Familia
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Abr 26
119 años del atentado de la bomba
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Abr 26
Viajes familiares a Esquipulas
Mi tía abuela, La Mamita, era muy buena contando historias de su infancia y una de mis favoritas es de cuando viajó con su familia a Esquipulas, a la edad de seis años, montada en un pony llamado Chino. Mi bisabuela, Gilberta, viajó hacia aquella ciudad en 1907 como se viajaba en aquellos tiempos: a lomo de caballo, o de mula, con toda la familia y con una troupe de asistentes. ¡Como viajé a El Mirador en 2005! y como viajaban los Maudslay, y como viajaban Catherwood y Stephens.
Por eso me llamó mucho la atención la foto que ilustra esta entrada. Bien pudo haber sido la familia Hidalgo Cabrera en su peregrinación a Esquipulas. La Mamita contaba que era un viaje peligroso y que dormían en el campo. Ese viaje debe haber sido una aventura fascinante para una niña en compañía de sus hermanos y de su madre.
Recuerdo que una vez, La Mamita contó la historia del viaje y estaba acompañada por su amiga Ester, ambas hicieron mención de La piedra de los compadres y se rieron. Por supuesto que cuando yo era niño no entendí el chiste, pero poco después me enteré: La leyenda cuenta que un compadre y una comadre se conocieron en sentido bíblico y como castigo fueron convertidos en piedra. La piedra de los compadres puede ser visitada en el camino a Esquipulas.
Aquel mismo día, La Teshita, que era madrina de mi mamá, contó la historia de un hombre rico que, a cambio de curarse de su ceguera, le dejó una cadena de oro al Señor de Esquipulas. Este le devolvió la vista, pero no recuerdo por qué motivo, cuando volvía a Guatemala, el beneficiado ofendió al Cristo negro, encontró la cadena en la bolsa de su chaqueta y volvió a quedar ciego.
Estea historia se trata de un episodio clave en la novela Los nazarenos, de José Milla y Vidaurre y sirve de preámbulo a las intrigas palaciegas, conspiraciones y costumbres virreinales que Milla retrata con maestría en esta novela histórica ambientada en la Guatemala del siglo XVII, durante el gobierno del Conde de Santiago de Calimaya. El personaje central de este milagro es don Juan de Palomeque, un hidalgo despótico y vecino ilustre de la Ciudad de Santiago de Guatemala, La Antigua.
Cuando yo era niño mis padres solían ir a Esquipulas cada tanto y, a nuestro modo, a finales de los años 60 y principios de los 70, era una aventura. Para comenzar nos levantaban antes de que amaneciera y antes de que el sol saliera ya estábamos en camino. Recuerdo que comíamos en el camino, como les gustaba hacer a mis padres, y que llegábamos temprano a aquella célebre población. Mis padres seguían la costumbre de entrar hincados a la basílica y los niños los acompañábamos. Luego comprábamos los adornos y dulces típicos de la ocasión y enfilábamos de vuelta con rumbo a Longarone. Ahí nos esperaban la piscina, el almuerzo y la siesta, para luego volver a la ciudad.
La última vez que fui a Esquipulas fue hace unos pocos años, en compañía de mi sobrino El Ale y de Raúl. En esa ocasión dormimos en esa población y al día siguiente nos fuimos a Copán, Honduras, en donde pasamos tres días extraordinarios. Y cuando íbamos llegando a Esquipulas, de noche, no pude dejar de pensar en La Mamita y en el Chino.
Esas imágenes de caravanas familiares, de ponies y arrieros y de caminos polvorientos siguen vivas en la memoria, como un recordatorio silencioso de que algunos viajes nunca terminan del todo.
23
Mar 26
Desayuno inglés
De cuando en cuando nos da por un desayuno inglés en casa. Nos gusta mucho porque es complejo, abundante, concupiscente y festivo.
Nuestra versión de desayuno inglés incluye la receta chapinizada de los frijojes blancos horneados, de mi abuela Frances (con frijoles blancos de Pachalum); morcillas en vez de black pudding; huevos fritos, hongos Portobello, tomates horneados, y pan tostado con mantequilla. Nos gusta compartirlo con amigos.
En casa somos devotos de los desayunos, sobre todo en fines de semana cuando hay tiempo para sentarse a comer como la gente, despacio, conversando y disfrutando de la mañana. También tenemos varios desayunos icónicos: el de Los Alpes (porque somos huérfanos de la cafetería Los Alpes); huevos horneados con jamón, queso y salsa de tomate (que mi padre hacía cuando él y mi madre volvían con amigos luego de parrandear hasta que saliera el Sol); el desayuno de don Tavanito, con bistec y frijoles (por el que comía don Octaviano el abuelito de Raúl); el de huevos horneados con crema y queso parmesano (que hacía mi mamá algunos domingos); los waffles, o panqueques con tocino y jarabe de mapple de verdad, o miel de abejas (con las recetas de mi bisabuela, Mami), tostadas a la francesa rellenas de mermeladas; crepas de banano, o rellenas de mermeladas y…el de tamales colorados y negros, ¡Por supuesto!
Eso no quita que no disfrutemos de huevos revueltos con tomate y cebolla; de huevos fritos en manteca de cerdo, o en aceite de oliva; de huevos tibios con mantequilla, o aceite de oliva y sal negra de Sacapulas; huevos duros con aceite de oliva, sal negra y limón, Acompañados por frijoles parados, volteados, o colados con crema, o queso. Acompañados por plátanos fritos, o cocidos. Acompañados por buen café. Acompañados por jugo de naranjas. Eso no quita que no disfruemos de Froot Loops, cereal de Incaparina con miel de abejas y nueces; o de mix de Corn Flakes y Zucaritas con leche, una cucharada de crema de Acul y rodajas de banano.
…y ahora que estamos en esto me acordé que cuando estaba en el colegio mi papá se enojaba porque a veces yo desayunaba pizza y Coca-Cola; chuletas ahumadas; y hasta bacalao a la vizcayina (en temporada).
¡Amo los desayunos!
18
Feb 26
Uniformes, familia e historia
Desde principios del siglo XX el negocio de mi bisabuelo, Jorge Jurado Meany, era el de la confección de uniformes para oficiales del Ejército, funcionarios y empleados del gobierno. Su establecimiento quedaba en la Sexta avenida y Sexta calle de la zona 1, a un costado del Palacio Nacional. En el Museo Nacional de Historia todavía hay por lo menos una chaqueta elaborada en esa sastrería cuando ya la había heredado Humberto Jurado Reyes, hermano de mi abuelo materno. Aquel Jorge era el papá de mi abuelo, , Jorge Jurado Reyes, quien se casó con mi abuelita Juana Hidalgo Cabrera, y ambos eran padres de mi mamá, Nora.
De la antigüedad de aquel negocio hay varias evidencias:
Que por la Tesorería Nacional se erogue la suma de seis mil pesos moneda del país ($6000), que importan 15 uniformes para uso de los C. Cadetes de la 4ª. Promoción, graduados de la Académica Militar, contratados con don Jorge Jurado. Así lo acordó don Manuel Estrada Cabrera el 22 de febrero de 1917 en acuerdo refrendado por Luis Ovalle, secretario de Estado en el despacho de la Guerra. Publicación del 26 de febrero de 1917 en El Guatemalteco, que era el diario oficial.
Que la Tesorería Nacional se erogue la suma de nueve mil doscientos pesos moneda del país ($9,200) para pagar al ciudadano Jorge Jurado el saldo que se le adeuda por la confección de nueve uniformes destinados al servicio de los Jefes y Oficiales que se encuentran de alta en el Batallón Guardia de Honor, que se detallan en el recibo correspondiente, conforme comprobante adjunto; cantidad que se reintegrará a la propia tesorería oportunamente, quedando obligados dichos Jefes y Oficiales a amortizar su deuda por abonos mensuales de doscientos pesos como mínimo, acordó el presidente constitucional de la república, Carlos Herrera, el 7 de marzo de 1921, refrendado por Emilio Escamilla, secretario de Estado en el despacho de la Guerra. Publicación del 28 de marzo de 1921 en El Guatemalteco.
Que la Tesorería Nacional erogue la cantidad de dos mil novecientos pesos ($2900), para pagar a la sastrería de don Jorge Jurado, la confección de un uniforme para el chauffeur de la Secretaría de Hacienda, conforme a la factura que se acompaña, acordó el presidente José María Orellana el 14 de octubre de 1925 y la publicación fue refrendada por el secretario de estado en el despacho de Hacienda y Crédito Público, Carlos O. Zachrisson. Publicado el 24 de octubre de 1925 en El Guatemalteco.
Don Manuel Estrada Cabrera fue depuesto el 15 de abril de 1920, luego de 22 años de ejercer la presidencia de la república. Don Manuel era tío de mi abuela, Juana; hermano de mi bisabuela, Gilberta; e hijo de mi tatarabuela, Joaquina.
Carlos Herrera sucedió a Estrada Cabrera, entre el 15 de abril de 1920 hasta que fue derrocado el 15 de septiembre de ese año. Fue padre del doctor Rodolfo Herrera Llerandi con quien tuve el honor de conversar un par de veces.
José María Orellana fue el presidente que sustituyó a Carlos Herrera. Su imagen está en los billetes de Q1; y Carlos O. Zachrisson fue el secretario encargado de la transición de pesos a quetzales en 1924. Por eso es que su efigie está en los billetes de Q50.
Y así, tres acuerdos de hace un siglo unen a una familia con los rostros que llevamos en el bolsillo todos los días y con tres protagonistas de la historia de Guatemala.
Gracias a Luis Andrés Schwartz por las pistas.
27
Ene 26
Herencia sin testamento
El fallecimiento de Pedro Estrada-Monzón Rivera en 1880 marcó el inicio de una serie de movimientos legales relacionados con su herencia. La ausencia de un testamento complicó la resolución de asuntos legales y sociales para sus descendientes, que tuvieron que enfrentar el proceso de legitimación y el reconocimiento de sus derechos en un contexto de cambios institucionales y sociales, explica la IV y última parte del estudio “A 100 años del fallecimiento de Manuel Estrada Cabrera, apuntes biográficos y genealógicos breves sobre Pedro Estrada-Monzón Rivera (Quetzaltenango, 14 de abril de 1817 – 14 de enero de 1880)”, por Luis Andrés Schwartz, publicada en Gazeta.
Esta parte del estudio se ocupa de la dinámica post mortem del padre de don Manuel Estrada Cabrera. Para entender mejor esos movimientos legales, es esencial identificar a los descendientes conocidos de Pedro al momento de su fallecimiento, todos nacidos fuera del matrimonio:
- Coronel y licenciado José Gabriel Estrada-Monzón (1840-1905), hijo de Luz Alegría.
- Herlinda Estrada-Monzón (c. 1852-1920), hija de Juliana Rivera.
- Francisco Alfredo Estrada (1856-?), hijo de Carlota Alvarado.
- Licenciado Manuel José Estrada Cabrera (1857-1924), hijo de Joaquina Cabrera.
- Licenciado Juan Francisco Cabrera Estrada (1861-1895), hijo de Joaquina Cabrera.
- Elvira de Jesús Estrada-Monzón (1862-1926), hija de Carlota Alvarado.
- Ana Josefa de Jesús Estrada-Monzón (1863-1885), hija de Carlota Alvarado.
- Irene Estrada-Monzón (1868-1890), hija de Petrona Bustamante.
Si te interesam la genealogía, la historia de Guatemala durante la Belle Époque, el período de Manuel Estrada Cabrera, o simplemente la historia bien documentada, esta serie de cuatro publicaciones está llena de información inédita y sorprendente que no encontrarás en los libros de texto habituales.
19
Ene 26
Construcción de un árbol genealógico
Si en tu familia todavía se menciona a Manuel Estrada Cabrera (MEC), tu aporte puede amarrar un dato suelto y ayudar a construir una memoria compartida. Si, además, tu familia guarda vínculos con Quetzaltenango y figuran apellidos como Andrade, Arévalo, Cabrera, Cajas, Estrada-Monzón, Hidalgo, Mazariegos, Sáenz o Rivera, me interesa que me escribás, dice Luis Andrés Schwartz en la convocatoria abierta para la construcción de un árbol genealógico.
Tu intuición es correcta: se trata del mismo MEC que fue jefe del Ejecutivo durante 22 años, desde el magnicidio de «Reinita» el 8 de febrero de 1898, hasta el 8 de abril de 1920. Ese día, la Asamblea Nacional Legislativa emitió el Decreto 1022, mediante el cual lo declaró imposibilitado para gobernar y «separado» de la Presidencia de la República. El desenlace ocurrió en un clima de efervescencia política, agudizado por el descontento tras los terremotos de 1917 y 1918. (Netflix: esos años piden una serie).
¿Por qué quiero que te involucrés o por qué querrías vos sumarte?, pregunta Luis Andrés Schwartz.
Esta convocatoria no es universal ni se dirige a todos. Interpela a quienes conservan relatos, documentos, imágenes o inquietudes que aún no han encontrado cómo volver a latir, así como a quienes sienten la necesidad, inocente o insistente, de saber más sobre sus propios orígenes.
Hace más de una década sostengo un proceso de investigación y escritura. Busco dibujar las ramas de mi chiribisco genealógico que confluyen en una mujer ladina que nació y articuló su vida en Los Altos decimonónicos: Joaquina Cabrera (1836-1908). En mi esquema familiar, ella es mi quinta abuela en línea materna directa: la mamá de la mamá (Gilberta), de la mamá (Juana), de la mamá (Nora), de mi mamá (Guisela).
Desde ella, la línea familiar se ramificó como un delta, ancho y fértil. Los cauces iniciales fueron tres: Manuel José Estrada Cabrera (1857-1924), Juan Francisco Estrada Cabrera (1861-1895) y la benjamina Gilberta Cabrera (1870-1920). A ellos se sumaron parientes colaterales y por matrimonio, compadrazgos y redes de vecindad.
Sin embargo, la tarea se volvió compleja al intentar identificar la diáspora post-Semana Trágica (colapso del cabrerismo, 1920). La persecución y el repliegue familiar interrumpieron aquel tejido de afectos y vínculos que había sido cercano hasta entonces.
¿A quién le interesa Manuel Estrada Cabrera?, pregunta Luis Andrés, y responde: a vos, si este nombre te toca por algún lado. Y añado, yo, que el texto completo de la convocatoria es fascinante de leer, sobre todo si te interesa la historia de Guatemala, si te fascina la historia de la Belle Époque en esta país nuestro, si te llama la atención la genalogía, si eres intelectualmente curioso.
11
Sep 25
Viaje al pasado comercial
Vicente Chacón, abuelo de mi bisabuelo —Federico Chacón Ubico—, fue teniente foráneo del Consulado de Comercio en Salamá, Baja Verapaz, entre 1845 y 1847.
Los consulados de comercio eran organizaciones gremiales y mercantiles establecidas en el Imperio Español durante la época virreinal, diseñadas para regular, promover y proteger las actividades comerciales, especialmente el comercio transatlántico y local. En América, se consolidaron a partir del siglo XVI con la expansión del comercio global.
El Consulado de Comercio de Guatemala, fundado en 1793, fue uno de los últimos en establecerse en el continente. Su creación respondió al crecimiento económico de la región, impulsado por el auge de productos como el índigo, principal exportación de Guatemala en el siglo XVIII, y a la necesidad de los comerciantes locales de tener una organización que defendiera sus intereses frente al monopolio de Cádiz y los comerciantes peninsulares.
El consulado estaba compuesto por comerciantes prominentes. Su líder era el prior, asistido por cónsules y otros funcionarios. En tiempos de don Vicente, que fue teniente del consulado, el diputado en Salamá fue Francisco Infiestas. Un diputado era un miembro electo que representaba los intereses de los comerciantes y participaba en la toma de decisiones dentro del consulado. Los tenientes foráneos, como don Vicente, eran funcionarios designados para extender la autoridad del consulado en áreas periféricas del Reino de Guatemala, como otras provincias o puertos importantes.
En 1845, tras las elecciones de mayo, el prior era Gregorio Urruela; el primer cónsul, Manuel Larrave; y el segundo cónsul, Julián González. Los tenientes eran Juan Matheu, Camilo Idalgo y Joaquín Valdés.

La ilustración es del artículo El Consulado de Comercio, 1793-1821 por Ralph Lee Woodward en el tomo III de la Historia General de Guatemala.
Gracias a Luis Andrés Schwartz por la pista.
03
Sep 25
Mi padre, héroe de los caballitos
Debo haber estado en primer grado de Primaria, o poco antes. En aquel tiempo, mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí a los caballitos y cabritas de la Avenida de las Américas, ¿las recuerdas?
Pues resulta que un domingo de tantos, mientras los dos paseábamos tranquilamente en una carreta de cabritas, se armó un barullo. Un caballo corría desbocado del otro lado de la pista, del jaco colgaba una niña y la gente gritaba. Entonces, mi padre corrió, atajó al rocín, lo detuvo y ¡salvó a la niña!
Sobra decir que ese día mi padre fue el héroe de la ocasión. Mi hermano y yo volvimos emocionados y orgullosos a casa, de ese modo tan especial en que los niños se sienten orgullosos de sus padres cuando actúan lo más cerca de Batman y Supermán que uno puede imaginarse.
Lo de los caballitos y cabritas era una operación de una empresa que se llamaba Mi Jacalito, ubicada al final de la Avenida Hincapié. En las tardes, era chulo ver cuando el equipo y los animales volvían a su lugar de origen en un desfile peculiar. Cuando uno era chico, montaba carretas con cabritas; luego pasaba a los caballos, donde un muchachito lo amarraba a uno a la silla y conducía al potro con una correa. Era muy importante ese rito de paso que era dejar la carreta y subir al caballo, rito que se coronaba cuando a uno ya lo dejaban llevar las riendas.
De todo aquello me acordé cuando vi la foto que ilustra esta entrada. Y es que los recuerdos de infancia, como este, tienen una magia especial: nos conectan con aquellos momentos en que el mundo era más simple y nuestros héroes, como mi padre, eran más grandes que la vida misma.
19
Ago 25
Abuelito Jorge, recuerdos vivos
El abuelito Jorge fue esposo de mi abuelita Juanita y padre de mi madre, Nora. Nació con el siglo XX y, a pesar de que murió cuando yo tenía solo siete años, tengo recuerdos vívidos de él. Hoy sería su cumpleaños.
En las tardes, esperábamos la llegada de El Imparcial, un vespertino célebre en la Guatemala de aquel siglo, y buscábamos dos cosas: esquelas y las tiras cómicas. Las primeras no eran de mi interés, pero las segundas sí, y él hacía lo posible por explicármelas. Recuerdo a Trucutú (un cavernícola) y a El Capitán y Los Cebollitas (que giraban alrededor de las diabluras de dos chicos).
Me enseñó que cuando uno se enchilaba con chiltepes, más que tomar agua para aliviarse, era mejor comer pan. Recuerdo en la mesa del desayuno panes franceses y cubiletes de Las Victorias. Con la botella de miel de abejas me mostraba la burbuja que subía y decía que era el paracaidista.
Lo recuerdo siempre de traje y sombrero. Trabajaba en el Banco de Londres e iba y venía caminando por la zona 1. Era de aquellos caballeros que, al llegar a su casa para almorzar, se quitaban el traje y la camisa para ponerse ropa de estar. En la tarde, volvían al trabajo con una camisa limpia. Pues bien, una vez, por travesura al modo de Los Cebollitas, mi hermano y yo le pusimos mocos (sí, jutes) a su camisa limpia. Esa fue la única vez que lo vi enojado. Furibundo. Tan enfadado que mi abuelita Juanita y mi tía abuela, La Mamita, nos agarraron a mi hermano y a mí y nos metieron al dormitorio, lejos del alcance de George, como le decía mi abuela. Mi hermano y yo, por cierto, cambiamos el nombre de abuelito George por abuelito Chocho, término coloquial para referirse a las personas mayores.
George y La Juanis se casaron en 1924 luego de la caída de don Manuel Estrada Cabrera y él expresidente participó la boda de aquellos jóvenes en representación de los padres de mi abuelita Juanita que habían muerto durante los eventos de 1920. Ambos se fueron a vivir a Nueva York, donde el abuelito Jorge trabajó hasta que —por motivos familiares— tuvieron que regresar a Guatemala. Allá perdieron una hija recién nacida, de nombre Yolanda, y mi abuelita Juanita me contó que George había aprendido a tocar el banjo. Mi tío Rony también fue hijo de George y La Juanis.
Antes de casarse y de adolescente, el abuelito Jorge, estudió en la Escuela Práctica para Varones y se escapó de ese plantel cuando estaba militarizado en tiempos de Estrada Cabrera. Eso le valió que sus padres lo castigaran severamente, castigo que no le hizo mella. En la casa de sus padres, el abuelito Jorge tenía un aguacatal al que se encaramaba para cubrir los frutos con bolsas de papel Kraft. ¿Para qué? Para protegerlos contra los pájaros. Mi madre cuenta que eran aguacates deliciosos.
Aquellos pequeños momentos —las tiras cómicas, el pan para el chiltepe, la burbuja en la miel— se han quedado grabados en mi memoria. El abuelito Jorge, de a sombrero, me enseñó que las lecciones más simples son las que perduran, y que un caballero, incluso encolerizado, deja un legado de cariño y recuerdos imborrables.
17
Jun 25
Billete lindo, valor perdido
El 7 de julio de 1906 hubo una audiencia de remate por $1317 —más costas e intereses— en un proceso que siguió mi tatarabuela Jesús Ubico de Chacón contra Francisco Frías Fernández.
El remate consistió en la subasta pública de dos casas, las números 26A y 26B, ubicadas en la 12 calle oriente de la ciudad de Guatemala. Para referencia, la 12 calle de la actual zona 1 es donde se ubica el Arco de Correos. Ambas casas estaban valuadas en $10,000.
En 1906, el peso era la moneda de curso legal en Guatemala, utilizada desde 1859 hasta 1925, cuando fue reemplazada por el quetzal. Durante este período, el peso guatemalteco estaba vinculado al sistema monetario internacional, inicialmente al franco francés (1870-1895) a una tasa de 1 peso = 5 francos; pero, tras la suspensión de la convertibilidad en 1895, su valor comenzó a devaluarse debido a la emisión de moneda fiduciaria sin respaldo.
En 1906, el peso guatemalteco ya no estaba respaldado por un patrón oro o plata de manera estricta, y su valor estaba influenciado por la inflación y las políticas monetarias del gobierno de Manuel Estrada Cabrera. Durante este período, la economía guatemalteca sufrió alta inflación debido a la emisión excesiva de billetes por parte de bancos privados, lo que depreció el peso.
Según Grok, $1017 pesos guatemaltecos de 1906 equivalen aproximadamente a Q21.95 de 1925; o sea, Q1273 quetzales de 2025, ajustados por la inflación estimada. ¿Ves cómo ha perdido valor el quetzal en los 100 años de su historia? Esto se me ocurrió porque el Banco de Guatemala está celebrando que el billete de Q1 fue reconocido por su diseño conmemorativo y sus características de seguridad. Lo cual me pareció chulo porque mi padre vendía papel de seguridad para bonos, acciones, timbres, sellos y billetes. También porque el banco central hubiera sido mejor que celebrara el valor del quetzal, en vez del papel, la cinta, el sistema de impresión y la cinta plástica en una promesa en papel que se ha devaluado considerablemente.
Mientras el Banco de Guatemala festeja el diseño de un billete, el verdadero desafío es recuperar la confianza en una moneda que pierde valor frente a la inflación y las promesas vacías. ¡Es hora de valorar el poder adquisitivo, no solo el papel!
Gracias a Luis Andrés Schwartz por la pista.















