10
Abr 24

Excursión a El Soch, cuarto día

 

El lunes amanecí con nostalgia porque este sería nuestro último día completo en El Soch, en la finca El Recuerdo y en compañía de nuestros estupendos anfitriones.  Pero amanecí con hambre y con la curiosidad de qué había pasado con la perica y el gavilán.

Luego del lavado de cara y dientes, listos para lo que nos trajera el día nos encaminamos hacia el rancho; y ahí la novedad es que doña Mimí y Julio Jr. estaban desgranando elotes de la finca para preparar atol de elotes.  ¿Sabes qué pasó con la perica? Pues se salvó, ¡Todo el orbe cante! y volvió a la casa de Las tías Chita, Norma y Tita.  Así que tutti contenti, a desayunar. Y luego de comer rico el consabido baño a guacalazos.

Ese día, don Julio en compañía de Chito, nos llevaron hacia la parte de la finca donde hay cardamomo, macadamias y milpa. Lissa, Raúl y yo subimos el cerro y subimos el cerro.  Don Julio nos explicó los altos y bajos del cultivo de aquellos productos.  Ya te conté que me gustan mucho las macadamias y que me recuerdan las fiestas de aniversarios de bodas, de mis padres, cuando era niño.  También me gusta el cardamomo porque mi padre compraba café y cardamomo para una compañía japonesa.  Aquel producto me encantó desde la primera vez que mi padre llevó unas semillas a la casa.  Yo las comía solas y hacía café con cardamomo y galletas de cardamomo.  ¿Te acuerdas de que en los 80 había unos chi

cles de cardamomo? La marca era Romy.  

1. Don Julio, Raúl y Lissa en el cerro donde están las siembras. 2. Raúl cruza el puente rumbo a la cabaña. 3. Semillas aromáticas de cardamomo. 4. La planta del cardamomo. 5. Árbol de macadamias 6. Frutos de macadamias. 7. Vista desde el cerro. 8. Otra vista desde el cerro. 9. Heliconia y elote de El Soch.

Cuando subimos el cerro de las siembras vimos una cotuza.  Yo nunca había visto una y aunque la ví por pocos segundos me encantó el color rojizo de su pelambre.  Adivina de qué me acordé cuando comentamos el avistamiento de aquel animalito.  Me acordé de que al cardenal Mario Casariego lo apodaban Sor Cotuzo.  

Cuando llegó al medio día bajamos a la cabaña donde Raúl y yo tomamos la siesta de ley mientras Lissa disfrutaba de la cascada y de su agua fría.  Por cierto que, en la mañana cuando subimos al cerro, don Julio les había dado permiso a unos niños para bañarse en la catarata y se veía que disfrutaban como Lissa del agua clara y helada.

Niños disfrutan en la catarata frente a nuestra cabaña en El Soch.

Ya descansados fuimos a comer la pierna horneada, la caponata y unos quequitos de bananos que Raúl y yo llevamos preparada, mismas que, ¿cómo iba a ser de otra forma?. compartimos con don Juliio, doña Mimí, Julio Jr. y Chito. ¡Y atol de elote que hizo doña Mimí! ¿Qué es lo que corresponde luego de almorzar y a causa del efecto florifundia? Una siesta breve para agarrar fuerzas e ir a explorar la parte de El Soch que queda junto a la casa de Las tías.

Cuando bajó alguito el sol emprendimos camino a la parte alta de El recuerdo, pero no por el camino principal como el día anterior, sino cruzando las siembras de don Julio.  La casa estaba en silencio y escuchamos a la perica aliviados. Allá arriba sólo estábamos don Julio, Julio Jr., Lissa, Raúl y yo.

@luisficarpediem

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♬ Johnny Quest – Telly Addicts

Luego caminamos hacia los basamentos de El Soch que se hallan en esa parte.  Son diferentes a los que hay en la parte baja.  Estos son más piramidales.  La casa de Las tías se halla exactamente junto a la escalinata principal de uno de los basamentos.  Hay otros basamentos atrás y restos de un campo de juego de pelota, y ¡Sorpresa! Un monolito precioso, con una cara chula que me recordó al dios gordo que se halla en el Museo Popol Vuh. Este no debe ser confundido con los barrigones de La Democracia; ni con los cabezas gigantes de los Olmecas.  Si consigo más Info sobre el dios gordo, te cuento.

1. Siempre es un buen momento para melcocha de doña Mimí. 2. Niños en la catarata. 3. Piedra con inscripciones junto a la catarata. 4. Estructura de El Soch junto a la casa de Las tías. 5. Cráneo en la selva. 6. Campo de juego de pelota. 7. Basamento con escalinata. 8. Otra vista del basamento con escalinata. 9. El supuesto dios gordo.

Si la visita a esta parte del sitio arqueológico fue fascinante en sí misma, la guinda del pastel es que don Julio y Raúl vieron pasar un quetzal entre el bosque.  Yo no lo vi, ni he visto uno en persona; pero sabes que estaba ahí y que ellos lo habían visto me llenó de alegría.  Este era nuestro último atardecer en El Soch y la vida nos había regalado un quetzal.  Cuando uno mura un quetzal es algo mágico, es estremecedor, dijo Raúl

Especulé que es el dios gordo porque se parece a uno que hay en el Museo Popol Vuh.

Cuando se puso el sol nos dispusimos a bajar, pasamos a refrescarnos a la cabaña, pre empacamos tantito y al rato agarramos camino para el rancho. ¿A qué? ¡A cenar y a escuchar historias de don Julio!

En esas estábamos cuando la Luna se dejó ver entre los árboles.  Una Luna casi llena que sería nuestra última en El Soch.   Y en ese momento, en la paz de la noche en la selva y a la luz brillante de Ixbalanqué sentí una gratitud profunda por todo lo que habíamos vivido desde el viernes, en la mejor compañía posible. 

Nuestra última Luna en El Soch.

Luego caminamos a la cabaña, abluciones y a dormir porque al día siguiente haríamos viaje.

Continuará.


08
Abr 24

Excursión a El Soch, el mejor día

 

Nuestro tercer día en El Soch fue el más intenso y el mejor; no sólo por los paseos, sino en el plano emocional.  Ese día paseamos por el bosque, vimos numerosos arroyos y nacimientos de agua, cedros gigantescos y centenarios, llegó la familia de don Julio y doña Nohemí y visitamos a las hermanas de don Julio.

1 y 2. Es hora de recoger frambuesas. 3. Raúl pasa frente al trapiche rumbo a la cabaña luego de bañarse a guacalazos. 4, 5 y 6. Vistas de la selva y de las montañas. 7. Lissa junto a la catarata que estába frente a nuestar cabaña.

La mañana comenzó con la búsqueda de frambuesas a la vera del camino, siguió con el desayuno y la sobremesa en casa de nuestros anfitriones y luego con el baño a guacalazos. Ya comidos y aseados saludamos a buena parte de la familia García Urizar, hijos, nietos y bisnietos que estaba llegando al rancho.  Y luego…la aventura, o el trabajo…porque en el campo el trabajo nunca cesa.

Don Julio nos llevó a pasear por otra parte de la selva junto a su rancho y por otras estructuras del sitio arqueológico.  Vimos arroyos y manantiales abundantes, uno de esos manantiales salía de debajo de un árbol y ahí tomé agua en un vaso hecho con una hoja. vimos cedros enormes y centenarios y Pablo, el hijo de Chepa (la señora que llegó a ayudar a dona Mimí) nos bajó unas limas.  ¡Qué delicia es comer limas junto a un manantial! Raúl ya me había contado de esa experiencia de cuando creció en una finca en la costa sur; y no fue hasta ahora que pude vivirla. 

1. Hongos en la selva. 2. Dos exploradores. 3, 4 y 5. Cedros gigantescos y centenarios. 6, 7, 8 y 9. Pablo se encaramó para bajar limas.

Acompañamos a don Julio, y a su asistente Chito, a vender pacayas al mercado de la aldea de San José El Soch.  Un pequeño mercado situado junto a una ceiba y frente a la iglesia de la localidad.  Raúl y Lissa bajaron caminando de la finca hacia la población (y agarraron el camino equivocado, rumbo a la mera Zona Reyna) y adivinen quien bajó en carro…y llegó directo.  ¡Nada como el viento fresco en la ventanilla cuando uno va bajo el sol picante de por allá!

Concluido el negocio la emprendimos de vuelta a la finca.  Lissa y Raúl subieron caminando y adivinen quién subió en carro…y agarró por el camino hacia la Zona Reyna por despistado. Vaya que me di cuenta rápido cuando vi que la aldea se iba quedando abajo y que la cuesta era más empinada y menos boscosa que cuando iba bajando.  Para hacer la historia corta, volví por donde había subido, sólo para enterarme que el resto del equipo había notado mi desvío y ya iba a ir tras de mí.

Ese día Lissa se bañó en la catarata; algo que a mí me hubiera encantado hacer pero la dificultad de llegar hasta el mejor punto para bañarse me disuadió.  Y nada se diga del agua helada.

1. Rumbo a San José El Soch para vender pacayas. 2, 3 y 4. El camino a San José El Soch desde el sitio arqueológico. 5 y 6. Venta de pacayas en el meercado. 7. Vista del mercado de San José El Soch. 8. Lissa y Raúl en la “plaza” de San José El Soch. 9. La ceiba de San José El Soch.

Al llegar se hizo presente el efecto florifundia y a dormir una siesta brevísima porque, para almorzar nos esperaba la familia y un delicioso pollo en recado que habían preparado doña Mimí y su hermana con ayuda de nueras e hija.  Rápidamente la familia nos integró a este encuentro, hablamos de la vida en el campo, del sitio arqueológico, de nuestros quehaceres cotidianos, de panes de semana santa, de quesos caseros, de tradiciones, de recuerdos.

Durante la conversación nos recomendaron (y comimos) cazuelejas y biizcochos de la Panadería Zuly, en Santa Cruz del Quiché (que visitaríamos en nuestro viaje de regreso a Guatemala)…y casi le dimos mate a la melcocha de doña Mimí.  

¿Adivinas qué hicimos después? Regresar a la cabaña y echar otra siesta.

A eso de las cuatro, o cinco la familia pasó por la cabaña y nosotros ya estábamos listos para salir a explorar…pero lo que se venía era mucho, pero mucho mejor que sólo explorar.

Entre anécdotas y bromas subimos hacia la parte de la finca donde viven las hermanas de don Julio: las tías Tita, Chita y Norma, y donde también nos esperaba Marlin, prima de don Julio.  En esa parte de la propiedad estaba la casa original de la finca y ahí están enterrados el papá de don Julio, que fue asesinado durante la guerra, y su mamá. En silencio les presenté mis respetos.

Entramos al casco de la finca por un jardín bien cuidado y detrás de los árboles oímos a las tías y prima de don Julio cantando en la capilla de la propiedad.  No resistí la tentación de grabar el momento y te lo comparto porque transmite muy bien la paz y la belleza del lugar. Ahí van Raúl y Silvana, nuera de don Julio y doña MImí.

 

Las tías y Marilin los recibieron con cariño, con esa forma de dar la bienvenida que tiene la gente sincera y a la que, de verdad, le da alegría recibir visitas.  Otra vez, la familia y las tías nos integraron con generosidad.

La sencillez y la belleza del lugar se combinan de forma natural.  La casa da al jardín, pero también a un valle enorme en forma de V que luego sería el escenario para algo maravilloso. Junto a la casa hay…plantas a las que yo les digo helechos jurásicos y de uno de ellos cuelgan nidos de oropéndolas, aves que, junto a los zanates y otras aves vuelan sobre la propiedad y trinan para complementar perfectamente el ambiente. Junto a la casa, sobre un basamento del sitio arqueólogico, vimos una enorme macoya de Lycaste virginales. La variedad albina de esta orquídea es la Monja Blanca, flor nacional de Guatemala.

Lissa dijo que es como entrar a la escena de The Sound of Music, y tiene razón. The hills are alive...

1. La perica antes de ser perseguida por “El Barón Rojo”. 2. Chunto que vi con cara de mole. 3. Las omnipresentes flofifundias. 4 y 5. La planta que yo digo que es un helecho del período jurásico, cargada con nidos de oropéndolas. 6. Macoya de Lycaste virginalis. 7. ¡Todos animando a la perica! ¡Vuelve ala casa, perica! 8. La Luna llena frente a nosotros. 9. La cena va a estar lista.

Todo aquello no quiere decir que no hubiera un momento de tensión extrema. En el jardín y en total libertad vimos a una perica nativa (y le tomé foto porque me cayó en gracia).  No se a qué hora la perica alzo el vuelo sólo para ser divisada por un gavilán que se dio a la cacería.  En un momento, en el suelo habíamos un grupo angustiado por la perica; y se oían gritos de ¡Vuela, perica, vuela! ¡Ven hacia acá perica! ¡Perica, perica! ¡Entra ala casa, perica! En mi imaginación y en el aire la escena se veía como una de aquellas películas de batalla aérea durante la Primera Guerra Mundial. El gavilán era el Barón Rojo y la perica era un aviador británico tratando de escapar.  En un momento la perica se metió al bosque y detrás el gavilán…y ya no supimos de ellos.

El pesar por la perica desaparecida, que posiblemente había sido atrapada por el depredador no impidió que las tías nos invitara a cenar.  Comimos deliciosos huevos revueltos fritos en manteca de cerdo, acompañados por frilojlitos colados, escabeche con pacayas, tortillas hechas en casa y café de ahí mismo.  Todo aquello preparado en el poyo que las tías mismas habían construido en su oportunidad.

Comiendo estábamos cuando alguien nos llamó al jardín.  Ahí, sobre el vértice de la V del valle estaba la Luna casi llena.  Roja, rojísima ascendiendo frente a nosotros.  Fue imposible no sobrecogerse por la belleza y la intensidad del momento.  Atrás, el murmullo en el comedor, al frente la Luna casi plena, el aroma de las flores en el aire y…de repente…sonaron las notas de Noche de Luna entre ruinas, cortesía de Julio Jr. Fue de esos momentos que uno no quiere que terminen nunca. No sólo por el encanto del lugar, sino por el calor humano de esta reunión familiar con tres shutes.

Luego de conversar y descansar…descansar de comer…emprendimos el regreso a la cabaña, no sin encargar, por favor, que nos contaran si la perica había sobrevivido a la persecución del gavilán.

La Luna desde El Recuerdo.

Esa noche, antes de dormir, fue que se me ocurrió que don Julio es el John Dutton chapín (salvando las distancias y tomando en consideración el contexto) por su amor y compromiso con la familia, la naturaleza y el patrimonio cultural.  Hay ahí y en él una conexión generacional íntima con El Soch y su historia.

¿Sobra decir que al volver a la cabaña dormimos como tiernos?


02
Abr 24

Excursión a El Soch, segundo día

 

¡Amanecimos en El Soch!…y amanecer allá es un deleite por sí mismo. Luego de una noche reparadora emergimos pasadas las 8:00 a. m. que es tardísimo para la vida de campo; pero muy bueno para tres viajeros aventureros.

Vista de el basamento principal frente al rancho de don Julio y doña Nohemí, en El Soch.

Dimos un paseo por las inmediaciones de la catarata, nos habituamos a los sonidos de las caídas de agua y de la selva y Raúl recogió frambuesas que creían a la vera del camino.  

1. Tierra de arroyos y cascadas. 2. Tierra de florifundias. 3. Raúl cosechó frambuesas. 4. Tierra de pacayas. 5. Tierra de macadamias. 6. Tierra de flora exuberante.

Por supuesto que despertamos con hambre y con ganas de visitar el sitio arqueológico, y adentrarnos en la selva.  Luego de disfrutar un desayuno de doña Mimí y luego de la larga sobremesa, nos bañamos Lissa, Raúl y yo a guacalazos con agua entibiada gracias al fuego del poyo.

Luego, don Julio -con toda la paciencia del mundo- nos condujo a los basamentos y al campo de juego de pelota que está a un paso de perico, frente a su rancho. El sitio arqueológico es lo que nos había llevado a aquellas tierras misteriosas y encantadoras y ¡al fin estábamos ahí!

Vista de las estructuras que están a inmediaciones del rancho de don Julio y doña Nohemí.

Gracias a que don Julio y doña Mimí han protegido ese asentamiento maya, al aproximarse a las estructuras uno siente como si fuera un explorador del siglo XIX que descubre una ciudad antigua en la jungla vírgen.  Las piedras silenciosas contrastan con la algarabía de la selva.  La humedad y el frescor envuelven el ambiente. Lissa, Raúl y yo tuvimos la certeza de estar en un lugar especial, no solo por la parte de su historia que se remonta al período clásico temprano, sino por su historia reciente que invita a meditar sobre el valor del patrimonio histórico, el valor de la naturaleza y el valor de la familia en un contexto de guerra como la que vivió Guatemala en los años 80.

La historia de El Soch, pues, está íntimamente ligada a la de Guatemala y junto a las plataformas del complejo escuchamos ias historias fascinantes y conmovedoras que nos compartió don Julio y que son materia para otra entrada en Carpe Diem, un día de estos. En cuanto a la historia prehispánica del sitio, Melvin Guzmán, de la Universidad del Valle de Guatemala escribió la tesis titulada Sitio arqueológico El Soch, El Quiché, Guatemala: análisis del posicionamiento estratégico del sitio para el control de un área geográfica.

Vista lateral del basamento principal en El Soch.

Nuestro segundo día en El Soch incluyó no sólo un paseo por las estructuras cercanas al rancho de don Julio y doña Nohemí, sino que nos adentramos en la selva entre la vegetación propia del lugar y las pacayas que son uno de los productos que se cultivan en la finca.  Allá también hay macadamias, cardamomo y caña.  En la finca corren arroyos y hay nacimientos de agua encantadores. ¿Sabes? Como esos que se ven en las películas y son descritos en la poesía. El rumor del agua, el canto de las aves y el paso del viento hacen de esas caminatas experiencias para todos los sentidos. 

Tengo un gusto particular por las macadamias porque cuando mis hermanos y yo éramos niños, mi papá nos encargaba que organizáramos la celebración del aniversario de bodas de él y mi madre.  El nos dejaba cava y algunos tentempiés y, cuando él y mi madre volvían (de quién sabe dónde) ¡Sorpresa! los niños habíamos puesto la mesa y los esperábamos para celebrar.  Cada año, las veces que hicimos esa fiesta, había macadamias incluidas y en aquel tiempo, en los años 70 sólo las había importadas de Hawaii y a nosotros nos parecían unas de las cosas más deliciosas que comíamos.

El segundo día en El Soch tuvo la particularidad de que cayó neblina y fue fresco y húmedo en contraste con el día anterior en la carretera y cuando nos aproximamos a Chicamán.

El sábado fue un dia de niebla y llovizna suave, que invitaron a bajar revoluciones.

Fue chistoso que al hacer inventario de mi ropa para el viaje me di cuenta de que me faltaría una camisa, así que ese sábado aproveché para lavar la camisa del día anterior.  

El efecto florifundia hizo de las suyas y dormimos en la tarde para despertar sólo a tiempo para hacer un debriefing en el porche de la cabaña; y para caminar en la tranquilidad de la tarde/noche y luego dirigirnos al rancho para conversar y cenar. ¿Qué hubo de cena? Lasaña de carne y berenjenas que llevó Lissa y estuvo deliciosa. ¿Y de postre? Moyetes de Tres Genaraciones.

@luisficarpediem

Arroyos y cascadas en El Soch #elsoch #chicaman #arroyos #cataratas #quiché #roadtrip #turismo #selva #luisfi61 #sitioarqueologicoelsoch

♬ sonido original – Canciones con letra bonita✨

¿Sobra decir que volvimos a dormir como tiernos?


01
Abr 24

Excursión a El Soch, primer día

¿Cuál era nuestro destino? El Soch, un sitio arqueológico localizado en una finca privada El Recuerdo, en el municipio de Chicamán, Quiché.  ¿Por qué? Porque nos encantan los sitios arqueológicos y porque nos encanta la selva.  Lo que no sabíamos es que este viaje iba a ser diez veces maravilloso no sólo por el sitio y porque se halla en la frontera con la legendaria Zona Reyna, sino que lo iba a ser en el plano humano.  

Cataratas frente a nuestra cabaña en El Soch.

El viernes 22 de marzo a las 5:30, Raúl y yo pasamos a por nuestra amiga, Lissa en cuya casa terminamos de cargar el carro.  A las 6:00 íbamos con rumbo a Pachalum, Quiché porque, de acuerdo con Via Michelin hay una ruta entre esa población y Chicamán pasando por Cubulco.  Lo cual era muy conveniente porque nos ahorraba bastante tiempo y kilómetros y porque no conocíamos Cubulco.

1. El carro cargado. 2. El camino a Pachalum es tierra de palos de pito. 3. David, de la panadería Mireya nos muestra el pan antes de ser horneado. 4. Panela en Pachalum. 5. Uno podría hacer fotos y fotos de la arquitectura vernácula de remesas. 6. La naturaleza en la carretera.

 

Todo bien…llegamos a Pachalum donde un policía municipal de tránsito nos facilitó muchísimo estacionarnos y desayunar.  Comimos en la Panadería Mireya, donde David, el panadero nos mostró cómo hacen el pan y nos trató de conseguir información sobre Cubulco.  Lo único que yo sabía es que es es tierra de zompopos de mayo y de palo volador.  Lo primero lo se por mi cuata, Dulce y lo segundo porque cuando en 2019 viajamos a Joyabaj, en la moreria de doña Mercedes Melecio conocimos a unos caballeros de Cubulco que iban a devolver trajes que habían rentado para su festividad patronal.

Luego de visitar el mercado de Pachalum, donde compramos frijoles blancos y delicioso pinol para preparar pollo, en casa, nos despedimos de esa población y agarramos camino a Cubulco.

Esa población está en la sierra de Chuacús, en Alta Verapaz, y allá hace mucho calor.  Visitamos la iglesia que tiene mucho encanto y donde fuimos recibidos muy bien por los trabajadores que la están restaurando.  Paseamos por lo que fuera el convento y comimos alguito en el parque de la población.  Y nos dispusimos a preguntar que por dónde se va a Chicamán.

…y ahí se complicó la cosa.

Un vecino cubulense nos dio la mala noticia.  Resulta que el puente que cruza el río Negro, entre Cubulco y Chicamán está destruido y no hay paso.  Resulta que tendríamos que volver a Pachalum y agarrar rumbo a Santa Cruz del Quiché vía Joyabaj. Eso no sólo significaba desandar el camino, sino que seguramente no llegaríamos a Chicamán ese viernes.  

A esas alturas pensé que es una tradición de nuestras excursiones perdernos, o agarrar por caminos difíciles.

En fin, el buen vecino y su esposa exploraron Google Maps en su teléfono y nos encontraron otra ruta: De Cubulco a Uspantán pasando por Yerbabuena y Canillá y eso era buena noticia.  La mala noticia es que es por caminos de terracería.  Con los sentidos de aventura y del humor que nos acompañan en nuestros viajes nos dispusimos a continuar.

Entre polvareda y polvareda subimos y bajamos cumbres, pasamos por parajes preciosos, algunas veces con árboles frondosos y otras veces como desiertos llenos de cactus enormes como saguaros.  En tramos largos no se veían casas, ni un alma.  Algunas veces nos topábamos con semovientes.  Pasamos por Chinillá y Xepatzac (de lo cual nos enteramos por anuncios que prohiben la caza); y pasamos por la aldea Ojo de Agua. Vimos una siembra de pitayas y nos dispusimos a bajar rumbo al puente que -en esta locación- nos permitiría cruzar el río Negro, rumbo a Uspantán.

¡Y llegamos a río! Pero…es un puente que está medio despedazado.  Le faltan sus bordes protectores y le faltan pedazos. Se ve que el río no ha sido gentil con él. Pero vemos, desde arriba, que pasan autos por él.  Decidimos que hay que pasarlo, sí, o sí porque la opción sería regresar.  Como a mi me gustan este tipo de retos le pedí el timón a Raúl, puse el auto en posición frente al puente, les dije a Lissa y a Raúl ¡Agárrense! y nos dejamos ir.  Lissa dijo: ¡No parés!…y cruzamos el puente. Buen adrenalinazo luego del sopor que traíamos al bajar de la cumbre por caminos casi desiertos. Continué al volante porque Raúl había conducido diez horas, porque ya eran las 16:00.  

1. La naturaleza en la carretera. 2. Nomenclaturas entre las ventas. 3. ¡Cuidado con las reses! 4. Hubo que hacer una pit stop. 5. Tierra de saguaros. 6. Kilometros y kilómetros de soledad, calor y polvo. 7 ¡Al fin signos de vida humana. 7. Llegamos al puente…pero estaba dañado…y lo pasamos. 9. Y seguimos por carreteras de terracería, sin ver autos, ni casas, ni gente.

 

A diez días de distancia, el desvío y el puente en cuestión ahora son anécdotas y aventuras que enriquecieron la excursión que, si no fuera por las conversaciones y la buena compañía, hubiera sido más que pesada y tensa.

Desde el río Negro comenzamos a subir rumbo a Uspantán a donde llegamos a las 17:26.  Esto es importante porque tenemos la regla de no conducir de noche así que tomamos la decisión ejecutiva de continuar hacia Chicamán y El Soch con la esperanza de llegar a las 18:00 justo al empezar a oscurecer. Y a la aldea El Soch llegamos a las 18:05. 

Ahí buscamos el camino para el sitio arqueológico a donde llegamos empolvados como shecas. Ahí dormiríamos en una cabaña que nos tenía preparada don Julio García; y cenaríamos con él y su esposa, doña Nohemí para empezar nuestra visita de cuatro días. ¿Te acuerdas que dije que esta excursión iba a ser diez veces maravillosa en el plano humano. Esto fue por don Julio y doña Mimí y su familia.

1. Una siembra de pitayas. 2. Ya vamos llegando. 3. ¡Al fin Uspantán! 4. Ya casi, ya llegamos a la aldea El Soch. 5. Don Julio nos esperaba en la cabaña. 6. Cenamos y conversamos tan rico. 7. De postre: la melcocha hecha por doña Mimí. 8. Vista desde nuestra cabaña. 9. Nuestra cabaña, de noche.

Don Julio -lo averiguaríamos luego durante las largas conversaciones que tuvimos durante cuatro días- es un héroe de la protección del patrimonio cultural, y del patrimonio natural.  Los héroes actúan para proteger la vida y lo hacen con gran habilidad. Los héroes son posibles; y porque hacen posible la vida humana, merecen ser protegidos.  Hace años, mi amigo Andrew Bernstein explicó que aunque los  héroes cometan errores y tengan flaquezas, y la cultura enferma en la que vivimos se enfoque en aquellas flaquezas y errores, las personas racionales debemos dimensionar esos errores y flaquezas y estilizar la grandeza en los héroes.  Andy. recordó que los artistas románticos siempre estilizan; y un héroe, explicó, es un individuo de elevada estatura moral y habilidades superiores que -de forma audaz- persigue valores en condiciones de dificultades extremas.  Don Juliio y doña Mimí, al proteger El Soch y sus alrededores, encajan en la descripción de Andy…con el añadido de que tienen corazonotes así de grandes.  Todo esto lo iríamos descubriendo durante el tiempo que nos permitieron compartir su mesa y gozar de su conversación y de conocer ese lugar encantador en el que nos encontramos.

Pues llegamos a la cabaña, don Julio nos ayudó a descargar y notamos que frente a la cabaña encantadoramente sencilla…sencilla, había cataratas que nos arrullarían cada noche.  A ello se le sumaban la selva, numerosos pacayales y…quién sabe cuántos arbustos de florifundias.  Blancas, rosadas y amarillas, esas flores son célebres por sus propiedades somníferas y recordé que mi madre contaba que, cuando era niña, mi tío Rony le había puesto unas bajo su almohada a modo de broma.  

Una vez acomodadas nuestras cosas en la cabaña -en la que no hay agua corriente, ni energía eléctrica, pero sí camas cómodas- fuimos a conocer a doña Mimí que, generosamente, nos preparó la cena.  Huevos, frijoles y plátanos…y queso preparado por sus cuñadas que viven en la finca vecina y a quienes tendríamos la dicha de conocer al día siguiente. ¿Y el postre? Melcocha preparada por doña Mimí con panela producida en el trapiche de la finca, con las cañas cultivadas ahí mismo.  Por cierto que mientras escribo estas líneas estoy chupando caña de El Soch.

Casi indescriptiblemente cansados caminamos a la cabaña, hicimos nuestras abluciones, nos dimos las buenas noches y experimentamos lo que dimos por llamar El efecto florifundia. Dormimos como tiernos y luego te cuento como fue nuestro primer día completo en aquel paraíso remoto, legendario y fascinante.