Entre el 15 y el 16 de abril de 1920 turbas se reunieron frente al Colegio de Infantes de la ciudad de Guatemala para linchar a ex funcionarios del recién depuesto gobierno de don Manuel Estrada Cabrera al grito de ¡Otro toro! porque la idea era soltar a la víctima frente a aquel plantel y que corriera hacia la vecina Catedral Metropolitana para salvarse. Sin embargo, había nulas posibilidades de salir ileso porque la turba era densa y tenía mucha sed de sangre durante estos espectáculos macabros.

Escena de linchamientos en 1920. La foto la tomé de San Andrés Semetabaj y Guatemala en fotografías.
En un día como hoy el cadáver linchado de Francisco Gálvez Portocarrero —conocido como Cara de Ángel en la novela El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias— fue desmembrado y sus restos quedaron esparcidos frente a la catedral. Se habla de al menos 12 allegados al régimen asesinados ese día por la plebe. Entre las víctimas se cuenta a Jorge Lobo, allegado y colaborador de don Manuel; el coronel Miguel López, comandante del Fuerte Matamoros que participó en la defensa de La Palma (residencia del Presidente) y en el bombardeo de la ciudad durante la Semana Trágica. A pesar de que, junto con el también coronel Alberto García Estrada (segundo jefe de Matamoros), entregó el fuerte a las fuerzas unionistas para evitar mayor derramamiento de sangre, la multitud lo linchó salvajemente. El coronel García Estrada también fue linchado junto con Joaquín B. Madrid, allegado y colaborador cercano de don Manuel. Tanto Catherine Rendón, autora de Minerva y La Palma, el enigma de don Manuel, como Hernán del Valle, autor de El Partido Unionista de Guatemala: su participación en el derrocamiento de Manuel Estrada Cabrera, y en el gobierno de Carlos Herrera, 1919-1921, recogen testimonios de los linchamientos.
Se cuenta que la multitud arrastraba a las víctimas y las mataba a machetazos y golpes durante los espectáculos taurinos macabros. Entre el 15 y el 16 de abril la ciudad vivió saqueos, incendios y estos ajusticiamientos extrajudiciales. La casa de mi bisabuela, Gilberta Cabrera, fue saqueada durante estos acontecimientos.
Mauricio Pinto, en su tesis titulada La época de Manuel Estrada Cabrera a través de testimonios inéditos orales, describe los elementos de aquellos actos de violencia, que incluían gran ferocidad entre la multitud en la que también participaban mujeres, y el arrastre de los cuerpos con mulas y desmembramientos.
En esa obra, Eduardo Jiménez Castillo (un espectador que aportó sus recuerdos) cuenta que Oí cuando gritaban; ¡otro toro!… la gente estaba esperando en la calle con cuchillos, alfileres grandes de sombrero, machetes y palos. Y el ex presidente Miguel Ydígoras Fuentes relata que se oía un estruendo enorme de la gente pidiendo a los prisioneros para lincharlos… la gente estaba tan entretenida con las matanzas que decían; ¡otro toro, otro toro!.
Rafael Arévalo Martínez (autor de Ecce Perícles!) desrcribe: Un hombre con aire de matón, restregaba su machete de derecha a izquierda mientras gritaba: ‘¡Otro toro!’ En la puerta del Colegio de Infantes alguien respondió: ‘Ahora les va uno bueno’, mientras empujaba a un hombre acobardado que luchaba por no salir y dejaba las uñas en las baldosas de piedra… las turbas blandían en alto los miembros sangrientos; una mano compasiva escamoteó una cabeza separada del cuerpo que rodaba a puntapiés sobre el suelo y la cubrió con un sombrero.
A Luis Cardoza y Aragón se le atribuye (pero no he encontrado la fuente): Le tocó presenciar cómo un infeliz fue despedazado. No olvidó que una mujer, que varias mujeres, se mostraron más crispadas, vocingleras y feroces que los hombres. De las puertas del colegio apenas si la víctima avanzó tres, o cinco pasos, cubierto de pirañas.
Y así, entre el olor a sangre y el estruendo de ¡Otro toro!, la liberación de 1920 se cobró su precio en carne y huesos frente a las puertas mismas del Colegio de Infantes.

