¡Bienvenidos a Chichicastenango!

¡Bienvenidos a Chichicastenango! es la frase con la que niños y ancianos nos recibían mientras caminábamos por las calles de aquella población fascinante y misteriosa.

Este año pensamos que no íbamos a hacer una excursión como las que nos gustan; pero nuestra amiga, Lissa salvó la situación al proponer que viajáramos a Chichicastenango.  De esa cuenta, Lisa, Elena, Raúl y yo agarramos camino para allá el 26 de diciembre pasado,

Esa población quiché es famosa por su mercado y por sus tradiciones sincrécticas tan coloridas y complejas.  Allá fue escrito el Popol Vuh, en 1550.  Es un pueblo de comerciantes y estoy seguro de que allá reside buena parte de la aristocracia quiché.  La vida de la gente ha sido golpeada duramente por los encierro s en el contexto del virus chino; pero se notan el espíritu emprendedor y resiliente de los pobladores. Los masheños, desde la primera mitad del siglo XX han sabido aprovechar el turismo y saben ser buenos anfitriones.

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Nos alojamos en el Mayan Inn que es una especie de hotel museo, de 1930, quizás el primer hotel formal establecido en Chichi.  Un lugar con mucho carácter y que es una especie de cápsula del tiempo.  El equipo del hotel -aunque limitado- es amistoso y eficiente.  Si te gustan el arte, los jardines, los muebles antiguos y el ambiente encantador, este es el lugar para quedarse.  Especialmente las habitaciones del segundo piso, en el anexo.  El menú es limitado, pero sabroso; y el cóctel de las 6:00 pm en el bar, es una experiencia fabulosa.  Nosotros usamos el espacio para leer sobre la historia de Chichicastenango y de sus costumbres, y hacer los debriefings de las experiencias del día.

Aún en tiempos de pandemia, el mercado de Chichicastenango es impresionante, y uno entiende por qué es que los visitantes extranjeros se deleitan en él.  Tuvimos la suerte de llegar a la cofradía de Santo Tomás justo en el que el santo abandonaba el lugar y fuimos bien recibidos en la casa, precisamente antes de que los señores cofrades salieran para acompañar al santo en su procesión, junto a San Sebastián y San José.

El misticismo sincrético es omnipresente en la vida de Chichicastanango. Haz clic en la foto para ver más fotos.

En el pueblo conversamos con varios comerciantes y notamos que las personas están muy afectadas económica y emocionalmente por los encierros y por la falta de turismo (fenómeno, este, que no se veía desde los tiempos de la guerrilla, en los años 70 y 80).  Una de las frases que más me impresionó fue la de que lo que no me gusta de mi pueblo es lo sucio y desordenado que es. Y bueno…es cierto, es muy triste que con todo lo encantador, fascinante, misterioso y alegre que es Chichicastenango, hay demasiada basura por todas partes.

Comimos rico en el hotel; pero también en Ay María, que puntería, y en Casa de San Juan.  Este último es especialmente recomendable para las cenas, no sólo por su comida y por sus ambientes, a nosotros nos gustó especialmente el patio. Ay María es más recomendable para almuerzos.

Toda visita a Chichi debe incluir la iglesia de Santo Tomás y la capilla que está enfrente, dedicada al Señor Sepultado.  En ambas -ennegrecidas por el humo de cientos de años de candelas y notablemente minimalistas y severas- uno se transporta al siglo XVI y se llena de curiosidad por conocer la historia y las tradiciones de aquella población tan significativa.  En la capilla notamos que la imagen del Sepultado tenía billetes en sus manos así que dejamos los nuestros; y vimos que abajo, a la izquierda había la imagen colorida de una gallinita, en un escaparate. Vimos que una persona dejaba una bolsa de huevos y preguntamos que por qué.  Una señora nos explicó que la gente deja ofrendas al pedir prosperidad, y nosotros dejamos una pequeña canasta con huevos, por la prosperidad del pueblo de Chuwilá, o Siguán tinamit que son los nombres antiguos de aquella población.

Paseamos el colorido cementerio de la localidad en donde se halla enterrado Ildefonso Rossbach, un cura que influyó muchísimo en el desarrollo y el carácter de Chichicastenango, poco más o menos entre finales de los años 20 y mediados de los años 40.  Nos llamaron mucho la atención las tumbas en forma de atúdes, práctica que no habíamos visto antes en otros lugares que hemos visitado, y también lo colorido del lugar.  En esa necrópolis también pudimos apreciar una ceremonia indígena. A mí me encantó que en un momento, la persona que parecía ser el solicitante de la ceremonia, le dictaba al oficinate los nombres de famiiares y antepasados leyéndolos desde su teléfono móvil.  Momento puente entre la tecnología más moderna, y los ritos más antiguos. Por cierto que me intriga lo poco que hay, en línea, sobre Rossbach.

Yo quiero volver a Chichicastanango y pasar tiempo ahí.  Me encantaría pasar más tiempo conversando con personas que han vivido todas sus vidas ahí y conocen la historia, costumbres y tradiciones del lugar.

Ahora, por ejemplo, aprendí que a quien organiza los bailes tradicionales se le conoce como autor; y que el torito, en el baile del torito, no paga por su participación y que, por lo tanto, eso es algo vergonzoso.  Me enteré de que el autor debe tener un espacio propio para los ensayos y que sería humillante que tuviera que alquilar un lugar para los ensayos, supe que su mujer debe estar de acuerdo (y concluimos en que eso es natural por el gran trabajo y costos que implica organizar y alimentar a los bailadores).  Me enteré que es de mal gusto e indigno comprar comida, en vez de prepararla, y ofrecer horchata en vez de atol durante los ensayos.  No sabía, por ejemplo, que participar en un baile cuesta, por lo bajo, unos Q4,000 quetzales por persona, si uno quiere participar con cierta dignidad, y que sólo se puede participar si es invitado por el autor. No es como que tu llegues y ofrezcas pagar por participar.  Con todo y todo, contrario a lo que yo creía, cada vez hay más personas que participan en los bailes.

¡Ay, de verdad que quiero volver a Chichi y escuchar más historias!

El regreso

El 28 de diciembre regresamos a Guate, no sin antes pasar a almorzar a Lemoa con su pequeña y encantadora laguna, y su iglesia blanca.  Ahí comimos observados por niños curiosos y perros simpatiquísimos.  Luego agarramos camino para La Antigua y finalmente volvimos a Guatemala.

Felices de haber hecho el viaje en la mejor compañía, llenos de buenas anécdotas y de preguntas.  Agradecidos por la hospitalidad del pueblo de Chichicastanango.

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