La confianza del público en los periodistas y en las noticias ha decrecido, y en este año tocó los niveles más bajos que registran las mediciones comparables de la última década. No es un dato aislado, sino una tendencia que se replica en decenas de mercados, con matices regionales.

Los hechos incómodos salen del círculo, o la libertad vuelve a ser un permiso. La ilustración es de Grok.
El Digital News Report 2026 encontró que solo el 37% de las personas dice confiar en las noticias la mayor parte del tiempo. El Pew Research, en febrero de 2026, halló que el 57% de los estadounidenses tiene poca, o nula confianza en que los periodistas actúen en el mejor interés del público. En Hispanoamérica el DNR 2026 muestra caídas fuertes.
Guatemala no aparece; pero Reporteros Sin Fronteras sostiene que pese a las campañas de estigmatización de autoridades y políticos, los periodistas siguen teniendo una aceptación relativamente alta entre la ciudadanía, sobre todo por el periodismo de investigación. Hay que anotar, eso sí, que la confianza en gobiernos, partidos y otras organizaciones también cae. El periodismo no es la única institución que se hunde; sólo es una de las más visibles.
En buena parte esto se debe a que mucha gente percibe a los periodistas como activistas, y a que buena parte del periodismo ha abandonado los estándares propios del oficio; pero también a que mucha gente usa redes sociales para informarse y porque el periodismo sufre ataques de desprestigio sostenidos desde el poder, como cuando se incomodan ministros, diputados y hasta precandidatos.
Dicho lo anterior, la caída de la confianza no anula la función. Confunde el oficio con el derecho, y el desempeño de unos periodistas con la necesidad de que exista periodismo independiente, que es otro par de zapatos.
Los consumidores de noticias e información pueden desconfiar de muchos periodistas y, al mismo tiempo, necesitar con más urgencia —no con menos— la libertad de investigar, publicar y contradecir. Lo que está en crisis es la credibilidad de un gremio y de un modelo de negocio; pero no está en crisis el problema que esa libertad resuelve.
¿Por qué?
Porque ningún gobierno, partido, empresa, o redacción sabe lo suficiente. El conocimiento está disperso: precios, fallos, abusos, riesgos en infraestructura, bisnes con dinero de los tributarios, datos que alguien no quiere que salgan. Friedrich A. Hayek lo formuló con precisión: el problema económico y político central no es la escasez de recursos; sino la escasez de conocimiento.
Porque la libertad individual no se sostiene sólo con elecciones periódicas, sino con límites: propiedad, contratos, jueces independientes… y ojos públicos que no dependan del mismo poder que fiscalizan. Sin periodismo libre, el control se reduce a lo que los políticos en el poder deciden mostrar y a lo que el elector y tributario alcanza a ver con sus propios ojos. El resto —diputados, ministros, fiscales, concesiones, deuda, seguridad— quedan en la penumbra… como cuando la Administración limita Guatecompras.
Porque la prosperidad no es solo más PIB de un año; sino la capacidad de invertir, firmar contratos, innovar y planear a largo plazo sin que políticos, o burócratas escriban las reglas a su medida, en la oscuridad. Eso exige Estado de derecho, y el Estado de derecho se pudre cuando nadie puede documentar cómo se pudre.
Dicho lo anterior, cuando el público desconfía, lo que hace falta es más competencia informativa —más voces, más verificación y más responsabilidad—, no un ministerio de la verdad. Por supuesto que no hay tal cosa como el derecho a que me crean, sino el derecho a no ser silenciado. Nadie tiene derecho a la confianza ajena. ¡Pero todos tenemos derecho a no ser capturados, ni registrados, ni intimidados por informar, ni por reflexionar y opinar!
El periodismo no salva a una sociedad por el solo hecho de existir. La salva —cuando la salva— porque permite que los hechos incómodos salgan del círculo de los que tienen el poder. Cuando falla, la respuesta liberal no es canonizar al gremio; sino exigir método, transparencia de fuentes, separación entre hecho y opinión, y dejar que los lectores, radioescuchas, televidentes y escroleadores castiguen al charlatán y busquen mejores fuentes de información.
Eso solo es posible si sigue siendo legal y relativamente seguro publicar. Sin esa condición, la sociedad próspera se convierte en una contabilidad de corto plazo bajo un relato controlado. Y la libertad deja de ser un principio para volver a ser un permiso. Un permiso, como se sabe, se retira.

