Los partidos políticos evolucionaron como organizaciones de ciudadanos que podían funcionar como intermediarios entre quienes ejercen el poder (el gobierno) y los que los elijen y pagan los impuestos (los gobernados).
Por descuido de estos últimos, aquí y en muchas otras partes del mundo, los partidos políticos han degenerado en grupos de interés al servicio de quienes los controlan. En Guatemala la situación ha emperorado porque, francamente, los partidos ni siquiera son facciones, son roscas electoreras organizadas para llevar a sus propietarios al poder.
¿Le daría usted $4 a una de estas roscas? Hoy leo que la Comisión Electoral del Congreso quiere duplicar la deuda política y pretende poner sobre los hombros de los electores y tributarios el peso de más de más de $14 millones.
Los partidos chapines, que deberían cumplir su función natural con base en plataformas programáticas y principios que unan a sus miembros, no son más que maquinarias temporales para tener acceso a puestos de eleccion pública. Y yo digo que es una sinvergüenzada y una canallada lo que pretenden los políticos. Yo digo que hasta que los partidos deben ganarse la confianza de sus potenciales donantes, yo digo que los partidos no deben poder forzar a la gente a mantenerlos, yo digo que los partidos deben madurar.
En una democracia en construcción, y sobre todo en una república sana, los partidios deben evolucionar al lado de la sociedad de la que forman parte. Los partidos son importantes porque tienen una función dentro del sistema político; pero si nos engañamos mediante el financiamiento artificial de partidos que no lo son (sino que son roscas electoreras), lo que hacemos es criar una democrácia y una república asentadas en arenas movedizas.
La llamada deuda política no independiza a los partidos como se pretende hacer creer; al contario, los hace inmerecedores de la confianza de los electores, los hace artificiales, los hace totalmente dependientes de la teta del estado, los hace serviles, les hace innecesaria la maduración y refuerza su tendencia a convertirse en roscas.
Yo por lo pronto, si tengo que darle un centavo más a un partido, contra mi voluntad, ya tengo una razón adicional para votar nulo…, como si hicieran falta más motivos.