03
Mar 23

Vienen a por la libertad de expresión

 

La libertad de expresión está bajo asedio.  El acoso, cuando no el ataque comenzó con la [in]cultura woke y con las exigencias de lo políticamente correcto.  Siguió con las prácticas de cancelación.  En 2020 y 2021 se materializó contra cualquiera que se atreviera a cuestionar la validez científica y ética de los encierros forzados, el uso de mascarillas, las vacunaciones forzadas, por ejemplo.

La ilustración la tomé de aquí http://bit.ly/3ZkuaQT

Los ataques contra la libertad de expresión son muy peligrosos porque esa libertad es es socialmente útil para tres cosas: proteger la dignidad humana, controlar la actividad social y estatal; y buscar la verdad.

De ahí que, por ejemplo, sea inaceptable que un fiscal pida la investigación de periodistas (incluidos columnistas) a causa de notas y comentarios referentes a actores de procesos judiciales.  Más inaceptable es que un juez emita una resolución que avale aquella pretensión.  Lo correcto es que si en notas periodísticas, o columnas de opinión se hallan injurias, calumnias y claro que difamaciones, los afectados acudan a la Ley de Libre Emisión de Pensamiento en vez de usar un instrumento como la Ley de Delincuencia Organizada; práctica que recuerda las mañas de la CICIG.

En Guatemala, la libertad de expresión está ampliamente protegida por el artículo 35 de la Constitución como debe ser en una sociedad abierta; y la deberíamos defender tanto tirios, como troyanos. ¿Por qué?

Porque como manifestación de la facultad que todo individuo debería tener para decidir y actuar de acuerdo con su mejor juicio, sin estar sometido a coacción arbitraria, la libertad de expresión es la facultad de decir con enunciados, o mediante otros signos lo que se piensa, siente, o desea. Hace posible la exploración de ideas y posibilidades que pueden ser verdaderas -que sean producto de la identificación de hechos de la realidad-…o no. Uno deja de ser un individuo pleno y digno si debe callarse por temor a la legislación, al poder, o al linchamiento.

Porque como contralora de la actividad de los individuos en sociedad y de las actividades de aquellos que ejercen el poder (formal, o informalmente), la libertad de expresión nos faculta para cuestionar, o reforzar las costumbres y las ideas.  Nos permite poner en duda, o consolidar las facultades de aquellos que -por el momento- ejercen el poder; y las de aquellos que son sus patrocinadores, electores, o clientela. La libertad de expresión hace posible la discusión cívica de nuestros sistemas de creencias, de nuestros patrones de crianza y de nuestros valores.

Porque como herramienta para la búsqueda de la verdad, la libertad de expresión hace posible que pongamos a prueba nuestras ideas, tecnologías, conocimientos y más.  Es peligroso que una marea de pensamiento arrase con la diversidad de perspectivas e ideas (sobre todo si no es orgánica, sino impuesta y como consecuencia de la intimidación, o de la fuerza).  Sin la posibilidad de explorar, someter a prueba, o expresar lo  aún no ideado, o lo diferente, ¿cómo podemos aprender de nuestros errores e identificar lo que es falso? ¿Cómo podemos aprender de nuestros éxitos e identificar lo que es verdadero?

En ausencia de plena libertad de expresión se imponen el pensamiento único y la historia única; y como dijo la escritor nigeriana, Chimamanda  Adichie, es imposible hablar de pensamiento único sin hablar de poder. ¿Qué opinas?

Columna publicada en elPeriódico.


02
Mar 23

El voto nulo y anda suelto Satanás

 

Hay una canción que dice: Cae fuego en lugar de maná/ Se disfraza el asfalto de mar/ El zapato no encuentra el pedal/ Parece que anda suelto Satanás. De esa canción me acuerdo cuando veo las listas de candidatos presidenciales, candidatos a diputados y candidatos a alcaldes para los próximos comicios.

No sólo es que en los mal llamados partidos políticos están raspando las ollas para encontrar las sobras, sino que pareciera que anda suelto Belcebú. Con razón se hace muy difícil decidir por quién votar y con razón se discute bastante sobre el voto nulo.

Por un lado está quienes ven en esa opción un acto soberano de negarles su particular mandato a los aspirantes a cargos de elección popular.  La racionalidad de esa preferencia es que si no les das tus votos a los candidatos estos no te representan, no les das autoridad, ni apoyo, ni legitimidad.

Añádase que el voto nulo deslegitima un sistema que para nada sirve a los electores y a los tributarios; que el voto nulo significa menos dinero para las roscas electoreras, y que incluso puede conducir al cierre de aquellas organizaciones incapaces de conseguir más del 5% de los votos.

No es poca cosa el voto nulo desde aquellas perspectivas.

Por otro lado está quienes destacan que con tu voto, o sin tu voto, alguien va a ser electo, sí, o sí.  Como hay candidatos peores que otros, desde distintas perspectivas, el voto nulo es peligroso porque puede beneficiar a la opción más incapaz, más corrupta, o más criminal.  De modo que la opción más ética, para el elector, es tratar de evitar al mal mayor.  No por darle un mandato al menos peor; sino por negárselo al más nefasto.

Otro detalle es que no es lo mismo no ir a votar, que votar nulo.  Cuando alguien no va a votar puede ser que lo haga porque estaba enfermo, porque estaba fuera del país, porque tuvo una emergencia, porque está preso, o algo parecido y por lo tanto su acción de no acudir a las urnas es políticamente vacía.  Pero si alguien se toma la molestia de acudir a un centro de votación y vota nulo, ahí sí hay una expresión manifiesta. Eso hago siempre en las papeletas para diputados del Parlacén.

El proceso para tomar una decisión electoral debería ser personal, pensado y contextual.  No es one size fits all; y dicho esto siempre tengo presente la frase de Dante Alighieri:  Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en tiempos de crisis moral.

Voy a repetir que el proceso para tomar una decisión electoral debería ser pensado, personal y contextual; y que no es de talla única. De modo que aquel proceso incluye votar por el candidato A, por el candidato B, votar nulo, o no votar.  Claro que incluye el acto de dar un mandato, pero también el de negar un mandato; posibilidad esta última que, en el contexto apropiado, es tan importante como la primera.

¿Y cuál es la clave para no ir a parar a uno de los lugares más oscuros del infierno?  La de asumir la responsabilidad moral personal de la decisión tomada en el contexto temporal y espacial de cada elección particular. En no falsear la realidad y en reconocer que así como a veces es útil y valioso dar un mandato, otras veces es igual de útil y valioso negar un mandato, impedirlo, o por lo menos obstaculizarlo.

¿Qué piensas?