Bolivia, bajo mi dirección, tendrá acuerdos, alianzas con todo el mundo, dijo Evo Morales, presidente de Bolivia al declarar que nadie le va a prohibir la suscripción de acuerdos con países como Irán.
Lo que me interesa de esta afirmación del Presidente boliviano, no es el tema de Irán, sino la frase Bajo mi dirección. Lo común, especialmente en países sin tradiciones institucionales y con fuertes tradiciones presidencialistas, caudillistas y personalistas, es que al Presidente de la República se le vea como el director del esfuerzo común, el capitán que conduce el barco a un objetivo común, el pastor que guía a las ovejas, el líder que inspira al espíritu colectivo, al padre que mantiene a la familia unida, o al patrón que dirige, guía, orienta, conduce, y es acicate para la nación. En ese contexto, el presidente (y su administración) dirige, manda y controla.
Pero hay otra forma de ver al Presidente y a su gobierno. Esta es la visión liberal clásica, para la cual el gobierno -que no la administración- es un árbitro en el mismo sentido en el que lo es el árbitro en un partido de fútbol. El gobierno, y el Presidente, no dirigen, ni mandan, ni controlan el juego; pero se aseguran de que se cumplan las reglas iguales para todos, sin privilegios. El árbitro, así, cumple un papel importantísimo en el partido; pero ni es un jugador en el partido, ni les dice a los jugadores cómo jugar en él.
La frase de Morales, pues, ilustra muy bien el talante de los gobernantes colectivistas y con ansias totalitarias. Talante que permite pensar que la función del Presidente y de su gobierno es la de dirigir, y no la de arbitrar. Ese talante, lamentablemente, está muy presente en América Latina; y no sólo porque siempre hay políticos colectivistas muy dispuestos a hacerla de capitanes, directores, pastores y patrones; sino porque hay ciudadanos pidiendo -y hasta exigiendo- que los hagan sentir como soldados, como piezas, como instrumentos, como ovejas y como siervos.




