La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, es la más reciente encarnación de una larga tradición de victimización no sólo mexicana, sino hispanoamericana. Según esa tradición, los culpables de todos los males en este subcontinente no son la mala filosofía y las malas políticas económicas que promueven políticos estatistas y colectivistas, sino Hernán Cortés y otros.
Según esa tradición, los pueblos originarios de estas tierras vivían en un paraíso de paz y abundancia que fue destruido por la invasión europea que siguió a los descubrimientos de 1492. La sanata del victimismo y el mito del buen salvaje se nos enseña y repite desde chicos en la escuela, desde el púlpito, desde la cátedra y se reproduce en medios de comunicación y redes sociales sin pudor.
En ese contexto, Isabel Díaz Ayuso recién alborotó el gallinero al recordar que, en la Ciudad de México, precisamente en la calle Guatemala, hay un huey tzompantli que es, nada más y nada menos, que una plataforma que exhibe centenares de cráneos de hombres, mujeres y niños sacrificados, ensartados por las sienes.
¡Por supuesto que ese tipo de torres de cráneos y espectáculos espeluznantes no son exclusivos de los mexicas! Los turcos también hacían torres de cabezas. El cristiano Vlad Tepes —al que conoces con el nombre de Drácula— tiene fama de haber empalado y exhibido a unas 23.000 personas. La diferencia es que ni los turcos, ni El Empalador se hicieron los de la boca chiquita. Y por supuesto que no faltaron quienes dicen que el huey tzompantli es obra de los españoles.
A pesar de que es un valioso testimonio arqueológico y antropológico, aquel huey tzompantli no es exhibido al público por vergüenza y porque contribuye a poner en evidencia que los mexicas eran un imperio depredador que no sólo oprimía, sino que se comía a sus tributarios de todas partes del imperio. Y usaba el terror de la exhibición para subrayar su capacidad de dominio y extracción de tributos. De ahí que tlaxcaltecas, totonacas, quauhquecholtecas y otros pueblos mesoamericanos no dudaran en unirse a Hernán Cortés contra la Triple Alianza.
En el colegio, a uno le enseñaban que los aztecas eran guerreros sanguinarios, pero los mayas eran matemáticos y astrónomos pacíficos; sin embargo, eso es un mito. Los mayas eran como cualquier otro grupo humano y también eran guerreros dados a los sacrificios humanos. La extracción del corazón era la forma de sacrificio favorita; pero también practicaban el desollamiento. En museos y colecciones privadas abundan figuras y vasijas de personajes que usan la piel de sacrificados y abundan instrumentos para desollar. En el período posclásico tardío, los mayas heredaron a Xipe Tótec, Nuestro Señor El Desollado, propio del mundo nahua.
La mitología popular nos cuenta que al cenote sagrado de Chichén Itzá eran arrojadas doncellas, que ya es bastante malo para las jóvenes vírgenes; empero, la evidencia arqueológica muestra que de 137 osamentas recuperadas, ocho de cada 10 son de niños de entre tres y 11 años, sacrificados a Chaac, el dios de la lluvia.
Con respecto a torturas entre los mayas, el vaso K206 muestra a un cautivo mutilado mientras un grupo de músicos hace lo suyo. La vasija K2781 representa a un cautivo desnudo siendo quemado con antorchas de pino. El vaso K8719 despliega un decapitado al que le fueron hechos cortes en el abdomen y piernas. En la pieza K8351 se ve a un sacrificado, en agonía, mientras el sacerdote le extrae las vísceras luego de torturas prolongadas. La estela 12 de Piedras Negras exhibe 8 cautivos atados, con rostros ensangrentados, posturas contorsionadas y signos claros de heridas, humillación y posible mutilación. La estela 16 de Dos Pilas muestra un prisionero desnudo, atado y en postura de sumisión absoluta bajo los pies del gobernante victorioso, lo que simboliza la tortura y degradación previas al sacrificio. Finalmente, en los murales de Bonampak se ve a cautivos con las uñas arrancadas. Estas escenas demuestran que la tortura no era excepcional, sino un pilar del ritual maya que servía para extraer sangre y alimentar a los dioses, así como para humillar enemigos y reforzar la autoridad real.
Las de los mayas no eran las teocracias pacificas que describieron Sylanus Morley y Eric Thompson, sino ciudades estado rivales y muy agresiva, ninguna de las cuales llegó a dominar completamente y por largo plazo a las otras. Guerras constantes y la captura de cautivos prominentes para sacrificarlos durante procesos largos de degradación y tortura era el nombre del juego. Los aztecas han recibido muy mala prensa por su inclinación hacia los sacrificios humanos, pero ciertamente nunca infligieron a sus víctimas la tortura y mutilación que caracterizaban los sacrificios mayas, dicen Linda Schele y Mary Ellen Miller en The Blood of Kings, Dynasty and Ritual in Mayan Art.
Los mayas no hacían la guerra con el objeto de matar a sus enemigos, era más importante capturarlos vivos y tenerlos en reserva para sacrificios conectados con grandes eventos. Un rey, o noble derrotado era despojado de sus insignias y luego torturado y sacrificado durante rituales públicos, eran exhibidos durante rituales y ceremonias para luego jugar un rol macabro en ellos, explica Giuseppe Orefici en Bleeding Hearts, Bleeding parts: Sacrificial blod in Mayan society, artículo que forma parte del catálogo titulado Blood. Art, Power, Politics and Society.
La experiencia de Cortés y Díaz del Castillo
Hernán Cortés vio con horror y repulsión profundas los sacrificios humanos mexicas (principalmente ofrendas de corazones a dioses como Huitzilopochtli y Tezcatlipoca). Los describió en sus Cartas de Relación (especialmente la Segunda, de 1520) como una costumbre abominable y la más horrenda y abominable que se ha visto, que verdaderamente debe ser castigada. Prohibió expresamente los sacrificios y esto debe haber sido un alivio para los pueblos que pagaban tributos a los mexicas, sin duda alguna, e incluso para los mexicas mismos.

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Bernal Díaz del Castillo, por su parte, en el cap´ítulo XIV de La conquista de la Nueva España cuenta que tenían sacrificados de aquel día dos muchachos, y abiertos por los pechos, y los corazones y sangre ofrecidos a aquel maldito ídolo. En el capítulo CX, dice que tenían en todos los pueblos cárceles de madera gruesa hechas a manera de casas, como jaulas, y en ellas metían a engordar muchas indias e indios y muchachos, y estando gordos los sacrificaban y comían; y además de esto las guerras que se daban unas provincias y pueblos a otros, y los que cautivaban y prendían los sacrificaban y comían.
Tas la Noche Triste y en el asedio final se halla uno de los relatos más gráficos y emotivos. Los mexicas sacrificaron a decenas de compañeros de Bernal. Les abrieron los pechos con navajas de pedernal, les extrajeron los corazones palpitantes y los ofrecieron a Huitzilopochtli y Tezcatlipoca. Los cuerpos fueron descuartizados y comidos en rituales. Bernal lo vivió con terror personal ya que temía acabar así y menciona su pavor en batallas.
Poco más tarde, Francisco de Vitoria, en Europa, clasificó los sacrificios humanos —descritos abundantemente por Toribio de Benavente (Motolinía) y Bernardino de Sahagún— como pecados contra la naturaleza y delitos contra el derecho de gentes. Incluyó tanto los sacrificios humanos como la extracción de corazones y la decapitación de inocentes, especialmente niños, como la antropofagia. Argumentó que los sacrificios humanos violaban el principio fundamental del derecho natural que es la protección de la vida inocente. Nadie, ni siquiera los propios gobernantes indígenas, tenía derecho a matar a inocentes para ofrecerlos a los dioses. Esos eran crímenes universalmente condenables, comparables a la tiranía interna. El escolástico sostuvo que los españoles podían intervenir para defender a las víctimas, incluso contra la voluntad de sus propios señores.

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Cerca de 1549, en Yucatán, Diego de Landa no fue testigo ocular de un sacrificio en vivo como Hernán Cortés en Tenochtitlan; pero documentó esos ritos en su Relación de las cosas de Yucatán (escrita hacia 1566) y los combatió activamente. Su perspectiva fue la de un misionero de su época: veía los sacrificios como idolatría diabólica que amenazaba la conversión y los describió con detalle etnográfico para justificar su erradicación.
En capítulos dedicados a la religión maya, Landa ofrece una de las descripciones más precisas del siglo XVI sobre los sacrificios, basada en testimonios indígenas y observaciones indirectas. Describe la extracción del corazón durante la cual el sacrificado era colocado boca arriba sobre una piedra azulada en el patio del templo. En el mismo, el ejecutor y sus ayudantes usaban un cuchillo de pedernal para cortar entre las costillas izquierdas y arrancaban el corazón como tigre rabioso, para luego entregárselo al sacerdote que untaba los ídolos con sangre fresca. El cuerpo se desollaba (excepto pies y manos), el sacerdote se vestía con la piel y bailaba. El asaetamiento, que ya mencioné arriba, consistía en que la víctima (a menudo cautivo) era pintada de azul, coronada y atada a un palo, para que luego le flecharan el corazón (marcado con una señal blanca) hasta dejarla como un erizo de flechas.
En 1562, dos niños mayas hallaron una cueva cerca de Maní, Yucatán, con ídolos de barro, cráneos humanos y restos cubiertos de copal aún fresco (evidencia de sacrificios recientes). Como provincial franciscano y juez eclesiástico, Diego Landa interpretó esto como prueba de apostasía masiva: mayas bautizados que continuaban ritos paganos, incluidos sacrificios de niños y jóvenes.
¿Cómo era en Guatemala?
Dennis Teddlock, citado por David Freidel, Linda Schele y Joy Parker en Maya Cosmos, three thousand years of tha Shaman´s path, explica que, de acuerdo con el Popol Vuh, para crear el mundo se necesitan tres cosas: palabras, nawales y pus. En idioma quiché nawal es la esencia espiritual de una persona, planta, animal, piedra o espacio geográfico y que en el contexto del poder shamanico se refiere a la habilidad de hacer esas esencias visibles o escuchables mediante un rito. Pus literalmente se refiere a cortar la carne con un cuchillo, y es primordialmente el término para sacrificio y significa que la creación se consigue (en parte) por medio del sacrificio.

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El Popol Vuh describe las conquistas y matanzas del rey Quicab, de Quiché, que sometió a cakchiqueles, rabinales y mames. He aquí la destrucción y división de los campos y los pueblos de las naciones vecinas, pequeñas y grandes. Entre ellas estaba la que antiguamente fue la patria de los cakchiqueles, la actual Chuvilá, y los de Rabinal, Pamacá, la patria de los Caoque, Zaccabahá, y las ciudades de los de Zaculeu de Chuvi-Miquiná, Xelajú, Chuvá-Tzac y Tzolohché.
Estos pueblos aborrecían a Quicab. Él les hizo la guerra y ciertamente conquistó y destruyó los campos y ciudades de los rabinaleros, los cakchiqueles y los de Zaculeu, llegó y venció a todos los pueblos, y lejos llevaron sus armas los soldados de Quicab.
Una, o dos tribus no trajeron el tributo, y entonces cayó sobre todas las ciudades y tuvieron que llevar el tributo ante Quicab y Cavizimah.
Los hicieron esclavos, fueron heridos y asaeteados contra los árboles y ya no tuvieron gloria, no tuvieron poder. Así fue la destrucción de las ciudades que fueron al instante arrasadas hasta los cimientos. Semejante al rayo que hiere y destroza la roca, así llenó de terror en un momento a los pueblos vencidos.
Poco antes, el mismo Popol Vuh cuenta que vino la mantanza de las tribus. Cogían a uno solo cuando iba caminando, o a dos cuando iban caminando y no se sabía cuándo los cogían, y en seguida los iban a sacrificar ante Tohil y Avilix. Despué regaban la sangre en el camino y ponían la cabeza por separado en el camino.
En Gumarcaj, el templo de Tohil era el centro de sacrificios: se extraía el corazón a cautivos, se arrojaban los cuerpos por las escaleras del templo y se colocaban las cabezas en tzompantli como los de los mexicas. Francisco Ximénez y otros cronistas describen estos rituales con detalle.
La guerra, la destrucción sistemática, las ejecuciones públicas, la esclavitud, el uso del terror y los sacrificios humanos no eran ajenos al mundo precolombino. Ni para los mexicas, ni para los mayas, ni para los pueblos mayenses.
Entre los quichés y cakchiqueles (pueblos mayenses de los altos de lo que ahora se conoce como Guatemala) también se practicaban sacrificios humanos, aunque en escala menor que los mexicas. Los Anales de los Kaqchikeles y el Popol Vuh mencionan ofrendas de corazones a dioses como Tohil, rituales de decapitación y extracción del corazón. La arqueología en Iximché y Gumarcaj confirma altares y evidencias de estos ritos.
La conquista de lo que ahora se conoce como Guatemala la dirigieron Pedro de Alvarado y sus hermanos, no Cortés directamente. Las cartas de Alvarado a Cortés (abril y julio de 1524) mencionan sacrificios de forma factual y breve, sin las descripciones vívidas ni el horror explícito de Cortés.
En Guatemala hacia 1537, Francisco Marroquín ya no presenció sacrificios humanos en Gumarcaj ni Iximché; pero todavía atestiguó actos de idolatría y borracheras rituales. Consideraba a los indígenas como personas libres con alma, sencillos y simples en juicio (los buenos salvajes); pero racionales y dignos de protección. Ya en 1535 (antes de la Bula Sublimis Deus de 1537 y las Leyes Nuevas de 1542) protestó contra la esclavitud. Esto lo alineó parcialmente con las ideas de Vitoria sobre el derecho natural. Investigó y actuó contra prácticas paganas. En un caso documentado, recomendó depositar esclavos indígenas para quitar la idolatría y borracherías en manos de una persona de confianza que los adoctrinara. Esto reflejaba la política eclesiástica de eliminar ritos asociados a dioses como Tohil (quiché) o Tz’akol (cakchiquel), que incluían ofrendas de corazones y sangre. Promovió las reducciones, que hicieron más difícil mantener rituales clandestinos, incluidos cualquier resto de sacrificios o altares ocultos.
Al final del día, la historia no se escribe con mitos convenientes, ni con victimismo selectivo. Los tzompantli, los cenotes llenos de restos de niños y los altares de sacrificios siguen ahí para recordarnos que el terror ritual no lo inventaron los españoles. Negar esa realidad solo perpetúa el discurso ideológico, el ocultamiento de la ignorancia, la justificacion del error y el disfraz de la mentira que practican Sheinbaum y sus corifeos.



