Uno de los subproductos que más disfruto cuando hacemos el fiambre, en casa, son los huevitos nonatos de la galllina. Estos son los huevos que vienen dentro de la gallina, sin cáscara, porque están en proceso. Me gusta comerlos con aceite de oliva, limón y sal. La mayoría vienen sólo las yemas, pero a veces vienen con clara. La textura es ligeramente más densa que la un huevo duro normal.
tradiciones
18
Sep 16
Las fiestas del 15 de septiembre
Como todos los años, me disfruté las fiestas del 15 de septiembre. Este año, sin embargo, me enfoqué en las del Centro y de la Plaza de la Constitución, en vez de concentrarme en las del Obelisco y las antorchas. Haz clic en la foto para ver más fotos.
¡Ya sabes que son fan de las antorchas! Pero quería ver la perspectiva de las bandas con más detenimiento…y no me decepcionaron.
El mismo espíritu cándido, jóven, festivo, alegre, y divertido que hay en el Monumento a los Próceres, hay en la Plaza y en las calles y avenidas del Centro. Sólo cuando uno ha estado allá puede experimentar la importancia de esta fiesta en los chapines, que, a veces, pareciera que no tenemos mucho que celebrar. Empero, ¡siempre se puede celebrar la vida!, siempre se puede celebrar que estamos aquí y que podemos disfrutar de los buenos momentos. Especialmente cuando se es jóven y cuando no se es cínico.
Es cierto que las antorchas y las bandas estropean el tráfico; pero, ¿no lo hacen también las procesiones (que duran 50 días) y no lo hace también la carrera 21K? Sospecho que los grandes festivales populares son parte del costo de vivir en una ciudad. Es como cuando tu vecino tiene una fiesta y no te dejan dormir la marimba: ¿Prohibirías las fiestas? ¿Prohibirías la marimba? Las antorchas y las bandas en nada se parecen a los bloqueos porque estos son actos de violencia para conseguir objetivos políticos, y aquellas son la gente celebrando la vida. Además, si participas en la 21K y en las procesiones, y te quejas por las antorchas y las bandas, ¡Hasta aquí puedo oler tu doble moral!
Lo cierto es que las calles, son bienes públicos (o sea estatales) de acceso público (a diferencia de los bienes públicos (o estatales) de no acceso público -como la Casa Presidencial, o ciertas áreas del aeropuerto-. Todos los ciudadanos -o más precisemente, todos los tributarios- somos los propietarios de aquellos benes públicos y, especialmente en el caso de los que son de acceso público es natural que haya conflicto en cuanto al uso que deba dárseles en ausencia de unanimidad por parte de los propietarios. Para evitar la tragedia de los comunes (el fenómeno deque el uso y abuso de un bien limitado lleve a su destrucción) es prudente que una autoridad regule el uso de los bienes en cuestión con el propósito de evitar que el bien que es de todos se deteriore y hasta se destruye. Esa autoridad puede ser privada, o pública; pero debe ser autoridad. Estas meditaciones, del cuate Fabricio Terán, pueden ayudarnos a ir resolviendo el tema este de las antorchas, las bandas, las 21K y las procesiones entre otras actividades parecidas. La opción, dice Fabricio, es explicarles a los ciudadanos y a los tributarios que las calles no son de ellos, en realidad, sino del estado y de las municipalidades; y que por lo tanto los ciudadanos y tributarios son sólo usuarios, y no propietarios. A mí, esa opción me da escalofríos.
De paso, en estos tiempos de protectorado suena un poco raro la celebración de la Independencia; pero no está de más recordar que esta tierra es nuestra, que aquí está enterrado nuestro mux y que a pesar de nuestras diferencias, si se trata de comer tamales, o de compartir alegría en las calles, ¡aquí estamos los que nos apuntamos!
Es cierto que las calles quedan inmundas; pero ¿qué otra cosa iba a pasar luego de una fiesta popular y multitudinaria? No te engañes, eso sí; la plaza y los alrededores no quedaron peor que en Navidad, o en Año Nuevo y -al César, lo que es del César- Tu Muni limpió todo casi inmediatamente. Uno quisiera que la gente fuera más cuidadosa; pero, ¿por qué es que la gente iba a ser más cuidadosa con las calles y plazas, de lo que es con sus casas, sus barrios, sus ríos y sus bosques?
Así como es conmovedor y emocionante ver en el Obelisco a familias enteras y a grandes y chicos en una fiesta para todos…para todos los que quieran participar en ella y disfrutarla…así se ven en la Plaza y en el Centro. Por cierto, nunca he visto un incidente violento durante estas fiestas, en los años y años que tengo de participar en ellas. Cada loco con su tema y así se entiende que es la cosa. Yo, por ejemplo, me gozo mucho las salvas cuando se sube y se arría la bandera, me gozo la cena en la Sexta Avenida. Me encanta ver cuando los niños se maravillan por los fuegos artificiales y cuando desde chiquitos participan en los desfiles. Me gusta ver cuando dos bandas se encuentran en una esquina y tienen que decidir quién pasa primero. Cosas así.
Sólo cuando estás ahí y ves la alegría y el orgullo de los que dedican tiempo, energía y recursos en pasarla bien y celebrar ese día puedes entender la naturaleza de esta fiesta. Por eso te invito a que, el año entrante, nos acompañes en el Obelisco con las antorchas, o en el Centro con las bandas.
11
Sep 16
¡Es temporada de pasteles de Luna!
Con la llegada del otoño en el hemisferio norte -y con el mes de mi cumpleaños- vienen los pasteles de Luna y ayer mi desayuno incluyo una de esas delicias.
Es una costumbre china que, en este temporada y en celebración del Festival Zongquiu o Festival de la Luna, sean elaboradas estas maravillas. Los pasteles de Luna son densos y pesados comparados con los pasteles occidentales tradicionales; y suelen estar decorados con caracteres que aluden a la felicidad, la longevidad y otros buenos deseos, acompañados por imágenes de flores y conejos entre otros.
A mi me gustaron desde la primera vez que los probé, seguramente allá por finales de los años 90, gracias a mis amigos de Taiwán; y desde entonces siempre estoy pendiente de que salgan a la venta a mediados de septiembre. En Guatemala los venden en el restaurante Lai Lai. Los hay sin huevo y con huevo. Los primeros no serán ajenos al gusto occidental y de hecho pueden recordar algunos dulces tradicionales chapines hechos con camote; pero los segundos sí son un gusto adquirido que, a quienes nos fascina la comida oriental, nos parece encantador.
18
Ago 16
¡Al fin una lotería como debe de ser!

Al fin se nos hizo y ayer en la tarde estuvimos en la Feria de Jocotenango, que es la feria de la ciudad de Guatemala.
Aluciné con los churros de la churrería Velvet, que está en la hilera de ventas que queda en medio de la avenida principal de la feria. Estaban frescos, sabrosos y de buena textura. Quedé encantado con la lotería que ilustra esta entrada porque, a diferencia de lo que ocurre en otras loterías, en las que quien las canta dice sólo cosas como el sol, la muerte, el negrito, el árbol, el árpa, el alacrán, el mundo o así; el encargado de esta lotería la cantaba como cuándo yo era niño, es decir que decía: El sol cachetes de gringo, La muerte quirina que andando se orina, y así sucesivamente. ¡Así se canta una lotería! Me gané tres premios en el tiro al blanco, así que -como debe ser- regresé a casa con premios de la feria. Además de que me reí muchísimo con el bailado de la muñeca sobre la cual había que disparar.
Mi atracción favorita, sin embargo sucedió cuándo ya había oscurecido e íbamos saliendo de la feria. Un muchacho, de nombre Antonio Luna, llevó un telescopio y la gente hacía cola para ver la Luna. Selene estaba hermosa aunque la cubría algo de bruma. La mayoría de las personas, si no todas (grandes y chicas), nunca había visto la Luna en un telescopio y -a pesar de que el plenilunio no es el mejor momento para verla- era un espectáculo memorable. La gente estaba maravillada y se les veía en la cara; y era obvio que a Antonio le apasionaba mostrar a nuestro satélite natural. El le insistía a la gente que viera los cráteres y los bordes de la Luna, los animaba a notar los detalles. La gente, entre nerviosa y embobada a duras penas alcanzaba a comprender lo maravilloso que es ver la Luna en un telescopio. Antonio, además, no les cobraba a los curiosos. La gente le daba lo que bien podía, si quería y si podía.
Me pareció un magnífico ejemplo de cómo es que, cuando a uno le apasiona algo suele desear compartirlo con otros, aunque la única recompensa sea la sonrisa de un niño, o la cara de asombro de una persona mayor.
¿Cómo me fue en la feria? ¡Me fue re bien! La gocé con amigos muy queridos, y la gocé con garnachas, tacos, elote asado, anillitos, dulce de coco, churros y una chela.
14
Ago 16
El día de la No-Feria
¿Has oído el dicho ese que dice: Cada quién cuenta de la feria según le fue en ella? Pues tiene un poco de cierto; un poco, como casi todos los dichos.
Desde hace años tengo la tradición de ir con unos amigos a la Feria de Jocotenango, o Feria de Agosto que es la fiesta de la ciudad de Guatemala. Y siempre la pasamos bien. Con ese animo caímos por ahí el viernes pasado. Logramos estacionar cerca del lugar, no había mucha gente y al llegar nos encontramos con que la feria no había empezado. El caso es que movieron la fiesta; así que el viernes fue el día de No-Feria y tenemos ese pendiente.
27
Mar 16
Hermosa la cuarta alfombra…y la quinta
Nooo, no era suficiente hacer una alfombra y el viernes hicimos dos. Desde 2013 con un grupo de amigos participamos en la chapinísima tradición de elaborar alfombras. En casa de doña Yoli, en la quinta avenida de la zona 1, nos juntamos para pasar un día alegre, hacer un proyecto en común, comer y beber como vikingos y celebrar la dicha de estar juntos.
Este año elaboramos dos alfombras, una de aserrín de colores para el paso de la procesión de La Recolección y otra de pino y flores para el paso del cortejo de Santo Domingo que pasó a menos de una hora luego de que pasara la primera.
En esta ocasión hubo cuatro generaciones involucradas en el proceso (aunque el pequeño Oliver no hizo más que estampar su pie de un palmo de largo en el aserrín).
¿Por qué es que practico algunas tradiciones -aunque no esté de acuerdo con la filosofía de muchas de ellas-? Es que me gusta el encuentro entre generaciones; el establecimiento y fortalecimiento de vínculos culturales, históricos, familiares, y amistosos. Este año hubo cuatro nacionalidades involucradas en nuestra alfombra. Las tradiciones nos presentan la oportunidad de enriquecernos cultural y afectivamente. Nos sirven para aprender acerca de costumbres y prácticas que no sólo son inmemoriales (en muchos casos), sino que se han adaptado, o han permanecido prácticamente inmutables. Esta debe ser la alfombra elaborada por el mayor número de no creyentes por metro cuadrado, en todo el país.
Los lectores descuidados creen que porque uno es individualista debería rechazar las prácticas culturales colectivas. Empero, no hay nada en el individualismo metodológico que apunte en esa dirección; y ciertamente no hay nada en el individualismo -como principio según el cual los hombres poseen derechos inalienables que no les pueden ser arrebatados por ningún otro hombre, ni tampoco por cualquier número, grupo o conjunto de hombres- que apunte hacia aquella creencia.
Las tradiciones colectivas son parte de la evolución social y la enriquecen. Son parte del largo proceso de prueba y error por medio de cual crece y prospera una sociedad. No sólo de forma, sino también de fondo. Las tradiciones dan un sentido de pertenencia: a este grupo de amigos, a estas familias, o a esta tribu.
Dicho lo anterior, de verdad les agradezco a mi bisabuela, a mis abuelas, a mis padres, a mis amigos y a todos los que no sólo me enseñaron a disfrutar de las tradiciones y de la alegría de celebrarlas en compañía de quienes uno ama; sino que me permiten ser parte de ellas. ¡Mi vida es muchos más rica gracias a las experiencias, y a quienes me acompañan en el camino de vivirlas!
Doña Yoli preparó su tradicional bacalao a la vizcaína, delicioso; acompañado por un arroz impecable, moyetes deliciosos y bien calados, y el encurtido de remolachas, zanahorias, arvejas y ejotes. Ese es el almuerzo tradicional chapín para ese día. Así era en la casa de mi bisabuela, en las de mis abuelas, en las de mis padres y así fue ayer en mi casa.
En su libro, Alfombras de aserrín, Amelia Lau Carling cuenta que La semana antes del domingo de Pascua…los vecinos crean alfombras de aserrín teñido, de flores y de frutas sobre el camino de muchas procesiones. Año tras año las hacen con nuevos diseños. Año tras año las procesiones marchan sobre ellas, destruyendo sus dibujos al pasar. De niña en Guatemala, mi hogar era el de una familia china que se aferraba a sus costumbres. Pero la semana santa era una temporada como ninguna otra hasta para una familia china tan tradicional como la nuestra. Con los vecinos nos juntábamos en las aceras para admirar las alfombras antes de que los cortejos caminaran sobre ellas. Viendo las procesiones, yo sentía que la historia que narraban ocurría ahí mismo. Y la belleza de los breves tapices creados con tanto primor se ha quedado grabada en mi corazón.
Elegí este relato porque Amelia expresa muy bien mis propios sentimientos frente a las alfombras; porque la familia de Amelia vivía en la Quinta Avenida de la zona 1, a unas cuadras donde vivía mi tatarabuela, Gilberta y su familia, sobre la misma avenida en la que hicimos la alfombra del viernes; y porque este año –por cuarta vez en mi vida– estuve algo involucrado en la elaboración de una alfombra de aquellas.
Al describir el proceso, Amelia cuenta que Primero puso una capa de aserrín natural y la regó con agua. En seguida sus ayudantes dibujaron sobre ella las figuras de aserrín coloreado. Se encaramaban sobre tablas para alcanzar los lugares que debían adornar sin estropear lo que ya habían hecho. Con un colador y unos esténciles de cartón, pasaban finas lloviznas de colores. Cuidadosamente medían los diseños, siguiendo las instrucciones…luego otro ayudante pasaba por toda la alfombra con una regadera muy fina de agua, “pish, pish”, para que el aserrín quedara bien plano. Ay, que linda era. ¡Parecía una alfombra de verdad!
Si, es cierto que uno termina cansadísimo; pero es ese cansancio que enorgullece luego de haber hecho algo alegre, algo hermoso, algo que enriquece y algo que te deja lleno de buenos recuerdos y de cariño hasta el punto de que con un buen baño y una buena noche de descanso ya estás listo para hacerlo mejor…el año entrante.
Las dos primeras fotos son por Raúl Contreras, de Así es la vida; y las dos de grupos son por José Eduardo Valdizán.
23
Mar 16
¡Pan para Judas!
¡Ya vino el pan para Judas! En la Costa Sur es tradición que durante el miércoles de esta temporada la gente recorra las poblaciones y pida pan para Judas. Van con un Judas de trapo y música, recaudan dinero, pan, miel de garbanzos, café y chocolate que luego usarán para compartir durante las conmemoraciones del jueves.
En casa, nuestro pan para Judas lo hace la querida Shalvi en Coatepeque. Es un pan artesanal, hecho con cariño, con huevos y leche domésticos. Un pan que integra sabores, aromas, colores y textura de una forma espectacular. Un pan que es primordial. En las poblaciones se ven canastos de pan que van y vienen por los barrios y los caminos. La gente madruga para agarrar turno en el horno.
Da mucha alegría cuando abrimos la caja en que viene el pan y damos las primera mordidas. El aroma que sale de la caja invade la sala y anuncia que es fiesta. El pan de esta temporada es para compartir y para disfrutar. Es tradición que cada familia haga su propio pan y como suele suceder, las familias son muy orgullosas del que hacen y las recetas se remontan a los tiempos de los bisabuelos.
Por supuesto que, como tiene que ver con comida, esta es una de mis tradiciones favoritas de la temporada.
01
Ene 16
En el primer día del año…tamales
Gastémonos todo en los tamales y pasado mañana voy a hacer un préstamo, le dijo una señora a la que conducía la moto en la que viajaban. En la víspera del Año nuevo, los chapines andaban en la bulla de los tamales.
Desde hace años, ¿quién sabe cuántos?, es tradición desayunar tamales en mi casa, el primer día del año. Dos tamales: uno colorado y uno negro. Desde que yo era niño era gran fan de estas delicias de la cocina guatemalteca y mesoamericana.
Sin embargo nunca, en todos esos años que son bastantes, yo había dimensionado correctamente lo que los tamales significan en las fiestas de fin de año chapinas…hasta ahora. En primer lugar porque participé en mi primera tamaleada; y en segundo lugar porque entre el 26 y el 31 de diciembre viajé extensamente entre Nentón, Huehuetenango y Tilapa, San Marcos, pasando por Quetzaltenango y Coatepeque. Fue una experiencia encantadora y enriquecedora en muchos aspectos -que ya les contaré luego-; pero en términos de tamales, fue un gran descubrimiento. La frase con que inician estas meditaciones ilustra la importancia que tiene los tamales en estas fiestas.
¡Hasta en los ranchos más humildes había bulla de tamales! En todos los caminos iban y venían personas acarreando la molida, los ingredientes y las hojas necesarias para hacer aquellas maravillas. Señoras con canastos y baldes, hombres en moto todos con sus ingredientes y accesorios para tamalear. Las familias se reúnen y los hijos, hermanos y amigos viajan desde lejos para tamalear y estar a tiempo para la Nochevieja. Baldes de pollo, marrano y pavo se lucen en los mercados. No te lo crees, si no lo ves. Las tamaleadas son el tema del paisaje entre el 29 y el 31 de diciembre desde los azules y altos montes de Huehue, hasta las arenas del pacífico en San Marcos.
En la ciudad de Guatemala no se vive esa intensidad tamalera porque uno encarga y pasa comprando los que necesita; pero en otras ciudades del país, en los pueblos y en las aldeas, los ritos de la tamaleada son una parte esencial de las fiestas de fin de año. Fiestas que anuncian lo nuevo, fiestas que se celebran entre familias y amigos, fiestas que celebran la vida.
Uno podrá cuestionar si es, o no es atinado gastarse todo el dinero en tamales y luego endeudarse; pero lo que es evidente es que la tamaleada le da alegría y orgullo a la gente; porque, ¿quién no se sentirá orgulloso de los tamales que ha hecho? y ¿Quién no se alegra frente a una mesa con tamales?
El de la foto es mi desayuno tradicional de tamales.
25
Dic 15
Nochebuena y fuegos artificiales
La cohetería de la Nochebuena chapina nunca deja de maravillarme. Toda la noche, desde que oscurece, la ciudad se ilumina con fuegos artificiales aquí y allá; pero a la media noche los fuegos y las luces alcanzan intensidades muy emocionantes. En toda la ciudad de Guatemala -y supongo que también en otras poblaciones- los juegos pirotécnicos nos fascinan a quienes tenemos la dicha de disfrutar sus formas ingeniosas y sus colores.
En la antigüedad el solsticio de invierno se celebraba porque a partir de ese momento las noches empezaban a hacerse más cortas y volvía la luz. Por eso es muy apropiado que el fin del 24 de diciembre sea celebrado con luces y fuegos festivos.
Cada año los fabricantes de fuegos artificiales producen formas más complejas y combinaciones de colores novedosas y todo esto me lleva a mi niñez. Cuando yo era niño no había nada parecido. Las candelas romanas, las varas de luces y otros artificios que había eran extremadamente modestos en comparación a lo que podemos ver y disfrutar ahora.
Los chapines tenemos la costumbre de quemar cohetes el 24 a la media noche, el 25 a las doce del día y de nuevo a las seis de la tarde. Toda la ciudad -y supongo que también otras poblaciones- se alegra con el coheterío.
¡Que vuelva la luz!…y que los encuentre a ti, a tu familia y a tus amigos rodeados de amor y de paz.
25
Dic 15
Un desayuno tradicional
¿Cuál es mi desayuno favorito para celebrar el solsticio de invierno? ¡Un tamal negro, un tamal colorado, café con leche y algún pastel, galletas, turrón, o postre de la temporada! Así da mucho gusto celebrar la esa fiesta, el Día de Newton y la saturnalia.
¡Me emociono y gozo mucho cuando abro las hojas de mashán y me encuentro con los colores brillantes de estas delicias de la cocina guatemalteca! Al mismo tiempo, los aromas intensos de ambos tamales invaden mi cuerpo y mi mente y me llevan por un torbellino de recuerdos y alegrías. El momento culminante es cuando la masa untuosa y el recado poderoso llegan a mi paladar.
Tengo la dicha de recordar los tamales de mi bisabuela, Mami; y los de mi tia Baby. Y los de mi tía abuela, La mamita, nos hacía tamales pequeños para los niños. Cuando éramos chicos no dejaban que comiéramos la carne de cerdo que venía en los tamales comprados; y una noche, cuando me sirvieron mi tamal retiré la carne. Mi madre, al verme, me dijo que podía comer esa carne porque esos tamales eran hechos por mi bisabuela. Y los tamalitos de La Mamita, los recuerdo pequeños, como de 2 x 2 pulgadas, bien doblados y bien amarrados.
Los tamales de Navidad, en Guatemala, son colorados y negros. Cada región y cada familia tienen su propia receta de tamales; pero básicamente son de masa maíz y/o de arroz y el recado se prepara con tomates, chiles y cebollas (aveces con semillas tostadas, como pepitoria y ajonjolí) y, en el caso de los negros, con chocolate y anís. Estos últimos son los más delicados de hacer para que sean bien balanceados. También pueden ser de cerdo, pavo, pato, gallina y pollo…y anoche me enteré de que hay de res. Eso sí a mí me gustan más los de cerdo, y los de pato. En ciertas regiones -especialmente en la Costa Sur- no se usa el recado del altiplano, sino una especie de mole.
Este año tuve la dicha de ayudar a hacer tamales en casa de mis amigos Carol y Manolo. Esa aventura le dio una nueva dimensión al acto -de por sí maravilloso- de comer tamales. Esto es porque los tamales y su elaboración son muy complejos y porque no sólo se limitan al aspecto físico de hacerlos, sino al hecho de que se hacen entre amigos y familia a lo largo de toda una jornada intensa en todos los sentidos.
Los tamales tienen raíces precolombinas, y fueron elevados a la décima potencia cuando se le añadieron ingrediente de Occidente. Del Nuevo Mundo son el maíz, los tomates, los chiles, y las hojas de mashán (o de sal) en las que son envueltos. Los tamales negros, además, llevan chocolate. Del Viejo Mundo son las almendras y supongo que también las ciruelas, las aceitunas y las alcaparras.
La gracia de los tamales no está sólo en la masa y en el recado, sino en la forma de envolverlos y amarrarlos. Son una experiencia para todos los sentido. Un tamal que no ha sido envuelto y amarrado elegante y apropiadamente pierde algo de su encanto.
Hacer tamales es algo muy elaborado. Hay que lavar y asar las hojas. La masa tiene su propia ciencia y es cocida tres veces de tres formas distintas. El recado lleva varios ingredientes que hay que asar y sazonar con mucho talento.
Desde mediados de los años 80, en casa comemos los de doña Estelita de Alburéz que son basados en la receta de su madre en San Martín Jilotepeque (en el altiplano), de modo que sus tamales son distintos a los de la Costa Sur y a los de Oriente, por ejemplo. El teléfono de doña Estelita es 2474-0260.













