Acabo de recibir una chulísima edición de Anthem, la novela de Ayn Rand en formato de novela gráfica. En esa obra distópica, la humanidad ha caído en una edad oscura en la que la civilización ha sido destruida por la envidia. La novela empieza con frases como It is a sin to write this. It is a sin to think words that no others think,… ¿Ves por qué es una obra muy apropiada para explorar una ética de la libertad? De esa novela es la frase célebre: I think, I am, I willl.
Anthem en versión de novela gráfica.
Anthem o Himno convierte en experiencia vivida lo que de otro modo permanecería como abstracción. Muestra que cuando se niega el Yo, se niega la posibilidad misma de una vida humana digna de ser vivida. Y al hacerlo, nos devuelve, con una claridad casi brutal, a la pregunta fundamental de toda ética de la libertad: ¿quién es el beneficiario último de la moral —el individuo o el colectivo?
En la sociedad del Nosotros, el pronombre Yo ha sido borrado del lenguaje. No existe propiedad, ni familia, ni vocación personal, ni pensamiento independiente. El individuo ha sido reducido a una célula más del organismo colectivo. El resultado no es una utopía de armonía, sino un mundo de miseria material, ignorancia deliberada, estancamiento tecnológico y terror psicológico. La novela no predica esto: lo muestra. Y al mostrarlo, invita al lector a enfrentar la pregunta ética fundamental: ¿qué tipo de código moral hace posible la vida humana?
Cuando el protagonista descubre la palabra Yo en un texto antiguo, la novela dramatiza el acto moral primario: la afirmación de la propia conciencia como soberana. El Yo no es egoísmo caprichoso ni narcisismo. Es el reconocimiento de que cada ser humano es un fin en sí mismo, no un medio para los fines de otros. El Nosotros de la sociedad distópica es, en realidad, la aniquilación del Yo: nadie puede pensar, inventar, amar ni valorar por cuenta propia. Al recuperar la primera persona del singular, el protagonista no solo se libera políticamente; se reconstituye moralmente. Recupera la capacidad de tener valores propios, de perseguir su propia felicidad, de sostener juicios independientes.
En Anthem o Himno, el lema We are all in one, and one in all sirve para justificar la supresión de cualquier logro individual, la persecución del pensamiento independiente y la nivelación hacia abajo.
El protagonista inventa la electricidad por su propio esfuerzo intelectual, en secreto y contra las reglas del colectivo. Cuando lo descubre el Consejo, no lo celebran: lo condenan. Porque el logro individual amenaza el mito igualitario. Esta escena es una lección ética magistral: el progreso humano no surge del sacrificio colectivo ni de la obediencia al bien común, sino de la mente individual trabajando para sus propios fines racionales. La ética de la libertad, por tanto, no es compatible con ninguna forma de colectivismo, por bienintencionado que se presente.
Anthem no es simplemente una novela distópica más: es una de las herramientas pedagógicas más precisas y poderosas que existen para comprender, de manera concreta y emocionalmente cargada, los fundamentos de una ética basada en la libertad individual. Dicho lo anterior, la novela gráfica acerca esas ideas fundamentales a un público más amplio.
¡Gracias a mi cuata, Adriana, por obsequiarme esta edición!
Esta edición gráfica no solo embellece la historia, sino que la hace más accesible. En tiempos donde el nosotros sigue usándose para aplastar al individuo, volver a Anthem es un recordatorio urgente de que la libertad comienza —y termina— en el Yo.
Ayer me puse intenso, así que hoy les recomiendo algo con más de comedia dramática, aunque no por ello menos profundo. Les recomiendo la serie argentina Nada, protagonizada por el tristemente recién fallecido Luis Brandoni como Manuel Tamayo Prats y por Robert De Niro como Vincent Parisi.
“Nada” está en Disney+ y es una miniserie cortísima.
Si visitas Carpe Diemcon frecuencia, recordarás que soy cocinero y comelón por lo que aprecié grandemente el encanto culinario de Nada. Dice Manuel: Las recetas y los sabores no son solo comida, son un idioma, la verdadera historia de nuestra gente.
Seguramente también tendrás en mente que -en términos de ética de la libertad- la vida del individuo racional es el estándar del valor. Entonces la moral no consiste en sacrificarse por los demás, ni en someterse a mandatos externos, sino en actuar de acuerdo con la naturaleza del hombre como ser pensante que debe producir los valores que sustentan su existencia y su felicidad. Las virtudes cardinales —racionalidad, productividad y orgullo— no son ideales etéreos, sino requisitos prácticos para la vida y el florecimiento.
¿De que va Nada?
Manuel Tamayo Prats es un crítico gastronómico, un bon vivant porteño y un dandy que ha construido una vida de placeres intelectuales y estéticos. Durante más de cuarenta años, su empleada doméstica, Celsa, gestionó admirablemente todos los aspectos materiales de su existencia, ya que cocinaba según sus estándares exigentes, mantenía la casa y resolvía lo cotidiano. Manuel vivía como si la realidad práctica no lo tocara; de modo que su mente podía dedicarse al juicio estético sobre la comida, el arte y las ideas, mientras otro cuerpo y otra mente sostenían la infraestructura de su vida.
Cuando Celsa muere, ese andamiaje se derrumba. Manuel debe contratar a Antonia, una joven paraguaya sin experiencia, y descubre que no sabe —o ha olvidado— cómo vivir por sí mismo. No sabe cocinar, planchar, ni organizar su día a día. Su independencia intelectual y profesional resulta ser parcial: ha externalizado la supervivencia material básica. ¡Antonia es una joya que brilla con luz propia en la serie!
Desde una ética de la libertad, este conflicto es profundamente instructivo. La independencia no es solo pensar por uno mismo en abstracto. Es la virtud de sostener la propia vida con el propio esfuerzo y juicio en todos los ámbitos relevantes. El hombre independiente es aquel que no necesita que otros piensen ni actúen por él para existir como ser humano. Manuel había delegado la acción productiva cotidiana. El pago del salario de Celsa no borra el hecho de que, durante décadas, su capacidad práctica se atrofió. La división del trabajo es legítima y beneficiosa en una sociedad de personas libres; pero solo cuando quien delega conserva la competencia y la responsabilidad última sobre su vida. Cuando la delegación se convierte en abdicación, el individuo se vuelve vulnerable y, en sentido moral, segundo de a bordo de su propia existencia.
Nada como oportunidad moral
El título puede leerse como un eco de tradiciones existencialistas o nihilistas que salpican cierta cultura contemporánea: la idea de que, quitadas las ilusiones y las estructuras, queda la nada. Desde la perspectiva de una ética de la libertad, esa lectura es errónea y peligrosa. La nada no es un dato metafísico. La nada, no nadea como dijo Martín Heidegger; es el resultado de la inacción, o de la negativa a ejercer la razón y la voluntad. Ante la muerte de Celsa y el colapso de su rutina, Manuel tiene dos caminos: resignarse al vacío, quejarse del mundo y seguir dependiendo de otros (o de la suerte), o afirmar su vida mediante la acción productiva y el aprendizaje.
La serie, en su tono de comedia dramática, muestra el segundo camino: el esfuerzo torpe, a veces ridículo y a veces conmovedor, de un hombre mayor que debe reaprender a vivir. Ese esfuerzo es un acto de virtud. La productividad no se limita a escribir un libro, o a emitir un juicio crítico brillante; incluye también la capacidad de mantener el propio hogar, preparar una comida decente, ordenar el propio espacio. Son actos de auto-sostenimiento que honran la vida como valor último.
Dependencia, autoestima y relaciones voluntarias
Nada también es una exploración bella de la amistad por medio de la relación de Manuel con Vincent Parisi, viejo amigo que narra e interviene. La amistad no es un deber ni un sacrificio mutuo. La amistad virtuosa, de Aristóteles, es una relación voluntaria entre personas que se admiran por sus valores y que encuentran en ella un beneficio recíproco. El vínculo entre Manuel y Vincent tiene esa naturaleza: respeto antiguo, memoria compartida y reconocimiento de cualidades. No es altruismo disfrazado, ni codependencia emocional.
En contraste, la dependencia prolongada de Celsa —incluso siendo una relación laboral legítima— había erosionado en Manuel una parte de su autoestima práctica. La autoestima no es sentirse bien consigo mismo sin causa; sino el orgullo que resulta de vivir según los dictados de la razón y de ser capaz de enfrentar la realidad sin muletas permanentes. Cuando Manuel comienza a hacer las cosas por sí mismo, aunque sea torpemente al principio, está recuperando esa autoestima. Está demostrando, tarde pero de manera real, que su vida le pertenece y que puede hacerse cargo de ella.
Lecciones para la ética de la libertad
Como Nada es una obra de arte funciona como un espejo útil para nuestra reflexión sobre el sentido de vida. Nos recuerda que la libertad política —el sistema de derechos individuales— presupone individuos capaces de ejercer esa libertad. Un hombre que no puede sostener su propia vida cotidiana sin que otro lo haga por él está mal preparado para la responsabilidad que implica ser ciudadano de una sociedad de personas libres. La dependencia crónica, incluso cuando es pagada, genera fragilidad y, a escala social, demanda de sistemas coercitivos que suplan lo que el individuo no cultiva en sí mismo.
La serie también ilustra, con humor y sin grandilocuencia, que el cambio es posible cuando la realidad impone sus términos (reality bites) y el individuo elige responder con razón y esfuerzo en lugar de con evasión, o resentimiento. Manuel no es un héroe Objetivista perfecto —tiene vanidades, rigideces y una cierta ceguera ante su propia situación financiera y práctica—, pero muestra un principio básico: la vida exige acción constante. No hay nada que justifique la pasividad cuando uno aún puede pensar y actuar.
Luis Brandoni, extraordinario
Luis Brandoni apoyaba ideas como la de un gobierno limitado, la reducción del déficit, el recorte a los subsidios incluidos los del arte y la desregulación porque nos merecemos que las cosas vaya bien. Aunque espresó reservas sobre la retórica del presidente Javier Milei, lo apoyaba por las razones citadas. En los años 70 estuvo exiliado.
Prepárate porque te voy a recomendar una serie inteligente, emocionante y perturbadora: Los testamentos: De las hijas de Gilead. Está en Disney+ y sólo está disponible la primera temporada. Aunque es una secuela de El cuento de la criada(que no he visto) se puede ver perfectamente sin aquel antecedente. Los testamentos no es entretenimiento ligero, sino que es un laboratorio moral y político que nos permite diseccionar qué ocurre cuando una sociedad abandona la razón como guía y somete al individuo a un colectivo místico armado con el poder del Estado.
La serie puedes verla en Disney+. La foto la tomé de IMDB.
El tema es de mucha actualidad porque, como reacción a los excesos y absurdos de la agenda woke que ha estado omnipresente durante más de una década, de repente uno nota brotes inquietantes de conservadurismo religioso.
Gilead, pues, es una teocracia totalitaria que surgió luego del colapso de la sociedad anterior (caracterizada por crisis ambientales, políticas y de natalidad) y que se impuso mediante un golpe de estado envuelto en lenguaje bíblico.
En la serie vemos chicas como Agnes —educada desde niña en la piedad y la obediencia— y Daisy, una recién llegada desde el mundo exterior, que conviven en una academia preparatoria de élite dirigida por mujeres adultas llamadas Tías. Allí se forma a las futuras esposas de los Comandantes. La obediencia se impone con justificación divina, el pensamiento crítico es castigado y las relaciones humanas —con serias limitaciones— se convierten en el único espacio posible de resistencia.
La Tía Lydia dirige la academia y es pieza clave del aparato de control. Su presencia es fundamental porque encarna una pregunta ética incómoda: ¿hasta dónde llega la capacidad humana de racionalizar la colaboración con el mal cuando está en juego la propia supervivencia y el estatus?
Desde la perspectiva de una ética de la libertad, Los Testamentos ilustra con crudeza cinco verdades fundamentales:
El de Gilead no es un régimen religioso en el sentido espiritual; sino un sistema que ha secuestrado textos antiguos para justificar el poder arbitrario de una élite. La fe —entendida como aceptación de afirmaciones sin evidencia— reemplaza a la razón como herramienta de conocimiento. Cuando la razón se abandona, cualquier atrocidad puede ser justificada mediante la apelación a la voluntad divina, o al bien del orden. Esto no es accidente: es la consecuencia lógica de subordinar la mente individual a una autoridad trascendente, o colectiva.
Frases como Bendito día, Por su mano, Bendito sea el fruto y su respuesta Que Él permita que madure, Los pecadores siempre son visibles a los ojos Divinos, Con su mirada y Alabado sea su milagro, ilustran lo comentado arriba.
En Gilead las mujeres (y en menor medida los hombres de rangos inferiores) son tratadas como medios, no como fines. Sus cuerpos, su fertilidad, su capacidad de leer, o elegir su destino le pertenecen al Estado-teocracia. No existe derecho a la vida propia, a la libertad de pensamiento, ni a la búsqueda de la felicidad personal. Todo está subordinado a la misión reproductiva y moral del régimen.
Desde una ética de la libertad esto es inmoral en su raíz: los derechos no se otorgan por decreto divino, ni por tradición; se derivan de la naturaleza del ser humano como ser racional que necesita libertad para pensar, producir y vivir. Iniciar fuerza contra un individuo inocente —por muy sagrada que sea la excusa— destruye la base de toda moralidad civilizada.
Uno de los aciertos más perturbadores de la serie es mostrar cómo muchas personas —especialmente mujeres en posiciones intermedias— colaboran activamente con el sistema. No siempre por sadismo, sino por miedo, ambición de estatus, deseo de seguridad, o convicción de que así están las cosas.
Esto el Objetivismo lo ha advertido siempre: el altruismo y el colectivismo no producen santos, sino que producen tiranos y sus cómplices. Cuando se acepta que el individuo debe sacrificarse por un bien mayor (ya sea un dios, la Nación, la Revolución, o la Fertilidad Nacional), se abre la puerta a que cualquier grupo con poder defina qué es ese bien y exija el sacrificio de los demás.
Frente a la opresión, la serie muestra que la chispa de resistencia no surge principalmente de proclamas colectivas, o de identidades de grupo, sino de mentes individuales que se niegan a renunciar por completo a la realidad. El acto de dar testimonio —de escribir, recordar y transmitir la verdad— es, en el fondo, un acto de afirmación de la mente.
Las alianzas que se forman entre las jóvenes protagonistas no son meramente solidaridad femenina. Son relaciones entre personas que, a pesar del indoctrinamiento, descubren que pueden pensar, cuestionar y confiar en alguien más sin traicionarse a sí mismas. Eso es profundamente compatible con la visión de una ética de la libertad: esto es que la libertad comienza en la mente de cada individuo y se extiende a través de relaciones voluntarias basadas en valores compartidos.
Sólo he visto la primera temporada; pero Los Testamentos sugiere que Gilead lleva en sí las semillas de su propia destrucción. La corrupción, la hipocresía de la élite, las contradicciones entre la propaganda y la realidad vivida, y la imposibilidad de suprimir indefinidamente la naturaleza racional del ser humano acaban generando grietas.
Esto no es optimismo ingenuo; sino el reconocimiento de que cualquier sistema que niega la realidad objetiva y la naturaleza humana está condenado a la inestabilidad. Los regímenes que se basan en la fuerza y la mística pueden durar décadas, pero pagan un precio creciente en sufrimiento, ineficiencia y eventual colapso. Eso lo estamos viendo en vivo y en cámara lenta al ver el colapso de Cuba.
¿Qué podemos aprender de esta serie?
Nunca hay que subestimar el poder del misticismo político, sea religioso, o secular. Cualquier ideología que exija lealtad a un grupo por encima de la evidencia y la razón individual es un peligro potencial.
La educación importa. La academia de las Tías es un caso extremo de indoctrinamiento. La alternativa es una educación que forme mentes independientes, capaces de pensar por sí mismas y de defender sus derechos.
La resistencia más efectiva no siempre es la más ruidosa. A menudo comienza con personas que se niegan a traicionar su mente, que preservan la verdad aunque sea en secreto, y que construyen relaciones basadas en la confianza mutua y no en la coacción.
El egoísmo racional —entendido como la preocupación moral por la propia vida, la propia felicidad y la propia integridad— es la mejor defensa contra el sacrificio impuesto por cualquier causa superior.
La serie muestra, con claridad, que cuando se destruye la razón y se niega la individualidad, el resultado no es paraíso moral, sino un infierno burocrático y teocrático donde todos pierden, incluso los que creen estar en el poder.
No es feminismo woke
Como en la serie los hombres oprimen a las mujeres, no va a faltar quien interprete Los Testamentos a través de una lente feminista, e incluso woke. Sin embargo, esa interpretación es parcial, reduccionista y, en última instancia, incompatible con un análisis desde los principios de la razón y los derechos individuales.
La serie puede ser leída como una crítica al patriarcado teocrático y a cualquier sistema que niegue la autonomía corporal y mental de las mujeres. Esta lectura tiene un núcleo válido: cualquier régimen que inicia fuerza contra las mujeres por el hecho de ser mujeres viola sus derechos individuales. La defensa de la libertad de las mujeres es una consecuencia directa de la defensa de los derechos individuales, no una causa separada.
Una lectura woke tiende a convertir una advertencia contra el totalitarismo teocrático en un panfleto contra el hombre y pierde de vista lo esencial: Gilead no es el producto del patriarcado entendido como conspiración masculina, sino del rechazo a la razón y de la subordinación del individuo a un colectivo místico (en este caso, una interpretación arbitraria de textos religiosos convertida en ley estatal).
Sin embargo, desde una ética de la libertad los derechos de las mujeres no requieren una teoría feminista especial. Se derivan del mismo principio que los derechos de los hombres: el derecho a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la felicidad de cada individuo racional.
La opresión en Gilead es inmoral porque viola derechos individuales, no porque sea misógina en un sentido identitario. La misma estructura de poder violaría derechos si se aplicara a cualquier grupo.
La resistencia más efectiva que muestra la serie no surge de la conciencia de género colectiva, sino de mentes individuales (Agnes, Shunnamite y Daisy) que se niegan a falsear la la realidad, incluso cuando eso implica riesgo personal. Eso es egoísmo racional en acción, no activismo identitario.
Interpretar la obra principalmente como feminista woke confunde una crítica al totalitarismo con una crítica a la civilización occidental, o al capitalismo, cuando en realidad Gilead representa lo contrario de ambos.
En todo caso, la mejor defensa de las mujeres —y de los hombres— sigue siendo la misma: una cultura que reconozca que cada persona es un fin en sí misma y que la violación del principio de no agresión siempre es inmoral.
La brújula dorada
Los testamentos, de alguna manera, me recordó La brjujula dorada, una peli de 2007. El tema de esta es una aventura estimulante que ilustra el conflicto enre la libertad individual y el poder coercitivo. En La bújula, un poder teocrático llamado el Magisterio representa el colectivismo teocrático: una institución que usa el miedo, la censura y la violencia para mantener el poder, al suprimir la razón, la curiosidad y el desarrollo individual. Desde una ética de la libertad, la peli es una crítica certera al misticismo y al altruismo sacrificial que exige que el individuo se someta al bien mayor, o a dogmas revelados. Advierte, precisamente, cómo las religiones y los estados totalitarios exigen renuncia a la mente propia. Lyra —la protagonista— encarna las virtudes de la independencia y la integridad porque confía en su razón (la brújula como símbolo de búsqueda de verdad) y rechaza la obediencia ciega.
En poco más de cuatro semanas asistí a cinco honras fúnebres de amigos y familiares. En mi familia, con ocasión de esos acontecimientos solemnes solemos tomar mezcal y —en compañía, o en privado— meditar sobre la vida en general y recordar anécdotas y aventuras con los fallecidos.
Familiares y amigos deben conocer tu manifestación de voluntad anticipada. La ilustración es de Grok.
Una de las meditaciones que suelo abordar en aquellos contextos es la necesidad de hacer una declaración de voluntad vital anticipada con respecto a la calidad de vida, el consentimiento informado, los cuidados paliativos, la limitación del esfuerzo terapéutico, la sedación paliativa y la situación terminal.
Hace años, luego de las películas Mar Adentro y Million Dollar Baby, tomé más en serio el concepto de Living Will, que puede traducirse como la voluntad anticipada o las instrucciones previas manifestadas por pacientes o usuarios de los servicios de salud, acerca de la asistencia que desean que se les preste, o no, llegado un momento en el que no puedan expresar su voluntad personalmente.
En su momento y como consecuencia del caso de Terri Schiavo tuve la oportunidad de participar en un coloquio acerca del tema, y concluí que, pudiendo uno hacer ese tipo de previsiones, es una irresponsabilidad y una desconsideración no hacerlas. En ese sentido, es lamentable que no exista una figura legal que, como el testamento, proteja debidamente una voluntad anticipada de tanta trascendencia para la persona que decida expresarla libremente.
Como esta forma de expresión de voluntad no está regulada por la legislación civil guatemalteca, debe hacerse en un documento privado. Por eso es recomendable que sea sometida a consideración de un notario, no sólo para la autenticación de la firma, sino para asegurar su custodia y prever su cumplimiento fiel. Otra recomendación es que el ejecutor de esta voluntad sea una persona confiable y que esté bien apalabrada.
El documento es una manifestación de la propia voluntad en el sentido de que, en previsión de que llegara el momento en que uno ya no pueda tomar y/o comunicar decisiones relativas a su propio futuro, se hace la declaración cuando uno todavía se encuentra en pleno uso de sus derechos civiles, de sus facultades mentales y volitivas, y sin coacción.
En mi caso no está de más expresar que la declaración la hago después de una reflexión profunda, conforme a mis creencias y convicciones, y que la hago con la intención de que se ejecuten mis deseos e instrucciones, con la esperanza de que quienes reciban la confianza de ejecutarla se consideren moralmente obligados a cumplirla y de que las decisiones se entiendan como superiores a lo que opinen mi familia, o los médicos.
El documento que usé como ejemplo de mi Living Will expresa que si se presentara la situación en que no haya ninguna esperanza razonable de recuperación de una inhabilidad extrema, física, o mental que me aqueje, o que yo perdiere definitivamente la conciencia, o entre en estado vegetativo, o en un estado terminal, mi deseo y voluntad es morir tranquilamente, sin sufrimiento y con dignidad. Decisión que adopto en forma plenamente consciente y libre. En consecuencia, expreso que no deseo y que me opongo expresamente a ser sometido a terapias invasivas y dolorosas que prolonguen artificialmente mi vida, que me causen dolores o angustias, ni a tratamientos artificiales de sostén de mis funciones vitales.
En el documento (y aquí en esas líneas) reitero que, ante la inminencia de una muerte inevitable, o en caso de que me encuentre en estado vegetativo, deseo morir con dignidad humana y no deseo que se prolongue mi sufrimiento, porque considero que violenta mi dignidad. Asimismo expreso el deseo y la voluntad de que sí me sean administrados calmantes para el dolor, aunque se ponga en riesgo mi vida, o se me arriesgue a una posible adicción. Esta disposición debe aplicárseme siempre, aun cuando no sea una enfermedad terminal. El documento expresa, también, el deseo de que no se me someta a tratamientos heroicos, ni que se prolongue artificialmente mi vida en caso de cuadros clínicos irreversibles.
Lo que más debe quedar claro es que no quiero que mi partida sea más dolorosa, ni más larga de lo necesario. Por eso dejo por escrito, con toda lucidez, cómo quiero que me dejen ir cuando ya no haya regreso.
La batalla de las ideas no es una metáfora bélica vacía (que las hay): es la reconocimiento de que, en última instancia, lo que mueve la historia y guia el curso de las sociedades no son las armas, el dinero ni el poder bruto, sino las ideas filosóficas que los hombres aceptan y por las cuales están dispuestos a vivir, o morir. Ayn Rand lo expresó con claridad: No se puede forzar a un hombre a pensar, pero se puede desarmar intelectualmente a una sociedad al hacer que acepte ideas falsas, o evasivas. La política, las leyes y la legislación, las economías y las culturas son consecuencias de las premisas filosóficas dominantes en una época.
La batalla cultural se libra en la música, la arquitectura, el cine, el teatro, la escultura, así como en otros campos. Esta es una letra de Bad Bunny, y la tomé de X.
La batalla de las ideas es, fundamentalmente, la lucha entre dos visiones irreconciliables del hombre y de la existencia: Por un lado, la visión racional: el hombre como ser volitivo, cuya herramienta de supervivencia es la razón; cuya vida propia es el estándar moral supremo; cuyos derechos individuales (vida, libertad, propiedad y búsqueda de la felicidad) derivan de su naturaleza racional y no de la gracia de ningún colectivo o autoridad.
Por el otro, la visión mística-altruista-colectivista: el hombre como ser sacrificable, cuyo deber moral es servir a otros como la sociedad, el Estado, la étinia, el sexo, o la clase social; cuya razón es impotente, o sospechosa; y cuyos derechos son concesiones revocables otorgadas por el grupo, o el gobierno.
Esta segunda visión ha dominado la historia humana desde las teocracias primitivas hasta el comunismo, el fascismo y las formas modernas de estatismo mixto que hoy prevalecen. El siglo XX demostró, con cientos de millones de muertos, el poder destructivo de las ideas erróneas cuando se convierten en premisas aceptadas sin cuestionar.
¿Por qué se habla de batalla? Porque las ideas no coexisten pacíficamente en el vacío. Una filosofía que afirma la primacía de la existencia (la realidad objetiva) y la razón choca frontalmente con cualquier filosofía que afirma la primacía de la conciencia (subjetivismo, intrinsecismo, misticismo). Una ética del egoísmo racional es incompatible con una ética del altruismo. Un sistema político de derechos individuales absolutos es incompatible con cualquier grado de iniciación de la fuerza (impuestos coercitivos, regulaciones, controles). No hay tercera vía ni compromiso posible en los principios fundamentales: la fuerza está prohibida en las relaciones sociales, o está permitida; y no hay punto medio sostenible.
La tragedia del movimiento libertario y conservador en el siglo XX y XXI ha sido, con frecuencia, pelear batallas políticas y electorales sin ganar primero la batalla filosófica. Se han defendido consecuencias (mercado libre, impuestos bajos y menos regulación, por ejemplo) sin defender explícitamente las premisas que las justifican: la razón, el egoísmo racional y el capitalismo laissez-faire como único sistema moral. El resultado es que, incluso cuando se logran victorias tácticas, el terreno cultural sigue cedido al enemigo, y las conquistas se revierten con facilidad (y de ahí el péndulo).
Rand insistió en que la única forma de ganar esta batalla es a largo plazo, mediante la educación intelectual y moral. No se gana con eslógans, propaganda emocional, ni con compromisos pragmáticos, sino ofreciendo un sistema filosófico integrado, consistente y demostrable y esto requiere:
Claridad conceptual (definir términos, evitar palabras comadreja, rechazar paquetes falsos como derechospositivos, o libertad positiva).
Defensa sin disculpas del egoísmo racional.
Exposición constante de las consecuencias destructivas del altruismo y el colectivismo en la vida cotidiana y en la historia.
Creación de cultura (música, arquitectura, cine, teatro, y escultura, por ejemplo) que proyecte al hombre como ser heroico, racional y productivo.
Comprender que la principal función del lenguaje es posibilitar el pensamiento.
La batalla de las ideas es la batalla más importante que un defensor de la libertad puede librar, porque es la única que puede ganarse de manera definitiva. Las batallas políticas se ganan, o pierden según las ideas que las sustentan. Mientras el altruismo y el colectivismo sigan siendo considerados moralmente superiores, ninguna victoria política será duradera. Solo cuando la mayoría intelectual y moral acepte que el individuo racional es el fin en sí mismo, y que el único sistema social justo es aquel que prohíbe totalmente la iniciación de la fuerza, podremos hablar de una sociedad libre.
Esto explica por qué Bad Bunny es una especie de ídolo intelectualde la izquierda y por qué algunas personas escuchan su música y al día sigueinte se autoperciben como perros.
Etica — Comentarios desactivados en Epstein y el mito de las élites 04 Feb 26
En el contexto de la publicación de los archivos de Jeffrey Epstein, en medios de comunicación y en redes sociales, a menudo se alude a las élites corruptas que aprovecharon los favores y servicios de aquel personaje criminal y nefasto (y los de su socia Ghislaine Maxwell). El uso laxo del concepto de élites no le hace un favor a la causa de la dignidad humana, ni a la causa de la libertad; y por eso te invito a pensar en ese concepto, especialmente si eres de la Generación Z.
Las élites verdaderas crean y construyen, las falsas eliminan y destruyen. La ilustración es de Grok.
Desde la perspectiva del Objetivismo y de la tradición liberal clásica, las élites no son un grupo privilegiado por nacimiento, conexiones políticas, o coerción. Las verdaderas élites son los individuos que, mediante el uso excepcional de su razón, su capacidad productiva y su integridad moral, crean valores nuevos en el mundo. Son los productores por excelencia: inventores, empresarios, científicos, artistas, ingenieros y pensadores que generan riqueza, innovación y progreso.
Ayn Rand los llamó hombres de la mente, como Thomas Edison, Steve Jobs y John D. Rockefeller, o en nuestro contexto latinoamericano, personas como Manuel F. Ayau y Giancarlo Ibárgüen, que no solo crearon empresas, sino que transformaron realidades mediante su capacidad productiva y su vocación educadora.
Estas élites no gobiernan a los demás; no necesitan hacerlo. Su influencia proviene exclusivamente del valor que ofrecen voluntariamente en el mercado: productos mejores, servicios más eficientes, ideas más profundas. Los demás las seguimos porque elegimos libremente comprar sus productos, explorar sus ideas o adoptar sus inventos.
¿Para qué sirven las élites?
El rol de las élites es ser el motor del progreso humano. En una sociedad libre crean riqueza real (no la redistribuyen ni la extraen por la fuerza); elevan el estándar de vida de todos mediante innovación y competencia; sirven como modelos morales porque demuestran que el éxito se logra mediante la virtud de la productividad, la racionalidad y la independencia; y protegen implícitamente la libertad: cuanto más dependa una sociedad del genio individual y del mercado voluntario, menos espacio queda para la coerción estatal.
Sin estas élites productivas, no hay progreso sostenido. Las sociedades que las persiguen, demonizan o expropian (como ocurrió en muchos países socialistas) terminan en estancamiento y pobreza.
¿Quiénes no son élites?
En medios de comunicación, aulas universitarias estatistas y púlpitos se utiliza frecuentemente la palabra élite para referirse a grupos que nada tienen que ver con la verdadera élite productiva. (lo estás viendo en el tratamiento de los involucrados en los archivos de Jeffrey Epstein). Estos grupos suelen ser precisamente lo opuesto: parásitos del poder coercitivo, o beneficiarios de privilegios estatales. Por ejemplo, la élite política y burocrática, que son políticos, altos funcionarios, reguladores y lobistas que viven del presupuesto para políticos y burócratas y del poder coercitivo del Estado. Su éxito no proviene de crear valor sino de redistribuir (o apropiarse) la riqueza ajena mediante impuestos, regulaciones y privilegios. Por ejemplo, ministros que nunca han producido nada en el sector privado o familias políticas que se perpetúan en el poder.
Los empresarios mercantilistas, mal llamados capitalistas de compadrazgo o crony capitalists, que deben su riqueza no al mercado sino a contratos estatales, subsidios, monopolios concedidos o regulaciones que eliminan competencia. No son productores genuinos; son buscadores de rentas parasitarias que prosperan gracias al Estado, no a pesar de él. Aquí caben los creadores e innovadores constructivisetas (en el sentido hayekiano) que usan el poder para hacer ingeniería social.
La élite intelectual estatista como académicos, periodistas y expertos que viven de subsidios estatales, fondos de ONG internacionales o cargos en organismos multilaterales, y cuyo discurso consiste en justificar más intervención estatal. A menudo demonizan a los verdaderos productores mientras defienden sistemas que viven de la expropiación y defienden a los productores convertidos en ingenieros sociales.
Las celebridades y figuras mediáticas sin mérito productivo real, como actores, influencers o deportistas que, aunque pueden haber logrado éxito legítimo en su campo, son elevados a la categoría de élite moral o guías sociales cuando opinan sobre política o economía sin conocimiento profundo. Su influencia proviene del carisma o la fama, no de la creación sostenida de valor. Sin embargo, un actor, o director que, mediante su talento, esfuerzo y visión creativa, produce películas de alta calidad que millones pagan por ver, está creando valor real. Un influencer que ofrece contenido útil, educativo o entretenido de manera consistente (por ejemplo, tutoriales técnicos de alta calidad, análisis profundos o humor inteligente) y vive del apoyo voluntario de su audiencia, también está ejerciendo productividad racional.
Te voy a dar un ejemplo: Billie Eilish dijo que Nadie es ilegal en tierra robada. Pero resulta que su mansión (valorada en alrededor de 3 millones de US$ y rodeada de muros) se encuentra en lo que históricamente fue territorio ancestral de la tribu Tongva. Si Eilish considera que la tierra es robada, ¿por qué no la devuelve a la tribu Tongva o, al menos, la pone a disposición de migrantes indocumentados y abre su casa para alojarlos? La cantante predica desde una posición privilegiada, sin asumir las consecuencias prácticas de sus palabras.
.Y, finalmente, herederos pasivos, o aristocracias tradicionales, que son personas cuya riqueza proviene exclusivamente de herencia, o posición social, sin haber demostrado capacidad productiva propia. No son élites en el sentido moral, ni productivo.
Las élites y la Gen Z
En Hispanoamérica, y particularmente en Guatemala, hemos visto ciclos repetidos de falsas élites políticas que prometen redención mediante más Estado, más regulaciones y más redistribución, mientras enriquecen a sus círculos. La Generación Z, que ha vivido crisis como la pandemia fabricada, la inflación y la polarización, está especialmente expuesta a populismos que disfrazan a estas falsas élites como representantes del pueblo.
Si no aprenden la distinción, corren el riesgo de apoyar sistemas que, históricamente, han empobrecido a nuestras sociedades y limitado sus libertades.
Para la Generación Z, distinguir la verdadera élite de la falsa es vital porque define:
A quiénes admiran y emulan.
Qué políticas apoyan.
Qué tipo de vida eligen construir: una de creación independiente o una de dependencia y resentimiento.
Quien admira a los creadores se convierte en creador. Quien admira a los manipuladores del poder termina justificando la coerción. Y de vuelta a los archivos de Jeffrey Epstein, la decadencia moral y la degradación no son fenómenos exclusivos de las élites verdaderas o de las élites falsas. Todo hijo de vecino —porque la naturaleza humana es volitiva— es susceptible de comportamientos repugnantes como los que protagonizaron los visitantes de la isla infame.
Observa tu feed diario con ojo crítico: ¿quién crea valor real que consumes voluntariamente? ¿Y quién solo pide atención, poder, o impuestos? La respuesta define el mundo que vas a construir.
Te voy a recomendar dos películas: It’s My Party y Blackbird. Ambas son exploraciones crudas y catárticas de la eutanasia como acto de agencia personal, donde el protagonista terminal organiza una reunión de despedida para reconciliarse con seres queridos antes de morir. Ambas abordan temas específicos como la eutanasia digna, los celos familiares, secretos generacionales, aceptación, perdón e hipocresía. Las dos son profundamente emotivas e invitan a la reflexión; pero no descuidan el sentido del humor (entre satírico e irónico) como salvavidas en medio de la pérdida y la despedida. Las separan treinta años de evolución con respecto a los derechos terminales y la última está a cinco años de distancia con respecto a la actualidad.
La eutanasia no es rendirse, es elegir con dignidad. Se puede honrar la vida al permitir un final en control. La ilustración es de Grok.
¿Por qué te lo cuento? Porque el Parlamento uruguayo aprobó la Ley de Muerte Digna y se convirtió en el primer país de Hispanoamérica en legalizar la eutanasia de forma legislativa. Colombia y Ecuador han despenalizado la eutanasia a partir de decisiones judiciales; pero no cuentan con una ley. Argentina cuenta con una ley que autoriza a pacientes terminales, o con enfermedades irreversibles, a rechazar tratamientos, incluida la alimentación, o hidratación, pero no habilita la eutanasia activa.
La ley uruguaya detalla en qué casos puede solicitarse la eutanasia. Toda persona mayor de edad, psíquicamente apta, que curse la etapa terminal de una patología incurable e irreversible, o que como consecuencia de patologías o condiciones de salud incurables e irreversibles padezca sufrimientos que le resulten insoportables, en todos los casos con grave y progresivo deterioro de su calidad de vida, tiene derecho a que a su pedido y por el procedimiento establecido en la presente ley, se le practique la eutanasia para que su muerte se produzca de manera indolora, apacible y respetuosa de su dignidad.
Desde un punto de vista ético, la principal razón para estar a favor de la eutanasia es el principio de que no debemos tratar a las personas como medios. Toda persona madura tiene derecho a decidir sobre su propio cuerpo y vida, sin interferencia estatal, o familiar. La eutanasia respeta la soberanía individual y evita que otros impongan sufrimiento prolongado. Si eso no fuera suficiente, un buen código moral te facilita minimizar el dolor. La eutanasia termina el tormento de forma humana y le da prioridad a la calidad de vida sobre la cantidad. Finalmente, desde la ética de la dignidad, morir en pañales, inmóvil, o dependiente total degrada la identidad. La eutanasia permite un adiós sereno, rodeado de seres queridos, y preserva el respeto propio. Negar la eutanasia es crueldad porque obliga a ver sufrir a un ser querido sin salida. La eutanasia facilita honrar el amor y permite despedidas compartidas y cierre emocional.
Tres objeciones a la eutanasia, que suelen ser planteadas frente, son: Que personas vulnerables podrían ser presionadas por familiares codiciosos, médicos o la sociedad para elegir la eutanasia, de modo que se disfraza la negligencia como compasión. Que legalizar la eutanasia para enfermos terminales abre la puerta a la depresión, la ansiedad o la pobreza como motivos válidos, lo que banaliza la vida y expande la posibilidad a enfermos no terminales. Que se subestiman las opciones paliativas como la morfina, que en muchos casos alivia el 95% del dolor terminal; la eutanasia ignora estas opciones y prioriza la muerte sobre el cuidado integral.
Es bueno saber que países con leyes sobre la eutanasia (Países Bajos, España, Colombia) no reportan abusos sistemáticos; y las tasas de depresión post-eutanasia son más bajas, siempre que se cuente con los instrumentos éticos correctos y con apoyo terapéutico apropiado para los deudos. Porque claro, no es cosa fácil. Eso sí, el argumento del slippery slope es una falacia, un argumento especulativo e irracional. Prohibir todo por miedo hipotético es paranoia utilitaria.
En resumen: la eutanasia no es rendirse, es elegir con dignidad. Se puede honrar la vida al permitir un final en control.
Columna publicada en República y en el CEES; y te invito a leer sobre Alain Delon y la eutanasia. Warren Orbaugh ha escrito dos columnas sobre este tema. como consecuencia de conversaciones en el CEES y de verdad están muy buenas:
Recientemente participé en dos actividades que involucraron la importancia de la ética y la belleza en las relaciones sociales. Me encantó el nivel de interés que despertaron y creo que hay espacios para hablar más y mejor sobre estos temas.
La primera actividad fue una conferencia titulada La ética en nuestras vidas y en exposiciones florales para el consejo de jueces del Club Floralí, del Club Jardín y del Círculo Floral. La segunda fue el III Festival de Arte Cívico, la búsqueda de la belleza.
Catasetum sp. En la naturaleza no hay belleza porque no hay propósito. Lo que hay es estructura.
La idea del primer encuentro fue conversar acerca de las experiencias éticas de las juezas en las exposiciones y competencias florales. Durante la conversación fueron planteados problemas y dilemas éticos relacionados con las actividades propias de las asociaciones mencionadas. Fue una mañana enriquecedora debido a la participación y a las preguntas del público.
Me resultó evidente que, en estos tiempos de relativismo, muchas personas están interesadas en cuestiones como por qué necesitamos un código de valores; en la diferencia entre valores y virtudes, y en por qué necesitamos identificar racionalmente lo que es bueno y lo que es malo para alcanzar nuestro propósito y nuestros valores, por mencionar tres temas que abordamos.
¿Por qué es importante aquella conversación? Porque en occidente estamos perdiendo el valor ético de la belleza. Y porque la jardinería, los arreglos florales, y el cultivo de flores son expresiones de belleza. Lo que me lleva a la siguiente actividad.
Durante el Festival hubo exposiciones desafiantes, que deberían ser motivos de buenas conversaciones. Es difícil elegir cuáles compartir, pero aquí va un intento:
La crítica de arte, Avelina Lésper, dijo que la realidad no existe para el arte; el arte realista no existe. Pensar que la obra de arte es realismo es estar en un ejercicio de clase onanista, sin reflexión sobre lo que está enfrente. La inteligencia artificial es la herramienta de los mediocres. Siempre ha habido gente que ha mandado a hacer sus obras; ahora las hace la IA que es un `ready made´ porque tenemos una sociedad adicta a lo fácil. Los museos han entrado en un proceso de corrupción filosófica e ideológica. Siempre creemos que todo lo nuevo es bueno y el arte no se hace de novedades, sino de conocimiento y de perfeccionamiento. Los museos se afanan por presentar novedades como si fueran las pantallas de una TV.
Andrew Balio, el músico, hizo una pregunta que me encantó: ¿cuándo fue la última vez que llevaste a tu hijo a un concierto de música clásica? Yo tuve la dicha de que en mi familia la música clásica, el balé y el teatro estuvieron siempre presentes. Pero pudo haber sido distinto.
Walter Peter llamó la atención sobre un tema de mucha actualidad: La escuela de la ansiedad muestra imágenes mutiladas, derrota, falta de certeza, sufrimiento, culpa.
Warren Orbaugh nos recordó algo que a muchas personas les cuesta entender, porque confunden belleza con gusto: La belleza no es subjetiva, ni es lo que le gusta a cada individuo. No existe el orden en la naturaleza porque el orden sigue a un propósito y en la naturaleza no hay propósito. Lo que hay en la naturaleza es estructura.
Hubo mucho más y, de nuevo, me agradó muchísimo el interés del público, y especialmente del público joven en estos temas. Estoy convencido de que debemos platicar más sobre la belleza y su papel importantísimo en nuestras vidas diarias.
La ética en nuestras vidas y en exposiciones florales, fue el título de la charla que le ofrecí al consejo de jueces del Club Floralí, con la participación de juezas del Club Jardín y del Círculo Floral.
Brunch, ética y exposiciones florales.
La idea fue conversar acerca de las experiencias éticas de las juezas durante las exposiciones y competencias florales y fue una mañana muy enriquecedora debido a la participación y a las preguntas del público.
Hablamos de la ética como el código de valores que guía las acciones para alcanzar el propósito y el curso de nuestras vidas. También de por qué necesitamos un código de valores. Distinguimos entre valores y virtudes. Exploramos virtudes atingentes a los procesos que les interesan a las juezas, tales como: independencia, integridad, honestidad, justicia, laboriosidad, determinación, perseverancia, responsabilidad, honradez y sinceridad. Por supuesto que abordamos la importancia de la prudencia.
Durante la conversación fueron planteados problemas y dilemas éticos relacionados con las actividades propias de las asociaciones mencionadas.
La actividad fue el 5 de junio y me recordó mis tiempos de orquideólogo. Quizás no sepas que fui miembro de la Asociación Guatemalteca de Orquideología y fui vocal de su junta directiva. Fui asistente de jueces el la II Exposición Centroamericana de Orquídeas y fui juez en varias exhibiciones nacionales. También obtuve dos, que tres listones por algunas de mis plantas.
¿Por qué es importante este tema? Porque Occidente está perdiendo el valor ético de la belleza. Y porque la jardinería, los arreglos florales, y el cultivo flores son expresiones de belleza. Si te interesa el tema, te recomiendo el siguiente reportaje:
La experiencia con el Consejo de Jueces me trajo muchos y queridos recuerdos.
Etica / héroes / RepúblicaGt — Comentarios desactivados en “La sociedad de la nieve”, recuerdos y meditaciones 02 Feb 24
Cuando vi La sociedad de la nieve volví a tener los sentimientos de respeto y admiración que tuve cuando en conocí a Carlos Páez y a Roberto Canessa en 2002. Ambos héroes visitaron Guatemala y ofrecieron una conferencia organizada por la Organización para las Artes de la Universidad Francisco Marroquín.
Yo tenía 11 años de edad cuando ocurrió el accidente que llevó a un grupo de jóvenes rugbiers uruguayos a vivir los 72 días de pesadillas que inspiraron la película de Juan Antonio Bayona. Yo tenía aquella misma edad cuando leí acerca de la tragedia en la revista “Selecciones”; y más tarde, por supuesto, vi Los supervivientes de los Andes, en 1976; y ¡Viven! una peli de 1993. Aquel es uno de los dramas humanos que más me han conmovido en la vida.
Carlos Páez, Yours Truly y Roberto Canessa en la UFM el 18 de julio de 2002.
Por eso me impresionó bien la película nueva. La peli logra transmitir muy bien aquella tragedia espantosa. Los efectos especiales del choque del avión con la montaña; la angustia, el desconcierto, la confusión, el dolor y el miedo de aquellos momentos; así como el despedazamiento de la aeronave fueron muy bien logrados.
Luego… todo lo demás: el deterioro físico y las angustias morales y psicológicas de los sobrevivientes. La maravillosa capacidad de los seres humanos para no abandonar la civilización, ni la calidad humana, aún en circunstancias horriblemente adversas. Como escribió Alberto Algorta, la resiliencia no es la capacidad de recuperación. Es la capacidad de pasarla mal, de soportar lo indescriptible y no romperse. Volver a la civilización y hacer una vida civilizada, es justamente producto de esa capacidad de ser igualmente normales en el dolor, enla angustia, en el hambre y en el frío.
Y lo más fascinante: la toma racional de las decisiones necesarias para conseguir que los objetivos de sobrevivir y volver a sus hogares tuvieran posibilidades de convertirse en realidad. Los sobrevivientes de los Andes -en la vida real- enfrentaron las mismas preguntas que enfrentó Mark Watney en The Martian -en la ficción-. Esas preguntas son: ¿Dónde estamos? ¿Cómo lo podemos saber? ¿Qué tenemos que hacer para vivir? Preguntas que deben ser respondidas de forma racional y objetiva para que provean la información necesaria que permita actuar con efectividad.
En el día a día, sin necesidad de enfrentar un accidente en los Andes y sin necesidad de quedar varados en Marte, todos nosotros tenemos que hacernos esas preguntas; y no sólo para sobrevivir biológicamente, sino para ¡Vivir!
De vuelta a La sociedad de la nieve, en esas condiciones extremas el reto de sobrevivir para luego vivir demandó el mayor esfuerzo intelectual y heroico de parte de los jóvenes rugbiers y de los adultos que los acompañaran. La decisión de comer carne de sus compañeros fallecidos requirió una claridad moral monumental que tuvo que remontar todos los prejuicios místicos con los que la mayoría de nosotros cargamos como consecuencia de nuestros modelos mentales y patrones de crianza, especialmente -pero no solamente- a los 20 años de edad. Y luego, para vergüenza de muchas personas, tuvieron que enfrentar esos mismos perjuicios cuando volvieron a sus hogares.
A mí aquella tragedia me sacudió mucho. Estimo que los sobrevivientes son héroes porque actuaron para promover sus vidas y demostraron grandes habilidades morales y prácticas. Un héroe, explica mi amigo Andrew Bernstein, es una persona de elevada estatura moral y habilidades superiores que -de forma audaz- persigue valores en condiciones de dificultades extremas.
Revista Selecciones. La foto es de Ginette Leiva y la tomé de https://bit.ly/3SxY2sf.
¿Qué es lo que hace posibles y necesarios a los héroes? Los héroes son posibles porque, en medio del caos aparente, el mundo está abierto a la consecución y a la creación de valores por parte de personas racionales. De ahí que las grandes mentes creadoras, que hacen posible la vida humana, merezcan ser protegidas. Andy explica que aunque los héroes cometan errores y tengan flaquezas, y la cultura enferma en la que vivimos se enfoque en aquellas flaquezas y errores, las personas racionales deben dimensionar los errores y flaquezas y estilizar la grandeza en los héroes.
Chapó de nuevo para aquellos jóvenes, que no sólo sobrevivieron a 72 días perdidos en un infierno espeluznante, sino que han tenido que sobrevivir a un mundo que no siempre ha sido comprensivo.
En un ensayo tituladoLa ética de las emergencias, Ayn Rand aborda temas relacionados con esta película y seguramente querrás leerlo. El amor y la amistad son valores profundamente personales y egoístas; el amor es una expresión y una afirmación de la autoestima, es una respuesta a los valores de uno en la persona de otro. Uno recibe una alegría profundamente personal y egoísta a partir de la mera existencia de la persona a la que ama. Es la propia felicidad personal y egoísta la que uno busca, gana y deriva del amor, dice la autora.
De cualquier manera, La sociedad de la nieve rescata el tema de la amistad solidaria en tiempos extraordinarios, incluso más allá de la muerte; y la frase con la que te dejo es: Acá lo único que nos queda es la vida y debemos protegerla más que todo. Y te recomiendo mucho la conversación entre Arturo y Numa, a una hora y 15 minutos de la peli.; así como unas palabras de Nando Parrado: Cuando el destino te atropella no te avisa y el mejor día de tu vida, y el peor día de tu vida amanecen iguales.. Disfruten el presente.
Carpe Diem significa Apodérate del día (sin desperdiciarlo) y resume bien mi visión del mundo. La libertad es el valor fundamental que guía mi vida y mis reflexiones en Carpe Diem. Vivo en Guatemala, un país que aún está por ser construido y en el que los derechos individuales y la igualdad ante la ley son precarios. Por eso, aquellos son mis temas favoritos para estos comentarios. Con todo y todo, este espacio -políticamente incorrecto- existe al amparo del artículo 35 de la Constitución de la República; y del 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (por si acaso). Me gustan la cocina, la lectura y la compañía de mi familia y de mis amigos. También me gusta pasar tiempo conociendo mi país y a su gente. Al perpetrar Carpe Diem comparto con mis lectores algunas reflexiones y experiencias en busca de lo que es bueno, lo que es bello y lo que es pacífico. ¡Por la libertad y la razón!
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