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Nov 06

Temas prohibidos

1. A mí nunca me ha gustado ese dicho popular que aconseja no discutir ¡jamás! acerca de religión y de política. Siempre me ha parecido un poco cobarde y como en esta columna escribo frecuentemente de política, hoy me ha dado por escribir de religión.

Eso sí, con una explicación previa. No comparto la opinión de mi cuate Warren, que dice que “Dios es el amigo imaginario de los adultos”; porque, como le expliqué a mi maestro Joe cuando me preguntó que cuál era mi religión: “Yo soy monoteísta”. Horrible incongruencia para un estudiante de Objetivismo, que sólo puedo explicar porque le agradezco a mi “amigo imaginario” todas las bendiciones que me da cada día.

Dicho aquello, quiero compartir con ustedes la Pew Forum on Religion and Public Life Poll. Esta organización publica información y encuestas regularmente y normalmente están relacionadas con temas que tiene que ver con religión y asuntos públicos.

De acuerdo con datos de las encuestas hechas por el Pew Research Center, Africa es el continente en el cual la religión es más importante para las personas; en tanto que Europa es el continente en el cual lo es menos. En Senegal, por ejemplo, la religión es muy importante para el 97 por ciento de las personas. Como contraste, en la República Checa y en Francia, la religión es muy importante sólo para 11 por ciento de los encuestados.

En América Latina, la religión es muy importante para 80 por ciento de los guatemaltecos, en la parte alta; y sólo para 39 por ciento de los argentinos, en la parte baja. En ese sentido, Guatemala está a niveles da Angola y Tanzania.

A la pregunta de si es necesario creer en Dios para ser moral, en Norteamérica, Europa Occidental y Europa Oriental, la mayor parte de gente cree que no. Sin embargo, en el resto del mundo, la mayoría cree que sí; y en los Estados Unidos de América 59 por ciento cree que sí es necesario creer en Dios para ser moral, cifra que en Indonesia, Senegal y Kenya, pasa del 90 por ciento.

En Guatemala, 85 por ciento de los encuestados cree que sí es necesario creer en Dios para ser moral. Cifra parecida a la de países como Nigeria, Turquía y Honduras, por ejemplo.

Al cuestionamiento de si es apropiado o inapropiado que la Iglesia Católica le niegue la comunión a los políticos católicos que cuyas opiniones sobre el aborto y la eutanasia contradicen a las de la Iglesia, 64 por ciento respondió que es inapropiado.

En cuanto a religión y política propiamente dicha, 72 por ciento de la gente opina que los políticos deberían tener creencias religiosas fuertes. 27 por ciento cree que los políticos hablan demasiado de fe y de oraciones, en tanto que 31 por ciento habla muy poco, de eso.

Con respecto a la política electoral, 65 por ciento de los encuestados cree que las iglesias no deberían apoyar candidatos; pero 51 por ciento de los consultados opina que las iglesias sí deberían opinar sobre cuestiones sociales y políticas del día a día.

La mayoría de estas encuestas fueron hechas entre 2002 y 2004. Pero, ¿cree usted que ha cambiado la situación? ¿Qué opina?

A mí, por mi parte, me inquieta mucho que mucha gente crea que los ministros de las iglesias deberían opinar sobre cuestiones sociales y políticas. ¿A usted qué le parece?

2. El cielo en la tierra: Yo digo que con el triunfo de Ortega, en Nicaragua y con el de los Demócratas, en los EUA; muchos devotos del estado benefactor van a sentir alimentados sus fuegos. Para aprender algo más sobre aquella tendencia nefasta recomiendo la serie de televisión Heaven on Earth, que, cualquiera que tenga curiosidad, puede ver ya que está disponible en Take One, la tienda de vídeos en Futeca de la zona 14.

3. Mojito con religión y política, para Fidel Castro: “Tu sabes, Pepe, que estoy por creer que Adán y Eva eran cubanos”, le dice un cubano a otro. “¿Y eso por qué?”, pregunta el segundo. “Porque no tenían ropa, andaban descalzos, no los dejaban comer manzanas y les insistían que estaban en el paraíso”, contesta el primero.

Publicada en Prensa Libre el sábado 11 de noviembre de 2006.


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Oct 06

Otra Guatemala

Para la perpetuación de la miseria en Guatemala, el legado de la Revolución del 44 sigue siendo la plataforma de la izquierda y de los populistas chapines.

Aquel proceso está asociado a calamidades como la reforma agraria (una cruzada contra el derecho a la propiedad), el Código de Trabajo (y a la muerte del derecho de trabajo), la educación pública (y la negación del derecho de los padres a elegir la educación para sus hijos), y la seguridad social (o sea al monopolio y el empobrecimiento de las clases pasivas).

Una tarea permanente de las izquierdas, y de los populistas, ha sido la recuperación de aquella plataforma nefasta. De ahí la guerra, con sus asesinatos, secuestros y extorsiones, llevada a cabo por las guerrillas marxistas leninistas durante 36 años. La firma de los Acuerdos de Paz pretendió detener aquella historia de terror; pero como los acuerdos eran ilegítimos y las izquierdas no alcanzan sus objetivos de poder, la paz sigue postergada.

La criminalidad, la impunidad, los abusos, el racismo y la pobreza de millones de personas siguen caracterizando la polarizada realidad nacional. El Estado, colapsado y totalmente carente de autoridad moral, ha sido engordado por redes de corrupción y de grupos de interés. Las formas de opresión clasistas y etnicistas se han convertido en relaciones de muerte.

Las elites dominantes y sus socios, los exguerrilleros, persisten en usurpar el Estado para preservar sus privilegios. No están dispuestos a perder el control del gobierno y vuelven a abusar de su poder con el continuismo de políticas que concentran la inversión pública para sus proyectos, abusan de la ingenuidad de los tributarios, saquean los recursos naturales y violan los derechos individuales y la igualdad de todos ante la ley.

La soberanía agoniza frente a procónsules europeos, norteamericanos, sudamericanos y de organizaciones internacionales que favorecen sus intereses y los de su clientela local.

Un régimen que basa su funcionalidad en la impunidad y en la ignorancia pretende sellar en piedra un modelo socialista que profundiza los mismos problemas estructurales. La juventud, la población migrante y la mayoría de familias sienten como nunca el impacto de aquel sistema que cierra los caminos para vivir en paz. Hoy se desbordan el crimen organizado y la inseguridad ciudadana. El Estado es cebado por alianzas mafiosas que ejercen control sobre áreas extensas del territorio nacional.

Guatemala necesita un cambio de dirección. Nuestra nación reclama con urgencia una reforma profunda del Estado con la participación cívica de todos los individuos que respetan la vida y la libertad. Guatemala exige acción de parte suya, lector, para detener aquel sistema perverso de poder.

Es el momento de convocar a una alianza que se base en una propuesta coherente, en la que quepan todos menos aquellos que hayan sido parte de actos terroristas y violatorios de los derechos individuales, o violatorios de la igualdad de todos ante la ley; así como de hechos de corrupción pública y privada, del crimen organizado, del narcotráfico y de la guerrilla.

Es el momento de llamar a todas las personas, sin distingo de clase, etnia, género, religión, edad, ocupación, o preferencia deportiva, para formar un frente cívico social para la reforma del Estado. Uno que no se deje engañar por los cantos de sirena de los multiplicadores de privilegios y de los generadores de enfrentamientos.

En el mes de la patria y de mi cumpleaños, esta columna está dedicada a los guatemaltecos buenos; en especial a los que, de buena fe, firmaron el campo pagado titulado Otra Guatemala es posible, suscrito el 10 de septiembre pasado. ¡Animo!