Disparos en la cena, ¿ya normal?

 

El domingo pasado, mientras cenaba con amigos y terminaba de hervir el mango chutney que habíamos preparado, escuchamos varios disparos —inquietantemente cerca—. Salimos al balcón y no vimos nada. Pocos minutos después llegaron las ambulancias y, cuando vimos que las mismas volvieron sin sus sirenas encendidas, supusimos que quienquiera que había sido el objetivo de los balazos había fallecido.

El asesinado fue un adolescente.

Comentamos lo que había sucedido y volvimos a los frijoles camaguas, los plátanos cocidos y el helado de frutos rojos, así como a la conversación que teníamos. Hasta que nos dimos cuenta de lo que estaba ocurriendo alrededor de la mesa: ¿Fue una situación de normalización de la violencia? Por supuesto que aunque fue una experiencia compartida, cada uno de los comensales gestionó individualmente lo que había ocurrido mediante un mecanismo de adaptación que busca encontrar un equilibrio entre la empatía y la compasión humanas, y la necesidad de seguir siendo funcionales en un ambiente disfuncional.

La normalización de la violencia en una sociedad donde abundan los actos delictivos violentos (robos a mano armada, extorsiones, homicidios, pandillerismo y otros) es un fenómeno bien documentado. No es que la gente se acostumbre y ya, sino que se produce un cambio profundo en los esquemas cognitivos individuales y colectivos que altera la forma en que interpretamos la realidad. La exposición repetida y masiva a violencia real (no solo mediática) hace que el cerebro actualice estos esquemas para reducir la disonancia cognitiva y el sufrimiento emocional constante. La amígdala se acostumbra a la activación; la respuesta de miedo y repulsión disminuye. Lo que antes era ¡Esto es horrible! se convierte en otro caso más. Estudios de neuroimagen muestran reducción de la reactividad límbica ante estímulos violentos en personas expuestas crónicamente.

De verdad espero que no haya sido un episodio de normalización de la violencia, pero he leído que la normalización no es un defecto de carácter, ni una simple costumbre cultural. Es un proceso cognitivo adaptativo a corto plazo (reduce el sufrimiento inmediato) pero altamente desadaptativo a mediano y largo plazo, porque erosiona la salud mental colectiva, la cohesión social y la posibilidad de cambio.

La propaganda de la administración Arévalo dice que hay seguridad presente en el progreso.

Si existe la banalidad del mal como la describió Hannah Arendt, ¿existe la banalidad de la delincuencia? Descrita esta como la normalización de la delicuencia porque la burocrácia encargada de la seguridad ciudadana se limita a marcar tarjeta y es incapaz de cumplir con su mandato.

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