19
Dic 16

El Mirador no deja de sorpender

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Inmensas pirámides, calzadas, plazas, terrazas, muros y diques; carreteras que unen ciudades como El Mirador, Tintal y otras fueron reveladas por medio de un escaneo y radar láser que lo deja a uno papo.  Es admirable lo que consiguieron los mayas en un ambiente tan hostil, sin metales duros, sin ruedas, sin bestias de carga, y sin fuentes de agua.  Tanta grandeza colapsada debería recordarnos los daños que la mala filosofía y la mala economía le pueden hacer a una civilización.

Recorrí el sak´be o camino blanco -una calzada que une Tintal y El Mirador- en diciembre de 2005 y desde entonces me maravillo con todo lo que tiene que ver con el reino Kan. Dormí en Tintal y en El Mirador bajo las estrellas y las copas de los árboles, mojado hasta el tuétano en una de las noches.

Este es un enlace al relato de esa aventura:

El aroma a copal inundó el aire, y desde lo más alto de la pirámide El Tigre, mis amigos y yo observamos el ocaso. A nuestros pies estaba ese inmenso mar verde que es la selva. Nos llevó dos días y tantito atravesarla, pero ahí estábamos al fin, en la cuna de la civilización maya: la ciudad colosal de El Mirador.
 
Allá arriba, emborrachado por la luz, los aromas y los colores, uno no puede sino pensar en las personas que construyeron ciudades y calzadas a lo largo y lo ancho de esa jungla. Frente a nosotros estaba la La Danta, una mole increíble que mide 10 metros más que el templo IV de Tikal y cuya base ocupa el área de tres estadios de fútbol. La ciudad es inmensa, ¡y es unos 800 años más antigua que Tikal!
En toda la cuenca de El Mirador hay unas 26 ciudades grandes; y en nuestra jornada a través de la selva visitamos: La Florida, El Tintal y La Muerta. No es fácil llegar a El Mirador; pero el duro viaje hacia esa ciudad formidable es el vivo ejemplo de cuando el camino vale tanto como el destino. Auxiliados por Billy Cruz, de Petén, mis amigos Silvia, Inés, Antonio y Raúl, así como mi sobrino Alejandro, y yo, emprendimos la aventura el 17 de diciembre pasado. Ale de 12 años, y yo, fuimos a lomo de macho; pero los demás caminaron por bosques interminables y por bajos intimidantes a través de humedales enormes.
 
A veces el agua fangosa les llegaba arriba de la cintura, yo me caí cuatro veces de mi Rucio, y el Ale quedó colgando de un árbol en una ocasión. Tras horas de montar, más de una vez reviví mi pierna entumecida poniéndole una cruz de saliva, según la costumbre local. Y entendí lo que es ser terco como una mula. Vimos cualquier cantidad de orquídeas, aunque muy pocas en flor; extrajimos copal del árbol que lo produce. Conocimos el chicle. Vimos aves hermosas y el cielo más estrellado que uno pueda imaginar.
 
Pero aquello es la selva, y no hay que olvidarlo. Vimos huellas de jaguar y escuchamos sus rugidos, junto a los de los monos aulladores. Dormimos en campamentos en los que el olor a serpiente era perturbador. A mi sobrino se le metió una tarántula en el zapato y le apareció otra en su carpa. Y tuvimos que esquivar ejércitos de hormigas feroces, algunas de ellas muy olorosas. Dormíamos como tiernos, aunque una noche se inundó el campamento y tuvimos que pasarla entre el agua. Una culebra zumbadora se atravesó en el camino y yo regresé con dos garrapatas conchudas, mostacilla y docenas de piquetes.
El viaje a El Mirador fue toda una aventura, hecha más inolvidable gracias a los cuidados y a la extraordinaria habilidad de nuestro guía Henry Darwin; y gracias a la cocinera, Gladys. Por ella teníamos tortillas del comal y panqueques en plena selva. También por el asistente, Wilmer, y por los arrieros Manuel y Rudy que cargaban las 12 acémilas y montaban los campamentos con eficiencia.
 
Mi corazón se aceleraba cuando entrábamos a algún sitio, cuando mirábamos algún montículo, y más, cuando llegamos a El Mirador. A lo largo de la jornada uno puede llegar a experimentar algo de lo que sentían los primeros exploradores de esas regiones en el siglo XIX. Yo pensaba mucho en Stephens y Caterwood, así como en los Maudslay, y también en mi amiga Mayra, que hace años estuvo perdida en la selva durante dos noches.
En febrero de 2003, en el Museo Popol Vuh, tuve la suerte de conocer a Richard Hansen, el arqueólogo que está a cargo del proyecto de la cuenca de El Mirador. Y en esa ocasión quedé admirado del trabajo que está haciendo. Y desde entonces que tenía ganas de viajar hacia allá. A diferencia de otros sitios desarrollados, El Mirador todavía es un mundo perdido, ¡de verdad! y lleno de tumbas sin abrir. En él, uno no encuentra montones de turistas, ni mucha basura; y entra en contacto extremo con uno mismo, con la naturaleza y con grandes obras del genio humano. Por eso, la visita a aquella ciudad preclásica y los cinco días que pasamos en la jungla, fueron una experiencia física y psicológica inolvidable que enriqueció nuestras vidas.
La foto es de nuestro campamento en Tintal.

12
May 14

¿Se acerca el nuevo colapso de El Mirador y del reino Kan?

luis-figueroa-el-mirador

¿Se acerca el nuevo colapso de El Mirador y del reino Kan?  Lo que empezó como un trabajo para mejorar los senderos peatonales que llevan al El Mirador —antigua capital del reino Kan— se convirtió en preocupación para pobladores dela aldea  Carmelita,  en  Petén, y para arqueólogos y promotores de turismo, al descubrir que la brecha, proyectada con dos metros de ancho, llegó a tener hasta siete metros en ciertas áreas, pese a ser de uso peatonal y de las mulas.

Visité El Mirador en 2005 en compañía de mi sobrino que tenía 10 años y 4 amigos más.  Nos tomó dos días llegar gracias a un patacho de 12 mulas y un equipazo integrado por Darwin, el guía; Gladys, la cocindera, un ayudante y dos muleros.  Fue una hermosa y grande aventura en la selva, que siempre voy a recordar con respeto y cariño.

Cuando la gente me pregunta le digo: Ve ahora, antes de que todo aquello desaparezca y sea estropeado.  Detesto pensar que esa sea una posibilidad; pero cuando leo noticias como la de arriba me da rabia y me pregunto que qué será de El Mirador si esas cosas siguen ocurriendo.

En la foto se ve nuestro campamento en El Tintal.  Estoy en la mesa y al lado izquierdo están mis amigas Ami y Hue yin; al lado derecho se ven las carpas que usamos y algunas de las mulas que cargaban con los bártulos.


16
Oct 09

Reportaje sobre El Mirador

luis-figueroa-el-mirador

CNN transmitió un reportaje sobre El Mirador, en Petén. Visité el reino Kan en 2005 y siempre me gusta recordar esa aventura y compartirla con quienes puedan tener la oportunidad de hacer el viaje a aquel lugar mágico.

El aroma a copal inundó el aire, y desde lo más alto de la pirámide El Tigre, mis amigos y yo observamos el ocaso. A nuestros pies estaba ese inmenso mar verde que es la selva. Nos llevó dos días y tantito atravesarla, pero ahí estábamos al fin, en la cuna de la civilización maya: la ciudad colosal de El Mirador. Allá arriba, emborrachado por la luz, los aromas y los colores, uno no puede sino pensar en las personas que construyeron ciudades y calzadas a lo largo y lo ancho de esa jungla.

Frente a nosotros estaba la La Danta, una mole increíble que mide 10 metros más que el templo IV de Tikal y cuya base ocupa el área de tres estadios de fútbol. La ciudad es inmensa, ¡y es unos 800 años más antigua que Tikal!

En toda la cuenca de El Mirador hay unas 26 ciudades grandes; y en nuestra jornada a través de la selva visitamos: La Florida, El Tintal y La Muerta.

No es fácil llegar a El Mirador; pero el duro viaje hacia esa ciudad formidable es el vivo ejemplo de cuando el camino vale tanto como el destino. Auxiliados por Billy Cruz, de Petén, mis amigos Silvia, Inés, Antonio y Raúl, así como mi sobrino Alejandro, y yo, emprendimos la aventura el 17 de diciembre pasado.

Ale de 12 años, y yo, fuimos a lomo de macho; pero los demás caminaron por bosques interminables y por bajos intimidantes a través de humedales enormes. A veces el agua fangosa les llegaba arriba de la cintura, yo me caí cuatro veces de mi Rucio, y el Ale quedó colgando de un árbol en una ocasión. Tras horas de montar, más de una vez reviví mi pierna entumecida poniéndole una cruz de saliva, según la costumbre local. Y entendí lo que es ser terco como una mula. Vimos cualquier cantidad de orquídeas, aunque muy pocas en flor; extrajimos copal del árbol que lo produce. Conocimos el chicle. Vimos aves hermosas y el cielo más estrellado que uno pueda imaginar. Pero aquello es la selva, y no hay que olvidarlo. Vimos huellas de jaguar y escuchamos sus rugidos, junto a los de los monos aulladores. Dormimos en campamentos en los que el olor a serpiente era perturbador. A mi sobrino se le metió una tarántula en el zapato y le apareció otra en su carpa. Y tuvimos que esquivar ejércitos de hormigas feroces, algunas de ellas muy olorosas. Dormíamos como tiernos, aunque una noche se inundó el campamento y tuvimos que pasarla entre el agua. Una culebra zumbadora se atravesó en el camino y yo regresé con dos garrapatas conchudas, mostacilla y docenas de piquetes.

El viaje a El Mirador fue toda una aventura, hecha más inolvidable gracias a los cuidados y a la extraordinaria habilidad de nuestro guía Henry Darwin; y gracias a la cocinera, Gladys. Por ella teníamos tortillas del comal y panqueques en plena selva. También por el asistente, Wilmer, y por los arrieros Manuel y Rudy que cargaban las 12 acémilas y montaban los campamentos con eficiencia.

Mi corazón se aceleraba cuando entrábamos a algún sitio, cuando mirábamos algún montículo, y más, cuando llegamos a El Mirador. A lo largo de la jornada uno puede llegar a experimentar algo de lo que sentían los primeros exploradores de esas regiones en el siglo XIX. Yo pensaba mucho en Stephens y Caterwood, así como en los Maudslay, y también en mi amiga Mayra, que hace años estuvo perdida en la selva durante dos noches.

En febrero de 2003, en el Museo Popol Vuh, tuve la suerte de conocer a Richard Hansen, el arqueólogo que está a cargo del proyecto de la cuenca de El Mirador. Y en esa ocasión quedé admirado del trabajo que está haciendo. Y desde entonces que tenía ganas de viajar hacia allá. A diferencia de otros sitios desarrollados, El Mirador todavía es un mundo perdido, ¡de verdad! y lleno de tumbas sin abrir. En él, uno no encuentra montones de turistas, ni mucha basura; y entra en contacto extremo con uno mismo, con la naturaleza y con grandes obras del genio humano. Por eso, la visita a aquella ciudad preclásica y los cinco días que pasamos en la jungla, fueron una experiencia física y psicológica inolvidable que enriqueció nuestras vidas.


05
Ago 08

¿El nuevo colapso de El Mirador?

La impresionante ciudad maya de El Mirador colapsó durante el Período Preclásico y luego fue tragada por la selva. Ahora, cerca de su renacimiento, estaría por ser egullida por la irresponsabilidad, la negiligencia y la ausencia de estado de derecho.

Hoy nos enteramos de que el parque nacional El Mirador, de Petén, al que la administración socialdemócrata de Alvaro Colom pretende convertir en “la meca del turismo latinoamericano”, por medio de un megalómano proyecto llamado Cuatro Balam, está a punto de correr la misma destrucción de otras “áreas protegidas”, porque la administración ha sido incapaz de retirar a invasores que se asentaron en el sector.

Todo esto no debería sorprendernos ya que, como lo que es de todos no es de nadie, tanto los bosques de Petén, como su riqueza arqueológica está en manos de taladores, invasores y saqueadores, frente a las narices de una administración pretenciosa, pero carente de autoridad e incapaz.

Ojalá que los chapines de la primera parte del Siglo XXI no atestiguemos el segundo colapso de El Mirador a manos de los invasores y de quienes los azuzan.
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El siguiente es el relato de mi visita a ese lugar magnífico.
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El aroma a copal inundó el aire, y desde lo más alto de la pirámide El Tigre, mis amigos y yo observamos el ocaso. A nuestros pies estaba ese inmenso mar verde que es la selva. Nos llevó dos días y tantito atravesarla, pero ahí estábamos al fin, en la cuna de la civilización maya: la ciudad colosal de El Mirador.
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Allá arriba, emborrachado por la luz, los aromas y los colores, uno no puede sino pensar en las personas que construyeron ciudades y calzadas a lo largo y lo ancho de esa jungla. Frente a nosotros estaba la La Danta, una mole increíble que mide 10 metros más que el templo IV de Tikal y cuya base ocupa el área de tres estadios de fútbol. La ciudad es inmensa, ¡y es unos 800 años más antigua que Tikal!
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En toda la cuenca de El Mirador hay unas 26 ciudades grandes; y en nuestra jornada a través de la selva visitamos: La Florida, El Tintal y La Muerta. No es fácil llegar a El Mirador; pero el duro viaje hacia esa ciudad formidable es el vivo ejemplo de cuando el camino vale tanto como el destino. Auxiliados por Billy Cruz, de Petén, mis amigos Silvia, Inés, Antonio y Raúl, así como mi sobrino Alejandro, y yo, emprendimos la aventura el 17 de diciembre pasado. Ale de 12 años, y yo, fuimos a lomo de macho; pero los demás caminaron por bosques interminables y por bajos intimidantes a través de humedales enormes.
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A veces el agua fangosa les llegaba arriba de la cintura, yo me caí cuatro veces de mi Rucio, y el Ale quedó colgando de un árbol en una ocasión. Tras horas de montar, más de una vez reviví mi pierna entumecida poniéndole una cruz de saliva, según la costumbre local. Y entendí lo que es ser terco como una mula. Vimos cualquier cantidad de orquídeas, aunque muy pocas en flor; extrajimos copal del árbol que lo produce. Conocimos el chicle. Vimos aves hermosas y el cielo más estrellado que uno pueda imaginar.
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Pero aquello es la selva, y no hay que olvidarlo. Vimos huellas de jaguar y escuchamos sus rugidos, junto a los de los monos aulladores. Dormimos en campamentos en los que el olor a serpiente era perturbador. A mi sobrino se le metió una tarántula en el zapato y le apareció otra en su carpa. Y tuvimos que esquivar ejércitos de hormigas feroces, algunas de ellas muy olorosas. Dormíamos como tiernos, aunque una noche se inundó el campamento y tuvimos que pasarla entre el agua. Una culebra zumbadora se atravesó en el camino y yo regresé con dos garrapatas conchudas, mostacilla y docenas de piquetes.
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El viaje a El Mirador fue toda una aventura, hecha más inolvidable gracias a los cuidados y a la extraordinaria habilidad de nuestro guía Henry Darwin; y gracias a la cocinera, Gladys. Por ella teníamos tortillas del comal y panqueques en plena selva. También por el asistente, Wilmer, y por los arrieros Manuel y Rudy que cargaban las 12 acémilas y montaban los campamentos con eficiencia.
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Mi corazón se aceleraba cuando entrábamos a algún sitio, cuando mirábamos algún montículo, y más, cuando llegamos a El Mirador. A lo largo de la jornada uno puede llegar a experimentar algo de lo que sentían los primeros exploradores de esas regiones en el siglo XIX. Yo pensaba mucho en Stephens y Caterwood, así como en los Maudslay, y también en mi amiga Mayra, que hace años estuvo perdida en la selva durante dos noches.
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En febrero de 2003, en el Museo Popol Vuh, tuve la suerte de conocer a Richard Hansen, el arqueólogo que está a cargo del proyecto de la cuenca de El Mirador. Y en esa ocasión quedé admirado del trabajo que está haciendo. Y desde entonces que tenía ganas de viajar hacia allá. A diferencia de otros sitios desarrollados, El Mirador todavía es un mundo perdido, ¡de verdad! y lleno de tumbas sin abrir. En él, uno no encuentra montones de turistas, ni mucha basura; y entra en contacto extremo con uno mismo, con la naturaleza y con grandes obras del genio humano. Por eso, la visita a aquella ciudad preclásica y los cinco días que pasamos en la jungla, fueron una experiencia física y psicológica inolvidable que enriqueció nuestras vidas.
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En la foto estoy junto a una estela, en El Mirador.


22
May 08

Megalomanía en Petén

La administración pública chapina ha fracasado miserablemente cuando le da por la megalomanía. El aeropuerto, por ejemplo, con toda su grandiosidad , es un insufrible horno en el que los visitantes son sometidos a la tortura del encierro y de la ausencia de aire acondicionado. La administración, por ejemplo, no les da mantenimeinto apropiado a museos como el de Arqueología, o el de Historia; y sin embargo, el palacio de gobierno fue convertido en Palacio Nacional de la Cultura, y tampoco recibe mantenimiento apropiado, ni alberga una colección que le de dignidad a aquel nombre tan pretencioso.

Ahora la administración socialdemócrata ha salido con otro delirio megalómano: “Vengo a venderles la visión de que tenemos de crear el parque arqueológico más grande de Latinoamérica Cuatro Balam”, dijo ayer el presidente Alvaro Colom.

Petén está plagado de narcos, saqueadores y de invasores; y la administración no puede con ellos. Los parques nacionales a merced de esos grupos de delincuentes. De hecho, todo el país está a merced de ese tipo de delincuentes.

Talvez es que hoy estoy pesimista; pero, ¿qué va a poder la administración chapina con un megaparque arqueológico, si no puede con lo que tiene actualmente.

La protección del patrimonio arqueológico y de la naturaleza chapina, necesita, antes que de megaproyectos, de un ambiente general de seguridad y de respeto y aplicación de la ley. Sin eso, todos lo demás son papas y pan pintados. Necesita, también, de un replanteamiento que garantice, más que el cumplimiento de consignas ideológicas y chauvinistas, la efectiva protección de lo que se quiere proteger.


21
Abr 08

¿Quién cuida lo que es de todos?

Leo que grupos de campesinos han usurpado 38 puntos estratégicos de la áreas protegidas de Petén en Guatemala. En total impunidad, permanecen invadidos parques nacionales, complejos arqueológicos y zonas de usos múltiples.

Y cuando leo eso me acuerdo de que los sindicatos hacen lo que quieren en el Ministerio de Educación y en la Dirección General de Migración. Me acuerdo de que la Sexta avenida de la zona 1 está plagada de ventas de CD piratas y de zapatos tenis de contrabando. Me acuerdo de que los policías se cuentan entre las filas de los asaltantes, los asesinos y los secuestradores. Entonces me pregunto, ¿quién cuida lo que es de todos? ¿Cuál es el rol del Estado en cuanto a la protección del patrimonio cultural de los guatemaltecos? ¿Quién podrá más, la dirigencia popular que instiga las usurpaciones, o el ánimo de resguardar los sitios arqueológicos? ¿De qué sirve que los sitios arqueológicos sean de todos, si terminan siendo de nadie? ¿A quién le pertenece el pasado?

Aaaaaaaaaaaaah, esas son demasiadas preguntas, diría uno de mis maestros.


01
Feb 07

Tumbas reales en Waka´-El Perú

Este soy yo, en la ciudad maya de Waka´-El Perú, en la Reserva de la Laguna del Tigre, Petén. La foto viene al caso porque el jueves 8 de marzo, alas 6:30 p.m. el arquéologo Héctor Escobedo dictará una conferencia sobre las tumbas reales en aquella urbe. La conferencia será en el Museo Popol Vuh, de la UFM.

El centro prehispánico de El Perú, Petén, emerge poco a poco como un actor estratégico en la historia política del mundo maya clásico. Después de cuatro temporadas de investigación arqueológica, se empiezan a entender la historia y los programas constructivos de los gobernantes locales. Las excavaciones de 2006 dieron lugar al descubrimiento de tumbas espectaculares, con vasijas policromas, figurillas cerámicas, y artefactos de jade y concha del periodo clásico tardío (550-820 DC). La extraordinaria calidad de estas suntuosas ofrendas funerarias sugiere que los restos humanos a los que acompañan corresponden a individuos de la realeza. En esta conferencia, el codirector del Proyecto Arqueológico El Perú-Waka’ dará a conocer el hallazgo y el contenido de tales tumbas, y su interpretación de la enigmática identidad de sus ocupantes, de cuyos reinados no se han hallado registros escritos. El Doctor en Antropología Héctor Escobedo ha realizado investigaciones en sitios arqueológicos tan importantes como Piedras Negras, Kaminaljuyú, Dos Pilas y San Bartolo. Es autor y editor de numerosos libros y artículos, enfocados principalmente en la arqueología y la escritura jeroglífica de las tierras bajas mayas.

Actualización: esta es la columna que publiqué cuando viajé a Waká:

Mi primer viaje a la selva fue por medio de las páginas de La Mansión del Pájaro Serpiente; y años después, con los orquideólogos de verdad, tuve la oportunidad de visitar los bosques de las verapaces y de la costa sur, en varias ocasiones.
No soy ecohistérico, pero como me gustan los huevos de parlama y la sopa de tortuga, estoy absolutamente convencido de que la felicidad humana está mejor servida si conservamos a los quelonios, que si permitimos que se extingan. Y quien dice tortugas, dice cocodrilos, jaguares, y otras especies de fauna y flora.
Además, soy de esos que se emocionan si pueden probar la quinina directamente del arbol y si pueden oler el copal recién extraido de la corteza. Ya no digamos si puedo caminar por una ciudad maya, rodeada de lianas, guacamayas y monos. Eso sí, que nadie me diga que no puedo usar el aire acondicionado, o que no puedo comer Whoppers dobles con queso y tocino.
¿Donde puede uno disfrutar de todo aquello, con exepción de la hamburguesa, los huevos y la sopa? Pues en en el parque nacional Laguna del Tigre. Más exactamente en la estación biológica Las Guacamayas, donde efectúan un valioso trabajo de conservación, y en el sitio arqueológico El Perú.
¡Chispas!, donde convergen los rios San Pedro y Sacluc, la vida se aprecia desde un nuevo punto de vista. Se aprende, también. No sabía, por ejemplo, que las guacamayas viven hasta 80 años y que son muy difíciles, aunque no imposibles, de reproducir artificialmente. Principalmente porque para averiguar su sexo era necesaria una operación quirúrgica, hasta que la tecnología mejoró y ahora se envían muestras de sangre a laboratorios especializados en Estados Unidos.
Aprendí que hay mujeres campesinas que en la selva cultivan hierbas medicinales para vender, y que con ello cuidan el ambiente y sus recursos naturales renovables. Claro que nadie saldrá de pobre si no empacan aquellos productos en bolsitas elegantes de papel reciclado, y si no les ponen una marca atractiva para venderlas en Nueva York, San Francisco y Dallas. Valor agregado que le dicen; pero Roma no se constuyó en un día.
Comprobé, con tristeza, que El Perú fue totalmente saqueado antes de que los arqueólogos pudieran excavarlo y estudiarlo científicamente. Lo que ahí queda es lo que no quisieron llevarse los depredadores; pero a pesar de ello, hay magia en sus plazas.
La conservación del ambiente y de los animales y plantas que viven de él, no debe reñir con los intereses y necesidades de las personas. Por eso es que en Kenya (donde está prohibida su caza) se están acabando los elefantes, y en Zimbabwue (donde está permitida su caza de forma racional) la población de paquidermos es estable. Y no aumenta, sólo porque el comercio del marfil está vedado en el mundo, lo cual desincentiva a quienes tiene que criar a aquellos gigantes.
A la larga, no debería haber conflicto entre los intereses de conservación y los de progreso y de abandono de la pobreza. Hay, eso sí, que entender las necesidades de las partes involucradas, actuar con responsabilidad e invertir en educación y tecnología.


27
Ene 07

Protestas contra la minería

Prensa Libre reporta hoy que, en Huehuetenango, hubo grupos de gente que le demandaron al gobierno que detenga la explotación minera.

La semana pasada, a partir de la pregunta de ¿cuál es la diferencia entre encontrar petróleo (oro, estaño u otro recurso natural) en Texas, y encontrarlo en Petén? Enrique Ghersi hizo una propuesta “revolucionaria” para resolver el problema del desperdicio de los recursos naturales en lugares como Guatemala, y en la mayoría de la América Latina.

La diferencia, dijo Ghersi, es que si usted lo encuentra en Texas se hace rico; mientras que si lo encuentra en Guatemala, se queda pobre, o se empobrece más. Si lo que se encontró fue exactamente lo mismo, la diferencia es institucional, dijo el conferencista.

La foto es de la Mina Marlin, en Huehuetenango, cuando uno se va aproximando por la carretera a Ixtahuacán.

Vea aquí la conferencia completa. Seguramente tendrá que bajar un plug-in; pero es seguro.