A mediados de los años 80 mi papá llegó a casa con la novedad de que había visto una procesión de la brigada militar Guardia de Honor. Como mi padre había estudiado en la Allen Military Academy, en Texas, tenía cierto gusto por la disciplina y el orden militares, sin exagerar la nota; y llegó muy conmovido por la procesión castrense. ¿Qué se le ocurrió hacer ese día? Pues le escribió una carta a quien quiera que fuera el comandante de esa brigada para felicitarlo.
No sé si el oficial en cuestión recibió la misiva y seguro que no hubo respuesta, porque mi padre lo hubiera comentado en casa.
Ayer, casi por casualidad, me topé con la procesión en cuestión, misma que fuimos a ver a la 12 avenida de la zona 1 cuando ya iba de regreso al cuartel. Como es un vía crucis, nos tocó ver una estación en la iglesia de Santo Domingo y otra en el Liceo Mercantil.
Ambas paradas tuvieron su carácter especial. Por ejemplo, en la iglesia había un grupo de personas mayores en sillas de ruedas y el anda fue entrada por cargadores encapuchados. En el colegio, los muchachos recibieron y despidieron el cortejo con fanfarrias.
Llama la atención que diferentes cuerpos de la Policía Nacional Civil y del Ejército cargan el anda; y son muy elegantes las capas verde olivo que portan los civiles que participan, así como las que llevan las damas que… además… usan mantillas y peinetas muy elegantes.
Me alegra mucho haber visto esa procesión y, por supuesto, aproveché la ocasión para recordar a mi padre, que hubiera estado muy contento de estar ahí.
Una vez escuché, de un habitante de San Sebastián, Retalhuleu, que Un pueblo sin tradiciones es un pueblo muerto. Dichosamente, los guatemaltecos -a lo largo y a lo ancho de Guatemala- tienen las más variadas y ricas tradiciones. Todas con tronco y raíces comunes, pero adaptadas e interpretadas de acuerdo con los sistemas de creencias de millones de individuos, familias y poblaciones. Las tradiciones también crean comunidad, nos dan sentido de estabilidad y de pertenencia, y sentido de propósito común… cuando hace falta. De ahí que el valor sanador y constructor de las tradiciones sea consecuencia de un largo proceso evolutivo, y no pueda ser el resultado de imposiciones ni de prohibiciones. Ese valor se aplica incluso para tradiciones cuyo contenido místico uno podría no compertir.
Por eso, mientras las procesiones sigan recorriendo nuestras calles, Guatemala seguirá viva, tejiendo su historia con hilos de recuerdos.