Guatemala, ¿un país podrido?

Francis Fukuyama tiene una opinión sobre Guatemala y tuiteó lo siguiente: Un país podrido: el presidente guatemalteco intenta expulsar al jefe de la ONU contra la corrupción; y no faltó quien celebrara la ocurrencia del científico político. Empero, el juicio del autor de Trust y de The End of History and the Last Man es apresurado e injusto con los guatemaltecos.

La afirmación supone que, por sí mismo, el intento de expulsar a un burócrata de la Organización de las Naciones Unidas es algo malo; hasta el punto de que el hecho de que un Jefe de estado -en ejercicio de sus facultades constitucionales- intente la expulsión, ese acto hace que el país esté podrido. La afirmación supone, también, que la ONU -y sus agentes- son tan ajenos a la corrupción, que cualquiera que rechaza su participación -incluso a nivel de un jefe de misión- está podrido.

No comparto la perspectiva de Fukuyama por dos razones:

Primera: seguramente es cierto que Guatemala es un largo amanecer que no termina de ser día; para usar una frase del escritor Francisco Pérez de Antón. Es cierto que en Guatemala la corrupción y la impunidad son elevadas; pero también lo es que muchos guatemaltecos luchamos contra esas lacras. ¡Todos los días! Es cierto que no todos coincidimos en la identificación de las causas y no todos coincidimos en los remedios. Por ejemplo, unos entendemos que el estatismo y la posibilidad de arbitrariedades son caldos de cultivo para la corrupución; en tanto que otros creen que la corrupción es consecuencia de falta de controles y de una naturaleza humana perversa, para citar dos ejemplos. Estos asuntos son complejos y cabe en ellos diferencias de opiniones mientras se dilucida el asunto. Voy a atreverme a decir que la mayoría de chapines somos ajenos a la corrupción y a la impunidad; y que a lo sumo, la peor imputación que puede hacérsele al mantante guatemalteco promedio es que no se involucra como tal y prefiere abdicar a su condición de mandante. Con todo y todo, con la excepción de las mafias y de los grupos políticos que apoyan tiranías, la mayoría de guatematecos queremos vivir en paz y prosperar en un marco de respeto a los derechos individuales de todos por igual; sin privilegios.  Guatemala no es un país podrido; pero estamos pasando un proceso muy difícil y enmarañado. Guatemala, eso sí, tiene un sistema político lleno de incentivos perversos, que atrae a lo peor entre nosotros hacia el ejercicio del poder. Guatemala, eso sí, tiene un sistema económico mercantilista que es fabricante de miseria.  Guatemala, eso sí, tiene un sistema jurídico que no siempre sirve a la justicia.  Sin embargo, desde el punto de vista ético, voy a atreverme a decir que la mayoría de guatemaltecos repudiamos aquellos vicios y queremos salir de aquel estado de cosas.  Sólo que diferimos en cómo. ¿Hay gente podrida en Guatemala? Sí; pero Guatemala no es un país podrido.  En Guatemala hay miles y miles de personas honradas, productivas, creativas, que nada tienen que ver con la podredumbre.

Segunda: es un mito eso de que las burocrácias -nacionales, e internacionales- son, por sí mismas, moralmente superiores a otros actores en la sociedad.  La teoría del Análisis de la decisiones públicas utiliza las herramientas de las ciencias económicas para interpretar lo que ocurre en el terreno político. En lugar de sugerir lo que debería ser, ese enfoque hace un diagnóstico desapasionado, con base en una cuidadosa observación de las acciones de los distintos actores políticos.  Aquella teoría ha demostrado que, en su actuar, los políticos y los burócratas no son menos ajenos a sus propios intereses, que cualquiera otro actor en la sociedad.  Y menos en un contexto de poder.  Es un error suponer que, por sí misma, una misión de la Organización de las Naciones Unidas, o un jefe de misión, son incuestionables, o inexpulsables.

Hay abundante evidencia de que la ONU -y otras agencias internacionales- son sujetos de corrupción y de que, por lo tanto, sus burócratas y las agencias mismas deben ser tratadas exactamente con los mismos estándares que se trata a cualquier organización con poder que opera con dinero ajeno que no ha tenido que ganarse y con niveles muy laxos y difusos de responsabilidad.

Al lector acucioso le dejo unas sugerencias:

El juicio de Fukuyama es apresurado e injusto con los guatematltecos; y su aprovechamiento es desafortundado.

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