Que las mentes modestas piensen que los ricos acumulan el dinero en una bóveda como lo hace Rico Mac Pato, que incluso nada y esquía en su fortuna inmensa, se entiende. Que las mentes modestas piensen que los ricos acumulan fortunas en sus colchones, o en cuentas de ahorros atesoradas en bancos, se entiende. Se entiende porque son ideas caricaturescas y pueriles que en muchos ambientes sirven para argumentar contra la existencia de grandes fortunas y alimentar las retóricas de la envidia, del socialismo y del sacrificio.
Sin embargo, hay otras perspectivas más maduras: en las obras de Joseph Schumpeter e Israel Kirzner, la acumulación de capital es un proceso dinámico y profundamente ligado al emprendimiento.
Para el primero el capital es consecuencia de la innovación y no su causa. Solo después de que la innovación tenga éxito y genere beneficios extraordinarios (temporalmente, gracias a la destrucción creativa), esos beneficios se reinvierten y permiten la verdadera acumulación física de capital.
Para el segundo la acumulación de capital requiere ahorro (espera y reducción del consumo presente); pero el ahorro solo es condición necesaria, mas no suficiente. Lo decisivo es la alerta emprendedora que descubre que un bien de capital está mal asignado (porque se usa en un proceso menos valorado por los consumidores); lo reasigna hacia un uso más valioso; y corrige descoordinaciones en la estructura de capital. Con emprendedores alerta, el ahorro se canaliza hacia los proyectos que realmente alargan y profundizan la estructura de producción de forma coordinada con las preferencias temporales y los deseos de los consumidores.
Los ricos no tienen sus fortunas criando moho en bóvedas. Las tienen innovando, multiplicando la riqueza y las oportunidades. Las tienen financiando museos, investigaciones tecnológicas y científicas. Las grandes fortunas no están en manos de los Rico Mac Pato; sino en las de personajes como John Galt, Dagny Taggart, o Hank Rearden, de La rebelión de Atlas.
Dicho lo anterior, cuando Robert Prevost dice que es preocupante la acumulación de la riqueza en pocas manos, y aboga por la redistribución, ¿a cuál tipo de acumulación se refiere, a la de las caricaturas, o a la de los innovadores, emprendedores y productores?
La pregunta es importante porque la organización que dirige León XIV no es ajena a la acumulación de capital e invierte mayoritariamente su fortuna en bienes raíces de alto valor y alquiladas a precios de mercado, así como en fondos globales. De aquello se encargan la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica y el Instituto para las Obras de Religión.
Una de mis novelas favoritas (y hay película) es El filo de la navaja, de W. Somerset Maugham. En la obra, el personaje Elliott Templeton cuenta que en septiembre de 1929 estaba en Roma y que sus amigos del Vaticano le advirtieron confidencialmente que se avecinaba un desastre en Wall Street. Le recomendaron con insistencia que vendiera todas sus acciones y valores americanos. Elliott, que confiaba ciegamente en la sabiduría secular de la Iglesia, obedeció al instante. Liquidó su cartera, compró oro y, cuando llegó el crac, no solo no perdió fortuna, sino que incluso la aumentó al volver a comprar acciones a precios irrisorios meses después.
El narrador (y el propio Elliott) subraya la ironía: la Iglesia Católica, con más de mil años de experiencia en el manejo del poder y del dinero, sabe perfectamente cómo preservar la riqueza en tiempos de crisis. Elliott lo dice casi con orgullo devoto: la Iglesia ha sobrevivido a imperios, guerras y revoluciones precisamente porque administra sus bienes con una prudencia que los simples mortales (y los brokers de Chicago) no tienen.
Para Elliott la iglesia no era simplemente el club más exclusivo del mundo; sino que también era un excelente acumulador de patrimonios.
La historia se repite con ironía exquisita: mientras algunos predican contra la acumulación de riqueza, otros —incluida la institución con más experiencia en sobrevivir al paso del tiempo— la practican.


