Yo no distingo una corchea de una fusa, voy a decir que fui sensible a la música desde que era muy niño. Esto es porque me gustaba cantar y porque en las casas de mis padres y de mis abuelas se escuchaba variedad de música. No debo haber cantado mal, porque en el bus del kínder, la monja que lo manejaba me pidió que me sentara adelante, junto a ella, y cantara.
Muy pronto, poco después, desarrollé gusto por el ballet (porque mi tía Patricia nos llevaba a mi hermano y a mí a funciones de ballet) y por la escultura. Sospecho que ambos gustos estaban estrechamente relacionados con una curiosidad y una fascinación por los movimientos y las formas del cuerpo humano.
¿Sabes qué no logro ubicar? Cuándo le tomé gusto a la pintura. Sé que en la primaria las pinturas a témpera y acuarela de mi hermano eran bastante mejores que las mías. Otra cosa que sé es que identifiqué, temprano, que los hierros retorcidos, las formas y colores ininteligibles, así como los sonidos incoherentes, no me eran agradables. Fui descubriendo que lo que yo buscaba era armonía, belleza y algo de maestría en la ejecución.
¿A qué viene esto? A que leí Arte, el libro en el que el filósofo y arquitecto Warren Orbaugh establece «de una vez por todas» qué es y qué no es una obra de arte.
En el libro, el autor comienza exponiendo la crisis conceptual que, cultivada entre el subjetivismo, el relativismo y el nihilismo, ha hecho casi imposible distinguir lo que es arte de lo que no lo es, y lo que es bello de lo que no lo es, sin acudir a la arbitrariedad.
Paso a paso, el autor nos lleva por una galería retadora de lo que no es arte. Retadora, digo, porque aquí es donde el lector promedio debe decidir si va a dejar a un lado sus prejuicios y va a activar su mente para explorar ideas nuevas.
No te prives del placer de descubrir qué es lo que realmente piensas sobre el arte y por qué. Sin embargo, te cuento que Warren explica el valor de conceptos como excelencia y sabiduría en las técnicas para luego concluir que la belleza es la perfección de la forma, que se debe a la «identidad completa, integral y total» de la obra, de modo que no se pueda alterar o modificar sin destruirla.
La verdadera esencia de la belleza, dice el filósofo, es la simplicidad que se encuentra en la unidad», y la fuerza que anima la belleza es un principio organizador que «une las partes entre sí y con el todo, y se manifiesta de forma sensible.
Más adelante, Warren explica la diferencia entre la belleza, que es objetiva, y el gusto, que es subjetivo. Esta diferencia es muy importante y suele desatar discusiones intensas cuando se habla de este tema, porque muchas personas creen que son lo mismo, y porque, en ciertos ambientes, ha de ser doloroso darse cuenta de que una obra no es bella porque les guste a algunos; y porque, aunque el mal gusto es mal gusto objetivamente, el gusto sí puede ser educado.
Si el tema anterior puede causar encuentros intensos, ¿qué tal el siguiente? Hay una relación íntima entre la belleza y la moral. ¿Por qué? Porque moral viene de mores o costumbres, y las buenas costumbres, aunque en un sentido son una ética menor, en otro sentido son una ética mayor porque son la ética de la vida diaria, como escribió Henry Hazlitt. Warren explica que las buenas costumbres crean una vida que nos aleja de lo ordinario, nos llenan de belleza y son civilizadoras. Vivir como seres humanos precisa de la belleza, y esta se relaciona con el deber ser, y el deber ser es cosa de la moral.
Dicho lo anterior, ¿te empiezas a dar cuenta de por qué hay grupos sociales, intelectuales y artistas que promueven el feísmo? ¿Por qué los hay que insisten en que arte es cualquier cosa que alguien diga que lo es? La próxima vez que te encuentres frente a una obra de arte, pregúntate: ¿esto eleva mi espíritu, o me hunde en el caos? La respuesta podría revelarte más sobre el mundo que habitamos y sobre ti mismo, de lo que crees.
Columna publicada e República.