Bergoglio contra la propiedad

 

Se equivoca Jorge Mario Bergoglio cuando afirma que el derecho a la propiedad es secundario y que depende de un supuesto destino universal de los bienes.

Se equivoca porque ha de creer que el derecho a la propiedad es el derecho a tener cosas.  Es lo que cree la mayoría de la gente.  Pero ahí está que igual que el derecho a la vida y el derecho a la libertad, el derecho a la propiedad es un derecho a actuar.  Detente aquí porque esto requiere un alto para pensar bien.

El derecho a la propiedad es un derecho a la acción para producir, o ganar el valor del que se quiere ser propietario.  Valor, por cierto, es todo aquello que queremos conseguir, o conservar.  Un automóvil es un valor, y también son valores la tierra para hacerla producir y las maquinas en una fábrica.  No hay garantía alguna de que produciremos, o ganaremos algo en propiedad; pero si puede ser garantizado el hecho de que lo producido, o ganado será nuestro si lo producimos, o ganamos.  El derecho a la propiedad, entonces, no sólo es el derecho a producir y ganar propiedad, sino a su uso, goce y disfrute.  Es una facultad para actuar.

El derecho a la propiedad no viene de un supuesto destino universal de los bienes; sino que deriva del mismísimo derecho a la vida, que es el derecho hacer todas aquellas acciones que requiere nuestra naturaleza de seres racionales para no sólo sobrevivir; sino para vivir plenamente, florecer y gozar de la vida. Sin el derecho a la propiedad no tendríamos derecho a los productos de nuestros esfuerzos físicos e intelectuales y por lo tanto no tendríamos derecho a los medios para mantener nuestras vidas, y menos a florecer y gozar de ellas.

Todo aquello, claro, sin violar derechos ajenos. Nunca es suficiente subrayar una y otra vez este detalle. Tampoco es suficiente subrayar, una y otra vez, que los derechos se refieren a acciones, son facultades para actuar sin coerción y de acuerdo con nuestros mejores juicios.

Como Bergoglio es místico, cree que su dios tiene un plan que incluye el supuesto destino universal de los bienes; y claro que, desde su perspectiva, está mal contradecir aquel play y a aquel dios.

Pero aquí hay que detenerse otra vez y pensar.  Si tienes el derecho de ordenar tus acciones, si te haces responsable de las consecuencias de las mismas, si puedes disponer de tus posesiones y de tu persona como creas conveniente, sin coerción, de acuerdo con tus mejores juicios eres una persona libre. ¿Y si no? Si no eres esclavo. No vives por derecho, sino por permiso.

De ahí que los derechos (vida, libertad y propiedad) sean acuerdos morales que hacen posibles nuestras vidas plenas de acuerdo con nuestra naturaleza racional y volitiva.  No dependen de una votación democrática, no dependen de la voluntad de un dios que hoy los da y mañana los quita (mediante un diluvio, o mediante fuego y azufre, por ejemplo), sino que derivan de la necesidad de subordinar a la sociedad a la idea de que es en el mejor interés de todos -si queremos vivir y florecer- respetar ciertas facultades que hacen posible la división del trabajo, la cooperación social pacífica y la prosperidad.

Todo aquello es lo que se le escapa al dirigente católico cuando esparce la idea de que el derecho a la propiedad es secundario y que depende de un supuesto destino universal de los bienes.

Comments

comments

Comments are closed.