La fiesta de Pascua o Easter es una de luz, vida y fertilidad y por eso nos gusta en casa. El día comenzó con por lo menos media hora de campanadas en la iglesia de la Villa de Guadalupe y siguió con un desayuno de chilaquilas con chirmol y frijoles parados con crema de Acul, Quiché. Este año no se me olvidó comprar conejo y chocolates, que acompañamos con pastelitos que uno de mis hermanos trajo ayer.
Desde hace milenios es motivo de fiesta el inicio de la temporada en la que las noches son más cortas, en la que hay más horas de luz y cuando la primavera trae la fertilidad y la vida. Los colores propios de esta fiesta antiquísima son los del amanecer y los de la vida suave, agradable y tibia propia de la primavera, cuando hay luz y hay vida. Mi abuela, Frances, solía estrenar ropa en esta fiesta y los colores que usaba eran los propios de la celebración. También solía preparar almuerzos muy ricos, que normalmente incluían pays.
El lenguaje de los colores es importante porque los de Easter contrastan notablemente con los de la Semana Santa, que son el negro y el morado. El negro es el color de la muerte, de lo oscuro, de la soledad, del vacío de la noche, de la tristeza y del mal; y el morado (violeta, o púrpura) es el color del poder, de la magia y de la fe (vis a vis la racionalidad); es el color del confesionario y por consiguiente de la culpa, en contraste con la responsabilidad y es el de algunos ritos funerarios.
Cuando yo era chico, el conejo (animal que es imposible no relacionar con la fertilidad) llegaba a la playa, a Panajachel, a la casa porque mis padres acarreaban huevos de chocolate, o de almendras. Sin que los niños nos diéramos cuenta, mis padres y tíos escondían los huevos en el jardín y en el momento oportuno nos decían que el conejo había llegado y que saliéramos a buscar los huevos. Cuando crecimos, a los mayores se nos enviaba a alguna habitación lejos del jardín y —aunque ya sabíamos quiénes escondían los huevos, y que no había tal conejo— igual disfrutábamos de salir a buscar y encontrar sus dulces y preciados obsequios.
El conejo en la Luna
Según una leyenda de Chiconamel, en Veracruz, México, un dios ocasionó un diluvio universal; y un hombre y su familia se salvaron de ahogarse porque se escondieron en un cajón, siguiendo el consejo que les dio un conejo. El dios en cuestión se enteró de los sobrevivientes cuando estos encendieron fuego para asar pescados; y entonces castigó al conejo que, por haber salvado a los hombres, fue condenado a alumbrarlos y fue transformado en la Luna. Esto lo leí en Imágenes de la mitología maya, por Oswaldo Chinchilla.
Desde tiempos muy antiguos, el conejo era un símbolo de la fertilidad asociado con la diosa fenicia Astarté, a quien además estaba dedicado el mes de abril.En recuerdo de aquella diosa, a la festividad de pascua se la denomina Easter en algunos países. Esto es porque también era la festividad de la primavera para honrar a la diosa teutónica de la luz, a quien se conocía en el mundo anglosajón como Easter. Para el siglo VIII los anglosajones ya habían tomado dicho nombre para la fiesta que celebramos en este día. Astarté es Ishtar y esta, en el cielo en esta temporada, es Venus, el lucero brillante que ves al atardecer. No sorprende que Venus también fuera conocido como Lucifer, el traedor de luz, alegoría propia del inicio de la primavera.
¡Por supuesto que no celebro dioses, ni diosas, pero sí lo que representan aquellos mitos: la fertilidad, la vida, y la luz!
Fiesta en el barrio
En la Villa de Guadalupe, que es mi barrio, la Pascua se celebra con procesión y cohetes aqi que hoy está muy alegre por aquí. Este, por cierto, será el último año que veré la procesión sobre la 20 calle y 14 avenida porque el año entrante habrá un edificio tapando la vista.
Mientras los cohetes alegran el barrio, queda claro que esta fiesta no es solo un recuerdo del pasado: es la afirmación terca de que la luz siempre regresa, más fuerte que cualquier sombra.


