13
Jun 26

¿Quién decide cómo te vas?

 

En poco más de cuatro semanas asistí a cinco honras fúnebres de amigos y familiares. En mi familia, con ocasión de esos acontecimientos solemnes solemos tomar mezcal y —en compañía, o en privado— meditar sobre la vida en general y recordar anécdotas y aventuras con los fallecidos.

Familiares y amigos deben conocer tu manifestación de voluntad anticipada. La ilustración es de Grok.

Una de las meditaciones que suelo abordar en aquellos contextos es la necesidad de hacer una declaración de voluntad vital anticipada con respecto a la calidad de vida, el consentimiento informado, los cuidados paliativos, la limitación del esfuerzo terapéutico, la sedación paliativa y la situación terminal.

Hace años, luego de las películas Mar Adentro y Million Dollar Baby, tomé más en serio el concepto de Living Will, que puede traducirse como la voluntad anticipada o las instrucciones previas manifestadas por pacientes o usuarios de los servicios de salud, acerca de la asistencia que desean que se les preste, o no, llegado un momento en el que no puedan expresar su voluntad personalmente.

En su momento y como consecuencia del caso de Terri Schiavo tuve la oportunidad de participar en un coloquio acerca del tema, y concluí que, pudiendo uno hacer ese tipo de previsiones, es una irresponsabilidad y una desconsideración no hacerlas. En ese sentido, es lamentable que no exista una figura legal que, como el testamento, proteja debidamente una voluntad anticipada de tanta trascendencia para la persona que decida expresarla libremente.

Como esta forma de expresión de voluntad no está regulada por la legislación civil guatemalteca, debe hacerse en un documento privado. Por eso es recomendable que sea sometida a consideración de un notario, no sólo para la autenticación de la firma, sino para asegurar su custodia y prever su cumplimiento fiel. Otra recomendación es que el ejecutor de esta voluntad sea una persona confiable y que esté bien apalabrada.

El documento es una manifestación de la propia voluntad en el sentido de que, en previsión de que llegara el momento en que uno ya no pueda tomar y/o comunicar decisiones relativas a su propio futuro, se hace la declaración cuando uno todavía se encuentra en pleno uso de sus derechos civiles, de sus facultades mentales y volitivas, y sin coacción.

En mi caso no está de más expresar que la declaración la hago después de una reflexión profunda, conforme a mis creencias y convicciones, y que la hago con la intención de que se ejecuten mis deseos e instrucciones, con la esperanza de que quienes reciban la confianza de ejecutarla se consideren moralmente obligados a cumplirla y de que las decisiones se entiendan como superiores a lo que opinen mi familia, o los médicos.

El documento que usé como ejemplo de mi Living Will expresa que si se presentara la situación en que no haya ninguna esperanza razonable de recuperación de una inhabilidad extrema, física, o mental que me aqueje, o que yo perdiere definitivamente la conciencia, o entre en estado vegetativo, o en un estado terminal, mi deseo y voluntad es morir tranquilamente, sin sufrimiento y con dignidad. Decisión que adopto en forma plenamente consciente y libre. En consecuencia, expreso que no deseo y que me opongo expresamente a ser sometido a terapias invasivas y dolorosas que prolonguen artificialmente mi vida, que me causen dolores o angustias, ni a tratamientos artificiales de sostén de mis funciones vitales.

En el documento (y aquí en esas líneas) reitero que, ante la inminencia de una muerte inevitable, o en caso de que me encuentre en estado vegetativo, deseo morir con dignidad humana y no deseo que se prolongue mi sufrimiento, porque considero que violenta mi dignidad. Asimismo expreso el deseo y la voluntad de que sí me sean administrados calmantes para el dolor, aunque se ponga en riesgo mi vida, o se me arriesgue a una posible adicción. Esta disposición debe aplicárseme siempre, aun cuando no sea una enfermedad terminal. El documento expresa, también, el deseo de que no se me someta a tratamientos heroicos, ni que se prolongue artificialmente mi vida en caso de cuadros clínicos irreversibles.

Lo que más debe quedar claro es que no quiero que mi partida sea más dolorosa, ni más larga de lo necesario. Por eso dejo por escrito, con toda lucidez, cómo quiero que me dejen ir cuando ya no haya regreso.

Columna publicada en República


05
Jun 26

¿Educación, o barbarie?

 

En esta semana los chapines vimos a un conductor arrastrando y haciendo girar a otro vehículo en el Bulevar Liberación de la ciudad de Guatemala. El enfrentamiento se originó por la disputa del derecho de vía en el tráfico, y ocurrió cuando el conductor de un carro intentó incorporarse y el otro aceleró para bloquearle el paso, lo que causó un choque.

Hay conductores que se meten en carriles que no les corresponden y luego quieren que se les de paso.

También leí que fue enviado a prisión el conductor de un auto que, en septiembre pasado, atropelló en repetidas ocasiones a un motorista en la zona 9 de esta urbe. El acusado enfrentará juicio por homicidio en grado de tentativa y, debido a la brutalidad del ataque al del motorista, hubo que amputarle la pierna derecha.

Ambos incidentes tienen su origen no en la mala calidad del tráfico en la capital chapina —que es espantosa—, sino en la incapacidad de algunos de controlar sus emociones, en la crispación y en la actitud explosiva con la que toman el volante. Voy a añadir y me voy a enfocar en la mala educación que exhiben cuando se suben a sus autos, o a sus motos. Esto es porque no podemos cambiar la realidad del tráfico, pero sí podemos controlar las formas en las que lo enfrentamos.

¿Qué es una de las primeras cosas que te enseñaron tus padres si te criaron bien? A pedir por favor y a dar las gracias. Con un poco de capacidad de reflexión y análisis, con un poco de inteligencia y autoregulación emocional, con un poco de conciencia y estabilidad emocional uno puede evitar que hechos que no dependen de uno escalen a niveles que puedan acarrear consecuencias jurídicas. Pero aún si faltaran algunos de aquellos elementos, un por favor y un gracias bien puestos y a tiempo pueden ahorrarte conocer la Torre de Tribunales, o un disgusto innecesario.

Henry Hazlitt, autor de Los fundamentos de la moral, escribió que los buenos modales son una ética menor; pero que en otro sentido son una ética mayor porque son la ética de la vida diaria. Y, por su parte, la filósofa Ayn Rand explicó que debería preocuparnos la moralidad cotidiana y menos la moralidad de crisis porque por su naturaleza las emergencias son temporales.

En esa dirección, más que preocuparnos por si somos capaces de robar un banco, o de comer carne humana luego de un accidente aéreo, deberíamos meditar sobre ¿por qué bloqueamos un crucero? ¿Por qué nos cruzamos en el tráfico? ¿Por qué no damos paso si alguien se está atravesando, aunque sea de forma abusadora, o imprudente? ¿Por qué vamos peleando en el tráfico? ¿Qué tan importante es avanzar tres metros en vez de ser gentil y generoso? ¿Por qué podemos golpear un retrovisor, o rayar un carro sin sentirnos responsables? ¿Por qué podemos subirnos a las banquetas y poner en peligro la integridad de los peatones?

Preocupa, eso sí, que en redes sociales haya quienes celebren actos de violencia antropoide como el de embestir un carro en el tráfico, o el de querer atravesarse sí o sí. Sospecho que los fans de esos desatinos son el mismo tipo de gente que llegó al Obelisco a robar stickers del álbum del mundial de fútbol y el mismo tipo de gente que lanza bolsas de agua en la fiesta del 14 de septiembre. En todo caso, manejar de forma prudente no es cobardía, sino racionalidad.

Los buenos modales no existen para complicarnos la vida, aunque algunos sean arbitrarios, como saber qué tenedor usar para qué en la mesa. Las buenas costumbres sirven para hacer de la vida un baile armónico y no una serie de golpes y sacudidas, explicó Hazlitt.

Al final del día, el volante es uno de los lugares donde más se pone a prueba nuestra capacidad de elegir la racionalidad por encima del impulso. Cada vez que cedemos el paso, que no respondemos a una provocación o que simplemente agradecemos con un gesto, estamos construyendo, o destruyendo, el tejido mínimo de civilidad que permite que una sociedad funcione sin convertirse en una guerra de todos contra todos.

Columna publicada en República.


29
May 26

¡Peligro, Will Robinson!

 

Pasó lo que tenía que pasar: luego de un proceso sostenido de deterioro institucional, el Tribunal Supremo Electoral dejó de gozar de la confianza que proyectó durante las presidencias de Arturo Herbruger, Manuel Ruano, Fernando Bonilla y Mario Guerra. En los últimos comicios, aquel alto tribunal cayó bajo y si me preguntan, digo que la misión más importante de los magistrados que están a cargo ahora es rescatar la dignidad, la credibilidad y el prestigio del TSE… para rescatar las del proceso electoral mismo.

La misión más importante de los magistrados que están a cargo ahora es rescatar la dignidad, la credibilidad y el prestigio del TSE.

En eso pensé cuando leí que casi siete de cada 10 guatemaltecos consultados para la encuesta de percepción (mayo de 2026) de la Fundación Libertad y Desarrollo confían poco, o nada en que las elecciones del 2027 serán limpias y transparentes. A 386 días de las elecciones generales poco menos de tres de cada 10 personas confían en que serán íntegras y confiables.

Casi seis de cada 10 consultados dicen no conocer lo suficiente a los posibles candidatos. Eso no es de extrañar porque ¿quién conoce lo suficiente un candidato? De hecho, yo suelo preguntar: ¿Te acuerdas de por quiénes votaste para diputados en las elecciones pasadas? La respuesta suele ser…(adivinaste)…la respuesta suele ser No. Casi nadie, nadie se acuerda de por quién votó y nadie sabe quién es su diputado. ¿Quién conoce lo suficiente al alcalde de su pueblo? Fuera de su rosca de amigos y parientes, ¿quiénes conocen lo suficiente a Arévalo, Giammattei, o Morales?

Poco más de seis de cada 10 consultados perciben que el costo de vida ha aumentado. Para la gente, el costo de la vida y la inseguridad son las principales preocupaciones en el hogar. La mayor parte de los consultados migraría por motivos económicos. Cuando leo este tipo de datos pienso que el mensaje de “trade, not aid”, aún no llega a donde debería llegar.

Cinco de cada 10 encuestados perciben que Bernardo Arévalo desempeña mal, o muy mal sus labores. De entre los cinco últimos presidentes de Guatemala, la percepción es que Giammattei ha sido más malo que Arévalo; y este último ha sido más malo que Morales, Pérez y Colom. Eso no sorprende porque ni el Presidente, ni su movimiento estaban remotamente preparados para asumir la responsabilidad que les cayó de chiripazo.

Es chulo comparar el dato anterior entre presidentes; pero también es cierto que demasiada gente cree que el gobierno debería resolverle sus preocupaciones familiares de una forma estatista y colectivista. Por ejemplo, casi cinco de cada 10 consultados opinan que el próximo presidente debería subir el salario mínimo e imponer controles de precios.

Esto tampoco sorprende porque Friedrich A. Hayek ya había advertido que en un electorado compuesto mayoritariamente por trabajadores por cuenta ajena no ha de sorprender que esos votantes deseen ver entronizado un poder tutelar superior que vigile la actividad independiente cuya naturaleza no llegan a entender, pero de la que depende su propio subsistir. Mucha gente, además, cree que el Presidente debería ser el capitán del barco, el pastor del rebaño, o el padre que estuvo ausente en sus vidas.

La lista de la dirigencia nacional (que no liderazgo) es, cuanto menos, penosa. Penosa, pero no sorprendente si tomamos en cuenta que el votante promedio chapín cuenta entre sus filas a los aficionados del fútbol que el martes pasado quemaron la camisola del equipo contrario mientras se comportaban como simios; y suma entre sus filas a los guatemaltecos que llegaron al Obelisco a robar estampas para un álbum durante la actividad que organizó un banco, y los que tiran bolsas de agua durante la fiesta de las antorchas en septiembre.

Los mal llamados partidos políticos son pedos inflados que sólo aparecen cuando es temporada de elecciones y están muy lejos de ser las plataformas programáticas que describen los libros de ciencia política.

Dicho lo anterior, en la serie sesentera, Perdidos en el espacio, el robot advertía ¡Peligro, peligro! cuando algo amenazaba a Will Robinson. Pienso, sinceramente, que este estudio de opinión pública nos grita lo mismo a los electores y tributarios guatemaltecos.

Columna publicada en República.


22
May 26

Multas y cultura vial

 

Los motoristas que circulan sobre las banquetas son una plaga, principalmente porque ponen en peligro la vida y la integridad física de los peatones. A muchos motoristas no les basta con circular a toda velocidad y de forma irrespetuosa entre los vehículos sobre las calles (a veces causando daños), sino que toman la decisión consciente de encaramarse a las aceras, también como almas que llevan el diablo.

Una vez restaurado el orden las banquetas son más seguras para los peatones. Que interesante que Grok puso a un peatón en la calle, porque los viandantes que no usan las banquetas también son peligrosos.

Por eso: ¡ovación de pie! para los operativos de la Policía Municipal de Tránsito de la ciudad de Guatemala, para la aplicación de la legislación de tránsito a la caza de motosimios que circulan sobre los espacios que son para peatones. Tengo entendido que cada vez son más pillados infringiendo aquellas normas, los motoristas tendrán que pagar multas.

Por el bien del flujo del tránsito; pero sobre todo para protección de los peatones, esos operativos deben continuar hasta erradicar la mala práctica de muchos motoristas. Además… no me digan que no es una fuente de ingresos chula para la Municipalidad, una fuente de ingresos que no es expoliación ni injusta.

El monto de las multas no es lo importante; lo relevante es que durante suficiente tiempo para crear una cultura, la mayor cantidad de motoristas infractores enfrenten la responsabilidad de sus decisiones y acciones. ¿Sabes lo que dijo Friedrich A. Hayek que es la función de la responsabilidad? Invitarnos a meditar si estamos dispuestos, o no enfrentar las consecuencias de nuestras acciones.

Además, con respecto a la necesaria sostenibilidad de los operativos, ya desde tiempos de César Beccaria se sabe que para disuadir la comisión de un delito, la certeza y la prontitud de la sanción son mucho más efectivas que la severidad de la misma. Porque si una persona sabe que será castigada inevitablemente, aunque sea de forma leve, se abstendrá de actuar; pero si cree que puede salir impune, se arriesgará incluso a un peso severo. El autor de De los delitos y las penas argumentaba que el exceso de rigor en las leyes a menudo lleva a la impunidad, ya que los jueces dudan en aplicar castigos excesivamente onerosos y la sociedad termina compadeciéndose del delincuente, como en el caso de un pobre muchacho en moto.

Más recientemente, en Las contradicciones del derecho penal, Ricardo Manuel Rojas explica que el derecho penal moderno se obsesiona con subir las penas (más años de prisión, más agravantes, más ejemplaridad) en la creencia de que así disuade. El autor muestra que esto es un error trágico porque genera terrorismo penal (legislativo, o judicial), y al mismo tiempo baja la probabilidad real de que el castigo se aplique. ¿Resultado? El delincuente racional calcula: la pena es durísima… pero hay muchas posibilidades de que no me pase nada y la esperanza de impunidad anula la amenaza. Por eso Rojas habla de un sistema que produce amenazas vacías. Aunque Rojas se refiere al derecho penal, la misma meditación se aplica a la aplicación de multas para las infracciones que nos ocupan.

Siguiendo el análisis económico de Gary Becker, Rojas explica que el potencial infractor evalúa el costo esperado del delito frente a la probabilidad de ser descubierto y sancionado. Si la probabilidad tiende a cero, aunque la sanción sea draconiana, el costo esperado se acerca a cero. En cambio, una sanción moderada, pero cierta, eleva dramáticamente ese costo esperado y, por tanto, reduce la comisión de delitos, o infracciones.

Los operativos deben continuar y ser implacables porque no es que el castigo deba ser más duro, sino que debe ser más seguro. La certeza transforma la amenaza en algo real y previsible, mientras que la mera severidad, sin certeza, solo sirve de propaganda política y para justificar un Estado cada vez más intrusivo.

Columna ublicada en República.


15
May 26

Miedo vende más que indignación

 

¿Cuál es la diferencia entre un crucero supuestamente vinculado con abusos contra menores y un crucero supuestamente vinculado con un virus? Que el primero pasa casi inadvertido y el segundo recibe atención exagerada.

El caso es que el virus genera miedo. Los medios y redes amplifican el pánico porque vende. La ilustración es de Grok.

Empleados de Disney Cruise Line fueron arrestados en una investigación por material de abuso sexual infanti. Varios empleados de esos cruceros cruceros fueron escoltados fuera de un barco por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza tras una investigación sobre material de explotación sexual infantil. Aparte de ellos, más de dos docenas de personas a bordo de ocho cruceros fueron detenidas, entre ellas miembros de la tripulación. Disney dice que la empresa tiene una política de tolerancia cero para esas actividades y que ha colaborado con las autoridades. Los operativos ocurrieron entre el 23 y el 27 de abril; y en español, en redes sociales y en medios de comunicación da la impresión de que hay poca información al respecto. ¿Te enteraste?

Los cruceros, por cierto, son lugares perfectos para la propagación de enfermedades infecciosas y un hantavirus fue identificado entre pacientes del HV Hondius. El mundo se volvió loco, o más bien los medios tradicionales y las redes sociales han vuelto locos a muchos. Con el involucramiento de la criminal Organización Mundial de la Salud y el resurgimiento de nombres nefastos como Fernando Simón y Anthony Fauci, a ratos se siente como en finales de 2019 y principios de 2020. Es como si grupos interesados quisieran volver a imponer los encierros que costaron tantos empleos, tanta destrucción de riqueza y tanta inestabilidad emocional como las que hubo en 2020 y 2021.

Tú, que recuerdas los pediluvios secos y sucios, los termómetros mal calibrados, la gel viscosa, las mascarillas mal puestas, las reacciones hostiles de mucha gente, así como las cuarentenas irracionales, ¿no te preguntas? ¿Por qué recibe mucha atención un supuesto virus de toda la vida en un crucero, y muy poca atención el posible involucramiento de abusadores de niños en líneas de cruceros?

El caso es que el virus genera miedo. Los medios y redes amplifican el pánico porque vende: mapas, timelines, titulares como Crucero del terror. El caso de abusos genera indignación moral, pero es más abstracto (material digital, no abuso físico reportado en el barco). El tema circula en redes, pero sin alcances escandalosos.

Las búsquedas en redes muestran que hantavirus crucero genera cientos de posts diarios con videos del barco, declaraciones de la OMS y pánico. El caso Disney tiene menor volumen orgánico. Los algoritmos priorizan contenido que genera interacción emocional fuerte como miedo, sobre los que generan indignación, aunque sea sostenida.

Las imágenes de barcos en cuarentena, pasajeros con mascarillas y helicópteros de evacuación son más potentes que tripulantes bajados esposados en puerto. Disney es una marca familiar y los medios y redes cubren el escándalo, pero con cuidado.

Un brote infeccioso con muertes en un espacio confinado genera más clics, shares y tiempo en pantalla que un operativo policial contra pornografía infantil. El hantavirus toca el nervio post-encierros y el otro, aunque grave, se percibe como problema lejano de la industria de cruceros. El miedo viral arrastra más clics que la sordidez humana escondida en los pasillos de un crucero familiar.

Y tú, ¿qué piensas? No, ¿qué sientes? La pregunta es: ¿qué piensas?

Columna publicada en República


01
May 26

En el Día del trabajo

 

El trabajo por sí solo no es un valor. Encima, la fiesta de hoy tiene un origen enraizado en la Segunda Internacional, a la sombra de la ideología totalitaria y colectivista que —desde Moscú y luego desde Pekín— costó más de 100 millones de muertos en el siglo XX y aún cuesta vidas en Cuba y en Corea del Norte. En Guatemala todavía hay quienes suspiran por el socialismo y el comunismo, lo cual es inexplicable a la luz de sus resultados económicos y, sobre todo, morales.

“El trabajo productivo es la principal forma en que realizamos nuestro valor como seres racionales”. La ilustración es de Grok.

Aquello, sin embargo, no quita que sea buena idea meditar sobre el trabajo. Para el negrito del batey, como dice la canción, el trabajo se le deja todo al buey porque el trabajo lo hizo un dios como castigo.

Desde la perspectiva de la Escuela Austríaca el trabajo es desútil, solía decir mi maestro Manuel F. Ayau para explicar que preferimos no hacerlo. Cuando trabajamos renunciamos al esparcimiento y al ocio creativo (así lo llamaba mi maestra Lucy Martínez-Mont). Renunciamos al tiempo que podríamos usar para otras cosas, de tal manera que los seres humanos generalmente tratamos de obtener satisfacciones con la menor cantidad de trabajo y esfuerzo posibles. Muso explicaba que el trabajo, en sí, no es un beneficio, sino que es la actividad (física o intelectual) a cambio de la cual obtenemos beneficios.

Al concepto desútil de trabajo, el Objetivismo le añade un detalle que lo convierte en valioso: el de la productividad. El trabajo productivo no es un deber impuesto desde afuera, ni una mera forma de ganarse la vida. La productividad es una virtud cardinal relacionada con tu dedicación consciente a la tarea de crear valores materiales o espirituales que sostengan y enriquezcan tu propia vida y la de los demás, mediante el ejercicio de la razón.

Dicho de otra forma, es el proceso por el cual conviertes los productos de tu mente en realidad. No se trata de trabajar duro, sino de producir —crear bienes, servicios, conocimientos, arte o invenciones— que sean objetivamente valiosos para la vida humana.

Los humanos debemos producir para sobrevivir. A diferencia de los animales, que encuentran en la naturaleza lo que necesitan, los humanos debemos transformar la naturaleza mediante nuestra razón y esto no es opcional: sin producción no hay comida, techo, medicinas ni tecnología. El trabajo productivo es la principal forma en que realizamos nuestro valor como seres racionales. El trabajo productivo es la evidencia de que uno es competente para vivir. Ayn Rand lo expresa con claridad: La autoestima es la convicción de que uno es capaz de vivir y merecedor de vivir. Esa convicción se gana, en gran medida, por medio del esfuerzo productivo sostenido. El trabajo productivo es, por lo tanto, una exigencia moral de la vida como hombre. No es un sacrificio; es el medio por el cual uno gana su felicidad.

Tómate aquí un par de minutos para meditar sobre las ideas anteriores porque contradicen mucho de lo que se nos enseña a lo largo de nuestras vidas.

El trabajo productivo es racional, voluntario, orientado a valores, de largo plazo y egoísta. ¿Qué quiere decir esto? Que se basa en la identificación correcta de la realidad y en el pensamiento independiente. Que surge del propio juicio y propósito personal. Produce valores objetivos, o sea cosas que realmente promueven la vida y no es ni actividad frenética ni ocupación inútil. Que implica planificación, perseverancia y mejora continua. Que se hace primero para uno mismo y que el beneficio para otros es consecuencia, no objetivo primario.

Tómate aquí otro par de minutos para meditar.

La fiesta de hoy debería ser la del trabajo productivo físico e intelectual, y no la del músculo. La fiesta de hoy debería celebrar la virtud de la productividad y no el sacrificio, el castigo ni la ocupación inútil. La fiesta de hoy no debería estar vinculada al colectivismo, al totalitarismo, la supuesta lucha de clases ni a una ideología que cobró más de 100 millones de vidas humanas; sino a la celebración de la vida, la prosperidad y la cooperación social.

La productividad no es un castigo místico, ni una obligación colectiva: es la forma más noble y egoísta de afirmar la propia vida.

Columna publicada en República


17
Abr 26

Subsidios y trampa

 

Liderados por diputados oficialistas, una mayoría de congresistas cayó en la trampa de aprobar subsidios para los combustibles porque, claro, ¡el gobierno debería hacer algo!

Los pipoldermos no dan nada que no le hayan quitado a alguien más. La ilustración es de Grok.

En la realidad no importa si ese algo es económica, financiera y moralmente perjudicial; porque en la mentalidad y en la retórica estatistas que prevalecen entre muchos electores, políticos y burócratas, gobernar es gravar para gastar lo que quiere decir: transferir recursos del sector voluntario de la economía al sector coercitivo de la economía.

Lo que ve la gente es que en autoservicio la gasolina regular cuesta unos Q37.99 y con el subsidio debería quedar en Q32.99. La gasolina super cuesta unos Q38.99, y con el subsidio debería andar por Q33.99. El galón de diésel, que se cotiza cuesta unos Q41.69, con la transferencia debería quedar en Q33.69. Pero lo que no se ve es muy dañino.

Mis cuates que saben de estas cosas calcularon que el subsidio aprobado para tres meses, de Q2000 millones, en realidad alcanzará para poco más de dos meses con base a datos sobre el consumo.

Desde la perspectiva política, los subsidios, en general, son instrumentos de clientelismo y corrupción institucionalizada. El gobierno, al redistribuir recursos coercitivamente (vía impuestos, o inflación), crea grupos de interés dependientes que presionan por mantener, o ampliar los subsidios. Los pipoldermos compran votos potenciales al ofrecer “beneficios” visibles mientras los costos se diluyen de forma invisible entre todos los contribuyentes. Se fomenta el mercantilismo porque las empresas más conectadas políticamente reciben los fondos, no las más eficientes. Esto erosiona la meritocracia y la competencia real. Los subsidios convierten al gobierno en árbitro de ganadores y perdedores y la política se consolida como una lucha por el botín fiscal. Ejemplo: el transporte colectivo urbano que dejó de ser una actividad empresarial legítima para convertirse en un caldo de mafias que viven del dinero ajeno tomado por la fuerza.

En general, los subsidios distorsionan el cálculo económico y las señales de precios. El precio de mercado es la única forma en que millones de individuos coordinan sus acciones sin un planificador central. Al bajar artificialmente el precio de un bien o servicio se genera “malinversión” que es cuando los recursos (capital, trabajo, materias primas) se desvían hacia actividades que el mercado libre no demandaría en esa magnitud. Ejemplo: más gente va a usar combustibles, como cuando mucha gente desperdicia agua porque el agua no tiene precio de mercado. Encima de aquello, las empresas subsidiadas no tienen incentivos para reducir costos, innovar, o adaptarse a la realidad. Sobreviven empresas zombis que consumen recursos que podrían usarse mejor en otro lugar.

Los subsidios a los combustibles, en particular, incentivan al sobreconsumo. El mercado no puede señalar la verdadera escasez energética, por lo que no se incentiva la conservación, ni la inversión en alternativas, ni el transporte racional.

Las empresas subsidiadas no compiten por eficiencia, y los pipoldermos trasladan los costos a toda la economía.

Los subsidios —que en este caso saldrán de readecuaciones presupuestarias— se financian con deudas que tarde o temprano van a tener que pagar los tributarios ya sea directamente, o por medio de inflación que erosiona el poder adquisitivo de todos, y especialmente de los más pobres.

Según mi querido F. A. Hayek, los precios son un sistema de información que transmite conocimiento disperso. Al subsidiar combustibles, el gobierno “apaga” esa señal en un sector clave, lo que ocasiona descoordinación generalizada. Según mi estimadísimo L. v. Mises, es un cálculo económico imposible ya que tarde o temprano no se sabe cuál es el “precio correcto” sin mercado libre.

Finalmente, de acuerdo con mi admirada A. Rand, los subsidios destruyen la independencia moral de los individuos porque crean una cultura de mendicidad estatal donde la gente aprende a pedir al gobierno en vez de actuar de acuerdo con su mejor juicio en un mercado de precios reales.

Al final, la factura siempre llega. Y cuando lo hace, los que menos pueden son los que más pagan.

Columna publicada en República.


10
Abr 26

Civilización no es cualquier cosa

 

No cualquier forma de organización humana es civilización por antigua que sea, ni por compleja que parezca.

La civilización es el progreso hacia una sociedad privada. La existencia del salvaje es pública, regida por las reglas de su tribu. La civilización es el proceso de liberar al hombre de los hombres, escribió Ayn Rand. La ilustración es de Grok.

De mis clases de sociología recuerdo que para Emile Durkheim la civilización pasó de ser el conjunto de avances técnicos, económicos y materiales (al margen de la moral) a ser el conjunto de los más altos valores humanos (incluidos los valores morales) y nace de la cooperación de los hombres asociados a lo largo de generaciones. Para Max Weber la civilización es un proceso de racionalización que sustituyó progresivamente la magia, la costumbre y la emoción por el cálculo, la eficiencia y la previsibilidad. Para Norbert Elías, la civilización es formación del Estado, monopolio de la violencia legítima y alargamiento de las cadenas de interdependencia entre individuos; así como mayor autocontrol emocional, refinamiento de las costumbres, aumento de la vergüenza y el pudor y racionalización del comportamiento.

Desde aquellas perspectivas, las organizaciones sociales basadas en el irrespeto a los derechos individuales, en la violencia, el odio, la guerra, el misticismo y el tribalismo no son civilizaciones.

De mis clases de praxeología y de filosofía social aprendí que para Ludwig von Mises la civilización es el progreso material y moral alcanzado mediante la economía de mercado (que es consecuencia del respeto a la vida, la libertad y la propiedad) y de la división del trabajo, así como el triunfo de la razón humana sobre la escasez y la violencia. Para Friedrich A. Hayek, la civilización puede describirse con precisión como el orden extendido de cooperación humana. Ese orden surge evolutivamente a lo largo de milenios mediante la selección cultural de reglas abstractas —principalmente la propiedad privada, el contrato, el comercio y la moral comercial— que permiten a millones de personas desconocidas entre sí coordinarse pacíficamente. Esas reglas suprimen los instintos tribales (solidaridad exclusiva con el grupo pequeño, agresividad hacia el foráneo) y permiten que el conocimiento disperso de cada individuo sea utilizado por todos.

Tanto Mises como Hayek entienden que la civilización incluye respeto a los derechos individuales y excluye la violencia y el tribalismo. Ambos entienden el valor de la racionalidad (que no es lo mismo que el racionalismo). Y Hayek subraya que es un proceso largo que dura milenios de pruebas y errores.

En aquel contexto conocí la obra de Louis Rougier que, para ayudarnos a entender qué es una civilización, añadió que la civilización no es sólo riqueza y tecnología, sino una mentalidad que prioriza la razón sobre la tradición, o la autoridad arbitraria; el individuo sobre la tribu, o el colectivo; el dominio pacífico de la naturaleza (por medio del mercado y la técnica) sobre la resignación fatalista; y el progreso y la mejora continua sobre el estancamiento, sin caer en los delirios progresistas de los positivistas.

La filosofía Objetivista corona nuestro proceso de descubrimiento y explica que La civilización es el progreso hacia una sociedad de privacidad. Toda la existencia del salvaje es pública, regida por las leyes de su tribu. La civilización es el proceso de liberar al hombre de los hombres.. En The Nature of Government, Ayn Rand aclara que El prerrequisito de una sociedad civilizada es la prohibición del uso de la fuerza física en las relaciones sociales [como no sea para defenderse, por supuesto]; con ello se establece el principio de que, si los hombres desean tratar entre sí, solo pueden hacerlo mediante la razón: mediante la discusión, la persuasión y el acuerdo voluntario y no coercitivo. De ahí que la civilización es el producto filosófico de la razón aplicada a las relaciones humanas. Cuando se abandona la razón (y se acepta la fuerza como medio de trato social), la civilización retrocede hacia el tribalismo, la dictadura, o el caos.

Se me ocurren tres tipos de objeciones a los argumentos anteriores: Muchas civilizaciones que las personas reconocen como tales fueron construidas sobre esclavitud y conquistas, por ejemplo. No faltará quien diga que las conclusiones son etnocéntricas. Me faltó explicar el rol de la coerción bajo la ley.  Seguramente debería abordar esos temas en otra ocasión.

Dicho lo anterior, sostengo que en el siglo XXI, no es difícil entender que no cualquier forma de organización humana es civilización por antigua que sea, ni por compleja que parezca. En el siglo XXI grupos humanos tribales, místicos, que no dudan en violar el principio de no agresión contra los infieles, los foráneos, o los humanos que consideran inferiores, no constituyen civilizaciones, aunque sean culturalmente muy interesantes.

La civilización no se construye con piedras, tradiciones, ni poder estatal. Se desarrolla a partir de la valentía de poner al individuo y la razón por encima de la tribu y la violencia.

Columna publicada en República


03
Abr 26

Tradiciones que saben a Guatemala

 

Hace unos días anduve de gira por la costa sur y es fascinante la explosión de colores que hay allá gracias a la exuberante variedad de flores. Esa exuberancia también se manifiesta en las jacarandas y otras flores que hay en La Antigua, en la ciudad de Guatemala y… para ser justos, en todo el país. Lo que pasa en la costa es que el brillo y la luz del sol tienen particularidades propias, como las tienen los costeños en términos de hospitalidad, alegría y generosidad.

Pan de yemas para remojar en miel de garbanzos, o en leche.

Esta temporada —la del equinoccio de primavera— la celebramos en casa con los colores, sabores, aromas, sonidos y texturas propias de la Semana Santa chapina, que es riquísima en tradiciones diferentes a todo lo ancho del país.

El cronograma de las conmemoraciones no se limita a los cuatro días usuales en otras latitudes, sino que empieza al día siguiente del carnaval. Ese viernes y los siguientes, sí o sí, es día de comer empanadas de leche o de atún. Cuando era niño eran de salmón, pero esas ya no se consiguen comercialmente.

A partir de ese día, en casa se hacen presentes los aromas de mangos en almíbar y de jocotes marañones para refresco. Hace sólo dos semanas descubrí que también me gustan los anacardos vivos con azúcar. ¡Así que este año sumé otra tradición culinaria para mi repertorio de la fiesta!

Me encanta el aroma de los jocotes marañones y el refresco alivia los días cálidos de la temporada.

Mientras escribo estas líneas, en casa se está desalando el bacalao que preparamos ayer. También se cuecen los huevos duros porque, cuando salíamos de temporada con mis padres, era costumbre que mi madre preparara ensalada de huevos que siempre estaba disponible en el refrigerador para cuando los niños quisiéramos comer algo rápidamente. En los años 80 dispuse añadirle lomo ahumado a la ensalada y estoy convencido de que fue una buena idea. Mientras escribo estas líneas vino el pan de yemas que ahora nos prepara un panadero de Totonicapán.

Cuando pasaba la temporada en el Hotel Cacique Inn (gracias a la generosidad de mi tía abuela Adelita), el almuerzo del jueves solía ser almuerzo frío, que consistía en jamones, quesos, buena mostaza y huevos endiablados, plato que yo esperaba con alegría.

Los mangos en almibar serán el postre del sábado.

En casa los grandes ausentes de este año son el dulce de garbanzos (al estilo de mi tía abuela, La Mamita, con azúcar blanco) y la miel de garbanzos (al estilo de la costa sur, con panela). Lo que sí habrá es un descubrimiento del año pasado que en casa llamamos jalea de garbanzos, una delicadeza exquisita inspirada en la miel que acabo de mencionar y que —sin tener relación alguna— evoca al haroset propio del pesaj.

Hasta entrado el siglo XX, el día de hoy tenía protocolos muy particulares. Los niños no debían meterse al agua porque podían convertirse en peces, según advertían los viejitos. No había que correr, ni hacer alborotos, ni hablar en voz alta y menos escuchar música. Ya no viví esos tiempos; pero sí viví y vivo la dicha y la alegría de comer bacalao a la vizcaína, plato que se servía en las casas de mis abuelas y de mis padres, y que preparamos en casa con mucho esmero. La receta básica es de mi bisabuela, Adela; pero interpretada de acuerdo con los gustos particulares que tenemos en casa. ¿Quieres la receta? Si te interesa, sigue leyendo; y si no… hasta aquí llegamos.

Bacalao a la vizcaína que preparamos el jueves en casa y almorzaremos el sábado.

Habiendo desalado bien el bacalao, asamos los tomates, chiles pasa y guaque. Licuamos esos ingredientes y ya tenemos la salsa. En una olla freímos ligeramente los cubos de bacalao, removemos el agua excesiva, añadimos la cebolla morada rebanada y el ajo abundante picado. Agregamos aceite de oliva de forma generosa y sumamos la salsa. Este es el momento de añadir aceitunas rellenas de chiles pimientos, tiritas de chiles morrones o del piquillo, y alcaparras (mejor si son de las pequeñas y bien lavadas para quitarles la sal). Dejamos hervir todo aquello, checamos la sazón (sal, pimienta y un toque de azúcar moreno) y añadimos más aceite de oliva. Nos gusta la salsa ligeramente aceitosa para remojar el pan en ella. Y es importante que la salsa obtenga un color rojo profundo e intenso. Que no se vea una salsa pálida.

¿Te diste cuenta? En casa el equinoccio de primavera gira alrededor de los buenos recuerdos que nos conectan con por lo menos tres generaciones de aficionados a la buena mesa. ¿Cómo se celebra en tu casa?

Columna publicada en República.


20
Mar 26

Hedor en el monumento

 

Un rincón inexplicablemente shuco de la ciudad de Guatemala es la Plaza Rotaria que se encuentra al lado del Obelisco. Pasas caminando por ahí y el hedor lastima el olfato, del mismo modo en que la inmundicia lastima la vista. No sólo hay basura, sino heces fecales en los rincones del lugar. No heces de chuchos, sino heces de humanos.

El monumento está lleno de rincones apropiados para dejar inmundicias. Foto por Raúl Contreras.

Eso es una lástima porque en la placita esa hay una estatua chulísima dedicada a la mujer rotaria, ejemplo de liderazgo, amor y bondad, virtudes que comparten con otras miles y miles de mujeres chapinas y extranjeras que practican la benevolencia. ¿Cómo no se van a celebrar esas virtudes con una estatua bella?

La estatua que dorma parte del conjunto es bella e inspiradora. Foto por Raúl Contreras.

Sin embargo, el lugar es un cochinero. La suciedad se debe, en buena parte, al diseño absurdo de todo el conjunto monumental. Esa placita está llena de recovecos, recodos y sucuchos, perfectos para que los orcos defequen ahí, o tiren basura. La suciedad se debe, en otra buena parte, a que nadie limpia. Y nadie asea porque la burocracia encargada de la limpieza de esos lugares no está en la labor.

Hay basura y detritus humanos en el área. Foto por Raúl Contreras.

El descuido de los monumentos en toda Guatemala es notorio. Es particularmente ominoso el descuido de los cementerios donde abundan los detritus y el saqueo; pero también el de estatuas y otros lugares de valor histórico. Chema Reyna Andrade sigue ausente en la Reforma; y doña Chabe sigue decapitada en su parque.

Verás: los monumentos públicos no son meros adornos en el paisaje urbano; son elementos que interactúan con la sociedad, la historia y el entorno.

Los basureros están destruidos en muchas áreas de la ciudad. Foto por Raúl Contreras.

Los monumentos actúan como testigos materiales de la historia. Su rol principal es preservar la memoria de eventos, personas, o ideas significativas, y educan a las generaciones presentes y futuras. Los monumentos sirven como símbolos que definen la identidad de una ciudad, o nación, y refuerzan valores compartidos, así como un sentido de pertenencia. Los monumentos (racionalmente concebidos) funcionan como intervenciones artísticas que mejoran la calidad visual y espacial de la urbe. No solo embellecen, sino que estructuran los espacios públicos. Sirven como puntos focales en plazas, o avenidas, y mejoran la legibilidad urbana lo que facilita la orientación y crea espacios de encuentro social hasta el punto de humanizar entornos concretos.

El hedor no miente: así tratamos lo que dice ser nuestra identidad.

Columna publicada en República.