Cinco escenas top de Nuremberg

 

Tengo cinco escenas favoritas en la película Nuremberg, el juicio del siglo. Te la recomiendo porque está más que buena. Lo que viene no son exactamente spoilers; pero si no estás familiarizado con la historia del nazismo y del Holocausto, tal vez no quieras leerlo antes de ver la peli.

No te vayas a perder Nuremberg, el juicio del siglo.  Está en Cinépolis. 

En la primera, el juez Robert H. Jackson cita al psiquiatra Douglas Kelly en las ruinas del Reichsparteitagsgelände, el vasto complejo, diseñado por el arquitecto Albert Speer bajo las órdenes de Hitler, que abarcaba estaba inspirado en la arquitectura romana antigua para proyectar grandeza y poder. Ahí Adolf Hitler y el Partido Nazi realizaban sus rallies anuales masivos. Jackson cita a Kelly para explicarle que el juicio se realizará en esa ciudad porque ahí empezó todo, no sólo por lo simbólico de los rallies sino porque ahí se promulgaron las infames leyes de Nuremberg.

Mediante esa legislación, el régimen nacional socialista pasó de la propaganda y la violencia esporádica a una discriminación institucionalizada y luego a la solución final contra los judíos, y eso marcó un inicio en términos de su consolidación legal y su impacto duradero en la historia.

La segunda escena es la conversación (ficticia) del juez Jackson con Eugenio Pacelli porque humaniza el debate sobre la moralidad en tiempos de crisis (que Ayn Rand aborda muy acertadamente en La ética de las emergencias, de su libro La virtud del egoísmo), critica el rol ambiguo del Vaticano en la II Guerra Mundial (tema que ha sido debatido) y sirve como espejo para amenazas actuales como el negacionismo.

La tercera escena es la conversación entre el doctor Kelly y el sargento Howie Triest cuando el primero está a punto de abordar un tren y dejar Nuremberg. En un momento de aquella charla Howie le pregunta a Kelly: ¿Quieres saber por qué pasó aquí [en Alemania]? Porque la gente lo dejó pasar. Y cuando quisieron detenerlo, ya era tarde.

Ese es un insight que no sólo se aplica a la Alemania nazi; sino a ese país y a Europa entera ahora mismo, mientras lees estas líneas, no solo en cuanto al antisemitismo, sino con respecto a la invasión islamista. Ocurren porque la gente deja que ocurran, y cuando quieran detenerlos, ¿será demasiado tarde?

La cuarta escena es cuando el doctor Kelley encara a Hermann Göring en su celda luego de ver las escenas de los horrores del Holocausto. ¡Qué escena tan intensa! Es fascinante la calma escalofriante de este narcisista patológico, inteligente y con un ego inflado, minimiza la evidencia horrorosa y se presenta a sí mismo no como un monstruo y sádico que admite su maldad, sino como un burócrata de alto rango que se ve a sí mismo como un héroe alemán cuya misión era rescatar la gloria nacional.

Esa escena me recordó a la filósofa Hannah Arendt y su concepto de la banalidad del mal. En ese contexto Göring no es un demonio sádico, sino un hombre banal en su maldadm carismático e inteligente; pero irreflexivo moralmente, obediente al sistema nazi por ambición y nacionalismo (contra el que advierte Ludwig von Mises en El gobierno omnipotente). Kelley lo enfrenta con la esperanza de obtener una confesión dramática; pero recibe excusas rutinarias, lo que subraya que el mal surge de la burocracia y la conformidad, no de una locura inherente. Arendt vio lo mismo en Adolf Eichmann: perpetradores que cometen horrores sin pasión, solo por cumplir órdenes.

En la escena de la celda, Kelley muestra su quiebre emocional y pasa de un enfoque clínico y ambicioso (porque quiere escribir un libro sobre los nazis) a una rabia cruda. Le grita a Göring sobre la solución final y le exige accountability. Kelley, expuesto a las escenas de los campos de concentración y a las evaluaciones diarias, internaliza el horror, y concluyó que los nazis no eran locos sino personas ambiciosas con bajos estándares éticos, un hallazgo que lo atormentó hasta el fin de sus días.

Finalmente la advertencia de Douglas Kelley en la radio, cuando el psiquiatra expone sus conclusiones sobre la naturaleza del mal, y hace énfasis en que los nazis no eran anomalías únicas, sino que el potencial para tales atrocidades existe en cualquier sociedad. Esta escena subraya el tema central de la banalidad del mal y deja un mensaje perturbador sobre la vigilancia eterna contra el totalitarismo y el colectivismo.

No quiero terminar estas meditaciones sin decir que Russel Crowe y Rami Malek tuvieron una química impresionante en esta película; y que estoy seguro de que merecen premios Oscar por sus actuaciones más que sobresalientes. Eso sin contar con que el director, James Vanderbilt logró transmitir los dramas de los protagonistas y los dramas de Nuremberg y el Holocausto con una maestría también digna de ser premiada.

Películas como esta nos recuerdan que el mal no es un capítulo cerrado de la historia, sino un riesgo latente que acecha en la complacencia cotidiana.

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