25
Mar 20

Ser, o no ser…y mi padre como ejemplo

La lectura de hoy me trajo uno de los monólogos más célebres de toda la literatura universal: el que empieza con Ser, o no ser, ese es el dilema.

Harvard Classics, Vol. 46.

Esa frase de Hamlet me lleva al hecho de que el dilema fundamental es vivir, o morir.  Si morimos, ahí todo se acaba, no hay nada que discutir y está todo dicho y hecho.  Pero si vives la vida debe ser vida digna, vida floreciente, vida plena o vida feliz.  Como para los seres humanos la vida no sólo es biológica (como  para las amebas, las tortugas y los árboles) necesariamente tenemos que tomar las decisiones que favorezcan aquel tipo de vida.  Decisiones que no dañen aquel tipo de vida.  Vivir es lo que hacemos y nos pasa, escribió José Ortega y Gasset. Aquella toma de decisiones debe ser racional y ese es el origen no sólo de la necesidad de códigos éticos racionales que favorezcan el florecimiento; sino de los derechos que facilitan la cooperación social y, por ende, aquel florecimiento.

Dicho lo anterior, una de las cosas que más disfrutaba de mi padre era encontrarlo sentado en la sala de la casa, libro en mano, en las tardes cuando yo regresaba de jugar en la calle con mis amigos.  Ahí estaba él, en un rincón y acomodado.  Y se veía tan bien, galán como era.  Sereno y absorto.  Yo quería ser así…o, por lo menos, hacer eso.

Una tarde de aquellas me senté junto a mi padre con Hamlet en mano y lo empecé a leer. No recuerdo por qué elegí  Hamlet en particular; pero cuando mi padre me vio con eso me dijo que quizás debería leer algo más como para mi edad.  Yo calculo que tendría unos 10, u 11 años, entonces.  Y me dió Vida y combates de Luis Angel Firpo (un boxeador argentino).  Y me explicó que el libro había sido de mi abuelo, y que a él le gustaba mucho el boxeo. Recibí el libro e hice lo posible por leerlo, mas nunca lo terminé; y tampoco volví a Hamlet.  Pero empecé a cultivar un hábito de lectura.

¿A qué viene esto? A que en estos días de recogimiento, por decir algo, dispuse leer lo que toque de The Harvard Classics, de acuerdo con su guía de lectura Fifteen Minutes a Day.  Dicha guía le permite, al lector viajar por las mentes y los escritos de algunos de los más fascinantes pensadores de todos los tiempos…y algunos no tan fascinantes.

El editor, Charles W. Eliot, que fue presidente de la Harvard University, más de una vez dijo en público que, en su opinión, un estante de cinco pies, podría contener suficientes libros para permitir un buen sustituto para una educación liberal, a cualquiera que los leería con devoción, incluso si sólo dispusiera de quince minutos al día para leer.  En fin, The Five-Foot Shelf of Books fue uno de los regalos que mi abuela, Frances, me regaló cuando me gradué de bachillerato en 1979.  De cuando en cuando acudo a la colección para consultas en casa; pero hoy decidí leer las lecturas asignadas cada día durante el distanciamiento social, para leer temas distintos a los que suelen ocupar mis momentos de lectura por trabajo y por placer, que al final resultan ser lo mismo.


24
Feb 20

Los ángeles que muestran las canillas

Los ángeles de la primera foto son los que veía el cura y tienen las piernas cubiertas; pero los ángeles de la segunda foto son los que veían los feligreses y mostraban las piernas. ¿Alguien sabe por qué?

Foto 1

Angeles con las piernas cubiertas, que veía el cura.

Foto 2

Angeles con las piernas descubiertas, que veían los feligreses.

El domingo anduve por las ruinas de la catedral de La Antigua Guatemala y la guía, Annie, nos mostró los ángeles de las pechinas; y en ellas hay ángeles que enseñan las piernas y ángeles que no.  ¿Cuál sería el motivo por el cuál los ángeles que veía la gente sí mostraban las canillas? ¿Por qué es los ángeles que veía el cura, desde el altar, no muestran las piernas?

¿Alguien sabe por qué?

Claro que son piernas de ángeles y supuestamente los ángeles no tienen sexo…sólo son ángeles; pero llevan faldas, o prendas muy, pero muy parecidas a faldas con vuelos y todo. Por supuesto que hay que recordar que, en aquel tiempo, las mujeres usaban sólo faldas largas, y no faldas que llegaran a la tibia y el peroné.

Por cierto que esto último me recordó algo que mi papá le cantaba a su suegra, mi abuelita Juanita y decía: Mañana, por la mañana/ te espero Juana en el café. / Te juro  Juana, que tengo ganas de verte la punta ´el pie/ La punta ´el pié, la rodilla, la pantorrilla y el peroné.

La canción es de Luis Carriles.


12
Nov 18

La barbería

Cuando era niño, mi padre me llevaba a la barbería del Hotel Palace, donde él y su padre se habían cortado el pelo.  Mi abuelo, Luis. por cierto, tuvo otra temporada de ir a la Barbería Londres, que es mencionada en el artículo que inspiró estas líneas y que creo que quedaba en la Décima calle y Séptima avenida.

Un reportaje titulado El regreso de los barberos, publicado en la Revista D, me trajo a la memoria los barberos de mi infancia y de mi adolescencia.

Mi abuelo se cortaba el pelo cada ocho días…y a mí me cuesta mucho, pero mucho ir cada dos, o tres. ¿Sabes qué sí me gustaba mucho y ya no es igual? El aroma a agua de colonia y a talcos de aquellas barberías del centro.

También durante mi infancia hubo un tiempo en que uno de los barberos del Palace, cuyo nombre creo que era don Meme,  llegaba a casa a cortarnos el pelo a mi hermano, Juan Carlos y a mi.  En aquel tiempo uno iba a clases de 8:00 a 12:00 y de 2:00 a 4:00.  Cada tanto, en algún momento entre el almuerzo y la hora en que pasaba el bus del colegio para llevarnos de vuelta en la tarde, llegaba don Meme y nos pelaba a mi hermano y a mí.  No era raro que luego de los procedimientos, mi papá nos preguntara: ¡¿Quién te peló, que sólo las orejas de burro te dejó?!

Uno de los recuerdos más vívidos que tengo de la barbería del Palace –ca. 1966- fue el de una tarde en que estornudé y el barbero que me atendía respondió ¡Salut implora! Frase a la que contesté: ¡Cucaracha inmunda! y acto seguido los cuatro, o cinco barberos que había en la sala y la demás gente soltaron carcajadas. Pero, ¿de dónde vino eso? Pues de mi abuelo Jorge que, cuando uno estornudaba, respondía ¡Salut implora, cucaracha inmunda!  y a los niños eso nos causaba mucha gracia, y yo pensaba que era lo apropiado para decir en caso de estornudo.

En mi adolescencia temprana, iba a cortarme el pelo a la Barbería España, en la Quinta avenida y novena calle, donde todavía atendía uno de los viejos barberos de la Palace, pero no el mismo que me llegaba a cortar el pelo a la casa cuando era niño y creo recordar que se llamaba don Carlos. Lo importante de esa barbería es que allá iba yo sólo, por mi cuenta y en camioneta, sin que me acompañara alguien de la casa.

Todavía existen los pequeños azulejos que había en el local de la Barbería España, en la Quinta avenida; y el edificio del Hotel Palace ahora es un colegio.  A ver si un día que ande por ahí me da por visitar el lugar para ver qué tanto ha cambiado.

Ah, y casi se me olvida, alguna vez me llevaron a la Barbería Los caballitos, que era para niños y quedaba poco más, o menos en la Quinta avenida y Primera calle de la zona 1.

La foto del Hotel Palace, en 1926, es de Guate Histórica.


17
Jun 16

En el Día del padre, para los nuevos en este espacio

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En 1986 las campanas doblaron por mi padre, que dejó de existir casi a la misma edad que tengo ahora (en 2006); y desde entonces, el Día del Padre no ha sido lo mismo para mí.

Extraño a mi padre cuando tengo un éxito, y lo extraño más cuando tengo un fracaso. Lamento mucho que no esté aquí para ver a sus nietos creciendo y para ver sus caras de felicidad cuando ganan sus equipos en el Mundial de Futbol.

Mi padre me enseñó a limpiar calamares, a sentarme a leer tranquilamente al final de la tarde, a montar moto, a cangrejear en la playa, a preparar “Bloody Marys”, y a cantar “En un bosque de la China” y “Pajarillo barranqueño”.

Me enseñó a hacer castillos de arena y me construyó un invernadero cuando yo era orquideólogo. Me enseñó tiro al blanco y seguramente hubiera preferido que yo fuera deportista, a que fuera orquideólogo; pero recuerdo que estaba muy contento cuando gané mi primer Mención honorífica en una exhibición nacional.

Con mi padre íbamos a “La Placita Quemada” a comprar mariscos, donde una señora que tomaba sangre de tortuga.

Íbamos cada 1 de noviembre al Cementerio General a visitar la tumba de su padre, y con mis hermanos entrábamos a pie. Él, además, había inventado la historia de un lorito suyo, de nombre Vito, que había sido piloto. El avión de Vito había sido derribado durante la Liberación y se hallaba enterrado cerca de la tumba de mi abuelo. Así que mis hermanos y yo llevábamos flores para el padre de mi padre, y flores para el lorito caído.

Al final de sus días discutíamos mucho. Él, sin lugar a dudas, era un constructivista irredento; y yo, soy un convencido total de la existencia de órdenes espontáneos. El era un apasionado con un corazonote así de grande; y yo que soy un objetivista, que sin duda le parecía exageradamente racional.

Mis padres eran muy jóvenes, y nada me daba más gusto y orgullo que el mío me presentara como su hermano y que cuando iba por la calle, con mi madre, alguien silbara y me dijera, “¡Adiós, cuñado!”

Su última foto se la tomé junto a su Mustang, el mismo en el que hizo su viaje final. Y por cierto que, pocos años antes, había pasado por una crisis financiera. Eso lo lastimó mucho; pero nunca perdió su magnífico sentido del humor. De hecho, para pasar el aguacero vendía contratos funerarios; y en sus tarjetas, ¿qué cree usted que decía? “Luis Figueroa, asesor en viajes celestiales”.

La última vez que lo vi yacía bien rasurado, todo conectado a tubos, inconsciente, y aparentemente tranquilo. Y no alcancé más que a decirle, muy quedito y entre dientes: “¡Gracias, fuiste un padre divertido! y te voy a extrañar”.

Esta es la nota que, sobre mi padre, escribí para el 17 de junio de 2006; la comparto con ustedes porque hoy es el Día del Padre, y para quienes son padres y nuevos lectores de Carpe Diem.


17
Jun 15

Padre nuestro, para los nuevos en Carpe Diem

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En 1986 las campanas doblaron por mi padre, que dejó de existir casi a la misma edad que tengo ahora (en 2006); y desde entonces, el Día del Padre no ha sido lo mismo para mí.

Extraño a mi padre cuando tengo un éxito, y lo extraño más cuando tengo un fracaso. Lamento mucho que no esté aquí para ver a sus nietos creciendo y para ver sus caras de felicidad cuando gana su equipo en el Mundial de Futbol.

Mi padre me enseñó a limpiar calamares, a sentarme a leer tranquilamente al final de la tarde, a montar moto, a cangrejear en la playa, a preparar “Bloody Marys”, y a cantar “En un bosque de la China” y “Pajarillo barranqueño”.

Me enseñó a hacer castillos de arena y me construyó un invernadero cuando yo era orquideólogo. Me enseñó tiro al blanco y seguramente hubiera preferido que yo fuera beisbolista, a que fuera orquideólogo; pero recuerdo que estaba muy contento cuando gané mi primer Mención Honorífica en una exhibición nacional.

Con mi padre íbamos a La Placita Quemada a comprar mariscos, donde una señora que tomaba sangre de tortuga.

Íbamos cada 1 de noviembre al Cementerio General a visitar la tumba de su padre, y con mis hermanos entrábamos a pie. Él, además, había inventado la historia de un lorito suyo, de nombre Vito, que había sido piloto. El avión de Vito había sido derribado durante la Liberación y se hallaba enterrado cerca de la tumba de mi abuelo. Así que mis hermanos y yo llevábamos flores para el padre de mi padre, y flores para el lorito caído.

Al final de sus días discutíamos mucho. Él, sin lugar a dudas, era un constructivista irredento; y yo, soy un convencido total de la existencia de órdenes espontáneos. El era un apasionado con un corazonote así de grande; y yo que soy un objetivista, que sin duda le parecía exageradamente racional.

Mis padres eran muy jóvenes, y nada me daba más gusto y orgullo que el mío me presentara como su hermano y que cuando iba por la calle, con mi madre, alguien silbara y me dijera, “¡Adiós, cuñado!”

Su última foto se la tomé junto a su Mustang, el mismo en el que hizo su viaje final. Y por cierto que, pocos años antes, había pasado por una crisis financiera. Eso lo lastimó mucho; pero nunca perdió su magnífico sentido del humor. De hecho, para pasar el aguacero vendía contratos funerarios; y en sus tarjetas, ¿qué cree usted que decía? “Luis Figueroa, asesor en viajes celestiales”.

La última vez que lo vi yacía bien rasurado, todo conectado a tubos, inconsciente, y aparentemente tranquilo.

Y no alcancé más que a decirle, muy quedito y entre dientes: “¡Gracias, fuiste un padre divertido! y te voy a extrañar”.

Esta es la nota que, sobre mi padre, escribí para el 17 de junio de 2006; la comparto con ustedes porque hoy es el Día del Padre, y para quienes son padres y nuevos lectores de Carpe Diem.


08
Sep 14

El sábado fue de paella

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Algunos de mis primeros recuerdos en la cocina están relacionados con la paella.  Mi padre, Luis,  me ponía a limpiar los calamares y las almejas.  Era muy alegre ir al mercado y comprar los ingredientes para luego limpiarlos y cortarlos todos apropiadamente. Una de mis partes favoritas del proceso era la ida al Mercado de la placita y a una pescadería que había enfrente.  Para mí, ir al mercado siempre ha sido una especie de aventura lite. Mi padre era el dios viviente de la paella, los anticuchos y el pollo rostizado, entre otras cosas.  Me gusta muchísimo hacer paella porque es un plato muy alegre y variado.  Las distintas carnes, mariscos y vegetales le dan sabores, colores, texturas y aromas muy variados, deliciosos y hermosos. Es una lástima que no la haga más seguido porque, en realidad, es menos complicado de lo que parece.

En casa de mis padres la paella se hacía en días de fiesta; y la última que preparó mi padre fue para mis amigos de la universidad en los años 80.  A mí me gusta hacerla sobre carbón, o leña; pero en mi casa no se puede juntar fuego.  Cuando la hago en la estufa lo más difícil es que el arroz se cueza parejo ya que el calor se concentra en el centro de la paellera

El sábado nos comimos la paella acompañada por una ensalada de aguacates y por deliciosa cerveza.


17
Jun 14

Recuerdos en el Día del padre

Recuerdos del Día del padre

Mi padre -Luis- era un personaje divertido y alegre.  Generoso. Era un buen hombre y es una lástima que haya muerto antes de conocer a sus nietos y antes de ver que sus hijos y sus familias crecimos y somos  felices. Es una lástima que no esté viendo el Mundial con mi madre.  A veces… hasta extraño las discusiones que teníamos.  No, eso no.

Un ejemplo de su espíritu juguetón era el juego de buscar el tesoro que armaba ya fuera cuando El ratón nos dejaba dinero a cambio de dientes, a mis hermanos y a mí; o cuando cumplíamos años.  Las fotos que acompañan esta entrada son muestras de uno de esos juegos.  Este fue en una ocasión en la que fui a pasar mi cumpleaños a Panajachel.  Al volver me estaban esperando en casa no con un regalo, sino con un sobre que contenía la primera instrucción: Happy Birthday Luisito, busque debajo de su almohada.

Luego de eso se desató el recorrido por toda la casa en el cual yo iba siguiendo las instrucciones y las pistas, y mis padres y mis hermanos iban detrás divirtiéndose como micos y emocionados, conmigo, por el misterio y la emoción.

A la primera instrucción seguía otras:

Manix tiene sorpresa, papás, Hnos, Nacho y Manix, etc. etc. etc.  Manix era uno de los perros de la casa y a Nacho -que era un gallo que nos habían regalado; ya sabes: Nacho, el gallo más macho.  Y la siguiente pista estaba en el collar de Manix.

Yu ju. Busque dentro de la caja de juegos de cuero.  Esa una caja con dados, baraja y que había sido de mi bisabuela.

Dentro del congelador de la hielera hay ALGO.

ALGO tenía que encontrar, busque en el limonar del patio de enfrente.

Aquí como hiede, se orinó Manix, busque debajo de la almohada Nona.  Nona es mi madre y ese era uno de sus apodos.

Buscar capítulo XXVII Libro 1 de los Paralipómenos…y uno tenía que averiguar qué jodidos era Paralipómenos.

Me gustan las toronjas.  Busque.  Allí sí verá algo.

Verdad que yáatengo toronjas? Busque debajo de la almohada de papito.  El era papito, claro.

Busque en la maceta de la flor de pascua.

Busque en horno de el comedor.

Te toca ir a la almohada de Guisela.  Guisela es mi hermana.

Dele un beso a La Chuchis, linda.  Ya casi, casi.  La Chuchis era Guisela…y habia que darle un beso.

Dale un beso a La Nona, y ya casi casi. Beto.  Beto era yo, por Alberto.  Me tenia varios apodos: Beto, Beto el recluta, Fray Junípero, Lalo, y algún otro que no recuerdo.

Ahora no recuerdo qué era el regalo.  Lo importante era el juego, el ambiente que se armaba, el cariño que se recibía.  El alboroto familiar.  Es una dicha que haya guardado los papelitos del juego porque en ellos estaba la clave de todo…  Estos son sencillos; pero otros eran más complejos e incluían dibujos: Un perico siendo perseguido por Simón, o Manix, por ejemplo.

Si no has visto, ni llamado a tu padre hoy…¿qué estás esperando?


11
Ago 13

El miércoles fue de paella

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Tenía ratales de no hacer paella y, no es por nada, pero el miércoles hice una y me salió estupenda. Deliciosa. Riquísima.

Aprendí a hacer paella con mi padre cuando mi tarea, a eso de los 10 años de edad, era la de limpiar bien la sartén y los calamares; pero la primera que hice solo fue a finales de los años 80.

A mí me gusta mucho esta combinación de mar y tierra con arroz poderosamente sazonada con azafrán y un toque de limón.  Tengo la dicha de que algunos de mis amigos también la preparan muy bien así que de cuando en cuando me gozo de buenas paellas.

En esta ocasión sólo algo no salió como me gusta.  El arroz en los bordes no se coció al mismo tiempo que en el centro de modo que tuve que revolver el arroz en el último momento para emparejar el cocimiento y la paella me quedó desordenada.  Lo bueno es que no afectó el sabor.


17
Jun 13

En el Día del padre, un recuerdo del mío

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Esta es la nota que, sobre mi padre, escribí para el 17 de junio de 2006; la comparto con ustedes porque hoy es el Día del Padre y porque me gusta recordar al mío:

“En 1986 las campanas doblaron por mi padre, que dejó de existir casi a la misma edad que tengo ahora; y desde entonces, el Día del Padre no ha sido lo mismo para mí.

Extraño a mi padre cuando tengo un éxito, y lo extraño más cuando tengo un fracaso. Lamento mucho que no esté aquí para ver a sus nietos creciendo y para ver sus caras de felicidad cuando gana su equipo en el Mundial de Futbol.

Mi padre me enseñó a limpiar calamares, a sentarme a leer tranquilamente al final de la tarde, a montar moto, a cangrejear en la playa, a preparar Bloody Marys, y a cantar En un bosque de la China yPajarillo barranqueño.

Me enseñó a hacer castillos de arena y me construyó un invernadero cuando yo era orquideólogo. Me enseñó tiro al blanco y seguramente hubiera preferido que yo fuera beisbolista, a que fuera orquideólogo; pero recuerdo que estaba muy contento cuando gané mi primer Mención Honorífica en una exhibición nacional.

Con mi padre íbamos a La Placita Quemada a comprar mariscos, donde una señora que tomaba sangre de tortuga.

Íbamos cada 1 de noviembre al Cementerio General a visitar la tumba de su padre, y con mis hermanos entrábamos a pie. Él, además, había inventado la historia de un lorito suyo, de nombre Vito, que había sido piloto. El avión de Vito había sido derribado durante la Liberación y se hallaba enterrado cerca de la tumba de mi abuelo. Así que mis hermanos y yo llevábamos flores para el padre de mi padre, y flores para el lorito caído.

Al final de sus días discutíamos mucho. Él, sin lugar a dudas, era un constructivista irredento; y yo, soy un convencido total de la existencia de órdenes espontáneos. El era un apasionado con un corazonote así de grande; y yo que soy un objetivista, que sin duda le parecía exageradamente racional.

Mis padres eran muy jóvenes, y nada me daba más gusto y orgullo que el mío me presentara como su hermano y que cuando iba por la calle, con mi madre, alguien silbara y me dijera, ¡Adiós, cuñado!

Su última foto se la tomé junto a su Mustang, el mismo en el que hizo su viaje final. Y por cierto que, pocos años antes, había pasado por una crisis financiera. Eso lo lastimó mucho; pero nunca perdió su magnífico sentido del humor. De hecho, para pasar el aguacero vendía contratos funerarios; y en sus tarjetas, ¿qué cree usted que decía? Luis Figueroa, asesor en viajes celestiales.

La última vez que lo vi yacía bien rasurado, todo conectado a tubos, inconsciente, y aparentemente tranquilo.

Y no alcancé más que a decirle, muy quedito y entre dientes: ¡Gracias, fuiste un padre divertido! y te voy a extrañar.

…y en efecto…lo extraño.


23
Nov 12

Alucinante exhumación de mi padre

Después de 27 años, hoy exhumamos los restos de mi padre para llevarlos de un cementerio a otro.  ¡Y nadie esperaba lo que nos sorprendió! Ibamos preparados para colocarlo en una caja pequeña para osario; pero nos encontramos que el cuerpo estaba completo, como momificado.

Cuando el encargado terminó de romper los ladrillos que cerraban el nicho nos sorprendió ver que la caja se veía completa.  Debido a las condiciones de construcción del mausoleo, no hay humedad y la madera se conservó bien.  Pero luego resulta que dentro de la caja de madera había una de zinc y que eso, unido al procedimiento de embalsamamiento, hizo que el cuerpo se conservara de forma extraordiniaria.  A través de la ventana del ataúd se veían bien su cara y sus rasgos, y su traje.

Y ya había estado en las dos exhumaciones de mi abuelo, Luis.  El padre de mi padre, pero en ellas sólo habíamos encontrado huesos y polvo. Nada parecido a lo de hoy.

En fin…una buena oportunidad para meditar sobre lo fragil que es la vida y sobre lo recomendable que es vivirla a plenitud, aprovechando los momentos de felicidad, tratando de no guardar rencores y en compañía de las personas a las que uno ama y valora.  Carpe diem: Acordaos hermanos que una vida tenemos, y si la perdemos no la recobramos.