13
Jul 14

“Fuegos artificiales de vidrio”, de Chihuly

140712_chihulY_luis_figueroa_luisfi

Dale Chihuly es un escultor y emprendedor que hace sus obras en vidrio.  Yo no sabía nada de él hasta hace poco más de un año.  Aunque desde el punto de vista estético sus obras no me emocionan; desde el punto de vista técnico son maravillas.  Es que trabaja con vidrio soplado y muchas de sus obras son monumentales.

Sólo las había visto en fotos y en Youtube; pero ayer -en el Children´s Museum de Indianapolis, me encontré con Glass Fireworks y francamente es algo digno de verse.


11
Jul 13

Visita al Art Institute of Chicago


El Art Institute of Chicago tiene una hermosa colección de arte de casi todos los tiempos.  Y tiempo es lo que hubiera querido tener para visitar más despacio este lugar.  No obstante, y a vuelo de pájaro con la guía de Warren Orbaugh, le dimos un vistazo al Impresionismo y al Renacimiento pasando por otras partes.  Renoir, Gauguin, Monet y Manet.  Van Gogh. Tiepolo, El Greco, Zurbarán, Velásquez, Rembrandt, y otros más me hicieron el rato delicioso.  Y con ellos algo de arte griego, romano y etrusco, así como una pequeña exhibición de tesoros del Museo Británico.

Aaaaaaaaaah, tiempo es lo que yo necesitaba para pasar entre tantas formas y colores…y tanta belleza.


26
Sep 10

Organillera en la calle

Imagen de previsualización de YouTubeA esta organillera la encontré en la Sexta avenida de la zona 1, el 15 de septiembre pasado durante los festejos de la Independencia.  A mí me caen muy en gracia los organillos y a la gente siempre le llaman la atención.  Hace unos tres años me encontré a otro en el Cementerio General; y, a principios de este año, cuando visité el Museo de los Músicos Invisibles, descubrí una buena fuente de información sobre estos instrumentos y su fabricación aquí en Guatemala.

15
Ago 10

Rieles y cosas pendientes

Estos rieles están en El Rancho; y cuando los vi me acordé que una de las cosas que tengo pendientes en mi vida es un buen viaje en tren. Y ahora que puse esta foto me acordé de las imágenes de trenes en mi vieja enciclopedia Mis primeros conocimientos, que tenía un tomo dedicado a trenes, aviones y viajes interplanetarios.


Por cierto que, si a usted le gustan los trenes, una visita al Museo del Ferrocarril en la Plaza Barrios de la ciudad de Guatemala es muy recomendable.


Rieles, por cierto, se les dice en caló a los zapatos.

07
Abr 10

Las cuitas del Museo Nacional de Historia

Conocí la colección que se exhibe en el Museo Nacional de Historia cuando las piezas estaban amontonadas en un salón abajo de la Biblioteca Nacional. Yo la visitaba, a mediados de los años 70, cuando me capeaba del colegio e iba al Parque Central a buscar turistas para enseñarles los alrededores.
Nunca me gané más que un helado, o Q0.25; pero aprendí mucho por andar metido en el Palacio Nacional, la Catedral, la Biblioteca, el Archivo General de Centroamérica y aquel remedo de museo. Luego, quizás durante los años 80, la colección fue guardada para aparecer, después, en el edificio que ocupa ahora. Este es el del viejo Registro de la Propiedad Inmueble. Ahí fueron a parar casi todas las cosas que yo solía ver en el salón de la Biblioteca; y hasta la fecha, las viejas y precarias cédulas que identificaban los objetos en los años 70, son las mismas que identifican a los objetos en la ubicación actual del museo. La verdad sea dicha, los guatemaltecos no tenemos un buen museo de Historia. Nada que se parezca, ni remotamente, a museos como el Popol Vuh, el Ixchel, o el de la Catedral.
En una de sus calenturas, cuando era Presidente de la República, Alvaro Arzú dispuso convertir el Palacio Nacional en Palacio de la Cultura; y el guacamolón se transformó en un museo vacío y sin nada que exhibir. De cuando en cuando aparece por ahí alguna exhibición itinerante y el viejo Palacio sirve más para actos protocolarios y cócteles, que para exhibir algo de la cultura chapina.
Si el estado no podía con los museos de Arqueología, de Arte Moderno, de Historia Natural, ni con el citado Museo Nacional de Historia, ¿qué necesidad había de convertir el Palacio Nacional en pretencioso Palacio de la Cultura? Y, al final de cuentas, los museos estatales no son distintos a las escuelas estatales, los hospitales estatales, los bancos estatales, y otras cosas parecidas.
Talvez, ahora, que se discutió el traslado arbitrario del Museo Nacional de Historia de su ubicación actual al Palacio de la Cultura, sería buena ocasión para pensar afuera de la caja y explorar cómo podríamos tener buenos museos, de una forma que no fuera parasitaria, ni estuviera sujeta a las fiebres de la política.
La foto, por Luis Pedro Mirón, es de una de las coronas de laureles, de plata, que les fueron otorgadas a los autores del Himno Nacional de Guatemala. Las coronas se hallan en el Museo Nacional de Historia.

19
Feb 10

Samuel Pérez y el criterio de la máquina

No encuentro muy justo que si existen reglas claras en honor al “servicio al cliente” se apele a romperlas. No es eso lo que tanto luchas erradicar? No es esto un poco inconsistente? O somos o no somos, dice el lector Samuel Perez Attías al comentar mi entrada del jueves pasado sobre una visita que hice al Museo del Ejército.
 
Para los que no leyeron la entrada citada, he aquí lo que relaté: Llegué justo a las 4:00 p.m., justo cuando acababan de cerrar el lugar, así que el centinela de la puerta me dijo que no podía entrar. Me sobrepuse al disgusto, puse mi mejor puppy face y le dije al guardia que por favor preguntara, que venía con una colega italiana y que averiguara si nos dejaban entrar. Yo crucé los dedos y desee que ocurriera lo que uno cree que es inusual: esperé que alguien tuviera un poco de sentido común, que hubiera leído algo de servicio al cliente, que quisiera ser algo amable con una turista italiana, y que nos hiciera el favor de dejarnos entrar. Todo eso junto…o una de todas. Y así sucedió. Vino otro muchacho y muy cordialmente nos dejó entrar. Y mi colega disfrutó del museo, disfrutó de la vista, tomamos muchas fotos y la pasamos re bien. Y ella lleva ahora recuerdos hermosos de ese paseo.
 
Y Samuel cree que aquí me cachó en una inconsistencia. Empero, le pregunto a usted que está leyendo ahora: Si usted fuera dependiente de una farmacia que cierra a las 7:00 p.m. y un cliente con una necesidad viniera a esa hora en punto, ¿lo atendería, o no? Cumpliría usted el reglamento (horario), o daría 15 minutos de su propio tiempo para atender al cliente? Si usted hubiera estado en la puerta del Museo, ¿hubiera dado 30 minutos de su propio tiempo para que una turista se fuera encantada con ver la ciudad desde ahí, o hubiera aplicado el reglamento (horario) y la hubiera mandado a freír niguas en sartén de palo?
 
Si yo fuera el de la farmacia y el del museo, yo hubiera hecho lo primero. De hecho lo hago más de una vez al mes cuando, en circunstancias similares tengo que atender a gente que, por una u otra razón viene a mí fuera de horas de oficina. Y si se trata de no ser malataza y de atender a alguien que quiere conocer algo de Guatemala, pues yo me esmero.
 
Verás, Samuel, los buenos reglamentos proveen orden y facilitan las cosas; en tanto que los malos reglamentos las obstaculizan y las dificultan. Un buen reglamento, como el de Tránsito, facilita que lleguemos vivos a nuestros destinos y, ¡por supuesto!, mal haríamos en pasarnos los semáforos en rojo, sólo porque sí. Yo nunca haría puppy face en cada semáforo en rojo, y nada bueno saldría de eso.
 
El horario en un lugar de atención al público, sin embargo, es distinto. Puede ser un sistema de referencia, o puede ser un grillete. ¡Que maravilla que el encargado de aquel Museo encantador no es una máquina insensible, programada para cumplir a sangre y fuego un horario! Vos, Samuel, ¿de verdad crees que el guardia hizo mal en dejarnos entrar? ¿De verdad crees que yo hice mal en solicitarle que nos permitiera compartir la hermosa vista que hay allá con una visitante que venía de lejos? ¿De verdad crees que hubiera sido mejor que ella no hubiera podido subir al fuerte, con tal de cumplir un reglamento de horario?
 
Yo creo, que si el encargado, o yo hubiéramos actuado como parece que quiere Samuel que actuáramos, eso hubiera sido una victoria pírrica. Se hubiera cumplido el reglamento que tanto parece valorar Samuel; pero, ¿a qué costo?
 
Nótese que no llegué a pedir que fuera incumplida una Ley (qua norma general, abstracta y de conducta justa), lo único que pedí fue que el encargado usara su criterio y que nos diera un poco de su tiempo, con relación a un horario. Afortunadamente, él fue lo suficientemente generoso, atento y chispudo como para entender el momento y nos facilitó el ingreso al lugar. El buen juicio, en estos casos de atención al público, es más importante que la aplicación insensible de un horario. Para eso, digo yo, es que sirve el criterio humano; para saber, entre otras cosas, cuándo vale la pena cerrarle a alguien la puerta en la nariz, y cuando es mejor tener algo de empatía y atender generosamente a un visitante.
 
Finalmente, quizás valga recordar que la visitante y yo llegamos ahí a las 4:00 en punto, y no a las 4:30, o 6:30. Eso es importante porque para alguien que no es una máquina automática e irreflexiva aplicadora de reglamentos, es técnicamente irrelevante si uno llega a las 3:59, a las 4:00, o a las 4:01. Yo creo que el guardia entendió que la noblesse oblige.
 
Vos Samuel, por cierto, ¿sos el columnista, o es este un molesto homónimo?
 
La foto es del Noreste de la ciudad de Guatemala, desde el Museo; y es por mi amigo Raúl.

18
Feb 10

Sorpresa en "El fuerte de San José"

En lo que queda del antiguo Fuerte de San José se halla el Museo del Ejército. Una colección, de por sí interesante, de objetos militares e históricos de Guatemala, con una arquitectura característica que incluye bartolinas muy fotogénicas. Voy ahí siempre que tengo la oportunidad de mostrarles la ciudad a visitantes del extranjero porque, siendo que se encuentra sobre el cerro en el que está el Teatro Nacional, el parque es muy agradable y la vista hacia el norte y hacia los volcanes es magnífica.

Llegué justo a las 4:00 p.m., justo cuando acababan de cerrar el lugar, así que el centinela de la puerta me dijo que no podía entrar. Me sobrepuse al disgusto, puse mi mejor puppy face y le dije al guardia que por favor preguntara, que venía con una colega italiana y que averiguara si nos dejaban entrar. Yo crucé los dedos y desee que ocurriera lo que uno cree que es inusual: esperé que alguien tuviera un poco de sentido común, que hubiera leído algo de servicio al cliente, que quisiera ser algo amable con una turista italiana, y que nos hiciera el favor de dejarnos entrar. Todo eso junto…o una de todas.
Y así sucedió. Vino otro muchacho y muy cordialmente nos dejó entrar. Y mi colega disfrutó del museo, disfrutó de la vista, tomamos muchas fotos y la pasamos re bien. Y ella lleva ahora recuerdos hermosos de ese paseo. Y para celebrar nos fuimos al Mercado Central a comer tortitas de yuca donde doña Mela. Y la italiana, que nunca había comido tortitas de yuca, y que no sabía qué es esa fécula, regresó contentísima a su hotel.

12
Ene 10

Museo de los músicos invisibles

Imagen de previsualización de YouTube

Los pasos me llevaron al Museo de los músicos invisibles; un lugar encantado dedicado a la conservación de organillos, victrolas, orchestriones u orquestones, bandoleones, pianolas, y otros aparatos parecidos. Entre las cosas fascinantes que tiene el museo está el aparato en el que se grabó el primer long play, en Guatemala, por la empresa Fonica.

La del vídeo es una victrola c. 1920; y la música que toca en el disco Paramount, de 78 rpm, es La flor del café, de Germán Alcántara y la orquesta es Jack Stillman and his Royal Marimba Band. Ese disco, por cierto, tiene del otro lado una melodía titulada Bajo los puentes de parís, por C. Hurtado; pero fue mal etiquetado y en ambos lados tiene la etiqueta de los puentes.

Es divertido que, en los años de los primeros fonógrafos de Thomas Edison, y las victrolas de Victor, la gente creía que el diablo estaba en aquellos aparatos. German Rodriguez, propietario del Museo, contó que tiene una grabación que dice: !Pase, pase, a escuchar el “grafófono”; y no crea que porque se escucha una voz, tiene al diablo adentro!

El museo se halla en la 13 calle 7-30 de la zona 1; y la entrada vale Q20. Si usted desea escuchar alguno de los aparatos, ¡y ciertamente que vale la pena escucharlos!, esto tiene un valor adicional de Q10 por cada uno.

Actualización: El museo ya no existe.  Lástima.


30
Dic 08

La ropa interior del hermano Pedro

La impresionante ropa interior -de lazo- de Pedro José de Betancur se halla en un museo localizado en las ruinas del convento de San Francisco, en la Antigua Guatemala.

El lugar es encantador y guarda muchos recuerdos de este personaje. Lo que a mí me impresionó mas, sin embargo, no fue la caja en la que estuvieron enterrados sus restos, ni el polvo del lugar donde estuvo sepultado, ¡ni siquiera la calavera con la que meditaba al modo de Hamlet, o el de Jerónimo de Estridón!; lo que más impresiona es la sección en la que están sus ropas.

Ahí está el forro del colchón en el que falleció, ahí están otras piezas de ropa, y ahí están su calzoncillo y su camiseta hechos con fibra de henequén.

El museo, por cierto, fue montado gracias a la colaboración de G&T Continental que, tiene un programa muy importante de conservación del patrimonio cultural chapín.

Lo hostil de la ropa interior de Pedro de Betancur, se explica dentro del marco religioso. Muchas religiones promueven el uso de interiores con características especiales ya sea para inducir al pudor y a la castidad, o bien como una forma de mortificación. En casos menos dramáticos, los interiores religiosos sirven para recordar el compromiso que tiene el usuario.

Muchos mormones, por ejemplo, usan unas especies de interiores largos denominados prendas del templo, cuya función es la de servir como recordatorio de las alianzas hechas durante las ceremonias de ordenación que se llevan a cabo en el templo y como protección simbólica contra los males del mundo.

Los sikh usan una prenda llamada kaccha, que junto con el turbante y el pelo sin recortar, es uno de los cinco símbolos externos que demuestran el compromiso y la dedicación del usuario, con la Orden. Se supone que el kaccha le recuerda al usuario que piense en los miembros del sexo opuesto como pensarían en miembros de su propia familia; y no como en objetos de deseo.

Las prendas del templo y los kaccha son usados tanto por hombres como por mujeres.

Un ejemplo más de ropa interior de carácter religioso es el tallit katan, de los judíos ortodoxos. Esta es una pieza interior que se usa en el tórax. Aunque supuestamente debería usarse en contacto con la piel, muchos lo usan sobre la playera, o sobre la camisa, pero debajo de un chaleco.


28
Oct 07

Viaje a las estrellas

Este bordado extrarordinario procede de Magdalena Milpas Altas, Guatemala, ca.1941.

Muestra estrellas y no se sabe si tiene un patrón, o no. Es decir, no se sabe si muestra asterismos, o constelaciones.

Me encontré con él, ayer, cuando visitaba la exhibición especial de bordados indígenas guatemaltecos en el Museo Ixchel.

Llamó mi atención no sólo porque su composición y su colorido son hermosos, sino porque durante una etapa de mi vida dediqué bastante tiempo a la observación del cielo.

A principios de mi adolescencia leí un libro en el que uno de los personejes principales -el capitán de un barco- apunta el cielo y dice Aquella es Lucifer. En ese momento me dije que sería muy enriquecedor y emocionante conocer el nombre de las estrellas; e inmediatamente pasé a tratar de conocer algunas: Sirio, Capella, Betelegeuse, Bellatrix, Castor y Pollux y Antares fueron las primeras. Y esta última pasó a ser mi estrella favorita.

Muchos años después, cuando me fui a vivir a La Antigua, compré un telescopio reflector con el cual pude disfrutar de otras maravillas celestes. Con él vi a Jupiter y sus lunas, a Saturno y sus anillos, a la luna y sus miles de sombras y formas, e incluso vi manchas solares (experiencia peligrosa que me costó el derretimiento de las monturas del ocular de mi telescopio).

Ahora ya no veo estrellas con frecuencia; pero en los últimos dos años he visto los cielos nocturnos más extraordinarios en la selva de la Cuenca de El Mirador, Petén; y a 10,000 pies de altura en las montañas junto a Telluride, Colorado.

Por cierto que, casualmente, esta visita a la exhibición del Museo Ixchel, tuve la suerte de hacerla en compañía del arqueólogo Richard Hanson, que tiene a su cargo la excavación de El Mirador; del también arqueólogo Nicolai Gruber; y de Alexander, príncipe de Sajonia. Esto fue en el marco de la donación de una copia del Códice de Dresden que el Principe y la Biblioteca Real de Sajonia le hicieran a Guatemala.

Coincidentemente aquel Códice maya contiene observaciones sobre el planeta Venus (que es Lucifer -la estrella del libro que me animó a conocer las estrellas) y una copia del mismo se encuentra en el Museo Popol Vuh, de la Universidad Francisco Marroquín, que también visitamos.