Guatemala eterna y Curruchich

 

Andrés Curruchich, durante la primera mitad del siglo XX, pintó escenas encantadoras, maravillosas y de gran valor humano en su pueblo —Comalapa— y en otras poblaciones. Con su pincel, los colores y los lienzos, el artista nos dejó un gran legado de recuerdos y conexiones vivas que puedes apreciar a través de 49 obras expuestas en el Museo Ixchel, curadas por Martín Fernández Ordóñez. ¿Por dónde empiezo? Por mi favorita entre todas: una escena del Baile de la Conquista en la cual el cuerpo sin vida de Tecún Umán yace en la cima de un volcán. La escena está acompañada por un texto que dice: Fue Alvarado quien te dejó cadáver frío.

Otra obra encantadora es la de un grupo de personas que volvieron a Comalapa luego de una romería a Esquipulas. Otra vez, el texto que acompaña a la obra es notable y dice: Atrás viene el almuerzo.

La candidez del artista y su capacidad asombrosa para anotar detalles y explicarlos es admirable. Me llamaron la atención los siguientes cuadros:

La venta de camarón en la plaza de Comalapa; hasta se me antojó arroz con camaroncillo, plato que es una delicia y que no como desde hace años, cuando compré camaroncillos secos en San Juan Sacatepéquez.

La escena del baño en el río; hasta me dio mucho frío, sobre todo en estos días gélidos de febrero. Puedo imaginarme al niño tiritando y con la piel ceniza de lo helado del agua y del viento.

La del corte de pelo me recordó que, cuando yo estaba en primer grado de primaria —durante mis primeras vacaciones sin mis padres, en Panajachel—, mi bisabuela me mandó a cortar el pelo al pueblo.

En la escena de la cocina puedo sentir el calor de la lumbre y el aroma de los frijoles que se cuecen en la olla de barro, sistema de cocimiento que todavía disfruté en casa de una de mis abuelas y en casa de mis padres. Dime si el gato lamiéndose y el niño chupando chiche no son detallazos de esa obra.

La ordeñada de la vaca me recordó que aprendí a ordeñar cuando estaba en la Primaria, en lo que fuera la capilla del ingenio La Amistad, convertida en establo, cuando aquella propiedad —con su casona, trapiche y capilla— pertenecía a unos amigos de mis papás.

El Baile del Torito me gustó mucho porque, gracias a los viajes con mis amigas Rachel y Lissa, en compañía de Raúl, he aprendido a valorar mucho más esas danzas, las morerías y otras expresiones culturales parecidas.

Ojalá puedas notar el color del cielo en el cuadro que muestra la iglesia de Comalapa. Puedo pasar horas en ese cielo profundo.

El santoentierro y el nacimiento me llamaron la atención porque la semanasanta y la Navidad son las fiestas más chapinas de Guatemala.

Cualquiera que tenga la dicha de viajar por Guatemala y visitar poblaciones en todo el país, encontrará que muchas de las escenas pintadas por Andrés Curruchich son iguales a las que el artista capturó antes de 1969.

Curruchich no solo pintó costumbres: capturó la Guatemala que late debajo de lo cotidiano y que, afortunadamente, aún podemos reconocer.

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