El alma de las procesiones

 

¿Dónde cenan los romanos? En el parque José Batres Montúfar, que está en la esquina opuesta al Conservatorio Nacional de Música en la ciudad de Guatemala. Me refiero al escuadrón de romanos que acompaña a la procesión de El Calvario.

La centuria cena y descansa en el Parque José Batres Montúfar, y tuve la oportunidad de vestirme de romano.

Hace como unos diez u once años me enteré de que los centuriones cenaban y descansaban en ese rincón encantador, y no fue hasta anoche que los vi por primera vez descansando de su recorrido y muchos en compañía de sus familias. Los escuadrones de romanos o centurias romanas son uno de los elementos más vistosos y emblemáticos de las procesiones de esta temporada. Se trata de grupos organizados de devotos —generalmente hombres jóvenes y adultos, aunque en años recientes han aparecido variantes con niños (romanitos)— que se visten y marchan como soldados del imperio romano. En muchos casos van precedidos por una banda de guerra que, con fanfarrias, anuncia el paso del cortejo por las calles.

Fue muy grato encontrarlos y departir con algunos. Uno de ellos me ofreció usar sus pilum, scutum y galea, oportunidad que no iba a desperdiciar. Aquellos elementos son la lanza, el escudo y el casco.

Muy grata, también, fue la participación de muchos jóvenes en distintos roles, no sólo como cargadores. Destacan, por ejemplo, los chicos de Villa Nueva que decoraron el anda espectacular de María en la procesión de Santo Domingo, basados en un tapiz de El Escorial. Son particularmente notables los jóvenes que acompañan a sus abuelitas. Tal vez porque yo fui introducido a estas tradiciones por mis abuelas, me conmueve ver a las viejitas acompañadas por sus nietos. Uno de ellos llamó particularmente mi atención porque ayudó a su abuelita a levantarse y recogió la basura que había quedado de la cena de ambos. Con la viejita en un brazo y la basura en una mano, ambos se retiraron cuando pasó la procesión de La Recolección.

El muchacho acompañó a su abuelita y recogió la basura que quedó de su cena.

La actitud cariñosa y civilizada del patojo contrastó con un sujeto que vimos en el parque Batres Montúfar. El tipo subió una silla sobre el arriate de malamadres, aplastó varias plantas y se aposentó ahí como si nada. Encima se sonó la nariz con las manos y arrojó los mocos.

Este es un buen momento para recordar que la basura no llega sola a las calles, ríos, lagos y playas. La basura es llevada ahí y dejada por gente inmunda, irresponsable e irrespetuosa que actúa de forma incivilizada porque puede.

Hay gente que no cuida el ornato de la ciudad.

Eso me lleva a un fenómeno que noté anoche: docenas y docenas de ventas de comidas y chalchigüites no sólo invaden las aceras, sino que ocupan porcentajes de las calles donde pasarán las procesiones y crean un ambiente de feria que desvirtúa la naturaleza de los cortejos procesionales. Quienes visitan Carpe Diem con frecuencia saben que no acudo a estas conmemoraciones por su carácter místico, sino por su contenido cultural y tradicional riquísimo. Las procesiones no son desfiles cualesquiera, sino que tienen significados que les imprimen carácter, está uno de acuerdo con ellos, o no. Si por descuido de la Municipalidad de Guatemala y de las hermandades se diluye aquellas naturaleza y carácter, para ser sustituidos por lo pedestre de una fiesta cualquiera, los guatemaltecos perderemos muchísimo de la experiencia colectiva que hace especial esta temporada.

La Municipalidad de Guatemala y las hermandades deberían velar por que las procesiones no se conviertan en desfiles de ferias.

Las ventas deberían ser ubicadas fuera de las vías procesionales. Por ejemplo, si la procesión va a pasar por la Primera avenida, las ventas podrían ser localizadas en las calles que desembocan en aquella arteria. De ese modo no estorbarían, no dañarían el carácter solemne de las procesiones y la gente podría ganarse la vida honradamente ofreciendo sus productos. Por otro lado, una cosa son las ventas que desde siempre han precedido a los cortejos; pero no se mezclan con el paso de las procesiones y otra muy distinta es este fenómeno nuevo que irrumpe y distorsiona.

Otro fenómeno que noté es que abundaron las sillas plegables. Eso está re bien porque yo soy de los que usa banquito para ir a ver los cortejos; pero lo malo es que las sillas son colocadas en primera fila al borde de la banqueta. ¿Y qué con eso? Pues que eso impide que la gente pueda subir y bajar de las banquetas con facilidad al cruzar las calles. Es cierto que uno puede pedir paso con gentileza y la gente da paso con la misma actitud normalmente; pero es aparatoso y noté que mucha gente tímida (quizá) y personas mayores se veían intimidadas a la hora de pedir espacio para pasar. Algo parecido ocurre en las bocacalles donde se hacen varias filas de personas sentadas en sillas e impiden el flujo de transeúntes.  De hecho, las dificultades para la movilidad de la gente se deben a las obstrucciones, y no a las cantidades de asistentes. Está re bien que la gente lleve sillas; pero… ¿habrá forma de que no impidan el paso?

El tercer fenómeno que vi es que da la impresión de que la única hermandad capaz de mantener orden y disciplina en las filas es la de Candelaria. Una vez más, la solemnidad y el carácter de las procesiones quedan debilitados cuando todo es un relajo que no las hace diferentes de un desfile cualquiera. En uno de los cortejos que vi anoche, una vendedora de algodones de azúcar iba gritando entre las filas y los estandartes sin conciencia alguna de dónde estaba y por qué.

Finalmente, fue conmovedor comparar la majestuosidad de las tres grandes procesiones de la ciudad de Guatemala con la sencillez del pequeño y encantador cortejo de Santa Catalina. Esa procesión lleva un Sepultado de tusa, que solía cargar Pedro José de Betancur.

Anoche me enteré de que la cabeza de María Cleofás fue robada por un cargador y permaneció perdida muchos años. También oí la historia de la marcha fúnebre Ione, inspirada en una ópera homónima. Este año me enteré de que la marcha Fuente Divina fue escrita por Manuel Estrada Velásquez, tío abuelo de mi sobrina Michelle.

En medio de tanta belleza y tradición, queda claro que preservar el alma de estas procesiones depende de un equilibrio delicado: respeto, orden y sentido común. Sin ellos, lo extraordinario se vuelve ordinario. Y los guatemaltecos podemos conservar lo que hace única a Guatemala, si queremos.

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