Chilaquilas, frijoles colados y plátanos fritos fue el desayuno en nuestro segundo día del road trip en la boca costa, a partir de Santa Lucía Cotzumalguapa. No madrugamos y el cometido de ese día fue ir a visitar a Javier, Lourdes y su hijita Emma, que nos invitaron a almorzar en su casa.
Antes, sin embargo, Lissa, Raúl y yo dispusimos ir a conocer Las Cabañas de don Manuel, un hotel a orillas de la carretera entre Santa Lucía Cotz. y Cocales, en el Departamento de Suchitepéquez.
En el camino, sin embargo, encontramos una siembra de hule (Hevea brasiliensis). No pudimos resistir la tentación de pasear entre aquellos árboles hermosos que son sembrados de una forma particular y bella.
El caucho se siembra en filas muy precisas y con un patrón característico y de hileras anchas para permitir un acceso fácil y sistemático a lo largo de todo el ciclo de vida del cultivo y facilitar el paso de trabajadores, tractores y equipo para labores de mantenimiento, fertilización, control de malezas y, sobre todo, la pica del látex. Sin este trazado exacto, las operaciones diarias se volverían ineficientes y costosas en una plantación que requiere intervención constante.
El espaciamiento preciso también asegura que cada árbol reciba luz, agua y nutrientes de manera equilibrada, lo que promueve troncos rectos y de circunferencia uniforme, que son indispensables para iniciar y mantener una sangría eficiente y prolongada.
Aunque había muchos mosquitos y otras alimañas propias del campo, los bosques de hule son algo hipnóticos e invitan al relajamiento, a pensar y a conversar. No fue un paseo largo, pero sí fue un paseo rico en el que aprovechamos lo agradable del lugar.
Estando ahí me acordé de uno de los libros de mi adolescencia: El río del sol, que es una novela de aventuras ambientada en el Amazonas justo después de la Segunda Guerra Mundial. En The River of the Sun, el protagonista, un ex piloto de la aviación estadounidense traumado por una tragedia personal, regresa a la selva brasileña para dirigir la reactivación de una antigua plantación de hule abandonada en el Río Negro; pero en realidad persigue una obsesión: encontrar el Río del Sol, un río legendario que supuestamente baja de una meseta interior llena de tesoros y secretos. Recuerdo que el trasfondo tenía mucha información sobre el Amazonas y el caucho. Ese fue uno de los libros que mi abuela, Frances, me regalaba en inglés y mi tía abuela, Baby, me regalaba en español.
¿Por qué ocurría eso? Porque mi abuela leía en inglés y le regalaba a su hermana los libros que leía cuando habían sido traducidos al español. Luego, ambas me regalaron sus bibliotecas.
Las cabañas y tarde familiar
Al concluir nuestro paseo entre los árboles de hule nos dirigimos a Las Cabañas de don Manuel, lugar que nos había recomendado nuestra amiga Chiqui cuando le preguntamos qué deberíamos visitar en los alrededores de Santa Lucía Cotz. Con Chiqui nos encontraríamos al día siguiente.
Las Cabañas es encantador. En efecto el hotel tiene cabañas cómodas y bien equipadas, piscina, temascal (llamado Los Cushines), restaurante y un mirador que visitamos al día siguiente. Fuimos muy bien atendidos y nos enteramos de que vendían crema y miel de abejas, de modo que regresaríamos para comprar y traer a casa. Fuimos muy bien atendidos por Luis Fernando, el propietario, y por su equipo.
Cuando llegó el mediodía y la hora de dirigirnos a donde nuestros anfitriones Javier, Lourdes y Emma, cerca de Santa Lucía Cotz. y en camino a Yepocapa.

Lissa, Raúl, Fátima y yours truly bajamos chalunes de un árbol. También hallamos un hongo para Fátima.
Al llegar fuimos recibidos por Javier y Emma (nos hizo falta Lourdes) y en lo que estaba el almuerzo disfrutamos de su jardín y de las tortugas de la niña. Por primera vez conocí una tortuga candado (Kinosternon scorpioides). La particularidad de estos quelonios es que cierran sus caparazones completamente y quedan como cajitas a salvo de depredadores.
Javier y Emma nos ofrecieron pollo a la leña y ensalada que estaban deliciosos; además Emma había ayudado a preparar la ensalada. La conversación fue fascinante porque Javier es un muchacho que ha tenido una vida extraordinaria. Por ejemplo, pasó tres temporadas en Alaska, trabajando en un barco pesquero y procesador de pescados. Esa es una vida dura, de esas que dan para escribir novelas porque tienen muchos niveles de experiencias alucinantes.
Luego de una siesta brevérrima (¿cómo iba a faltar mi siesta?) salimos a caminar por los alrededores de la casa porque Emma tiene la dicha de vivir en una urbanización que todavía es campestre. Su abuela y su tío Raúl también crecieron en el campo, en la costa sur, de modo que esa vida es la continuación de experiencias familiares. Bajamos chalunes (Inga vera) de un árbol y yo no conocía esos frutos que se relacionan con los cushines, los caspiroles, las paternas y las wawas. Las vainas de los chalunes son muy particulares porque tienen la textura como de corduroy, y aunque sus frutos no ricos, ricos, sí son agradables y tienen una textura que invita a saborearlos.
También vimos hormigas (Atta sp.) trabajando y durante un buen rato nos deleitamos con sus afanes. Emma estaba muy insistente con que el día anterior había visto un hongo y quería verlo de nuevo. Por el calor del lugar pensé que no sería posible pero… ¡sorpresa! encontramos uno blanco que, por distraído, no fotografié.
Emma también disfrutó de hablar inglés con Lissa; al principio estaba tímida, pero luego fue agarrando confianza.

Esta tortuga me recordó a las que teníamos en casa de mis padres. A una de ellas, uno de mis hermanos la pintó de Herbie (Cupido motorizado) y a la otra con colores fosforecentes.
De vuelta a Santa
Al atardecer nos despedimos de nuestros anfitriones, muy agradecidos por la hospitalidad y por lo que aprendimos de la vida en aquella región y de la vida en un barco pesquero cerca del Ártico.
En casa, el 28 de marzo es un día especial así que para celebrar —temprano por el cansancio— nos encaminamos a Robert’s para otra deliciosa experiencia gastronómica. Ahí hicimos el debriefing y brindamos con cava. Siempre agradecidos por la vida, por la buena compañía y por las oportunidades de aprender.
Así fue el segundo día de nuestro road trip de equinoccio, y días como estos, llenos de caminos secundarios, olores a tierra húmeda y conversaciones que fluyen sin prisa, son los que enriquecen la vida.
Road trip en la boca costa, III (próximamente)



