04
May 25

Aventura en El Soch, I

 

Has oído el dicho que dice nunca las segundas partes fueron buenas. Este refrán se usa para advertir que una continuación de una obra, una relación o una situación nunca es tan buena como la original. En el cine, se usa para expresar descontento con las secuelas, por ejemplo. Pero ya sabes, muchísimos refranes se contradicen entre sí. Como el que dice que el pájaro madrugador se come al gusano y el que dice que no por mucho madrugar amanece más temprano. Pues bien… el refrán que reza: la segunda es la vencida, contradice al que da inicio a estas meditaciones sobre la segunda Semana Santa en el sitio arqueológico El Soch.

Los chorros, los manantiales y la selva nos esperan en El Soch.

Los que siguieron esta andanza el año pasado entenderán por qué la experiencia del 2024 sería difícil de superar, sobre todo si gustas del turismo cultural, de aventura y de acampar. ¿Qué te parece? Un sitio arqueológico maya casi virgen; la selva en la frontera con la Zona Reina, en Chicamán, Quiché; una cabaña sin energía eléctrica y sin agua corriente; cedros de 400 años de edad, manantiales preciosos de agua incomparable, cataratas y pájaros diversos. Y a eso… como si fuera poco… añádele la compañía de personas generosas, cariñosas y extraordinarias, con vidas de película.

Por eso fue que, habiendo tantos lugares que conocer en Guatemala, este año decidimos volver a El Soch suponiendo que nunca las segundas partes fueron buenas, solo para confirmar que las segundas partes pueden superar a las primeras porque la diferencia la hacen las personas y, si las personas son encantadoras, las experiencias también. 

En fin… te cuento.

El viernes 11 de abril, Raúl y yo salimos de casa a las 6:00 a. m. para recoger a Lissa y agarrar camino por la carretera Panamericana rumbo a Tecpán. A lo largo de esa ruta, uno nota la falta total de mantenimiento en los arriates invadidos por malezas y con las bardas retorcidas. The Three Amigos on another road trip!

Maleza y bardas inservibles se ven a lo largo de la carretera Panamericana.

De acuerdo con la tradición, desayunamos rico en Kape Paulino’s y pasamos a El Pedregal, en Xetzac, para comprar hogazas de pan integral. De ahí continuamos en busca del puente Chimaché sobre el río Motagua en dirección a Quiché. A pesar de que la ruta no está hecha para tráfico pesado y de que hay bastante, esa vía ahorra por lo menos una hora de camino comparada con la antigua carretera que pasa por Chichicastenango y Santa Cruz del Quiché.

El trafico pesado es dos veces desagradable en carreteras que no están hechas para eso.

Parte de la gracia en esa carretera son las MacMansions que abundan a diestra y siniestra. Algunas terminadas y otras en suspenso o abandonadas. Ese tipo de construcciones contrastan mucho con las encantadoras y vernáculas casas de adobes y tejas, con patio en el centro, que todavía se construyen en Quiché. Desde que empezamos a visitar ese departamento con frecuencia, notamos que las bellas casas tradicionales todavía se construyen donde no prevalece la arquitectura de remesas.

Parte de la gracia, en los road trips es la variedad de macmansions.

Si leíste la crónica del año pasado, recordarás que el viaje nos llevó casi 12 horas porque tuvimos que desviarnos; pero este año íbamos con buen tiempo, así que comíamos sin prisas y tranquilos. En una población, antes de Uspantán, encontramos un grupo de personas que limpiaban la carretera; en otra población, we were mooned by a guy in a bicycle. Almorzamos en el restaurante Don Alejo en Uspantán y ahí tomamos la carretera para la Zona Reina. En La Lagunilla vimos un rezado muy chulo en su sencillez. Un rezado no es más que un tipo de procesión, digamos que menos solemne, pequeña y generalmente con carácter festivo. El que vimos en La Lagunilla era de un Nazareno y por eso no era festivo.

We were mooned.

Rezado tradicional de Semana Santa, en La Lagunilla, Quiché. Haz clic en la foto para ver el Tik Tok.

Llegamos a Chicamán y de ahí empezamos a bajar hacia San José El Soch, la población donde nos recibe una ceiba preciosa antes de que subamos rumbo al sitio arqueológico y hacia la finca El Recuerdo, donde pasaríamos los próximos cuatro días.

El camino al sitio arqueológico El Soch es de terracería pero precioso.

Una ceiba nos da la bienvenida a San José el Soch.

Llegamos con la luz del día y fuimos recibidos por doña Nohemí y don Julio con alegría y cariño, mismos que son correspondidos con creces. Descargamos en su casa la comida y el equipo que se necesita ahí, para luego dirigirnos a la cabaña donde nos alojamos, que queda a unos 150 o 200 metros de la casa. Sin energía eléctrica y sin agua corriente, la cabaña es rústica, pero… muy importante… tiene buenas camas y no hay bichos.

Nuestra querida cabaña frente al río y los chorros de agua fresca.

Luego de desempacar y acomodar el equipo, tomamos un descanso; y, una vez repuestos, nos dirigimos a donde doña Nohemí y don Julio para ponernos al corriente después de 12 meses. Entre la cabaña y la casa hay un río pequeño y un puente que estaba en reparación. A la pequeña casa principal se le está añadiendo un segundo piso —con una vista espectacular de la selva—; también se le está agregando un baño. En esa casa está el poyo donde doña Nohemí hace maravillas y el porche con comedor donde ocurren muchas conversaciones fascinantes. Se nos unió Julio, hijo, y comimos deliciosos frijoles parados, acompañados por huevos revueltos. En la mejor compañía, rodeados por los sonidos de la selva y con la luz tenue de lámparas de batería, nos entregamos al encanto de El Soch. Con una diferencia notable con respecto al año pasado. En 2024, el clima fue principalmente cálido y húmedo, como en la selva. Pero este año había frío… el frío que hay en las montañas húmedas…

@luisficarpediem

Viaje a El Soch #luisfi61 #quiche #elsoch #chicaman #uspantan #sitioarqueologico #selva #carretera #alegria

♬ sonido original – Jesús Manuel – Jesús Manuel

Luego de la cena y de ponernos al día, cruzamos el río (por el puente en reparación) acompañados por don Julio. Tras despedirnos y hacer dos o tres bromas, Lissa, Raúl y yo subimos al porche de la cabaña para abrir la puerta y entrar. Esa puerta, por cierto, se cierra y no teníamos llave. Para evitar que se cerrara del todo, puse un cartón, y Lissa puso una cuerda con la que se podría abrir en caso de que la puerta se cerrara.

Pero llegamos, y el cartón estaba en el suelo;  y al primer intento no se pudo abrir la puerta. Y pues… como don Julio se había ido un par de minutos antes, lo que se me ocurrió fue gritar, en medio de la noche y de la selva: ¡Don Julio! A los dos segundos, Lissa y Raúl lograron abrir. Entonces grité: ¡No pasa nada, buenas noches! En menos de un minuto, apareció Julio, hijo, alarmado porque nos había oído gritar. Así que, apenados (y yo bein azareado), le contamos lo que había pasado.

La vida a la luz de veladoras en El Soch. En la cabaña dormimos como tiernos.

Concluido ese asunto, dormimos delicioso… bien envueltos en las sleeping bags e incluso tuve que dormir con calcetines, cosa que no suele agradarme. En la madrugada, tuve que cubrirme la cabeza porque el frío era intenso. Con todo y todo, en El Soch se duerme como tierno porque, claro, el viaje había sido largo; pero también porque allá abundan las florifundias y, aunque este año no había tantas como en 2024, su efecto se dejó sentir, ya que fue poner las cabezas en las almohadas y caer en brazos de Morfeo… en 3, 2, 1. Ni siquiera me desperté a orinar, por fortuna, dado el frío.

Así fue el primer día en aquella experiencia. En El Soch, las personas y la naturaleza se unen para que la visita sea inolvidable, demostrando que las segundas partes, cuando las vives con la mente y el corazón activos no son decepcionantes. ¿Que experiencias inolvidables nos esperan?

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02
May 25

Salvar La Antigua, ¡Ya!

 

A finales de los años 90, un amigo me llamó en Viernes Santo para preguntarme qué iba a hacer y, como le dije que nada interesante, me dijo: Vamos a La Antigua, y en la noche agarramos camino para la ciudad virreinal. Llegamos, estacionamos y la pasamos muy bien. A finales de los 80 y principios de los 90, era costumbre ir a parrandear a La Antigua los jueves en la noche, al salir de la universidad.

La Antigua, vista desde el convento de Santa Clara.

A principios del siglo XXI, con un grupo de amigos, íbamos a medianoche a La Antigua a ver el paso de una procesión por el parque, también en Viernes Santo, ¿por qué? Porque el área era iluminada con velas al paso del cortejo. Llegábamos, aparcábamos y disfrutábamos del ambiente y la tradición.

En ese tiempo, no era raro que, en casa, dispusiéramos ir a cenar a nuestro restaurante favorito de La Antigua y volviéramos a tiempo para descansar en la noche.

Mi punto es que, hasta no hace mucho, era práctico ir y venir a aquel destino encantador que siempre ha estado en mi corazón; desde la primera vez que recuerdo haber ido —en primer grado de primaria— porque les pedí a mis padres que me llevaran a almorzar allá el día de mi cumpleaños.

Seguro que no lo sabes, pero a principios de los 90 tuve un restaurante llamado Luna Llena que quedaba a una cuadra de La Merced. Antes de comprarlo (con mis socios), iba de viernes a domingo casi todos los fines de semana; y luego me quedé a vivir allá. Fue una época de mucho aprendizaje, a la que le tengo cariño.

Pero poco a poco, ir a La Antigua perdió practicidad (aunque no encanto). Dejamos de ir a ver lo de las candelas porque la ciudad empezó a llenarse de gente inmunda que ensuciaba todos los espacios posibles. A ratos, en las calles parecían escucharse frases como Nadaremos, nadaremos, de Nemo; o Imhotep, Imhotep, de La Momia.

A eso añádele que, en un día cualquiera, no puedes hacer viaje a La Antigua si no cuentas con por lo menos hora y media para el camino y que, en un sábado, te puede llevar un mínimo de cuatro horas llegar allá. ¡Cuatro horas! Eso es lo que tomaba llegar a Cobán a finales de los años 70.

Por eso no me soprendió leer que La Antigua perdió casi un millón de visitantes en sólo dos años. Es muy triste que las estadísticas del Inguat muestren que la ciudad virreinal pasó de atraer al 52 % del turismo local en 2023 a sólo 19 % en 2025. A duras penas está entre los cinco destinos chapines que más atraen turistas.

A mí tendrían que pagarme mucho dinero para que fuera a La Antigua en Semana Santa; y —como me ocurrió hace unos meses— si tuviera un compromiso allá, me tendría que ir con un día de anticipación para no arriesgarme a las cuatro horas mínimas de carretera.

Amo a La Antigua y disfruto mucho dormir allá y amanecer entre sus jardines y volcanes. Es tan rico caminar en la noche por sus calles; calles que todavía conservan fascinación, siempre y cuando no haya un grupo de borrachos peleando por ahí.

Pienso que es tiempo de que el sector privado de la ciudad virreinal tome el liderazgo de su rescate. Es tiempo de que los políticos (siempre decepcionantes) y los talibanes (siempre desconectados de la realidad) se hagan a un lado. Estos dos grupos deben hacer espacio para que la empresarialidad, la innovación y la creatividad le devuelvan a La Antigua su señorío y para que ir allá no sea intolerablemente absurdo.

La antañona capital del Reino de Guatemala merece algo mejor, mucho mejor. Es hora de que La Antigua recupere su carácter y vuelva a ser el destino que enamora a todos, un lugar donde el pasado y el presente se fundan en armonía.

Columna publicada en República.