Las ideas mueven la historia

 

La batalla de las ideas no es una metáfora bélica vacía (que las hay): es la reconocimiento de que, en última instancia, lo que mueve la historia y guia el curso de las sociedades no son las armas, el dinero ni el poder bruto, sino las ideas filosóficas que los hombres aceptan y por las cuales están dispuestos a vivir, o morir. Ayn Rand lo expresó con claridad: No se puede forzar a un hombre a pensar, pero se puede desarmar intelectualmente a una sociedad al hacer que acepte ideas falsas, o evasivas. La política, las leyes y la legislación, las economías y las culturas son consecuencias de las premisas filosóficas dominantes en una época.

La batalla cultural se libra en la música, la arquitectura, el cine, el teatro, la escultura, así como en otros campos. Esta es una letra de Bad Bunny, y la tomé de X.

La batalla de las ideas es, fundamentalmente, la lucha entre dos visiones irreconciliables del hombre y de la existencia: Por un lado, la visión racional: el hombre como ser volitivo, cuya herramienta de supervivencia es la razón; cuya vida propia es el estándar moral supremo; cuyos derechos individuales (vida, libertad, propiedad y búsqueda de la felicidad) derivan de su naturaleza racional y no de la gracia de ningún colectivo o autoridad.

Por el otro, la visión mística-altruista-colectivista: el hombre como ser sacrificable, cuyo deber moral es servir a otros como la sociedad, el Estado, la étinia, el sexo, o la clase social; cuya razón es impotente, o sospechosa; y cuyos derechos son concesiones revocables otorgadas por el grupo, o el gobierno.

Esta segunda visión ha dominado la historia humana desde las teocracias primitivas hasta el comunismo, el fascismo y las formas modernas de estatismo mixto que hoy prevalecen. El siglo XX demostró, con cientos de millones de muertos, el poder destructivo de las ideas erróneas cuando se convierten en premisas aceptadas sin cuestionar.

¿Por qué se habla de batalla? Porque las ideas no coexisten pacíficamente en el vacío. Una filosofía que afirma la primacía de la existencia (la realidad objetiva) y la razón choca frontalmente con cualquier filosofía que afirma la primacía de la conciencia (subjetivismo, intrinsecismo, misticismo). Una ética del egoísmo racional es incompatible con una ética del altruismo. Un sistema político de derechos individuales absolutos es incompatible con cualquier grado de iniciación de la fuerza (impuestos coercitivos, regulaciones, controles). No hay tercera vía ni compromiso posible en los principios fundamentales: la fuerza está prohibida en las relaciones sociales, o está permitida; y no hay punto medio sostenible.

La tragedia del movimiento libertario y conservador en el siglo XX y XXI ha sido, con frecuencia, pelear batallas políticas y electorales sin ganar primero la batalla filosófica. Se han defendido consecuencias (mercado libre, impuestos bajos y menos regulación, por ejemplo) sin defender explícitamente las premisas que las justifican: la razón, el egoísmo racional y el capitalismo laissez-faire como único sistema moral. El resultado es que, incluso cuando se logran victorias tácticas, el terreno cultural sigue cedido al enemigo, y las conquistas se revierten con facilidad (y de ahí el péndulo).

Rand insistió en que la única forma de ganar esta batalla es a largo plazo, mediante la educación intelectual y moral. No se gana con eslógans, propaganda emocional, ni con compromisos pragmáticos, sino ofreciendo un sistema filosófico integrado, consistente y demostrable y esto requiere:

  • Claridad conceptual (definir términos, evitar palabras comadreja, rechazar paquetes falsos como derechos positivos, o libertad positiva).
  • Defensa sin disculpas del egoísmo racional.
  • Exposición constante de las consecuencias destructivas del altruismo y el colectivismo en la vida cotidiana y en la historia.
  • Creación de cultura (música, arquitectura, cine, teatro, y  escultura, por ejemplo)  que proyecte al hombre como ser heroico, racional y productivo.
  • Comprender que la principal función del lenguaje es posibilitar el pensamiento.

La batalla de las ideas es la batalla más importante que un defensor de la libertad puede librar, porque es la única que puede ganarse de manera definitiva. Las batallas políticas se ganan, o pierden según las ideas que las sustentan. Mientras el altruismo y el colectivismo sigan siendo considerados moralmente superiores, ninguna victoria política será duradera. Solo cuando la mayoría intelectual y moral acepte que el individuo racional es el fin en sí mismo, y que el único sistema social justo es aquel que prohíbe totalmente la iniciación de la fuerza, podremos hablar de una sociedad libre.

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