La guerra contra las drogas tiene ratos de estar tocando a las puertas de los chapines; pero el miércoles pasado, con la balacera de Tikal Futura, tocó fuerte. Yo digo que es tiempo de repensar esa guerra porque no sólo es un fracaso, sino que los muertos los estamos poniendo por acá.
Por cierto que hoy leí que el consumo de drogas ilegales, en los Estados Unidos de América aumentó hasta el 8.7% en 2009; y entonces resulta que no sólo estamos poniendo los muertos y estamos perdiendo la libertad y nuestros derechos más fundamentales, sino que, encima, la mara consumidora no deja de demandar más y más drogas.
Jorge Castañeda y Rubén Aguilar en su libro El Narco: La guerra fallida, citado por el cuate Juan Carlos Hidalgo del Cato Institute ilustran cómo el precio de la cocaína va exponencialmente en aumento conforme se acerca a su destino final en EE.UU. De acuerdo a información recabada por los autores, el kilo de cocaína pura se vendía en Colombia a aproximadamente $1.600. Ese mismo kilo aumentaba su precio hasta $2.500 al llegar a Panamá. Una vez en la frontera norte de México ya costaba $13.000, y en EE.UU. aumentaría a $20.000. Luego, en las calles de las principales urbes estadounidenses, ese mismo kilo podría llegar a venderse al menudeo en $97.000. Por esta razón, los márgenes de ganancia de los carteles de la droga son enormes. De acuerdo a algunos estimados, una organización narcotraficante puede perder el 90 por ciento de su carga y aún así permanecer lucrativa. Según cifras de las Naciones Unidas, el comercio mundial de estupefacientes alcanza los $320.000 millones al año.
La prohibición de las drogas es lo que hace posibles aquellas cifras y aquellas ganancias. Y estas son los incentivos, nada despreciables, para la delincuencia, la violencia, la corrupción, el deterioro de las instituciones, la pérdida de los derechos individuales y todos los otros males que ahora estamos viviendo tan de cerca y de forma tan dramática. Ya no se trata de cosas que pasan en Colombia, o en México; porque están ocurriendo ¡ya!, en nuestros vecindarios.
Y no es que ocurran en rincones marginales y oscuros. Empiezan a ocurrir y a acercarse a las plazas de los Habie, de los Herrera, los Gutiérrez y los Castillo. Y el problema con el narco es que tiene la billetera más grande que todos ellos juntos.
Es tiempo, digo yo, de que Guatemala y Centroamérica encabecen un movimiento para convencer a México, Colombia y a Bolivia, por lo menos, de que la fracasada guerra contra las drogas es un callejón que sólo conduce a la delincuencia y a la corrupción. Es tiempo de dejar de poner los muertos y de rescatar las instituciones y los derechos individuales. Es tiempo de dejar de falsear la realidad y de despenalizar la tenencia, el comercio y el consumo de drogas. ¡Que los muertos, los pongan otros!