Mi tía abuela, La Mamita, era muy buena contando historias de su infancia y una de mis favoritas es de cuando viajó con su familia a Esquipulas, a la edad de seis años, montada en un pony llamado Chino. Mi bisabuela, Gilberta, viajó hacia aquella ciudad en 1907 como se viajaba en aquellos tiempos: a lomo de caballo, o de mula, con toda la familia y con una troupe de asistentes. ¡Como viajé a El Mirador en 2005! y como viajaban los Maudslay, y como viajaban Catherwood y Stephens.
Por eso me llamó mucho la atención la foto que ilustra esta entrada. Bien pudo haber sido la familia Hidalgo Cabrera en su peregrinación a Esquipulas. La Mamita contaba que era un viaje peligroso y que dormían en el campo. Ese viaje debe haber sido una aventura fascinante para una niña en compañía de sus hermanos y de su madre.
Recuerdo que una vez, La Mamita contó la historia del viaje y estaba acompañada por su amiga Ester, ambas hicieron mención de La piedra de los compadres y se rieron. Por supuesto que cuando yo era niño no entendí el chiste, pero poco después me enteré: La leyenda cuenta que un compadre y una comadre se conocieron en sentido bíblico y como castigo fueron convertidos en piedra. La piedra de los compadres puede ser visitada en el camino a Esquipulas.
Aquel mismo día, La Teshita, que era madrina de mi mamá, contó la historia de un hombre rico que, a cambio de curarse de su ceguera, le dejó una cadena de oro al Señor de Esquipulas. Este le devolvió la vista, pero no recuerdo por qué motivo, cuando volvía a Guatemala, el beneficiado ofendió al Cristo negro, encontró la cadena en la bolsa de su chaqueta y volvió a quedar ciego.
Estea historia se trata de un episodio clave en la novela Los nazarenos, de José Milla y Vidaurre y sirve de preámbulo a las intrigas palaciegas, conspiraciones y costumbres virreinales que Milla retrata con maestría en esta novela histórica ambientada en la Guatemala del siglo XVII, durante el gobierno del Conde de Santiago de Calimaya. El personaje central de este milagro es don Juan de Palomeque, un hidalgo despótico y vecino ilustre de la Ciudad de Santiago de Guatemala, La Antigua.
Cuando yo era niño mis padres solían ir a Esquipulas cada tanto y, a nuestro modo, a finales de los años 60 y principios de los 70, era una aventura. Para comenzar nos levantaban antes de que amaneciera y antes de que el sol saliera ya estábamos en camino. Recuerdo que comíamos en el camino, como les gustaba hacer a mis padres, y que llegábamos temprano a aquella célebre población. Mis padres seguían la costumbre de entrar hincados a la basílica y los niños los acompañábamos. Luego comprábamos los adornos y dulces típicos de la ocasión y enfilábamos de vuelta con rumbo a Longarone. Ahí nos esperaban la piscina, el almuerzo y la siesta, para luego volver a la ciudad.
La última vez que fui a Esquipulas fue hace unos pocos años, en compañía de mi sobrino El Ale y de Raúl. En esa ocasión dormimos en esa población y al día siguiente nos fuimos a Copán, Honduras, en donde pasamos tres días extraordinarios. Y cuando íbamos llegando a Esquipulas, de noche, no pude dejar de pensar en La Mamita y en el Chino.
Esas imágenes de caravanas familiares, de ponies y arrieros y de caminos polvorientos siguen vivas en la memoria, como un recordatorio silencioso de que algunos viajes nunca terminan del todo.


