Las civilizaciones mueren por suicidio, no por asesinato, escribió el historiador británico Arnold Toynbee. Con esto se refería a que el colapso o la desaparición de una civilización no se debe primordialmente a la fuerza, o a la invasión de enemigos externos, sino a factores internos. La caída, pues, es el resultado de la incapacidad de la sociedad para responder a sus propios desafíos morales, políticos y económicos, de modo que se autodestruye por sus propias decisiones, la pérdida de vitalidad creativa y las divisiones internas.
En esa línea de meditaciones, Gad Saad plantea una versión cultural de esa preocupación en La mente parasitaria: Cómo las ideas infecciosas están matando el sentido común. Llama patógenos de ideas a ciertas ideas que debilitan el pensamiento crítico y el debate racional, especialmente cuando se propagan sin suficiente discusión ni contraste. Saad usa la analogía del parásito para describir cómo una idea puede llevar a personas, u organizaciones a actuar de maneras que perjudican sus propios intereses.
La relación entre ambos es que el suicidio de Toynbee puede leerse como una pérdida de capacidad para actuar conforme a principios y corregir errores desde dentro. En la interpretación de Saad, ciertas ideas contribuirían a esa pérdida si debilitan la búsqueda de la verdad, la libertad de expresión y el valor de los principios. La amenaza no sería solo que un adversario externo ataque a una sociedad, sino que esta deje de cultivar las condiciones que le permiten detectar y corregir sus propias fallas.
De aquello me acordé cuando leí sobre los resultados de las elecciones en los Estados Unidos de América.
Hace décadas que los ciudadanos y los políticos gringos dejaron de actuar por principios y se dejaron llevar por el pragmatismo (obvio que las sociedades no actúan, sino los individuos que las conforman, just sayin´). Seguramente la administración Trump merecía un castigo por sus políticas arancelarias anticapitalistas, por sus políticas migratorias abusivas y por prolongar innecesariamente la guerra contra los mulás de Irán; pero de eso a que Texas se volcara hacia los demócratas y que fuera electo un senador islamista hay un abismo de diferencia. Los demócratas creen que usan a los islamistas para hacer avanzar el socialismo en los EE. UU., pero la realidad es que los musulmanes usan a los demócratas para hacer avanzar el islamismo allá.
Los demócratas abogan por el socialismo, por la prohibición de los combustibles fósiles, por la prohibición de tener y portar armas, por el antisemitismo y el islamismo, por la mutilación sexual de niños y por otros temas que, si se exploran de forma racional y en función de los principios que hacen posible a Occidente, son inaceptables. Pero ellos y muchos electores actúan desde el sentir y no desde el pensar, sin atenerse a principios. Actúan conforme a eslóganes y para encajar con las corrientes de opinión que los atrapan.
A la luz de la violencia islamista que ha estado ocurriendo en Europa, ¿cómo es posible que no se dimensione la influencia musulmana en los EE. UU.? Ahora, allá hay 11 alcaldes musulmanes, 98 concejales musulmanes, 32 representantes estatales musulmanes, 14 senadores estatales musulmanes, 6 representantes musulmanes en el Congreso federal y un senador musulmán en el Senado federal. ¿Cómo es posible que no se dimensionen los daños morales, jurídicos y económicos que esa influencia hará, en el mediano y largo plazo, no solo en el país del norte, sino en la civilización occidental?
Finalmente, ¿notaste que, a pesar de la sopapeada que recibieron los republicanos, no hay turbas saqueando, causando incendios y golpeando gente? Hay una diferencia abismal entre los rojos y los azules.
La amenaza, al final, no entra por la frontera como en Polonia en 1939: se instala en las ideas que una sociedad deja de cuestionar.


