Entre algunos analistas y columnistas, pero especialmente entre aquellos con formación Marxista, es muy común cometer el error de pintar con brocha gorda. Como crecieron creyendo que la Historia discurre gracias a la lucha de clases, y como de estas sólo hay dos en cada estadio de la Historia (esclavos y amos, proletarios y burgueses, para dar dos ejemplos), sus análisis no les permiten el uso del pincel, ni distinguir matices abismales en la filosofía, en la ética, en la política, en la economía, ni en otros campos del conocimiento y de la acción humanas. Otros que cometen un error parecido -desde otro ángulo del espectro filosófico- son los de formación Kantiana, pero de estos me ocuparé otro día.
Por eso es que los primeros no distinguen entre conservadores y libertarios; y no distinguen entre liberales a la francesa y liberales a la inglesa o liberales clásicos, o entre liberales racionalistas y liberales empiristas; y no distinguen entre libertarios y objetivistas. No distinguen entre capitalismo y mercantilismo. Ellos sólo ven, de una forma maniquea, dos bandos. Aquella limitación metodológica les facilita la arenga; pero la confusión hace difícil una discusión de ideas profunda y enriquecedora.
Vea, usted, el caso de Alvaro Velásquez en su columna de hoy. Velásquez confunde el pensamiento de Friedrich A. Hayek, de orden liberal inglés o empírico, con el conservadurismo. Confusión que es muy injusta y engañosa porque en Los fundamentos de la libertad, el buen Hayek dedica un capítulo entero a explicar por qué es que él no es conservador. Hayek dice, de forma inequívoca, que conviene trazar clara separación entre la filosofía que propugno y la que tradicionalmente los conservadores defienden. Hayek advierte, alto y claro, contra el quietismo de los conservadores. Explica, por ejemplo, que el temor a que operen unas fuerzas sociales aparentemente incontroladas, explica dos características del conservador: su afición al autoritarismo y su incapacidad para comprender la mecánica de las fuerzas que regulan el mercado. En este contexto, uno pude suponer que los conservadores tienen más en común con los tecnócratas y hasta con los socialistas, que con los liberales empiristas, los libertarios y los objetivistas. Virginia Postrel, en una obra riquísima de leer que se llama The Future and its Enemies, sugiere una distinción actualizada en la que llama stasists (por su aversión al cambio) a los conservadores.
Lo que si es cierto es que, durante la Guerra Fría existió una alianza de conveniencia entre los conservadores y los liberales, los libertarios y los objetivistas para enfrentar la amenaza de los totalitarismos marxista, leninista y maoista, por citar algunos. Pero una alianza circunstancial no implica comunidad de principios. Implica comunidad de temores; pero no de principios.
Con respecto a los principios, Hayek explica que el conservador no tiene principios; pero sí tiene convicciones morales muy arraigadas; y que la falta de principios políticos le impiden colaborar lealmente con gentes cuyas valoraciones morales difieran de las suyas, con miras a así, entre todos, estructurar una sociedad en la que cada uno pueda ser fiel a sus propias convicciones.
Por eso es que muchas de las críticas que los analistas y columnistas a los que me refiero en el primer párrafo le hacen al liberalismo clásico (y a otras expresiones de la filosofía de la libertad) -y muchas de las críticas que hace Velásquez- le calzan perfectamente al conservadurismo y uno no puede sin adherirse a ellas; pero no se le aplican, y son injustas, si van dirigidas al liberalismo.
Vistas con un lente que no sea ideológico, las diferencias abismales entre los conservadores y los liberales clásicos, así como las diferencias entre libertarios, objetivistas y otros capitalistas, son fascinantes, dignas de atención y dignas de respeto.
Al lector incauto, Velásquez quiere hacerlo creer que para el pensamiento que el llama libertarista-conservador no existe el estado, sino sólo los individuos. Lo cual no tiene pies ni cabeza porque uno no es excluyente de los otros, ni viceversa. De hecho, Hayek escribe Los fundamentos de la libertad, ¡precisamente! para sugerir cómo debería estar organizado el estado para proteger los derechos de los individuos y la igualdad de todos ante la ley. ¿Qué sentido tendría escribir un libro sobre aquel tema, si se cree que el estado no existe, es nada, o no es digno de tomar en serio. Ludwig von Mises, otro grande de la libertad, en su obra Liberalismo es clarisisisisimo al advertir que el liberalismo en nada se parece al anarquismo y señala que un estado fuerte es necesario porque la amenaza de la fuerza, por desgracia, ha de gravitar constantemente sobre quienes pretenden alterar la cooperación pacífica entre los seres humanos. Tiene que haber un poder suficiente como para controlar a los que no se muestran dispuestos a respetar la vida, la salud, la libertad, y la propiedad de los demás. ¿De dónde, y con qué propósitos, saca Velásquez que para los liberales no existe el estado? ¿A qué liberales leerá Velásquez?
Y así se puede ir uno analizando una a una la lista que compara el columnista y que pretende hacer pasar como creíble. Dice, por ejemplo, que para los liberales no existen los grupos indígenas, sino sólo los guatemaltecos. Dice que para los liberales no existen los géneros, sino sólo personas capaces. ¿De verdad cree, Velásquez, que los liberales no distinguen entre quichés, cackchiqueles, mames, tzutuhiles, y otros, así como entre chinos, europeos, africanos y otros? Lo que si es cierto, es que para los liberales, no importa si no es quiché, hawaiiano, o de Zacapa, lo cierto es que todos, todos, todos, sin distinción étnica tenemos los mismos derechos individuales y debemos ser iguales ante la ley. E igual cosa pasa con el género, con la preferencia religiosa, o con el grupo social con el que se tengan cosas en común.
Otras filosofías sostienen que los derechos no deben ser los mismos para todos, y que la ley debe distinguir entre étnias, géneros, religiones, clases sociales y otras formas de separar y dividir a los individuos en grupos. ¡Pero esas filosofías, no son las de la libertad! Seguro que Velásquez sí sabe qué filosofías son estas, pero para muestra van dos: el nacionalsocialismo y el socialismo científico.
Como dicen en las ferias: Que no le digan, que no le cuenten, porque a lo mejor le mienten. Con el mayor de los respetos, le solicito a los columnistas de formación marxista que hagan un esfuerzo por discutir ideas con la profundidad que merecen. Así, todos disfrutaríamos más de las discusiones.