Hoy leí un reportaje interesante que se llama Prefieren las abarroterías; y en el mismo se cuenta que el volumen de ventas en la distribución de alimentos es de 85 por ciento en tiendas, mercados y abarroterías de barrio, en tanto que 15 por ciento es venta para supermercados. También nos enteramos de que la frecuencia de compra en las tiendas en el área metropolitana es de 42%. En cuanto a aguas gaseosas, casi 8 de cada 10 de ellas se venden en aquellas tiendas, mercados y abarroterías. Algo parecido ocurre con el azúcar, producto que se vende 80% en el canal doméstico.
Traducido todo aquello quiere decir que cerca del 80% de los alimentos, las gaseosas y el azúcar se venden en la economía informal. Sí, en esa en la que la gente no paga impuestos. Y claro, la gente prefiere comprar en tiendas, mercados y abarroterías de barrio porque ahí no les recargan un 12% de impuesto al valor agragado a los alimentos, gaseosas y azúcar que compran.
Los negocios legales -que pagan impuestos- cargan con la competencia de aquellos que operan en la informalidad; y, ni modo, la gente prefiere comprar donde no tiene que enfrentar las cargas tributarias. Esa misma gente, la que compra en la tiendita de la esquina para no pagar impuestos, es -muchas veces- la misma que espera que la Administración actúa como estado benefactor, y la que exige que otros sí paguen impuestos para servirse de ellos.
¿Y los políticos socialistas? Siempre que hablan de reforma fiscal se niegan a hablar de racionalizar el gasto y acabar con los privilegios de los que viven a expensas del presupuesto del estado y de los tributarios. Y se niegan a ampliar la base tributaria, de modo que todos compartan el costo de tener gobierno. Así, no es posible una cultura fiscal sana





