30
May 16

En recuerdo de la abuelita Juanita

Juana-Hidalgo-Cabrera

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Quizás esta es la comparación más inapropiada que he hecho; pero, mi abuelita Juanita era como un ratoncito.  Menuda, silenciosa y discreta.  Era algo estoica…pero con un toque epicúreo.

Me pasaba siempre que, cuando me despedía de ella, se me hacía un nudo en la garganta; y creo que es porque yo tenía la impresión de que atrás dejaba algo muy frágil.  Pero no era así.  Era sólo que su fuerza era escondida y estaba adentro.  En realidad era como un roble, o como un cedro oculto en el cuerpo de una espiga.

En su vida soportó muchas adversidades y traiciones; pero si algún día quieres saber cómo no dejar de ser feliz, y si algún día quieres saber cómo ir por la vida deteniéndote a cada rato para oler el aroma de las rosas…ah, ojalá y hubieras conocido a esta dama.

No recuerdo qué música le gustaba y no veía la televisión; pero escuchaba la radio. Una vez, una sola vez que yo oía Y tú te vas, de José Luis Perales, me comentó: Que triste es esa canción.  Y le gustaba mucho leer Selecciones. Decía que los Corn Flakes ya no eran como antes, porque antes sabían a malta y ahora no.  Decía que los perfumes y las aguas de colonia de ahora no eran como las de antes; y nunca le gustó ninguna de las que yo le daba a oler.

Era dulcera y media.  Mi madre cuenta que una vez se comió varias docenas de higos en dulce; y en su casa siempre había frutas en almíbar.  Cuando no eran higos, eran manzanas, o mangos, o los que más me la recuerdan a ella: duraznos y cerezas. Ella me enseñó a hacer huevos chimbos.

En su casa, la carne, las frutas y las verduras siempre eran del día.  Ahí no había tales de comprar provisiones para la semana, o la quincena.

Después del terremoto de 1976 vivió en casa de mis padres un tiempo; y en la noche, cuando yo iba a darle las buenas noches, siempre me ofrecía una copita de licor de Apry que había rescatado de aquella tragedia.  Durante ese tiempo, oí de sus labios, durante largas conversaciones a media mañana, historias emocionantes y conmovedoras de su vida, que había sido una de novela. Las guardo como tesoros en mi corazón, y estarían en cintas si no se hubiera dado cuenta de que una vez la estaba grabando a escondidas y no me hubiera pedido que borrara la cinta.

La abuelita Juanita roncaba como olla de tamales. Dormía la siesta.  No usaba anteojos. Caminaba rapidito.  Iba a misa, pero no era fanática.  Tenía sentido del humor.

Cuando mis jóvenes padres viajaban -o andaban de parranda- mi hermano, Juan Carlos y yo íbamos a vivir a la casa de la abuelita Juanita y de La Mamita (su hermana). Ese era un mundo centrado en nosotros; ligeramente sobreprotector, pero enormemente creativo y entretenido, que se podría decir que, a veces hasta se ponía un poco alejado de la realidad.

La abuelita Juanita era un ratoncito; ¡pero qué ratoncito!

En la foto, la abuelita Juanita es la tercera de izquierda a derecha, de pie.  Las otras son primas suyas.


10
Feb 16

Volcán de Fuego desde mi balcón

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Anoche vimos así la erupción del volcán de Fuego.  A simple vista se veían las columnas incandescentes; y con los binoculares uno puede ver detalles de las explosiones de lava. Se ven, como chispas, los fragmentos de material ígneo.

Es un espectáculo sobrecogedor que uno es afortunado de ver a la distancia.  De lejos se ven los toros, diría mi abuela Juanita; y como escribió mi cuata, Loren Lemus, desde La Antigua: Tumba que retetumba la tumba tumba… como es fiesta de carnaval, el volcán de fuego ha decidido deleitarnos con su cumbia de la tierra.

De paso el volcán Santiaguito también ha estado violento en esta semana.

Si quieres saber más de los volcanes de Guatemala te recomiendo esta conversación con el vulcanólogo extraordinaire, Sam Bonis.

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06
Abr 15

Los helados olímpicos

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En 1950 se celebraron en Guatemala los Juegos Centroamericanos y del Caribe; y los chapines dispusieron que eran las olimpiadas.  De aquellos tiempos y de aquella efemérides datan los que conocemos como helados olímpicos que son helados con sabor a naranjas y rellenos de crema.

Son infaltables en el menú de los helados de carretilla y son unos de mis favoritos.  Cuando era niño, mi abuelita Juanita y La mamita (mi tía abuela) sólo me dejaban comprar helados de carretilla marca Sharp porque esos eran los que gozaban de su confianza. Los olímpicos y los de crema forrados con chocolate siempre me recuerdan la temporada que pasamos con mis padres y hermanos en el desaparecido Turicentro Likin, para su inauguración.  Esos eran los que comíamos todos los días.

También me gustaban los de sandwich.  Estos eran los que comía cuando mis padres nos mandaban a las matinales, en el cine, y nos daban 15 centavos.  Con eso comprábamos un helado de sandwich a la entrada, uno en el intermedio (porque había dos pelis) y uno a la salida.

Más tarde en mi vida, al principio de la Secundaria, el heladero de mi barrio era Nelson. A él le comprábamos helados Foremost con frecuencia, y nos conocía de nombre. Uno conocía el sonido de las campanas de su carretilla, y la forma de su sombrero.


17
Dic 14

¡Ve pues, camote morado!

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¡Ah, que dicha!; esta semana cayó -en casa- un pequeño camote morado que disfruté muchísimo como postre.

Cuando yo era niño en casa de mi abuelita Juanita se comía ate de camote morado.  En agosto del año pasado lo volví a probar en un restaurante que frecuentaba; pero antes de eso recuerdo muy bien que la última vez que lo vi y lo comí fue en la casa de mi abuelita a finales de los años 60, o principios de los años 70.  Nunca más volví a ver esas delicias a pesar de que en numerosas ocasiones, a principios del siglo XXI pregunté por esos tubérculos en los mercados Central y La Villa.   Mi madre y mi hermano recordaban muy bien el camote morado -en parte porque cuando era muy chico, mi hermano decía que su color favorito era el morado- ; y dos amigos recordaban vagamente haber visto y comido ate de camote morado; pero incluso algunas vendedoras de frutas y verduras en los mercados ni siquiera habían oído de tal producto.

Según yo el camote morado se había extinguido porque nadie lo cultivaba más.  Dispuse que era una leyenda familiar. Pero ahí está que no.  Y aunque fuera el pedacito de la foto, me alegró mucho. ¡Mira su color y dime si no es hermoso!


13
Nov 14

Parque Concordia y terremotos de 1917-18

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Para los terremotos de 1917-18, mi bisabuela Gilberta y su familia pasaron varios días y noches en carpas (polveras o tembloreras, les decía la gente) ubicadas entre los grandes árboles que había en el Parque Concordia (ahora conocido como Parque Enrique Gómez Carrillo y mucho antes conocido como Las victorias).  Luego pasaron un tiempo en la Casa de te, en el Zoológico La aurora y luego no recuerdo donde hasta que pudieron volver a su casa.

Su casa, ubicada en la Quinta avenida y Quince calle de la zona 1 no fue muy dañada; excepto porque parte del consulado de los Estados Unidos de América, que era su vecino de mano izquierda, cayó en la parte de atrás del inmueble.  Todo esto me lo contó mi abuelita Juanita.  La embajada de los Estados Unidos se nos metió en el patio de atrás, decía ella.

Gracias al grupo Fotos antiguas de Guatemala encontré las fotos que ilustran esta entrada. Una es del parque como era en aquellos tiempos, y otra de una polvera.  Nótense el hacinamiento de los muebles y el estilo de estos. ¡Y otra de la Quinta avenida y 15 calle viendo hacia el Sur!  Mi abuela, Juanita, contaba de unos italianos que tomaban bon vino, y de un chino que componía bombillas eléctricas.  Si lo que está a mano izquierda (aunque no se ve) es el Parque Concordia, la casa de mi bisabuela estaba sobre la Quinta, a mano derecha, y sería la penúltima casa de esa cuadra.  Al fondo de la cuadra de la izquierda parece que  todavía no estaba construido el inmueble que luego ocuparía el consulado de los EUA. Esta foto es de Kildare & Valdeavellano.

Los terremotos de 1917 y 1918 se les llaman así porque aunque los sismos comenzaron el 17 de noviembre de 1917, lo sucedieron cuatro mas fuertes y devastadores. El primero fue el del 25 de diciembre de 1917 a las 10 de la noche y el segundo ocurrió el 29 de diciembre de de ese año;  el tercero fue el 3 de enero de 1918 y el ultimo sacudió el 29 de enero de ese año.


28
Sep 14

Caldo de albóndigas y un viaje en el tiempo

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-Pregúntame si puedo viajar en el tiempo.

-¿Puedes viajar en el tiempo?

-Si…Claro que no puedo viajar en el tiempo literalmente; pero si puedo hacerlo por medio de aromas, sabores, texturas, colores y sonidos. Ayer, por ejemplo, viajé en el tiempo gracias al caldo de albóndigas que preparamos en casa.  Esta es la receta de mi abuelita Juanita y mi tía abuela, La mamita.  La última vez que lo comí en su casa fue antes de 1976 -porque esa casa se cayó para el terremoto- y fue para un almuerzo al que llegamos mi madre y yo.  Ayer vino mi madre a casa, fuimos al mercado, compramos los ingredientes y aprovechando que el día iba a ser lluvioso, frío y gris, dispusimos hacer el caldo de albóndigas.  Y tomar un par de Tom Collins en lo que cocinábamos.

La cosa era lograr la sazón exacta que tenía el caldo que hacían La abuelita Juanita y La mamita.  ¡Y tuvimos éxito!  El caldo salió perfecto.  Tan bueno que me transportó por lo menos 38 años atrás.  Así que viajé en el tiempo.

Siempre he sido sopista.  Más sopista que caldista en el sentido de que me gustan más las sopas y cremas espesas que los caldos; pero me encantan el caldo del cocido, el de gallina, el de pollo y el de albóndigas.  En casa de mis padres sólo se tomaban sopas en la cena; pero en casa de mis abuelas también se tomaban sopas, o caldos, en el almuerzo. En fin, me alegro mucho de haber hecho caldo de albóndigas y de haber recordado con mucho cariño a aquel par de viejitas.

Por cierto…y cambiando de tema, pero no mucho.  ¿Qué tal algo de humor retorcido?  Si conoces un niño que recién haya aprendido a hablar, digamos que no mayor de cuatro años.  Pídele que diga albóndiga…y 9 de cada 10 niños dirán Albón.  Es que los niños cuando uno les pide que digan albóndiga interpretan que uno quiere que digan Albón.  Es decir: Albón, diga.  Pruébalo y me cuentas.


14
Abr 14

La voz de “La Chepona”

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La Chepona es el nombre que la gente le dio a la campana principal de la Catedral de la ciudad de Guatemala, que es la campana más grande del país.   Las campanas tienen nombres y Chepa es el femenino de Chepe, y Chepe es la contracción de José.  Mi tía abuela La Mamita y mi abuelita Juanita me contaron eso.

La Chepona suena grave y  llama la atención particularmente cuando dobla con solemnidad.  En el audio, La Chepona se escucha entre el bullicio de la gente en la Plaza de la Constitución y al fondo suena la banda de una procesión.

Leí que  fue fundida en 1861,  por Julio Vassaux a pedido del cabildo metropolitano, y  pesa cinco mil libras de bronce. Se dice que se escuchó su tañido cuando se puso en vigencia la Constitución de Cádiz, de 1812 conocida popularmente como  La Pepa.  Pepe, como Chepe es contracción  José.   Esto me parece raro porque La Pepa no estaba vigente en 1861.  Lo estuvo durante 2 años en tiempos de Fernando VII, fue derogada por la invasión napoleónica y durante el reinado de José Bonaparte o Pepe botella (otro Pepe involucrado)  y volvió a estar vigente durante el Trienio liberal que concluyó en 1837.  Por cierto que, durante aquella invasión, los españoles gritaban ¡Viva La Pepa! para vitorear la Constitución de 1812 y repudiar a los franceses.

La foto es de una alfombra de aserrín,  tradicional guatemalteca,  para las procesiones propias de esta temporada.


14
Ene 14

Huevos tibios para el desayuno

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Desde niño me gustan mucho los huevos tibios.  Tiernos, pero  no crudos.  Cuando me operaron de las amígdalas y me tenían a gelatina, helado y referscos lo primero calientito y salado que pedí fue un par de huevos tibios.

En casa de mis padres y de mi abuelita Juanita los huevos tibios se servían con sal, pimienta y aceite de oliva; pero en casa de mi abuelita Frances, mi nana los servía con sal, pimienta y mantequilla.  A mí me gustaba -y me gusta- ponerles trocitos de pan francés.

Mi abuela, Frances, contaba que a mi abuelo Luis le gustaban también y que él mismo preparaba los suyos para el desayuno.  Tres minutos a partir del momento en el que el agua empezaba a hervir; tiempo exacto que él usaba para rasurarse.  Y yo hago eso, a veces.  Me rasuro en tres minutos, mientras los huevos se cuecen a la perfección.

Los de la foto son los de hoy en la mañana y ¡Oh, sorpresa!, un de ellos traía dos yemas.


19
Ago 13

Redescubrimiento del camote morado

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¡No lo podía creer!, de verdad que no lo podía creer.  Después de unos 40 años me volví a encontrar con el camote morado.

Cuando yo era niño recuerdo que en casa de mi abuelita Juanita se comía ate de camote morado; recuerdo muy bien que la última vez que lo ví y lo comí fue en esa casa a finales de los años 60, o principios de los años 70.  Nunca más lo volvía ver a pesar de que en numerosas ocasiones, a principios del siglo XXI pregunté por esos tubérculos en los mercados Central y La Villa.   Mi madre, mi hermano recordaban muy bien el camote morado -en parte porque cuando era muy chico, mi hermano decía que su color favorito era el morado- ; y dos amigos recordaban vagamente haber visto y comido ate de camote morado; pero incluso algunas vendedoras de frutas y verduras en los mercados ni siquiera habían oído de tal producto.

Según yo el camote morado se había extinguido porque nadie lo cultivaba más.  Dispuse que era una leyenda familiar.

Pero ahí está que no.

Con mis amigos suelo ir a cenar y a escuchar muy buena música a un lugarcito que se llama El café del callejón, ubicado en el Callejón del Fino en el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala.  La música de Mariel Castro y del doctor Antillón lo llevan a uno por profundos y abundantes laberintos musicales del recuerdo…y a mí me gustan mucho la sopa de frijoles, las baguettes y el refresco de moras que ofrecen.  ¿Y su único y célebre postre? Ate de camote.

Luego de la cena del viernes pedí mi plato de camote, que suele ser dorado, como los camotes normales y cuál sería mi sorpresa: ¡El camote venía morado!  Y llamé al propietario y le pregunté que por qué es que el camote venía morado (entre emocionado y temiendo que de debiera a algún truco culinario para poner distinto el camote).  Y me contestó -como disculpándose- que así vinieron los camotes: morados.

¡Yo no lo podía creer! Por fín, después de 40 años y de más de una década de buscarlos, tenía ante mí los legendarios camotes morados hechos ate.  ¡Por supuesto que pedí un plato extra y pedí uno para llevarle a mi madre!  y ¡Ja!, cuando se lo mostré y lo probó ella estaba tan maravillada y contenta como yo .

¿Será que volvieron los camotes morados? ¿Será que nunca desaparecieron y que sólo se me escondían?

Voy a averiguar…y mientras tanto estoy feliz como una perdíz.

La foto es por Raúl Contreras, de Asi es la vida.

Actualización: Vamos al mercado del barrio, preguntamos por camotes morados y la vendedora nos dice: Ay, si de esos han estado viniendo; pero la gente no los compra porque piensa que están malos.  Y, ¡Plop!, diría Condorito.


15
Nov 12

Siglo XIX, Sexta avenida y Parque Concordia

De entre todas las fotos antiguas que circulan por ahí, de la ciudad de Guatemala, esta no la había visto antes y tiene algún significado para mí porque ese era el barrio de mi bisabuela Gilberta, de mi abuelita Juanita y de mi tía abuela, La Mamita.

Ellas vivían en la Quinta avenida y 15 calle, a un lado del consulado de los Estados Unidos de América, a una cuadra del Parque Concordia.  La toma de la foto es de la Sexta avenida y 14 calle, viendo hacia el sur.  Para los terremotos de 1917 y 1918, mi bisabuela y su familia acamparon en el Parque Concordia (ahora Parque Gómez Carrillo), que debe haber tenido el aspecto que muestra en la foto.

Por cierto que es estupenda la calidad y claridad de esta foto.  Al fondo de la Sexta avenida se ve El Calvario, en su localidad original.  La cuadra que se muestra a la izquierda es donde ahora están el Edificio Briz; y donde estaba el Restaurante Cantón.  En esa cuadra también está Mc Donald´s.

Fotografía del archivo de Foto Rex.