En este Día de la madre

Alguien escribió que si las madres dominaran el mundo, no habría guerras.  Pero yo digo que esa idea sólo cabe en la cabeza de alguien que no ha visto a una madre hacer lo que sea necesario para proteger a sus hijos y proveerlos.

No ha visto a una madre guepardo perseguir y matar a una gacela (madre, o no) para darles de comer a sus cachorros hambrientos en el Serengueti.

Tampoco conoce la historia K´abel, reina de Perú-Waká, que llevaba el título de Kalomt´e, que significa guerrero supremo.  Seguro que no leyó acerca de Boadicea, la heroína británica que les dio palo a los romanos por donde pudo; y cuyo nombre le da título a una pieza encantadora de Enya. Seguramente nunca oyó hablar de la emperatriz china, Wu, que pasó su vida involucrada en guerras con Corea y expandió su imperio grandemente.  Puede que haya pasado de noche sus clases de historia, en Tercer grado de Primaria, cuando uno se entera de que Isabel de Castilla concluyó la reconquista de España y expulsó a los moros de Granada. Ni que decir de Catalina Sforza que, con ocho meses de embarazo, le arrebató Castel Saint Angelo a César Borgia.

Estoy seguro de que, si buscas, vas a encontrar más madres guerreras en todas las culturas. 

A donde voy es que, ¿quién que conozca a su madre, no tiene la certeza de que, en tiempos difíciles haría la guerra no sólo para defender a sus hijos frente a agresiones, sino para proveerlos de modo que no sufrieran privaciones, y para ampliar sus márgenes de seguridad? 

En occidente y en el siglo XXI, nos es difícil pensar en aquellos términos porque desde la revolución industrial la hemos tenido relativamente fácil (con excepción de las dos guerras mundiales).  Con la revolución industrial, la familia pasó de ser una unidad de producción muy enfocada en sobrevivir, a ser una de consumo; y cuando la producción se movió de la casa a la fábrica surgió nuestro concepto moderno de maternidad. En la medida en que el capitalismo hizo más abundantes y baratos la ropa, los alimentos y otros bienes, en esa medida evolucionó el concepto de madre para pasar de la madre guerrera que literalmente tenía que pelear para protegerse y proveerse a sí misma y a los suyos (con, o sin otro adulto a su lado), a la madre más enfocada en dispensar cuidados, mimos, educación, consejos, cariño y amor. (con, o sin otro adulto a su lado).

Por supuesto que estoy pintando con brocha gorda; pero, ¿cachas la idea? No hay nada como el amor de una madre y la velocidad de un jet.

Por mi parte, le agradezco a Nora que me haya protegido y defendido (muchísimas veces de mí mismo) siempre que hubo necesidad.  Le agradezco que -aún en los tiempos difíciles- nunca hayan faltado el pan en la mesa (ni una botella de cava), acompañado por su mirada de ternura y fortaleza, por su mano suave y firme, y por sus buenos consejos. Le agradezco su paciencia.  Y sobre todo le agradezco que nunca se haya sacrificado por mí.  Porque el sacrificio es muy feo, es entregar algo de mucho valor a cambio de algo de poco, o ningún valor…y que oso hubiera sido eso para mí. Gracias, Nora, por tu apoyo incondicional, por tu amor y tu cariño.

Columna publicada en República.

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