Tesoro que regala el mar

 

Dos piezas de vidrio de mar recogimos de la playa el sábado pasado y no te imaginas la alegría que me dio. Fue como encontrar un tesoro, y además fueron dos. ¿Qué probabilidades hay de encontrar una junto a la otra?

Raúl recogió las dos piezas de vidrio de mar, entre la arena.

El vidrio de mar, también conocido como vidrio marino, es uno de los tesoros más encantadores que regala el océano. Es un fragmento de vidrio que alguna vez fue parte de una botella, un frasco, una vajilla o incluso restos de un naufragio, que el mar ha transformado completamente.

El proceso de su transformación es fascinante: un trozo de vidrio roto, con bordes afilados y superficie brillante, cae al mar. Durante décadas (a veces hasta 200 años) las olas, la arena y la sal lo golpean, lo ruedan y lo erosionan sin parar. Poco a poco la pieza pierde sus aristas cortantes, se redondea, adquiere una textura suave al tacto y un acabado mate o escarchado.

El resultado es una pequeña gema translúcida, opaca y preciosa que parece una joya natural; pero que en realidad es reciclaje del océano. El vidrio de mar fascina porque cada pieza es única en forma, color, tamaño y textura. Además, a aquellos que no perdemos la capacidad de maravillarnos, nos cuenta una historia antigua: puede provenir de botellas del siglo XIX, de naufragios o desechos que el mar ha perdonado y convertido en belleza.

Una historia de perder piedras

Hace unos 30 años, en la playa de Monterrico, conseguí un vidrio de mar de color verde. Era precioso y de buen tamaño, y lo tuve muchos años guardado en una gaveta hasta que, en un inexplicable arranque de limpieza arbitraria, lo eché a la basura. 

Para cuando me di cuenta de lo que había hecho, lamenté mucho mi descuido. No solo por la pérdida de la gema, sino porque me recordó que cuando era niño perdí un rubí brasileño sin pulir que mi padre llevó a casa; me recordó que en la primaria perdí una piedra de alisar tusas para hacer cigarrillos, que me regaló mi abuelita Juanita. ¿A que no sabías que había cigarrillos de tusas? ¿A que no sabías que las tusas se alisaban a mano con una piedra extraordinariamente gentil al tacto? Me acordé de que hace unos 25 años perdí una de las dos piedras verdes mayas que me regaló mi abuelita Frances.

¿Ves que tengo una historia de perder piedras? Por lo pronto cuidaré mi tesoro de vidrio de mar. El mar no solo borra aristas; también nos recuerda que lo que hoy parece insignificante puede convertirse, con tiempo y paciencia, en algo que nos emociona como niños. Y que algunas pérdidas duelen precisamente porque nos enseñan a valorar lo que aún tenemos.

Comments

comments

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.