Deliciosas tostadas a la francesa, con tocino y jarabe de panela de El Soch, fueron el desayuno del sábado pasado en casa.
En 2024 y 2025 pasamos parte del asueto de la Semana Santa en aquel sitio arqueológico de Quiché y, gracias a los propietarios de la finca, que nos recibieron y atendieron de una forma inolvidable y encantadora, en 2024 volvimos con panela producida allá. Con ese producto de la tierra y del ingenio humano Raúl preparó jarabe de panela o miel de caña que disfrutamos muchísimo en su momento.
Cuál fue mi sorpresa cuando el viernes, mientras hacíamos espacio para el fiambre en la refri de la casa, encontré un frasco con el último poco de aquel jarabe delicioso. A mí, ese tipo de alimentos me emociona porque en ellos encuentro una conexión directa entre el producto, la caña de azúcar y la energía del Sol que hace posible la vida en la Tierra. Eso sin contar con el ingenio y la industriosidad humanas necesarios para materializar aquella conexión.
Ya era bastante bueno el descubrimiento del jarabe y se puso mejor. Entre el líquido de sabor, aroma y textura riquísimos, encontré cristalizaciones del azúcar. Pequeñas piedras preciosas que le añadieron emoción al descubrimiento. Me parecieron como el Sol, capturado en gemas.
Esas cristalizaciones, escondidas en el fondo del frasco, me devolvieron la certeza de que el trabajo humano, unido a la tierra y a la luz del sol, sigue capaz de producir asombros que esperan ser redescubiertos.



