10
Mar 08

Guatemala, la Historia silenciada; en Sophos

Mi amigo y maestro, Carlos Sabino, comentará su libro Guatemala, la Historia silenciada, en la librería Sophos de la ciudad de Guatemala el martes 11 de marzo de 2008 a las 6:30 p.m.

En esta obra, Carlos trata sobre la historia política, fundamentalmente, aunque se abordan también, en ocasiones, problemas económicos, sociales o culturales de importancia.

En Sophos (Avenida de la Reforma y 14 calle esquina, de la zona 10), la presentación incluirá comentarios del amigo, abogado e historiador Ramiro Ordóñez Jonama.

En el primer tomo de su obra, se ocupa de la Historia de Guatemala entre 1944 y 1989; y el próximo tomo, con la Historia más reciente, está por ser publicado. En Guatemala, la Historia silenciada, Sabino llama la atención sobre hechos general y convenientemente ocultos por “la Historia oficial” y por las versiones historiográficas de general aceptación a falta de mejores datos e información. A Sabino no le va lo políticamente correcto, ni le inquieta pisar callos. Por eso es que, en su búsqueda de la verdad histórica, lo que hace es arrojar luz en dónde antes había oscuridad.

Pero, además, Carlos es un narrador extraordinario. Su Historia silenciada lo toma a uno de la mano -con gracia y con técnica- para conducirlo a uno por un viaje de cuatro décadas a lo largo de golpes de estado, asesinatos, acciones heróicas, acciones pusilánimes y civismo. Uno toma este libro y no lo suelta a menos que lo venzan el hambre, o la necesidad de trabajar.

En la foto, Carlos Sabino recibe su libro de manos del embajador mexicano Eduardo Ibarrola, en el auditorium de la Embajada de México. El libro fue editado por el Fondo de Cultura Económica.


11
Oct 07

San Che

“Se lo recuerda como un mártir, desprendido, incorruptible, lleno de amor por la humanidad, especialmente por los más pobres y los más oprimidos. Se lo rodea ya con la aureola de la santidad -una santidad laica, claro está- como un personaje noble e idealista que luchó por una utopía que proponía la creación de un hombre nuevo, revolucionario y altruista. Se evoca siempre su trágico final, asesinado cuando ya se había rendido, después de fracasar en un intento guerrillero que lo llevó hasta las selvas bolivianas al frente de un puñado de hombres. Se lo ensalza hoy, a cuarenta años de su muerte, convertido en un mito que apela a los sentimientos más puros de la juventud.

Sucede así porque El Che, y la extraña parábola de su vida, ofrecen el material propicio para construir a su alrededor la imagen mítica que los seres humanos siempre queremos tejer en nuestros sueños, porque parece apelar a ciertos valores que se presentan como puros, superiores, propios de un humanismo no contaminado. Pero la realidad, lo sabemos bien, poco tiene que ver con su supuesta santidad ni con esta imagen idealizada por el tiempo.
El Che nunca alcanzó el poder supremo y, por eso, puede ser más fácilmente canonizado que otras figuras que se convirtieron en despóticos amos de pueblos enteros: Mao, Lenin, Ho Chi Minh o Tito, por ejemplo. Pero Ernesto Guevara era sin duda uno de ellos, un revolucionario dispuesto a todo por imponer su visión del mundo, no por la persuasión sino por medio de la más descarnada violencia, ansioso de crear dictaduras totalitarias donde el ser humano pierde todo vestigio de libertad. Murió en una encrucijada trágica, no cabe duda, pero sucumbió cuando trataba de levantar en armas un pueblo que quería vivir en paz, cuando trató de subvertir el orden de un país que no lo había llamado, cuando su aventura fracasó del modo más estrepitoso ante la indiferencia o el profundo rechazo de esos mismos campesinos a los que quería incorporar a su guerra santa.

Sí, es cierto que se movió por ideas a las que entregó su vida y que no se detuvo ante ningún sacrificio. Pero no debiera olvidarse que en el camino no tuvo la menor piedad por quienes se oponían a su violenta cruzada y que no vaciló en matar, con su propia mano cuando llegó el caso, a quienes juzgó como burgueses o contrarrevolucionarios, escorias de un mundo al que quería destruir de raíz.

Su dureza y su pasión sin límites por esa utopía a la que quería arrastrar a los demás me parecen más las actitudes de un fanático o de un inquisidor que las de un santo o un modelo de humanismo. Su martirio no fue el de quienes se enfrentaron con sus manos desnudas a los leones del circo romano sino la del portador de una metralleta que quería llevar a una guerra implacable a todo un continente. Quería muchos Vietnam el Che Guevara, porque no le bastaban los millares de muertos que produjo la guerra en Indochina.

Y, por último, unas preguntas sobre su trágico final: ¿Valía más la vida del Che Guevara que la de esos jóvenes soldados indígenas que murieron por culpa de su descabellada aventura? ¿Por qué no recordarlos también a ellos, y a todos los cubanos y congoleños que tuvieron la mala fortuna de encontrarse con la dura realidad que provocaban sus utópicas visiones?”

Este artículo, publicado en infolatam.com, es de mi amigo Carlos Sabino.