a la categoría de élite moral o guías sociales cuando opinan sobre política o economía sin conocimiento profundo. Su influencia proviene del carisma o la fama, no de la creación sostenida de valor. Sin embargo, un actor, o director que, mediante su talento, esfuerzo y visión creativa, produce películas de alta calidad que millones pagan por ver, está creando valor real. Un influencer que ofrece contenido útil, educativo o entretenido de manera consistente (por ejemplo, tutoriales técnicos de alta calidad, análisis profundos o humor inteligente) y vive del apoyo voluntario de su audiencia, también está ejerciendo productividad racional.
Y, finalmente, herederos pasivos, o aristocracias tradicionales, que son personas cuya riqueza proviene exclusivamente de herencia o posición social, sin haber demostrado capacidad productiva propia. No son élites en el sentido moral ni productivo.
Las élites y la Gen Z
En Hispanoamérica, y particularmente en Guatemala, hemos visto ciclos repetidos de falsas élites políticas que prometen redención mediante más Estado, más regulaciones y más redistribución, mientras enriquecen a sus círculos. La Generación Z, que ha vivido crisis como la pandemia fabricada, la inflación y la polarización, está especialmente expuesta a populismos que disfrazan a estas falsas élites como representantes del pueblo.
Si no aprenden la distinción, corren el riesgo de apoyar sistemas que, históricamente, han empobrecido a nuestras sociedades y limitado sus libertades.
Para la Generación Z, distinguir la verdadera élite de la falsa es vital porque define:
- A quiénes admiran y emulan.
- Qué políticas apoyan.
- Qué tipo de vida eligen construir: una de creación independiente o una de dependencia y resentimiento.
Quien admira a los creadores se convierte en creador. Quien admira a los manipuladores del poder termina justificando la coerción. Y de vuelta a los archivos de Jeffrey Epstein, la decadencia moral y la degradación no son fenómenos exclusivos de las élites verdaderas o de las élites falsas. Todo hijo de vecino —porque la naturaleza humana es volitiva— es susceptible de comportamientos repugnantes como los que protagonizaron los visitantes de la isla infame.
Observa tu feed diario con ojo crítico: ¿quién crea valor real que consumes voluntariamente? ¿Y quién solo pide atención, poder, o impuestos? La respuesta define el mundo que vas a construir.










