Teatro nacional y sus 40 años

Ayer cumplió 40 años el Teatro nacional, cuyo nombre oficial es Centro Cultural Miguel Angel Asturias y el 16 de junio de 1978 estuve en el acto de inauguración.

No te imaginas lo emocionado que estaba esa noche.  Fue impresionante subir las gradas, llegar a la plaza, ver el edificio y sus formas bien iluminadas, y entrar al lobby.  ¡Chispas, esa lámpara! y los colores en las paredes.  Pero lo más emocionante fue entrar a la gran sala dorada que ahora lleva el nombre del arquitecto que le dio vida a aquel espacio monumental: Efraín Recinos. La sala brillaba, pero no sólo brillaba físicamente, también brillaba porque todo aquel conjunto tenía un significado.

Yo, desde niño, había esperado la inauguración del teatro porque había visto la obra parada durante mucho tiempo.  Y un edificio como aquel, dedicado al arte luego del terremoto de 1976 era símbolo de una Guatemala que había sido herida; pero no de muerte y estaba de pie. Era símbolo de una Guatemala que -en medio de sus problemas- tenía futuro.  Era un símbolo para los guatemaltecos que vivíamos tiempos difíciles; pero que estudiábamos y trabajaban para un futuro mejor.  Así lo veía yo.  A pesar de que Guatemala estaba siendo agredida, para mí, el teatro era el símbolo de un universo benevolente en el que eran posibles el arte, lo bueno, lo bello y lo pacifico.

Arquitectónicamente me encantaba su forma de jaguar, su fusión con los volcanes y con el cielo.  Es como una escultura habitable, algo así como el Auditorium Disney, de Los Angeles, al que precede por muchos años.  Ahora no se nota tanto, quizás porque los azulejos se han deteriorado; pero antes, sus tonalidades cambiaban con el color del cielo.

Luego pasaría que las moquetas con la que estaban cubiertas las paredes y los pisos se humedecerían y se empolvarían.  Pasaría que el agua se colaría por ventanas y rincones. El Centro Cultural cayo víctima de sus orígenes colectivistas.  Sus formas -aveces algo de bunker, o propicias para una película como Barbarella– se deteriorarían y aunque conserva su buen lejos; de cerca muestra arrugas, cicatrices y maltratos.

A mi me gustaría que el Teatro Nacional escapara al deterioro no sólo físico, sino institucional.

En la foto 1, del Diario de Centroamérica, estoy con mi amigo, Ricardo, en la primera inauguración del Teatro en tiempos de Kjell Laugerud; pero has de saber que hubo dos inauguraciones.  Hubo otra -relacionada con la Cruz Roja- en tiempos de Romeo Lucas, en junio de 1982 y ahí estaba yo (a la izquierda), ¡con barba! La foto es de El grafico.

Por cierto que, en la primera inauguración el enorme telón de la gran sala cayó -posiblemente durante el intermedio- pero no hubo daños. 

Algo chistoso es que para la segunda inauguración, un cuate me retó a que saludara al presidente Lucas.  Como a mí esas cosas no me amilanan me acerqué al General, le extendí la mano y le dije: ¡Buenas noches, Presidente!, con la intención de comentarle algo del teatro. Lucas se volvió hacia mí, me dio la mano, sonrió y…en ese momento…uno de los soldados que lo acompañaba se volteó con su rifle…y yo mejor hice mutis. 

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