Una de las cosas que me hace feliz, del modo en que los niños son felices, es recibir tarjetas de Navidad. Yo solía enviarlas y recibía algunas. Este año recibí la de mi amiga Rachel y me alegró mucho.
Las tarjetas de Navidad me activan la nostalgia y me recuerdan mi niñez, en la casa de mi abuela Frances, porque ella recibía (y enviaba) cerca de un par de cientos de ellas y siempre era alegre ver cómo las abría y el gusto que le daba saber de quienes las enviaban.
Era alegre ir a comprarlas a la Papelería Helvetia, en la Sexta Avenida de la zona 1. También me entretenía ayudarla a pegar las estampillas postales en los sobres, tarea que ella demandaba que se hiciera con cuidado. A veces yo traveseaba al colocar una estampilla al revés y ella se incomodaba porque parecía un descuido y porque había cierta elegancia en que las estampillas fueran bien colocadas. Ella siempre usaba estampillas y no las máquinas porteadoras porque era más chulo.
Como fui filatelista en aquellos años, yo esperaba con ansias las tarjetas que venían de otros países y traían estampillas. De modo que no sólo las tarjetas y sus buenos deseos y noticias eran bienvenidas, sino que también los sellos postales.
Aquí en Guatemala políticos y burócratas corruptos acabaron con el correo y, francamente, no es algo que haga falta en el siglo XXI desde un punto de vista utilitario y eficiente. Sin embargo, desde una perspectiva epicúrea y nostálgica, enviar y recibir tarjetas de Navidad (o de fin de año) —aunque es una de esas cosas que ya no hacemos— tiene su encanto.
Y en un mundo acelerado y digital, quizás recuperar esa pequeña ceremonia de escribir con calma, pegar con cuidado y esperar con ilusión sea un regalo verdadero: un recordatorio de que la felicidad a veces llega en un sobre.


