08
Ene 07

Su Eminencia, el policía secreto

Allá por 1986 estalló el Waldheim Affaire. Resultó que el presidente austriaco y ex secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim, había sido miembro de una división paramilitar del partido Nazi durante la II Guerra Mundial. Waldheim fue declarado Persona non grata en varios países y en 1987 fue puesto en una “lista negra” para impedir su ingreso a los Estados Unidos de América. Durante su gobierno Waldheim no realizó muchas visitas a paises extranjeros, salvo al Vaticano y a algunos países del Oriente Medio.

Yo digo que si alguien fue colaborador del régimen totalitario que fue responsable del Holocausto y de 6 millones de judíos asesinados, lo menos que se merece es ser declarado Persona non grata, ¿o no?

El 7 de enero pasado Stanislaw Wielgus, recien nobrado arzobispo de Varsovia, renunció bajo la presión del Vaticano tras conocerse que había sido ex agente de la policía política polaca durante la dictadura comunista. Una comisión especial de el episcopado polaco comprobó que Wielgus colaboró efectivamente con la policía comunista; y el prelado cometió su “error” en un mensaje publicado el viernes 5 de enero. El portavoz del Vaticano, Federico Lobardi, dijo que “el comportamiento de Wielgus durante el régimen comunista comprmietió gravemente su autoridad”.

¿Qué se merece alguien que colaboró como policía secreto de un régimen que costó casi 62 millones de muertos en la Unión Soviética, casi 77 millones de muertos en la China Popular, unos 2 millones en Caboya, casi 2 millones en Vietnam, más de 1.5 millones en Polonia, casi 2 millones en Corea del Norte y muchos, muchos, muchos, más en otros lugares de Africa, Asia, y en Cuba, por ejemplo?

“En Alemania es ilegal negar el Holocausto. Es ilegal en los Estados Unidos discriminar con base en la raza, o credo. Pero, los líderes de Rusia no han pedido perdón por el pasado; algunos, incluso, lo están celebrando. Gracias a una notable derrota militar y a los juicios de Nuremberg, el gobierno Alemán de la post guerra pasó por medio siglo en expiación. El gobierno ruso post soviético, cuyos funcionarios incluyen a muchos ex comunistas, es un descendiente directo del régimen soviético. Por eso es que no existe un sentido de responsabilidad hacia las víctimas de la era comunista, que duró casi seis veces más que el terror Nazi”, escribieron Gary Kasparov y Therese Raphael en la National Review el 8 de abril de 2002.

“¿Por qué los crímenes comunistas parecen ser perdonables? Al hablar con ocasión del día nacional Checo, el 28 de octubre, el presidente Havel notó el lento ritmo de las investigaciones y de los juicios de los ex-comunistas y la falta de interés público, y ofreció una respuesta: De una forma o de otra, la mayoría de nuestra población, bajo presión evidente e inteligente, cooperó con el régimen, o por lo menos lo toleraba. El ve que un sentimiento subconsciente, de cierta medida de involucramiento, o de culpabilidad por la participación, podría llevar a un debilitamiento de la necesidad de ver juzgados al antiguo régimen y a sus representantes”.

“Una de las grandes mentiras del último siglo la de que el comunismo fue una fuerza fundamentalmente benigna que cayo en manos de hombres perversos tiene un gran poder de permanencia. Los manifestantes en contra de la globalización llevan carteles del Che Guevara y de Mao. Los coreanos protestan contra la presencia de tropas americanas, ignorantes o indiferentes a que su presencia simbolice el sacrificio en nombre de la libertad. Algunos profesores en universidades occidentales se las arreglan para separar la teoría comunista de su aplicación horrible. Miles de húngaros protestan contra su nuevo museo llamado La Casa del Terror, sorprendidos de que el comunismo y el fascismo pueda recibir igual tratamiento, o de que el primero, en particular, pueda ser descrito como una forma de terror. En un mundo que ha redescubierto los valores de la realpolitik, tales cosas deberían de encender los timbres de alarma”, dicen Kasparov y Raphael.


14
Oct 06

Ubicatex

“Los que estamos desubicados somos nosotros; porque, ¿de dónde sacamos que estamos en Occidente?”, me dijo un cuate cuando comentábamos el “código penal de Acatán”, las penas infamantes y los linchamientos que se aplican entre los indígenas guatemaltecos.

Después de mi dosis de Ubicatex forte pensé que de repente y sí. Que de repente y hay una parte de Guatemala que está más cerca de los talibanes, de Pol Pot y de Evo Morales, que de Occidente.

Pero, ¿qué es Occidente? Hace miles de años algunas especies de primates superaron el salvajismo y la barbarie y descubrieron la división del trabajo y la cooperación social. Unos grupos atravesaron las edades de bronce y de hierro para desarrollar culturas y organizaciones sociales complejas; y de ellos, sólo unos pocos cruzaron los umbrales de la revolución científica e industrial de los siglos XVII y XVIII.

A lo largo de ese recorrido, la experiencia humana en Occidente se enriqueció enormemente con aportaciones importantes. En Grecia fue desmitificada la naturaleza y fue democratizada la vida de los hombres en sociedad. En el Renacimiento fue rescatada, la humanidad, de aquella hibernación que había sido la Edad Media.

El espíritu de Prometeo, caracterizado por el dominio acumulativo y progresivo del entorno físico y social, por medio de la tecnología y de la ciencia se hizo manifiesto. Reconociendo, claro, que aquellas tecnología y ciencia son simples medios al servicio de fines más altos y más importantes. Fines relacionados con la búsqueda de la felicidad y con los ideales de justicia, de libertad y de solidaridad basados en el respeto a la persona humana y a su dignidad.

“Esta aventura del hombre occidental no puede dejar de suscitar admiración. Indudablemente el esfuerzo de la humanidad por escapar a la animalidad primitiva, de dominar a la naturaleza y de civilizarse, proporciona una visión inspiradora”, dice Louis Rouggier en El genio de Occidente, obra de la cual extraje el resumen de arriba y que concluye en que dondequiera que prevalezcan los derechos del hombre y los procedimientos que los garantizan, dondequiera que se respeten las reglas de la investigación científica , y dondequiera que se respeten las libertades de pensamiento y de expresión, allí está Occidente.

Y advierte, eso sí, que lo que Occidente llama progreso podría parecerles a algunos hombres un desasosiego carente de significado. Y que aunque no tenemos derecho a imponer nuestros valores y nuestros modelos de conducta; todos tenemos la obligación de mantener las condiciones necesarias para la coexistencia pacífica.

Cuando era adolescente me impresionaba una foto que vi. Era una mujer rapada que, con su niño en brazos, huía de una multitud que la acosaba. Era una foto de la barbarie durante la II Guerra Mundial. Ahora imagino mujeres rapadas y hombres azotados e hincados en maíces; y me pregunto: ¿estamos volviendo a la barbarie? ¿Estamos en Occidente?

Veo el “código penal de Acatenango” y leo que la violación por la noche está penada, pero que no se dice nada de la violación de día. Veo que el divorcio está prohibido. Veo que no está permitido jugar básquetbol, pero que no se dice nada del fútbol. Veo arbitrariedad por todas partes. Veo que Occidente está más lejos de lo que yo creía. Al paso que vamos los guatemaltecos no sólo vamos a tener que elegir entre las nimiedades de todos los días. Tarde, o temprano nos enfrentaremos al dilema de elegir entre Occidente y otra cosa. Y ¿sabe quienes van a ser los culpables? Vamos a ser usted y yo que vimos como es que ocurría el desmadre e hicimos poco, o nada, para evitarlo. El estado de Guatemala, que ha colapsado, necesita una reforma de fondo; porque no es con cambios de personas que evitaremos el descalabro de la sociedad guatemalteca. Como dice mi cuate: ¡Ubicate!, no necesitamos cambiar de piloto; lo que necesitamos es cambiar el pichirilo.