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Feb 17

Incendio en el Cacique Inn, una noticia triste

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Un incendio destruyó la casa antigua del Cacique Inn, área privada que ocupaba la familia propietaria de aquel hotel iconográfico de Panajachel. El incendio no se extendió a las habitaciones ocupadas por los huéspedes, ni al restaurante, ni a la cocina. Aunque no tengo duda de que la empresa se recuperará de esta tragedia, no deja de ser triste esta pérdida económica y cultural.

El Cacique Inn fue fundado gracias al carácter emprendedor y luchón de mi tía abuela, Adela Morales Schuman a principios de los años 70.  Comenzó con unos cuartos y creció rápidamente. Sospecho que fue por tres causas notables: la pasión hotelera de la Tía Adelita que se traducía en una hospitalidad cariñosa; lo encantador de sus habitaciones y jardines; y su comida deliciosa.

El incendio de aquella casona es una pérdida cultural porque su arquitectura era hermosa e iconográfica.  Era un chalet de madera, de la primera mitad del siglo XX, que tenía un carácter propio y señorial.  Había sido mandado a construir por un matrimonio de apellido Kay, que luego lo dejó porque optó por algo más cerca del lago.  Inmediatamente después fue la casa privada de mi bisabuela, Adela Schuman de Morales; pero nunca la ocupó porque prefirió vivir junto a su hotel, que era el Casa Contenta.  Antes de llegar a ser el Cacique Inn, la casa siempre estuvo disponible para recibir a familiares y amigos.

El incendio de aquella casa también es una pérdida cultural porque allí se hallaban las docenas de huipiles que eran propiedad de mi Tía Adelita. Huipiles que ella lucía con orgullo y elegancia.  Muchos eran antiguos y todos eran de gran calidad artesanal. Era intención de las hijas de mi tía abuela organizar una exhibición permanente de los huipiles, en memoria de Adelita y compartir, así, aquella hermosa colección.

Mis primeras memorias de aquel lugar son de cuando era chico y mis primas y primos íbamos allí a jugar, a pesar de que no nos estaba permitido hacerlo.  Gracias a la Tía Adelita pasé muchas vacaciones y asuetos en Pana y muchas veces dormí en la casa. Más de una vez me tocó dormir sólo en el segundo piso y ahora me da algo de risa recordar que -con papeles- yo trataba de asegurar puertas y ventanas para que no crujieran -especialmente en las noches ventosas de octubre y noviembre- porque a mí me daba miedo.  Esa casa fue escenario de aventuras.  Me recuerdo leyendo Demián, de Herman Hesse, en el balcón de la casa.  Recuerdo el café con leche en las tardes lluviosas de junio y septiembre.  Recuerdo las siestas durante las tardes calientes de marzo y abril.  Allí estaba yo la noche en que mi padre tuvo el accidente que acabó con su vida.

La Tía Adelita era una mujer generosa y una emprendedora ejemplar; y estoy seguro de que aquella parte de su legado será levantada, literalmente de las cenizas.  Ya la oigo diciéndole a sus hijas, a sus nietos y a Milo: Cowboy up!

Foto por Cacique Inn.


19
May 11

Recuerdos de la Tía Adelita

Mi anéctota favorita, sobre mi tía Adelita es la siguiente: Ella y mi abuela, Frances, discutían con alguna frecuencia.   Y mi abuela siempre creía tener la razón, en el supuesto de que Adelita siempre estaba equivocada;  y por eso, la tía Adelita apodó a mi abuela Mrs. Right. (Adelita being Mrs. Wrong).

Un día cualquiera llegó una turista con algo que Adelita no podía resolver, así que le dijo: Please, go ask Mrs. Right.  Y la viajera se dirigió a donde estaba mi abuela, a quien le preguntó: Are you Mrs. Wright?; pregunta y guasa que dejó a mi abuela sin palabras y algo mosqueada por el ingenio de su hermana.

Mira tu como son las cosas.  Adelita murió el 18 de mayo de 2011; y Frances falleció el 18 de mayo de 2007.

Adelita fue una emprendedora que trabajó duro y al frente de su Hotel Cacique Inn hasta que sus ojos no pudieron seguirle el paso.  Ella tenía la pasión de la hotelería y sabía compartirla con otros.  Sabía cómo hacer que otros se sintieran bienvenidos y apreciados.

Fue madre y abuela cariñosa y generosa.  Daba cuando tenía, y daba cuando no tenía.  Y daba con cariño.

Yo pasé muchísimas temporadas inolvidables, en Panajachel, gracias a aquella generosidad suya, y gracias a aquel cariño suyo.   Muchas tardes y noches las pasamos paseando, platicando, escuchando música, o viendo televisión.  Mi papá y mi mamá la querían mucho, y estoy seguro de que siempre le agradecieron mucho el cariño que me daba.

La tía Adelita daba buenos consejos como el de siempre guardar algo for a rainy day.  Y tenía algunos dichos que a mí me causaban gracia: Santo rogado, santo cagado, era uno de ellos; y el otro era He smells like a house on fire.

¡Aaaaah, como se veía elegante con sus huipiles!  Yo siempre la recuerdo usando hermosísimos huipiles que sabía lucir muy bien.

Era muy difícil para la comida; pero una de las veces que más me la disfruté, fue una ocasión en la que –parados junto a la olla y la estufa– comimos jaibas hasta que teníamos los dedos bien lastimados.  Se gozaba, muchísimo, los palitos de queso que le enviaba a veces.

La primera memoria que tengo, de ella, es de cuando a la edad de 6 años pasé mis primeras vacaciones sólo, allá en Panajachel.  No nos dejaba sólos a los niños; pero su presencia no era opresora, ni nada parecido.  ¿Y la última vez que la ví? Hace unas semanas, cuando ya se veía malita, pero aún pudimos platicar.  Aún pudo tomar mi mano y aún pude sentir su cariño.

Heredera de la tradición hotelera de mi bisabuela, Adela, la tía Adelita fue un pilar importante para su familia y para su comunidad, el Panajachel en el que vivió, en el que trabajó, y en el que pasó sus últimos días.

En mi vida, la tía Adelita deja la huella de su sentido del humor, muchas alegrías y sólo buenos recuerdos.

La foto es de mi tìa Adelita y mi abuela, Frances, ca. 1940.