13
Nov 17

¿Por qué habría que valorar el individualismo?

Samuel Pérez-Attías anda con la cosa de que la promoción del individualismo es un error y que es la causa de algo que el llama la atomización de la sociedad. Creo que Samuel opina eso porque no está claro qué quiere decir individualismo.

Escucha el podcast aquí.

Antes de seguir, sin embargo, no está de más explicar por qué tendría que estar claro qué quiere decir individualismo.  Desde una óptica epistemológica -y como el propósito de los conceptos es facilitarnos la clasificación y organización cognitivas, así como facilitarnos conocer y pensar-  la palabra individualismo es un símbolo que denota un concepto, es decir que representa algo concreto y de cierto tipo, algo que se diferencia, por ejemplo, del concepto colectivismo.

Entonces, si hablamos de individualismo, desde una falacia como la del hombre de paja (que es criticar algo no por lo que es, sino por una fabricación ad hoc que el crítico hace para servirse de ella), la conversación no tiene sentido ya que el hombre de paja distrae y borra al concepto legítimo.

Individualismo, pues, no es la creencia de que las personas deberían vivir aisladas al margen de la sociedad, o de espaldas a ella. Simón el estilita, que vivió encaramado en una columna, no era individualista. Tampoco es la creencia de que las personas deberían ser islas inconexas unas con otras.  No es la negación de la división del trabajo, ni la negación del valor de la cooperación social, ni la negación de la dispersión del conocimiento, ni la del valor de la vida en sociedad (que es una forma de hacer las cosas) y el individualismo no excluye las acciones en grupo.  Eso sí, el individualismo es opuesto al colectivismo; y no es entusiasta del tribalismo.

¿Qué, entonces, es el individualismo?

Propiamente dicho, el individualismo tiene dos perspectivas que quiero destacar en esta entrada.  Por un lado el individualismo sostiene que las personas individuales (de ahí el nombre) tenemos derechos inalienables que no nos pueden ser arrebatados por ninguna otra persona, ni por cualquier grupo, o conjunto de personas.  Por lo tanto, cada persona existe por su propio derecho y para sí mismo, no para el grupo.  Los individuos, pues, no somos ni piezas de una máquina, ni peldaños de una escalera, ni herramientas para ser usados.  Por esas razones, y de acuerdo con el individualismo, el poder de la sociedad debe estar limitado por los derechos individuales de las personas; y quienes ejercen el poder en la sociedad sólo pueden crear leyes que no violen aquellos derechos individuales.  En un sistema individualista, todas las personas son iguales ante la ley, en todas las oportunidades; y cada uno tiene los mismos derechos ya sea que se encuentre sólo, o que lo acompañe un millón de personas más.

¿Es posible no estar de acuerdo con estos principios si lo que se quiere es una sociedad sana, basada en relaciones pacíficas y voluntarias?

Para entender mejor el individualismo en esta perspectiva, vale la pena compararlo con lo que se le opone, que es el colectivismo.  Este sostiene que las personas no tienen derechos; y que su cuerpo, su personalidad y su trabajo le pertenecen al grupo, comunidad, colectivo, clase social, etnia o a la sociedad.  Por eso es que el grupo, comunidad, colectivo, la vanguardia, la etnia o la sociedad pueden hacer con él lo que le plazca, en la forma que quiera y por cualquier motivo que el grupo haya decidido que es su propio bien.  En esas condiciones, cada persona existe sólo con el permiso del grupo y en beneficio del grupo. Por esas razones, y de acuerdo con el colectivismo, el poder de la sociedad (que es el colectivo supremo) es ilimitado y la sociedad puede crear las normas que desee e imponérselas a cualquier persona en la forma que quiera. En un sistema colectivista, las personas tiene que agruparse unas con otras para obtener privilegios.  Y los que pertenezcan a los grupos más grandes, más bulliciosos, o más violentos son los que tienden a obtener más y mejores privilegios.

¿Es posible tener una sociedad sana, basada en relaciones pacíficas y voluntarias, en aquellas condiciones? Yo digo que no.

La otra perspectiva desde la que hay que entender el individualismo, y que quiero comentar aquí, es la del individualismo metodológico (o método compositivo) como el método de las ciencias sociales que sostiene que todos los fenómenos sociales son explicables a partir de las acciones individuales de los seres humanos individuales (de ahí su nombre).   El individualismo metodológico descarta la creencia de que los grupos, comunidades, colectivos y sociedades sean organismos que pueden tomar decisiones y actuar propiamente dicho.  Una forma de ponerlo es que así como el grupo, la comunidad, el colectivo, o la sociedad no tienen un estómago como para decir apropiadamente que el grupo se comió X cantidad de hamburguesas el año pasado; tampoco se puede decir apropiadamente que el grupo haya decidido, o haya actuado, porque el grupo no tiene cerebro, ni mente para tomar decisiones, o para actuar. Las personas individuales que forman el grupo son las que comen hamburguesas, y son las que deciden y actúan.  El individualismo metodológico descarta la creencia de que la clase social, la étnia, la nacionalidad, el sexo, u otros elementos sean determinantes en las decisiones individuales que toman las personas individuales, para actuar individualmente, o en coordinación con otros.

El individualismo metodológico no sólo no descarta que un, o unos individuos actúen en coordinación con otros individuos desde la división del trabajo y la cooperación social. Sino que sirve para entender la naturaleza de estas formas de cooperación, desde la que hay entre dos personas individuales, hasta la cooperación social pasando por formas menos complejas de asociación como empresas, tribus, comunidades y otras formas de organización. Quien entiende el individualismo metodológico y la división del trabajo, entiende por qué es que integramos la sociedad, precisamente para perseguir y alcanzar mejor nuestros fines individuales.  La sociedad, desde esta perspectiva es una forma de hacer las cosas.

En el contexto político -y por eso es que el individualismo incomoda mucho a los que les gusta el poder- Raimondo Cubeddu cita a Friedrich A. Hayek y explica que “la característica esencial del verdadero individualismo” consiste en que es ante todo “una teoría de la sociedad, un intento de comprender las fuerzas que determinan la vida social del hombre y, sólo en un segundo momento, un conjunto de máximas política derivadas de esta concepción de la sociedad”.  De lo que resulta claramente que la política no es la ciencia arquitectónica de la asociación civil, y ni siquiera un conjunto de máximas que deben calar en la sociedad a fin de transformarla en la perspectiva de los valores éticos, políticos, o económicos que se considera racional, o justo alcanzar; sino la consecuencia de una teoría general de la acción humana.  De paso, ¿sabes cuál iba a ser el título de La acción humana, por Ludwig von Mises (un individualista irredento)? El título iba a ser Cooperación social.

El individualismo nada tiene que ver con la atomización de la sociedad.  Al culpable de este fenómeno seguramente habría que buscarlo en el uso del estado, por parte de algunos actores sociales (muchos detractores del individualismo) a modo de aquella gran ficción por medio de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo, contra la que advirtió Fréderic BastiatEsa pretensión sí atomiza a la sociedad porque en vez de fomentar la cooperación, lo que alimenta es no solo la competencia por privilegios, sino el irrespeto a los derechos individuales.  Al culpable del fenómeno de atomización seguramente habría que buscarlo en el tribalismo, esa pretensión colectivista que egulle a las personas individuales y las funde en una masa en la que todo es sacrificable en el altar que manden los que controlan al colectivo. Y de esa pretensión, no es extraño que las personas quieran escapar y hasta cierto punto, atomizarse.

Si te interesó el tema, quizás quieras leer algo ¿Por que defender el ultra-individualismo?


31
Mar 14

Carpe Diem: las entradas más visitadas

Estas son las entradas más visitadas en los últimos 30 días, aquí en Carpe Diem:


25
Mar 14

Samuel Pérez Attías tropezó de nuevo, y con la misma piedra

engaño-luis-figueroa-luisfi61.com

En su colulmna Reacción libertaria, Samuel Pérez Attías afirma que lo calumnié cuando dije que él engaña a sus lectores al asegurarles que  los libertarios no leemos a ciertos autores. Verás: según el diccionario engañar es  hacerle  creer a una persona una cosa que en realidad es mentira.  En esa columna, además, le atribuye al columnista, Fritz Thomas, algo que él no ha dicho, ni ha escrito. ¿Por qué es que Pérez hace cosas así? ¿Por qué es tan descuidado?

Esto viene a cuanto porque, en una columna previa, titulada Libertarios esclavos Samuel quiso causar, en sus lectores, la impresión equivocada de que a los libertarios nos da pavor leer a Marx, entre otros autores.  A sus lectores les transmitió una idea falsa de la realidad.

Yo quisiera, de verdad, que Pérez Attías se tomara unos minutos para explicar cómo es que dar una impresión equivocada, transmitir una idea falsa de la realidad, y hacerles creer a unas personas cosas que en realidad son mentiras, no son engaño.  Digo…porque cómo va a ser que Samuel acuse a los libertarios de tenerle pavor a Marx (por ejemplo) si  muchos de nosotros hemos pasado meses y meses leyendo no sólo a Marx, sino a Engels, Kolakowski, Harnecker y otros.  Puede que seamos masoquistas (broma), pero que no friegue. Yo no he leído a Klein, pero por hueva, y no por pavor…y porque tengo otras cosas que leer. Y claro, habrá libertarios que no hayan leído a Marx; pero seguro que hay socialistas que no han leído a Mises, ni a Rand, ni a Nozick, ni a Hayek.  ¿O me equivoco? Pérez Attías quiere que sus lectores le creean cuando él dice que algunos son todos y con ese argumento acusa, señala y critíca.

En Reacción libertaria, el autor tropieza de nuevo… y con la misma piedra con que ya había tropezado en Libertarios esclavos.   Quiere que sus lectores no se den cuenta de que él ejerece las malas prácticas que según él usamos los libertarios.  De entrada acusa a los libertarios de ser una secta; y luego -en un contexto en el que clama por la libertad de pensar, y contra los que se molestan porque se cuestione su ideología,  y clama por que otros salgan de sus zonas de conofort- se queja de que sus columnas sean objeto de acuciosidad.  ¿Pérez preferiría que sus argumentos engañosos fueran aceptados sin ser cuestionados?

Samuel se queja del uso de adjetivos; pero él no tiene empacho alguno en titular una columna con la frase: Libertarios esclavos; ni de señalar a los libertarios radicales.  Que nos explique, por favor, por qué es que él sí puede hacer esas cosas, y los demás no.  Por otro lado, ojalá y tuviera tiempo para explicarnos por qué es que es incorrecto, o inapropiado referirse como estatista, o comunista a un pensador, o a un activista que es marxista-leninista, o maoista, y que cree que el estado debería controlar la economía, la salud, la producción, la educación, la información y otras cosas parecidas.  De veras.  Porfa.  Si un animal camina como pato, tiene plumas de pato, pico de pato, palmas de pato y hace ruidos de pato, es pato.  ¿Será que -desde la particular perspectiva de Samuel- es incorrecto o inapropiado referirse como libertario a un pensador, o activista que cree que la coacción arbitraria debe ser eliminada total y absolutamente de las relaciones sociales, y que cree que la única igualdad posible en la sociedad es la igualdad de todos ante la ley?  Los conceptos son abstracciones por medio de las cuales integramos y comprendemos las experiencias que tenemos como consecuencia de la interacción con nuestro entorno.  Sirven para encontrar similitudes y diferencias. Sirven para clasificar y como adjetivos son predicados del sujeto, dicen algo del sujeto; y por eso es que los conceptos de libertario radical, o de anarco-capitalista, o de objetivista son tan útiles  y válidos para describir a libertarios radicales, anarco-capitalistas u objetivistas;  como los de estatista, colectivista, o comunista lo son para describir a estatistas, colectivistas, o comunistas.

Pérez se queja de que se cuestione al mensajero en vez del mensaje.  Empero, no me parece inapropiado pedir, con nombres y apellidos, que el autor de una columna en la que critica a otras personas explique por qué afirma cosas que no son reales y por qué es que usa instrumentos de retórica que asegura que otros no deberían usar?  ¿Por qué es que no es válido pedirle a Pérez Attías que nos cuente por qué es que el cree que no se deben usar conceptos, o adjetivos para describir acciones, o formas de pensar?  Si yo no vuelvo a usar estatista, ¿dejará él de usar libertario?  ¿Cómo dirá libertarios, cuando quiere referirse a los libertarios sin usar la palabra libertarios?

¿Sábes qué se me hace? Que Samuel se masca cuando escribe esas cosas; y que por eso es que se descuida.


07
Mar 14

Samuel Pérez Attías y los libertarios…o lo que él cree que son los libertarios

estatismo-luis-figueroa

En su columna titulada Libertarios esclavos, Samuel Pérez Attías se echó una pirotécnia increíble para decir mucho y decir nada contra los libertarios.

Pérez Attías engaña a sus lectores cuando acusa a los libertarios  de no leer a Marx, Chomsky, Galeano y otros.  Y mi pregunta es: ¿los engaña a propósito, o por desconocimiento?  Si los engaña a propósito la verdad es que qué mala taza. Creo que los lectores merecen más respeto.  En cambio, si los engaña por desconocimiento, eso es otro par de zapatos. Quizás el columnista no sabe que muchos libertarios hemos estado leyendo a Carlos Marx, Marta Harnecker, Leszek Kolakowski, Fredrick Engels, Pierre-Joseph Proudhon, y Henri de Saint-Simon, entre otros como parte de un seminario sobre socialismo, desde hace ratales.  Yo no se de otros libertarios, porque cada individuo tiene su historia particular; pero cuando yo estudiaba ciencias políticas en la Universidad Rafael Landívar tuve mis dosis espesas de Marx, Lenin y Engels; así como de Harnecker, Gramsci, Stavenhagen y Galeano.  No he leído a Klein, ni me dan ganas; pero tampoco he leído a otro montón de gente.

El columnista señala y acusa.  Por ejemplo, dice que el libertario sigue las doctrinas de Rand sin cuestionar las falencias que también tiene; pero como pinta con brocha gorda (gordísima) y juzga desde sus prejuicios (porque sospecho que nunca ha estado en una mesa en la que discuten libertarios y objetivistas, ¿o sí?) no puede saber (o no quiere enterarse) de que libertarios y objetivistas sostienen intensas discusiones en las que cuestionan perspectivas y principios éticos, jurídicos, económicos y epistemológicos que muchas veces son enfrentados.

¿Sabés que me gustaría, Samuel? Que les detallaras a tus lectores algunas de aquellas falencias. Como supongo que has leído suficiente de Rand, ese detalle no debería ser sacado de Google, sino de esas lecturas tuyas. ¿Nos harías la caridad?  Eso sería mejor que el simple acto de acusar y señalar.  Cuéntales, por favor, y sin sólo señalar, ¿en qué enredo ha caído, qué libertario, al definir la libertad? No subestimes a tus lectores.

Samuel se queja de que los libertarios usan adjetivos; pero ¿él sería incapaz de eso? ¡No, que va!  Desde su torre de observación él si puede permitirse hacerlo.  ¿No me crees? ¿Nadie haría algo tan simplón? No te creas: Pérez Attías acusa a los libertarios de fundamentalistas.  ¿Eso es un adjetivo, o no? Cuando Pérez Attías acusa a los libertarios de ser doctrineros y de ser esclavos de un pensamiento único no sólo está usando etiquetas o adjetivos (que según él no deberían ser usados), sino que lo hace sin fundamentos.  Sin fundamentos porque aparentemente no ha hecho el ejercicio intelectual de diferenciar entre objetivistas, anarco-capitalistas y libertarios, y no puede ver las diferencias entre los austriacos, los de Virginia y los de Chicago.  Parece ser que para él todo es sabor de vainilla.

Frente a sus ojos no pasa que cuando un libertario dice que tal, o cual pensador, o tal o cual grupo de interés es estatista, por decir un ejemplo, es porque el aludido sostiene que el estado y sólo el estado debería proveer energía eléctrica, por ejemplo. Y porque el aludido ha expresado que el hecho de que en en los países escandinavos, en Quebec, en Francia y en otros lugares la energía eléctrica es estatal, otros deberían seguir ese camino.  La creencia de que los políticos y sus funcionarios deben controlar lo que se enseña en las escuelas es estatista, no por un capricho libertario (que incomode a Samuel), sino porque supone que el estado tiene un papel protagonista en la educación. ¿Viste?

Eso sí, él sí puede crear un hombre de paja para tratar de apalear a los libertarios. El sí puede acusarlos de doctrineros y puede hacer uso de palabras como fundamentalismo y libertarianismo.  Pero para él y en su mundo, ¡porque él lo dice!, eso no es ni etiquetar, ni hacer uso de los ismos.

Hay que verlo para creerlo, ¿o no?


11
Mar 10

Tres críticas contra ProReforma

Me llamaron la atención tres críticas al proyecto de reforma constitucional, ProReforma, que me gustaría comentar. Son de Hugo Us, Samuel Pérez, y Martín Rodríguez.

Hugo Us asegura que el proyecto se contradice porque los que apoyan ProReforma         despotrican contra la democracia porque argumentan que este sistema no ha funcionado… y puede fomentar la tiranía de la mayoría …; y luego, en su desesperación, piden que la iniciativa sea sometida, sin más trámite, a consulta popular o que bastan las 5,000 firmas que lo avalan para que eso sea así.

 
Lo primero que llama la atención es que Us cita a defensores del proyecto; pero no tiene la bonhomía de mencionarlos. Usted dirá que eso es una sutileza, pero yo creo que es como tirar la piedra, y esconder la mano.
 
Luego, ¿ya se dió cuena Us de que lo de las 5,000 firmas en realidad son 70,000? Digo, porque si bien es cierto que él y otros como él tratan de desacreditar intelectualmente a los firmantes, acusándolos de sólo responder a la propaganda, lo cierto es que fueron 70,000 y aunque algunos de ellos no sepan leer, ni tengan los grados académicos que tiene Us, yo no me atrevería a ningunearlos así nomás. ¿Cuál es el propósito de pintarse como paladín de la democracia y luego desconfiar de la gente?
 
Adicionalmente, lo de las firmas no es algo desesperado de última hora. Es parte fundamental del plan, ¡desde el mero principio!; y es en respuesta a una novedad constitucional que debería empoderar a los ciudadanos. Es cierto que se usa publicidad para promover ProReforma; pero ¿no es eso normal en cualquier proceso de persuasión pública? Además, ¿me va a decir, el lector que apoyó ProReforma, que usted necesitaba de una valla para entender que el sistema está podrido y que hay que reformarlo? ¿Me va a decir, el lector, que necesitaba de vallas para comprender que los principios de ProReforma son mejores que los principios prevalecientes, o que los que no sostienen las reformas inexistentes que nunca proponen algunos críticos de ProReforma?
 
Yo entiendo las quejas contra la democracia qua sistema de gobierno en el que se hace lo que la mayoría quiere; empero, ¿quién en sus cinco sentidos despotricaría de la democracia como un medio pacífico para tomar decisiones y elegir autoridades, o como herramienta para garantizar la libertad, o como instrumento para la formación cívica? Es más, los proponentes de ProReforma son tan, tan, tan, tan democráticos que piden que el proyecto sea sometido a una consulta popular. ¿Que puede ser más democrático que eso? ¡Que la gente diga si sí, o si no! Esto es, opuesto a que lo decida un grupo de élite política, que es lo que está ocurriendo ahora, precisamente, gracias a gente como Us; porque, como escribió Ludwig von Mises, la democracia garantiza un gobierno acorde con los deseos de la mayoría; lo que, en cambio no puede impedir es que la propia mayoría sea víctima de ideas erróneas y que, consecuentemente, adopte medidas equivocadas.
 
Por eso es que la discusión de ProReforma es muy importante. Forma parte de aquel proceso de formación cívica al que me referí arriba. Ya sabemos que la Constitución facilita que los ciudadanos propongan reformas a la Carta Magna; pero ya sabemos, también, que el establishment hará todo lo posible porque eso no se haga realidad. ProReforma reta las ideas prevalecientes y las pone a discusión. ¿Por qué no apoyar un artículo constitucional que prohiba expresamente los privilegios? ¿Por qué no romper paradigmas y establecer un sistema legislativo que separe al cuerpo que hace leyes como normas generales y abstractas, del cuerpo legislativo que hace reglamentos y normativas específicas y concretas? ¿Por qué?
 
Esto me lleva a la segunda crítica que vale la pena comentar. Esta es la de Samuel Pérez en la que reconoce que los sistemas bicamerales en otros países tienen problemas de corrupción y de privilegios; pero hace parecer como si el sistema de ProReforma fuera igual a otros sistemas bicamerales en los que hay una Cámara Alta y una Cámara Baja, y en los que una y otra se fiscalizan y balancean mutuamente. Si Pérez leyera ProReforma, descubriría que esta no es la relación que hay entre el Senado y la Cámara de Diputados. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué si confundir deliberadamente lo que no puede ser comparado porque es de naturaleza distinta? ¿Por qué no hacer la diferencia que hace ProReforma?
 
Pérez se pregunta que cómo es que se va a garantizar que los senadores sean representantes de los diferentes departamentos de Guatemala, como los senadores gringos son representantes de sus estados. ¡Como si eso fuera importante! En los EUA se supone que los senadores iban a defender los intereses de sus estados, frente a la Federación; lo cual, aquí, no tendría sentido alguno porque aquí no hay estados. ¡Guatemala es un sólo estado! Yo no puedo creer que estos detalles se le escapen a alguien como Pérez. Los senadores chapines no representarían a departamentos, sino a los electores. Yo estoy seguro de que si la gente que va a cumplir 50 años de edad en Quetzaltenango, en Alta Verapaz, en Escuintla o en Zacapa, para poner unos ejemplos, va a tener la oportunidad de elegir senadores una sóla vez en su vida, seguramente van a aprovechar la ocasión y van a tratar de elegir senadores. ¿Por qué no? Los distritos electorales, sólo servirían para propósitos administrativos, pero los senadores representarían a sus electores, no a esas abstracciones que son los distritos. Yo no puedo creer que cosas así se le escapen a Pérez.
 
El columnista tiene razón, eso sí, cuando dice que los cambios no implican mejoras. Ningún sistema puede ofrecer tal garantía; pero, como escribió el buen Mises si la mayoría de la nación sostiene ideas equivocadas y prefiere candidatos indignos; y yo añado que si también prefiere conservar el sistema que no está funcionando, no hay más solución que hacer lo posible por cambiar su mentalidad, exponiendo principios más razonables. Y para eso es ProReforma, para tratar de persuadir a la mayoría de la nación de que hay mejores principios que aquellos sobre los cuales está el sistema que nos tiene acorralados en la inseguridad y en la miseria. ¿Por qué no probamos otros principios? ProReforma existe porque unos preferimos buscar las mejoras mediante la persuasión, en contraste, por ejemplo, con aquellos que las buscan mediante la coerción.
 
La última crítica que voy a comentar hoy es la de Martín Rodríguez. Martín está tranquilo porque ProReforma podría quedar para después; y, en consecuencia, el sistema actual continuará incólume. El establishment está a salvo frente a la supuestamente excluyente propuesta de que ProReforma sea sometido a la consideración de ¡todos! los ciudadanos. Sinceramente, a mí la lógica de Martín siempre me deja confundido. El politólogo, Martín, invita a los proponentes de ProReforma a que organicemos un partido político; ¡como si esa fuera la única forma admisible para participar cívicamente en la persecusión de un mejor país! La política partidista es una buena forma de hacerlo; pero hay que ser algo miope como para creer que sea la única.
 
El mismísimo periodismo de opinión, actividad en la que él se luce cada vez que puede, es una forma de influir en las ideas prevalecientes; y es, conforme a esas ideas prevalecientes, que responden los políticos. Por eso es que las ideas de Us, Pérez y Rodríguez merecen ser comentadas. Es gracias a ellas que prevalece el establishment.

19
Feb 10

Samuel Pérez y el criterio de la máquina

No encuentro muy justo que si existen reglas claras en honor al “servicio al cliente” se apele a romperlas. No es eso lo que tanto luchas erradicar? No es esto un poco inconsistente? O somos o no somos, dice el lector Samuel Perez Attías al comentar mi entrada del jueves pasado sobre una visita que hice al Museo del Ejército.
 
Para los que no leyeron la entrada citada, he aquí lo que relaté: Llegué justo a las 4:00 p.m., justo cuando acababan de cerrar el lugar, así que el centinela de la puerta me dijo que no podía entrar. Me sobrepuse al disgusto, puse mi mejor puppy face y le dije al guardia que por favor preguntara, que venía con una colega italiana y que averiguara si nos dejaban entrar. Yo crucé los dedos y desee que ocurriera lo que uno cree que es inusual: esperé que alguien tuviera un poco de sentido común, que hubiera leído algo de servicio al cliente, que quisiera ser algo amable con una turista italiana, y que nos hiciera el favor de dejarnos entrar. Todo eso junto…o una de todas. Y así sucedió. Vino otro muchacho y muy cordialmente nos dejó entrar. Y mi colega disfrutó del museo, disfrutó de la vista, tomamos muchas fotos y la pasamos re bien. Y ella lleva ahora recuerdos hermosos de ese paseo.
 
Y Samuel cree que aquí me cachó en una inconsistencia. Empero, le pregunto a usted que está leyendo ahora: Si usted fuera dependiente de una farmacia que cierra a las 7:00 p.m. y un cliente con una necesidad viniera a esa hora en punto, ¿lo atendería, o no? Cumpliría usted el reglamento (horario), o daría 15 minutos de su propio tiempo para atender al cliente? Si usted hubiera estado en la puerta del Museo, ¿hubiera dado 30 minutos de su propio tiempo para que una turista se fuera encantada con ver la ciudad desde ahí, o hubiera aplicado el reglamento (horario) y la hubiera mandado a freír niguas en sartén de palo?
 
Si yo fuera el de la farmacia y el del museo, yo hubiera hecho lo primero. De hecho lo hago más de una vez al mes cuando, en circunstancias similares tengo que atender a gente que, por una u otra razón viene a mí fuera de horas de oficina. Y si se trata de no ser malataza y de atender a alguien que quiere conocer algo de Guatemala, pues yo me esmero.
 
Verás, Samuel, los buenos reglamentos proveen orden y facilitan las cosas; en tanto que los malos reglamentos las obstaculizan y las dificultan. Un buen reglamento, como el de Tránsito, facilita que lleguemos vivos a nuestros destinos y, ¡por supuesto!, mal haríamos en pasarnos los semáforos en rojo, sólo porque sí. Yo nunca haría puppy face en cada semáforo en rojo, y nada bueno saldría de eso.
 
El horario en un lugar de atención al público, sin embargo, es distinto. Puede ser un sistema de referencia, o puede ser un grillete. ¡Que maravilla que el encargado de aquel Museo encantador no es una máquina insensible, programada para cumplir a sangre y fuego un horario! Vos, Samuel, ¿de verdad crees que el guardia hizo mal en dejarnos entrar? ¿De verdad crees que yo hice mal en solicitarle que nos permitiera compartir la hermosa vista que hay allá con una visitante que venía de lejos? ¿De verdad crees que hubiera sido mejor que ella no hubiera podido subir al fuerte, con tal de cumplir un reglamento de horario?
 
Yo creo, que si el encargado, o yo hubiéramos actuado como parece que quiere Samuel que actuáramos, eso hubiera sido una victoria pírrica. Se hubiera cumplido el reglamento que tanto parece valorar Samuel; pero, ¿a qué costo?
 
Nótese que no llegué a pedir que fuera incumplida una Ley (qua norma general, abstracta y de conducta justa), lo único que pedí fue que el encargado usara su criterio y que nos diera un poco de su tiempo, con relación a un horario. Afortunadamente, él fue lo suficientemente generoso, atento y chispudo como para entender el momento y nos facilitó el ingreso al lugar. El buen juicio, en estos casos de atención al público, es más importante que la aplicación insensible de un horario. Para eso, digo yo, es que sirve el criterio humano; para saber, entre otras cosas, cuándo vale la pena cerrarle a alguien la puerta en la nariz, y cuando es mejor tener algo de empatía y atender generosamente a un visitante.
 
Finalmente, quizás valga recordar que la visitante y yo llegamos ahí a las 4:00 en punto, y no a las 4:30, o 6:30. Eso es importante porque para alguien que no es una máquina automática e irreflexiva aplicadora de reglamentos, es técnicamente irrelevante si uno llega a las 3:59, a las 4:00, o a las 4:01. Yo creo que el guardia entendió que la noblesse oblige.
 
Vos Samuel, por cierto, ¿sos el columnista, o es este un molesto homónimo?
 
La foto es del Noreste de la ciudad de Guatemala, desde el Museo; y es por mi amigo Raúl.

21
Sep 09

Lo que nunca verá usted en ProReforma

ProReforma es una propuesta de reforma constitucional que es descarada, pelada y abiertamente anti privilegios. Con desparpajo y sin vergüenza el artículo 157 de ProReforma dice que en ningún caso el Senado o la Cámara de Diputados emitirán Ley o decretos arbitrarios o discriminatorios, en los que explícita o implícitamente se concedan prerrogativas, privilegios o beneficios que no puedan disfrutar todas las personas que tengan la oportunidad de hacerlo.

Por eso es que en el texto usted no verá leyes distintas para grupos sociales específicos. Lo que verá es leyes iguales para todas las personas sin distinción de sexo, etnia, condición social ni nada por el estilo.
 
Irmalicia Velásquez y Samuel Pérez han estado quejándose de que ProReforma no discrimina entre ciudadanos; y alguno hasta ha tratado de aplicar, en este caso, la idea aristotélica de que debe haber trato desigual para los desiguales. Idea que para nada se refiere a la igualdad de todos ante la ley, sino a lo evidente que resulta pensar que si uno va a regalar violines, para poner un ejemplo, pues obviamente los va a regalar a aquellos que puedan aprovecharlos, en vez de regalarlos a todos por igual.
 
La igualdad de todos ante la ley o isonomía, es otra cosa completamente distinta, que los críticos de ProReforma no deberían confundir en su afán de ningunear la propuesta. Una discusión académica seria, de este asunto, demanda que se hagan distinciones sutiles como esta.