16
Oct 09

Reportaje sobre El Mirador

luis-figueroa-el-mirador

CNN transmitió un reportaje sobre El Mirador, en Petén. Visité el reino Kan en 2005 y siempre me gusta recordar esa aventura y compartirla con quienes puedan tener la oportunidad de hacer el viaje a aquel lugar mágico.

El aroma a copal inundó el aire, y desde lo más alto de la pirámide El Tigre, mis amigos y yo observamos el ocaso. A nuestros pies estaba ese inmenso mar verde que es la selva. Nos llevó dos días y tantito atravesarla, pero ahí estábamos al fin, en la cuna de la civilización maya: la ciudad colosal de El Mirador. Allá arriba, emborrachado por la luz, los aromas y los colores, uno no puede sino pensar en las personas que construyeron ciudades y calzadas a lo largo y lo ancho de esa jungla.

Frente a nosotros estaba la La Danta, una mole increíble que mide 10 metros más que el templo IV de Tikal y cuya base ocupa el área de tres estadios de fútbol. La ciudad es inmensa, ¡y es unos 800 años más antigua que Tikal!

En toda la cuenca de El Mirador hay unas 26 ciudades grandes; y en nuestra jornada a través de la selva visitamos: La Florida, El Tintal y La Muerta.

No es fácil llegar a El Mirador; pero el duro viaje hacia esa ciudad formidable es el vivo ejemplo de cuando el camino vale tanto como el destino. Auxiliados por Billy Cruz, de Petén, mis amigos Silvia, Inés, Antonio y Raúl, así como mi sobrino Alejandro, y yo, emprendimos la aventura el 17 de diciembre pasado.

Ale de 12 años, y yo, fuimos a lomo de macho; pero los demás caminaron por bosques interminables y por bajos intimidantes a través de humedales enormes. A veces el agua fangosa les llegaba arriba de la cintura, yo me caí cuatro veces de mi Rucio, y el Ale quedó colgando de un árbol en una ocasión. Tras horas de montar, más de una vez reviví mi pierna entumecida poniéndole una cruz de saliva, según la costumbre local. Y entendí lo que es ser terco como una mula. Vimos cualquier cantidad de orquídeas, aunque muy pocas en flor; extrajimos copal del árbol que lo produce. Conocimos el chicle. Vimos aves hermosas y el cielo más estrellado que uno pueda imaginar. Pero aquello es la selva, y no hay que olvidarlo. Vimos huellas de jaguar y escuchamos sus rugidos, junto a los de los monos aulladores. Dormimos en campamentos en los que el olor a serpiente era perturbador. A mi sobrino se le metió una tarántula en el zapato y le apareció otra en su carpa. Y tuvimos que esquivar ejércitos de hormigas feroces, algunas de ellas muy olorosas. Dormíamos como tiernos, aunque una noche se inundó el campamento y tuvimos que pasarla entre el agua. Una culebra zumbadora se atravesó en el camino y yo regresé con dos garrapatas conchudas, mostacilla y docenas de piquetes.

El viaje a El Mirador fue toda una aventura, hecha más inolvidable gracias a los cuidados y a la extraordinaria habilidad de nuestro guía Henry Darwin; y gracias a la cocinera, Gladys. Por ella teníamos tortillas del comal y panqueques en plena selva. También por el asistente, Wilmer, y por los arrieros Manuel y Rudy que cargaban las 12 acémilas y montaban los campamentos con eficiencia.

Mi corazón se aceleraba cuando entrábamos a algún sitio, cuando mirábamos algún montículo, y más, cuando llegamos a El Mirador. A lo largo de la jornada uno puede llegar a experimentar algo de lo que sentían los primeros exploradores de esas regiones en el siglo XIX. Yo pensaba mucho en Stephens y Caterwood, así como en los Maudslay, y también en mi amiga Mayra, que hace años estuvo perdida en la selva durante dos noches.

En febrero de 2003, en el Museo Popol Vuh, tuve la suerte de conocer a Richard Hansen, el arqueólogo que está a cargo del proyecto de la cuenca de El Mirador. Y en esa ocasión quedé admirado del trabajo que está haciendo. Y desde entonces que tenía ganas de viajar hacia allá. A diferencia de otros sitios desarrollados, El Mirador todavía es un mundo perdido, ¡de verdad! y lleno de tumbas sin abrir. En él, uno no encuentra montones de turistas, ni mucha basura; y entra en contacto extremo con uno mismo, con la naturaleza y con grandes obras del genio humano. Por eso, la visita a aquella ciudad preclásica y los cinco días que pasamos en la jungla, fueron una experiencia física y psicológica inolvidable que enriqueció nuestras vidas.


17
Jul 09

Mapa del reino Kan y El Mirador

La Asociación de Amigos del Patrimonio Natural y Cultural de Guatemala, con el apoyo del hospital Herrera Llerandi, presentó el primer mapa del sitio arqueológico Tintal, ubicado en la Cuenca Mirador y conocido como reino Kan o Serpiente.


Dormí en El Tintal cuando visité el reino Kan en diciembre de 2005. Volvía después de cuatro días en la selva, la noche anterior había llovido a cántaros en El Mirador; de modo que las carpas y casi toda nuestra ropa estaban mojadas…y todo el lugar olía a orines de culebras, además de que en donde se asentaba nuestro campamento habíamos encontrado la piel de uno de aquellos reptiles. ¿A que huelen los orines de culebra? A clara de huevo.

Esa noche no fue tranquila. Para tratar de distraernos cantamos canciones de Enrique y Ana; y como iba con dos amigas y un amigo de Taiwán, también cantamos canciones típicas de allá. Cenamos con las piernas recogidas, sobre los troncos que hay en el área para campamento, y recuerdo que en la madrugada había un frío intenso. Raúl, que odia a las culebras, no pudo cenar y a duras penas tomó un vaso de leche; y tengo la impresión de que mi sobrino, El Ale, era el único que andaba desentendido de los ofidios. Aunque él ya había tenido encuentros cercanos del tercer tipo con tarántulas.

Ah, pero el viaje al reino Kan fue maravilloso y mágico; y si pudiera, lo haría otra vez.

16
Ene 09

¿Qué fin tendrá El Mirador?

La revista Archaeology, en su edición de enero-febrero 2009, hace un recuento de los sitios mundiales que están bajo la mayor amenaza. Entre ellos está la Cuenca de El Mirador, en Guatemala.

De la Cuenca de El Mirador, dice: “Guatemala’s north-central Peten region contains the largest concentration of Preclassic Maya cities in Mesoamerica and features the grandest architecture in the Maya world. But the sites are threatened by massive deforestation, looting, and destruction caused by equipment used in logging road construction, which itself facilitates intrusive settlements”.

En 2005 tuve la dicha de visitar El Mirador; y al paso que vamos, ¿me pregunto que cuánto más durará? Hasta ahora, la conservación de la Historia de Guatemala y del patrimonio cultural ha descansado en esquemas que han llevado a su desaparición y a su destrucción. En la administración pública, ¿quién tiene autoridad para detener los asentamientos y las invasiones?; desde la administración pública, no me digan ustedes que no hay quien lucra con la deforestación y con el saqueo.

Seguramente es tiempo de explorar esquemas distintos. Seguramente es tiempo para hacer algo distinto, si se quieren obtener resultados diferentes a los que se han tenido hasta el momento. ¿Quién se atreve a explorar otras ideas?

La foto es de su servidor, en el sitio El Tintal, de la Cuenca de El Mirador.


29
Sep 08

Richard Hansen: ambientalista del año en América Latina

Richard Hansen, Antropólogo Extraordinaire –y amigo estimado- fue declarado Ambientalista del Año, para América Latina, por la revista Latin Trade.

Hansen tiene a su cargo El Mirador, ese fabuloso sitio Maya que llama tanto la atención entre aquellos a quienes nos interesa la historia de aquella cultura mesoamericana.

¡Mis felicitaciones para Richard!, y he aquí una conferencia suya sobre El Mirador.


05
Ago 08

¿El nuevo colapso de El Mirador?

La impresionante ciudad maya de El Mirador colapsó durante el Período Preclásico y luego fue tragada por la selva. Ahora, cerca de su renacimiento, estaría por ser egullida por la irresponsabilidad, la negiligencia y la ausencia de estado de derecho.

Hoy nos enteramos de que el parque nacional El Mirador, de Petén, al que la administración socialdemócrata de Alvaro Colom pretende convertir en “la meca del turismo latinoamericano”, por medio de un megalómano proyecto llamado Cuatro Balam, está a punto de correr la misma destrucción de otras “áreas protegidas”, porque la administración ha sido incapaz de retirar a invasores que se asentaron en el sector.

Todo esto no debería sorprendernos ya que, como lo que es de todos no es de nadie, tanto los bosques de Petén, como su riqueza arqueológica está en manos de taladores, invasores y saqueadores, frente a las narices de una administración pretenciosa, pero carente de autoridad e incapaz.

Ojalá que los chapines de la primera parte del Siglo XXI no atestiguemos el segundo colapso de El Mirador a manos de los invasores y de quienes los azuzan.
.
El siguiente es el relato de mi visita a ese lugar magnífico.
.
El aroma a copal inundó el aire, y desde lo más alto de la pirámide El Tigre, mis amigos y yo observamos el ocaso. A nuestros pies estaba ese inmenso mar verde que es la selva. Nos llevó dos días y tantito atravesarla, pero ahí estábamos al fin, en la cuna de la civilización maya: la ciudad colosal de El Mirador.
.
Allá arriba, emborrachado por la luz, los aromas y los colores, uno no puede sino pensar en las personas que construyeron ciudades y calzadas a lo largo y lo ancho de esa jungla. Frente a nosotros estaba la La Danta, una mole increíble que mide 10 metros más que el templo IV de Tikal y cuya base ocupa el área de tres estadios de fútbol. La ciudad es inmensa, ¡y es unos 800 años más antigua que Tikal!
.
En toda la cuenca de El Mirador hay unas 26 ciudades grandes; y en nuestra jornada a través de la selva visitamos: La Florida, El Tintal y La Muerta. No es fácil llegar a El Mirador; pero el duro viaje hacia esa ciudad formidable es el vivo ejemplo de cuando el camino vale tanto como el destino. Auxiliados por Billy Cruz, de Petén, mis amigos Silvia, Inés, Antonio y Raúl, así como mi sobrino Alejandro, y yo, emprendimos la aventura el 17 de diciembre pasado. Ale de 12 años, y yo, fuimos a lomo de macho; pero los demás caminaron por bosques interminables y por bajos intimidantes a través de humedales enormes.
.
A veces el agua fangosa les llegaba arriba de la cintura, yo me caí cuatro veces de mi Rucio, y el Ale quedó colgando de un árbol en una ocasión. Tras horas de montar, más de una vez reviví mi pierna entumecida poniéndole una cruz de saliva, según la costumbre local. Y entendí lo que es ser terco como una mula. Vimos cualquier cantidad de orquídeas, aunque muy pocas en flor; extrajimos copal del árbol que lo produce. Conocimos el chicle. Vimos aves hermosas y el cielo más estrellado que uno pueda imaginar.
.
Pero aquello es la selva, y no hay que olvidarlo. Vimos huellas de jaguar y escuchamos sus rugidos, junto a los de los monos aulladores. Dormimos en campamentos en los que el olor a serpiente era perturbador. A mi sobrino se le metió una tarántula en el zapato y le apareció otra en su carpa. Y tuvimos que esquivar ejércitos de hormigas feroces, algunas de ellas muy olorosas. Dormíamos como tiernos, aunque una noche se inundó el campamento y tuvimos que pasarla entre el agua. Una culebra zumbadora se atravesó en el camino y yo regresé con dos garrapatas conchudas, mostacilla y docenas de piquetes.
.
El viaje a El Mirador fue toda una aventura, hecha más inolvidable gracias a los cuidados y a la extraordinaria habilidad de nuestro guía Henry Darwin; y gracias a la cocinera, Gladys. Por ella teníamos tortillas del comal y panqueques en plena selva. También por el asistente, Wilmer, y por los arrieros Manuel y Rudy que cargaban las 12 acémilas y montaban los campamentos con eficiencia.
.
Mi corazón se aceleraba cuando entrábamos a algún sitio, cuando mirábamos algún montículo, y más, cuando llegamos a El Mirador. A lo largo de la jornada uno puede llegar a experimentar algo de lo que sentían los primeros exploradores de esas regiones en el siglo XIX. Yo pensaba mucho en Stephens y Caterwood, así como en los Maudslay, y también en mi amiga Mayra, que hace años estuvo perdida en la selva durante dos noches.
.
En febrero de 2003, en el Museo Popol Vuh, tuve la suerte de conocer a Richard Hansen, el arqueólogo que está a cargo del proyecto de la cuenca de El Mirador. Y en esa ocasión quedé admirado del trabajo que está haciendo. Y desde entonces que tenía ganas de viajar hacia allá. A diferencia de otros sitios desarrollados, El Mirador todavía es un mundo perdido, ¡de verdad! y lleno de tumbas sin abrir. En él, uno no encuentra montones de turistas, ni mucha basura; y entra en contacto extremo con uno mismo, con la naturaleza y con grandes obras del genio humano. Por eso, la visita a aquella ciudad preclásica y los cinco días que pasamos en la jungla, fueron una experiencia física y psicológica inolvidable que enriqueció nuestras vidas.
.
En la foto estoy junto a una estela, en El Mirador.


05
Mar 08

Naturaleza e Historia en manos de usurpadores

Este es un ejemplo más, por si hacía falta, de que lo que es de todos no es de nadie; y de que es necesario que la administración socialdemócrata de Alvaro Colom deje de jugar a las pendejadas: El biotopo Chocón Machacas, en Izabal, se encuentra a merced de grupos de usurpadores, y mientras las fuerzas encargadas de la seguridad no recuperen el área, el personal de la Universidad de San Carlos no regresará.

He aquí otra evidencia: Unas 30 personas, que podrían ser la avanzada de cerca de 200 familias invadieron el Parque Nacional Yaxhá. Los usurpadores se encuentran en este sitio arqueológico y la suya no es la primera invasión de este tipo que se da. Sitios como Aguateca, Dos Pilas y Sayaxché, también han sido ocupados.

Sin estado de derecho -y con una administración complaciente con las invasiones- la riqueza natural e histórica, de Guatemala, va a perderse a manos de usurpadores. Miren pues, que se los estoy diciendo.

La foto es de la selva de Petén. Fue tomada por mí desde la Pirámide del Tigre en Mirador y al centro se ve la Pirámide de la Danta, que es la más grande y alta del mundo maya.


28
Oct 07

Viaje a las estrellas

Este bordado extrarordinario procede de Magdalena Milpas Altas, Guatemala, ca.1941.

Muestra estrellas y no se sabe si tiene un patrón, o no. Es decir, no se sabe si muestra asterismos, o constelaciones.

Me encontré con él, ayer, cuando visitaba la exhibición especial de bordados indígenas guatemaltecos en el Museo Ixchel.

Llamó mi atención no sólo porque su composición y su colorido son hermosos, sino porque durante una etapa de mi vida dediqué bastante tiempo a la observación del cielo.

A principios de mi adolescencia leí un libro en el que uno de los personejes principales -el capitán de un barco- apunta el cielo y dice Aquella es Lucifer. En ese momento me dije que sería muy enriquecedor y emocionante conocer el nombre de las estrellas; e inmediatamente pasé a tratar de conocer algunas: Sirio, Capella, Betelegeuse, Bellatrix, Castor y Pollux y Antares fueron las primeras. Y esta última pasó a ser mi estrella favorita.

Muchos años después, cuando me fui a vivir a La Antigua, compré un telescopio reflector con el cual pude disfrutar de otras maravillas celestes. Con él vi a Jupiter y sus lunas, a Saturno y sus anillos, a la luna y sus miles de sombras y formas, e incluso vi manchas solares (experiencia peligrosa que me costó el derretimiento de las monturas del ocular de mi telescopio).

Ahora ya no veo estrellas con frecuencia; pero en los últimos dos años he visto los cielos nocturnos más extraordinarios en la selva de la Cuenca de El Mirador, Petén; y a 10,000 pies de altura en las montañas junto a Telluride, Colorado.

Por cierto que, casualmente, esta visita a la exhibición del Museo Ixchel, tuve la suerte de hacerla en compañía del arqueólogo Richard Hanson, que tiene a su cargo la excavación de El Mirador; del también arqueólogo Nicolai Gruber; y de Alexander, príncipe de Sajonia. Esto fue en el marco de la donación de una copia del Códice de Dresden que el Principe y la Biblioteca Real de Sajonia le hicieran a Guatemala.

Coincidentemente aquel Códice maya contiene observaciones sobre el planeta Venus (que es Lucifer -la estrella del libro que me animó a conocer las estrellas) y una copia del mismo se encuentra en el Museo Popol Vuh, de la Universidad Francisco Marroquín, que también visitamos.


31
Jul 07

Marta Yolanda, La Danta y La rebelión de Atlas

En el año en que se celebra el 50 aniversario de la públicación de La rebelión de Atlas, por Ayn Rand, mi amiga Marta Yolanda Díaz-Durán, conductora del programa de radio Todo a Pulmón, llevó aquella novela a lo alto de la pirámide La Danta, en el sitio arqueológico de El Mirador, en Guatemala.

El Mirador (PDF) es un sitio del preclásico y La Danta es la más grande estructura maya conocida hasta ahora. Su base ocupa un espacio como el de tres campos de fútbol juntos, y es 10 metros más alta que la pirámide más alta de Tikal.

Fue una gran idea de Marta Yolanda llevar La rebelión de Atlas a La Danta; en parte porque es una forma de rendirle homenaje a la obra y a su autora, y en parte, porque allá arriba uno no puede sino pensar en las personas que construyeron pirámides y calzadas a lo largo y lo ancho de aquella selva inhóspita. Y cuya cultura, más mística que basada en la libertad y en la razón, fue tragada por la jungla.

Yo visité El Mirador en diciembre de 2005, y esta es la historia de ese viaje extraordinario:

El aroma a copal inundó el aire, y desde lo más alto de la pirámide El Tigre, mis amigos y yo observamos el ocaso. A nuestros pies estaba ese inmenso mar verde que es la selva. Nos llevó dos días y tantito atravesarla, pero ahí estábamos al fin, en la cuna de la civilización maya: la ciudad colosal de El Mirador. Allá arriba, emborrachado por la luz, los aromas y los colores, uno no puede sino pensar en las personas que construyeron ciudades y calzadas a lo largo y lo ancho de esa jungla.

Frente a nosotros estaba la La Danta, una mole increíble que mide 10 metros más que el templo IV de Tikal y cuya base ocupa el área de tres estadios de fútbol. La ciudad es inmensa, ¡y es unos 800 años más antigua que Tikal!

En toda la cuenca de El Mirador hay unas 26 ciudades grandes; y en nuestra jornada a través de la selva visitamos: La Florida, El Tintal y La Muerta.

No es fácil llegar a El Mirador; pero el duro viaje hacia esa ciudad formidable es el vivo ejemplo de cuando el camino vale tanto como el destino. Auxiliados por Billy Cruz, de Petén, mis amigos Silvia, Inés, Antonio y Raúl, así como mi sobrino Alejandro, y yo, emprendimos la aventura el 17 de diciembre pasado.

Ale de 12 años, y yo, fuimos a lomo de macho; pero los demás caminaron por bosques interminables y por bajos intimidantes a través de humedales enormes. A veces el agua fangosa les llegaba arriba de la cintura, yo me caí cuatro veces de mi Rucio, y el Ale quedó colgando de un árbol en una ocasión. Tras horas de montar, más de una vez reviví mi pierna entumecida poniéndole una cruz de saliva, según la costumbre local. Y entendí lo que es ser terco como una mula. Vimos cualquier cantidad de orquídeas, aunque muy pocas en flor; extrajimos copal del árbol que lo produce. Conocimos el chicle. Vimos aves hermosas y el cielo más estrellado que uno pueda imaginar. Pero aquello es la selva, y no hay que olvidarlo. Vimos huellas de jaguar y escuchamos sus rugidos, junto a los de los monos aulladores. Dormimos en campamentos en los que el olor a serpiente era perturbador. A mi sobrino se le metió una tarántula en el zapato y le apareció otra en su carpa. Y tuvimos que esquivar ejércitos de hormigas feroces, algunas de ellas muy olorosas. Dormíamos como tiernos, aunque una noche se inundó el campamento y tuvimos que pasarla entre el agua. Una culebra zumbadora se atravesó en el camino y yo regresé con dos garrapatas conchudas, mostacilla y docenas de piquetes.

El viaje a El Mirador fue toda una aventura, hecha más inolvidable gracias a los cuidados y a la extraordinaria habilidad de nuestro guía Henry Darwin; y gracias a la cocinera, Gladys. Por ella teníamos tortillas del comal y panqueques en plena selva. También por el asistente, Wilmer, y por los arrieros Manuel y Rudy que cargaban las 12 acémilas y montaban los campamentos con eficiencia.

Mi corazón se aceleraba cuando entrábamos a algún sitio, cuando mirábamos algún montículo, y más, cuando llegamos a El Mirador. A lo largo de la jornada uno puede llegar a experimentar algo de lo que sentían los primeros exploradores de esas regiones en el siglo XIX. Yo pensaba mucho en Stephens y Caterwood, así como en los Maudslay, y también en mi amiga Mayra, que hace años estuvo perdida en la selva durante dos noches.

En febrero de 2003, en el Museo Popol Vuh, tuve la suerte de conocer a Richard Hansen, el arqueólogo que está a cargo del proyecto de la cuenca de El Mirador. Y en esa ocasión quedé admirado del trabajo que está haciendo. Y desde entonces que tenía ganas de viajar hacia allá. A diferencia de otros sitios desarrollados, El Mirador todavía es un mundo perdido, ¡de verdad! y lleno de tumbas sin abrir. En él, uno no encuentra montones de turistas, ni mucha basura; y entra en contacto extremo con uno mismo, con la naturaleza y con grandes obras del genio humano. Por eso, la visita a aquella ciudad preclásica y los cinco días que pasamos en la jungla, fueron una experiencia física y psicológica inolvidable que enriqueció nuestras vidas.

Foto por María Dolores Arias.


10
Mar 07

Apocalypto

La primera vez que supe de Apocalypto estaba yo en la cima de la pirámide de El Tigre, en El Mirador. A mis amigos y a mí, el guía nos contó que Mel Gibson había estado ahí y que había dejado su nombre grabado en un maguey. La planta estaba ahí, pero la hoja con el autógrafo del director ya había desaparecido.

Apocalypto es una buena lica de acción que ofrece una buena idea de cómo pudo haber sido la sociedad maya, cuando su mejor momento ya había pasado.

Se que algunos no están de acuerdo con lo anterior; pero opino que vale la pena ver la película. ¿Quiere otra buena razón para verla? Hay individuos que querían que su exhibición fuera censurada. Y uno sabe, por experiencia, que si hay alguien interesado en prohibir u ocultar la difusión y el conocimiento de una idea, de una obra de arte, o de una película, es porque seguramente vale la pena verla.

El argumento principal de los detractores de la película es que los mayas tuvieron una cultura muy rica, y que nunca fueron salvajes, ni violentos como aparecen en Apocalypto.

¡Claro que los mayas tenían conocimientos astronómicos precisos!, cosa que se muestra en la película cuando es evidente que los sacerdotes programan sacrificios humanos para que coincidan con un eclipse. En esa escena ocurre lo que tenía que pasar: la masa popular queda estupefacta, los sacerdotes confirman su relación especial con los dioses y tutti contenti.

Escierto que la peli tiene imprecisiones arquitectónicas, astronómicas y cronológicas; pero Apocalypto es una película de entretenimiento, no una tesis doctoral.

Eso sí, lo que más indigna a los que no quisieran que usted vea la lica es que muestra una sociedad maya guerrera y cruenta. Y aquella indignación tiene sus raíces en la creencia infundada, de Eric Thompson, de que los mayas eran pacíficos observadores del cielo y de que la suya era una sociedad como ninguna.

La creencia es infundada porque estudios recientes prueban que la de los mayas era una sociedad como cualquiera; y francamente, aunque la película es violenta, no se ve en ella nada que no se haya visto en The Messenger: The Story of Joan of Arc; o en Kingdom of Heaven.

Es un hecho que los mayas eran sanguinarios y violentos. Las de los mayas “no eran teocracias pacíficas. La guerra constante y la captura de cautivos prominentes (para ejecutarlos luego de prolongadas degradación y tortura) era el nombre de su juego”, dice Linda Schele, en The Blood of Kings.

Los mayas no se avergonzaban de su afición por la sangre; y el arte maya está lleno de escenas espantosas. Ejemplos de ello son las imágenes de prisioneros decapitados y torturados, en Bonampak; los cráneos empalados, en Chichén Itzá; la señora Xoc pasándose por la lengua un lazo con espinas, en Yaxchilan; y la más espeluznante: una figura en la que un personaje usa como máscara la piel desollada de otra persona. Estas no son escenas de Hollywood y puede verlas, usted, en mi bitácora.

El Popol Vuh dice que Tohil les dijo a los guerreros y sacrificadores: “Dominaréis todas las tribus; traeréis su sangre y su sustancia ante nosotros”; para explicar, después, que “luego vino la matanza de las tribus”. El Memorial de Sololá, de los cakchiqueles, alude a los ataques, torturas y sometimiento de los pocomames; a la liquidación a muerte de mujeres y niños; y a la esclavitud de los quichés. Todo ello en el tono en el que los vencedores presumen de sus victorias.

Más recientemente, el Via Crucis de la iglesia en Cuarto Pueblo muestra escenas sangrientas aparentemente protagonizadas por soldados indígenas contra civiles indígenas, poco más o menos como pudo haber ocurrido en los relatos del Popol Vuh, del Memorial, y de Bonampak.

Apocalypto es una película de acción entretenida; y reconoce el valor extraordinario de la cultura maya porque la hace humana y real; más que la ilusión thompsoniana que la dirigencia indigenista chapina pretende hacer pasar por verdadera.

Publicada en Prensa Libre, el sábado 10 de marzo de 2007


27
Dic 06

Terremotos

Hace poquito más de un año, con mis amigos Ami, Hue-ying, Ho-don, Raúl y Alejandro, volvimos de nuestra aventura en la ciudad maya de El Mirador, Petén. Ahora que hubo un terremoto en Taiwán, espero que mis amigos taiwaneses y sus familias se encuentren bien.

Curiosamente en el Oeste de El Salvador ya van 10 días seguidos de sismos; y ha estado temblando en Nicaragua.

¿Qué edad tenía usted cuando fue el terremoto de Guatemala, el 4 de febrero de1976? Yo tenía 14 años.

Recuerdo que me despertó el sonido horrible, y luego el estremecimiento de la tierra. Mi cama se agitaba y yo tardaba en despertar del todo. Cuando cesaron los movimientos me levanté y me vestí.

Mientras lo hacía escuchaba los llamados confusos de mis padres y mis hermanos. Una librera había caído sobre la cama de mi hermano, Gustavo. Pero había sido detenida por la cabecera y no lo había lastimado. Mi madre, o mi padre habían sacado a mi hermana, Guisela, que era la más pequeña; y mi hermano Juan Carlos estaba sano y salvo.

Salimos a la calle y todo estaba en orden. Mis padres sacaron los carros a la calle y empezaron a sacar de la casa agua, colchas, y seguramente algo de comer.

Al día siguiente todo estaba bien a nuestro alrededor. Parecía que no había pasado nada porque todas las casas estaban en pie y el único daño en la nuestra lo había sufrido una botella de Emulsión de Scott que se había caído en el comedor.

No había teléfonos y no había forma de comunicarse con mis abuelas que vivían del otro lado de la ciudad así que temprano, con mi papá, fuimos en su busca.

Cuando salimos de la zona 15 y llegamos a la bajada de Vista Hermosa vimos los primeros y alarmantes daños. La carretera estaba quebrada. Más adelante había una pared colapsada.
En la medida en que nos adentrábamos a la ciudad veíamos más destrucción, y el corazón se me aceleraba. Recordaba las historias que mi tía abuela, La Mamita, contaba acerca de los terremotos de 1917 y 18. De la ciudad devastada, de cómo habían tenido que ir a acampar al Parque Concordia. De la escasez y de la Gripe Española. Todo eso daba vueltas en mi cabeza.
Llegamos a la zona 3 donde vivían mi abuelita Juanita y La Mamita. Ahí la devastación era casi total. Había casas totalmente destruidas y había escombros en las calles. Yo me imaginaba sacando los cuerpos de las dos viejitas y en fin…fue un inquietante caminar a lo largo de tres, o cuatro cuadras de ripio esparcido en las calles.

Cuando llegamos a la casa las viejitas estaban bien. La casa estaba totalmente quebrada pero en pié. Ellas y unas amigas, tomaban café en la sala y todo estaba bien. Sacamos a las señoras y nos llevamos lo más necesario antes de cerrar la casa y luego nos fuimos a la casa de mi abuela Frances.

Al llegar a la Avenida Independencia nos enteramos que varias casas se habían ido al barranco y que había muertos. Rápidamente llegamos a la casa que estaba en perfectas condiciones. Ahí estaban mi bisabuela Mami, mi abuela Frances, una amiga de ella y mi tía Patricia y mis primos. Luego de constatar que todo estaba bien pasamos gasolina del carro de mi abuela al de mi padre y como yo tragué un poco de combustible, en el proceso, fui al enorme congelador de mi abuela y me comí dos panes congelados. Y ese fue mi desayuno.

Entonces volvimos a nuestra casa, con la abuelita Juanita y La Mamita, y mi madre ya tenía todo organizado allá.

Para hacer la historia corta, durante varios días las viejitas durmieron en la sala mientras la demás familia dormíamos en el jardín en carpas que nos enviaron de Nicaragua unos amigos de mis papas. Yo dormí con mi ropa a la mano durante casi tres años.

El terremoto de Guatemala, en 1976 costó más de 23,000 vidas.